─No esperaba verla partir tan pronto ─Madeleine llevaba días esperado escuchar esas palabras, justo desde que el administrador de la propiedad Ardley en persona llevó las malas nuevas, concretizadas en una convocatoria para el funeral de Candice White Ardley. Sin embargo, Elisa se había limitado a guardar silencio y despachar al emisario con un aristocrático gesto; luego, se dirigió a su habitación, un refugio que sólo abandonó para asistir a despedir a la mujer que tan drásticamente marcó su vida.
Desde un principio ella había temido la reacción de su madre. Elisa Beatrice Donovan-Ralenagh nunca expresaba demasiado interés por nada ni nadie. Educada a la más exquisita manera británica y acostumbrada a ser el centro de atención, la sensibilidad era desconocida para ella, que estaba obligada por los sagrados preceptos de la vida social a mostrar un rostro impasible al mundo; sin embargo, toda la familia, Madeleine en especial, sabía que Candice le inspiraba un respeto que rayaba en lo religioso, por no hablar de un profundo afecto.
Madeleine recordó aquella conversación entre su padre y Sir William, que escuchara por descuido en una de las tantas reuniones familiares. Por ella se enteró de que, más de quince años atrás, durante una merienda en casa de los Venderleigh, la anfitriona cometió el error de insultar a Candice, quien no estaba presente, recordando con tono venenoso su dudoso origen y los rumores que propiciaron su matrimonio con Sir William. La agresora no se preocupó por la presencia de un miembro de la distinguida familia Ardley, puesto que era secreto a voces entre las chismosas matronas el singular, aunque nunca admitido, distanciamiento entre Elisa y la esposa del presidente de los Ardley.
Sin embargo, en esa particular ocasión, Elisa Donovan-Ralenagh no festejó la ocurrencia y, con el que había llegado a consolidarse como su muy peculiar y aplaudido estilo sobrio y circunspecto, permaneció en silencio, devolviendo posteriormente el insulto de la forma más efectiva que ella conocía: excluyendo a la distinguida señorita Venderleigh y el resto de las presentes, de su lista de invitados especiales para la temporada social que comenzaría la semana siguiente, a la vez que también rechazaba cualquier invitación proveniente de tal grupo de damas.
El gesto, puesto de lleno en evidencia cuando Elisa Donovan-Ralenagh omitió asistir al baile de gala de Eugene Venderleigh, uno de los más esperados de la temporada, había causado una conmoción entre la alta sociedad de Chicago y los alrededores, porque Katherine Eugene Venderleigh era el equivalente a una princesa en el continente americano, en ninguna manera igual a la joven esposa de un caballero recién llegado a las colonias, una esposa cobijada por el apellido Ardley, eso sí. La intriga que dominó a la alta sociedad en esa temporada nunca fue aplacada, pues, sin contar a Sir Huge, al presidente Ardley y, posteriormente, la misma Madeleine; ni siquiera la propia Candice conoció jamás las razones de Elisa para cometer tal suicidio social.
El asombro de propios y extraños jamás sería tan fuerte como aquélla ocasión, puesto que las consecuencias de la acción de Elisa, fueron su exclusión permanente del Círculo Rosa, como se conocía en ese entonces al grupo de selectas y sofisticadas damas que lideraban el mundillo social de Chicago. Otros miembros de la sociedad, aquéllos que ostentaban tanto poder económico como los Ardley o incluso más, mantuvieron un respetuoso silencio sobre los acontecimientos, y a nivel privado, aplaudieron la decisión de Venderleigh por liberarse de la sombra de una persona a quien habían considerado, más de una vez, frívola y displicente.
El relato cobró, en su época, proporciones desmesuradas conforme el tiempo y las memorias distorsionaban los hechos. Elisa Donovan-Ralenagh nunca había sido santo de la devoción de ninguno, y llevó la peor parte en el escándalo. Humillaciones que jamás había conocido en su vida se convirtieron en el pan de cada día y pareció que se vería condenada para siempre al ostracismo social, mismo que enfrentó con un donaire que, paradójicamente, le comenzó a obtener de todos cuantos la conocieron, el respecto sincero que siempre había buscado y nunca logrado con sus actitudes altaneras, egocéntricas y pretenciosas.
No obstante el funesto resultado, haciendo honor a su habitual hermetismo, la única explicación que daría la propia Elisa respecto al incidente sería a puerta cerrada, en la biblioteca de la mansión de Lakewood, a un William Albert Ardley perplejo, aunque profundamente conmovido por la inusitada reacción de su sobrina. Con un encogimiento de hombros, acompañado de una de sus raras y preciadas sonrisas, Elisa abandonó la mansión para continuar cumpliendo con su papel de ejemplar esposa y madre, confinada a la soledad de Ralenagh's Manor. Estaba fuera de discusión cualquier aparición de ella en público de ahí en adelante, y la propia Elisa dejó perfectamente claro que jamás aceptaría ayuda ninguna de Candice o el propio William.
A Madeleine, que creciera cobijada por la ternura de su madre y la compañía constante de Aislyn Ardley y la propia Candice, no le cabía en la mente que tal historia fuera posible; sin embargo no ponía en duda su veracidad. Con el correr de los años había escuchado en varias ocasiones cómo su padre comentaba que, si había alguna persona que hubiera sido víctima del silencio durante toda su vida, esa era su esposa.
Madeleine no ponía en duda el inestimable orgullo que la acción de su madre había suscitado en su padre, quien la amaba de verdad, a pesar de sus defectos. Tampoco dudaba que, desde aquel día, la relación de sus padres había cambiado para mejor. Madeleine había crecido en una casa dominada por la seriedad, pero nunca por el desamor. Hija única, había sido el objeto de los exquisitos y firmes cuidados de Elisa, quien, si bien jamás fue una persona capaz de reír libremente, nunca le hizo sentir que no era profundamente amada. Elisa siempre había estado ahí para ella, y no había ningún recuerdo en Madeleine que no la incluyera; aunque fuera un recuerdo sobrio y silencioso, tal y como decía su padre.
Como cada tanto durante su vida, Madeleine pensó en su padres, intentando resolver, una vez más, el complicado rompecabezas que suponía que dos personas tan diametralmente diferentes se hubieran enamorado de verdad.
Caballero acaudalado, pese a no ostentar títulos nobiliarios, Sir Huge había llegado a las colonias esperando encontrar una vida sencilla, lejos de cualquier pretensión, que le permitiera dedicarse a su única pasión: la cría de caballos de carreras. Sin embargo, pronto la pasión de Sir Huge cambiaría de giro y se encontraría hechizado, ante el asombro de todos, por una de las damas más polémicas de la sociedad de Chicago: Elisa Leegan Ardley. Y, más asombroso fue aún, que siendo la arpía que era, Elisa accediera a conceder su mano a tan insignificante personaje. Socialmente hablando, tal unión no supuso ningún acontecimiento extraordinario y la sorpresa que provocó solamente se dejó sentir entre los miembros de la propia familia Ardley, puesto que nadie mejor que ellos conocía las ambiciones de Elisa.
El matrimonio Donovan-Ralenagh se estableció en la residencia oficial de la familia de la novia, y Sir Huge emprendió la tarea, largo tiempo aplazada por Neal, el heredero en ciernes, de devolver a la propiedad Leegan la dignidad que perdiera tras la muerte de los padres de Elisa. Sir Huge tenía dinero sobrado para tal empresa, y se consagró a ella con fervor inusitado, consiguiendo no sólo triplicar las rentas agrícolas y aumentar los límites de la propiedad familiar, sino también su preciado sueño de consolidar los establos de mayor calidad en el continente americano.
Madeleine pensó una vez más en su madre y la misteriosa, aunque sólida relación, que había forjado con Candice a través de los años. Habiendo crecido acostumbrada a pasar los veranos en Lakewood y a compartir los alegres almuerzos presididos por Candice; habiendo participado en las jornadas de recolección de moras en las que tan entusiastamente Candice y Elisa competían, jamás cruzó por su mente que alguna vez ésta y su madre hubieran sido enemigas declaradas.
Madeleine recordó una vez más el escándalo. La asistencia de Elisa Donovan-Ralenagh a las reuniones sociales se limitó, por el resto de ese año, en tanto las habladurías cesaban, a la amplia esfera dominada por los Ardley dentro de la cual Candice era la reina indiscutible. Una reina que, tal y como experimentaría la propia Elisa, jamás abandonaría a ningún súbdito, y que declaró, de entrada, que la ausencia de Elisa a una convocatoria de los Ardley sería tomada como un insulto mayor a la incomodidad que pudiera suponer su presencia. Candice también hizo patente que, cualquier acto de desprecio a Elisa en su presencia, sería considerado una falta grave. Tal decisión sería la razón tras el único conflicto importante surgido en el matrimonio principal de la familia Ardley, puesto que William trató disuadir a Candice de arriesgarse, una vez más, a sufrir un desaire descomunal de parte de Elisa.
Desoyendo los consejos de su esposo, quien auguraba tempestades y relámpagos debido al carácter de Elisa, y, haciendo gala, por primera vez, de un fino instinto social; pretextando complicaciones de salud que le impedían realizar sus labores de anfitriona, Candice invitó a Elisa a hospedarse en la casa Ardley de Chicago durante cada temporada social de ahí en adelante, convirtiéndola en una especie de dama de compañía honoraria, situación que aseguró el que el nombre de Donovan-Ralenagh continuara apareciendo en listas de invitaciones mucho más selectas aún, que las del Círculo Rosa, el cual, contra todo pronóstico, no tardó en desaparecer, eclipsado por el brillo de diamantes desplegado por la señora Ardley y sus simpatizantes.
La sociedad de Chicago pronto comprendería el silencioso mensaje: si había existido alguna falta, ésta no había surgido, en principio, de Elisa, por increíble que pareciera. La campaña de Candice estuvo tan magistral y diplomáticamente dirigida, que a ninguno le quedó en duda la culpabilidad de la señorita Venderleigh en el asunto. La audacia de la mismísima señora Ardley acabó por derretir el hielo de la desaprobación aún latente hacia Elisa, ganándole el respeto perpetuo de sus pares y, garantizándole a la familia en pleno, un lugar privilegiado en el ambiente social de la época; una época en la cual el amor y la lealtad estaban siendo probados a niveles extraordinarios.
A las miradas de intriga que Elisa cosechó durante esos años, se añadieron las miradas de respeto y, posteriormente, de sincero aprecio por ella y su familia. Candice había ganado una vez más. Y de ahí en adelante todos sabrían que los Ardley formaban un sólido frente, unido por lazos perennes de fraternidad.
Las disposiciones de Candice no cambiarían con el correr de los años, y el nombramiento de Elisa no sería borrado jamás de los rangos familiares y eso, junto con la estrecha relación de Elisa y Candice, garantizó y propició las preciadas relaciones sociales de que ahora gozaban los Donovan-Ralenagh, y la propia posición de Madeleine como acompañante de Aislyn Ardley. Posición que Madeleine agradecía de todo corazón, pues en Aislyn había encontrado a la hermana que nunca tuvo.
Pensando en Aislyn, Madeleine recordó inevitablemente a Alistair, el hermano gemelo de esta, que ahora se encontraba en Londres, cursando su último año en la Real Academia San Pablo. Iba a ser un duro golpe para él haberse perdido el funeral, pero había sido decisión tanto de William como de Candice, el evitarle los pesares de un largo e infructuoso viaje. Madeleine esperaba que él agradeciera el regalo que Aislyn y ella le enviaron con tanto cariño: un pequeño vástago de Sweeties para acompañarlo, a la distancia, en su dolor. Nada como un trozo de Lakewood para confortar a un Ardley.
Madeleine esbozó una discreta sonrisa al escuchar la campanilla del enorme reloj del pasillo y percatarse de que llevaba casi una hora inmersa en sus recuerdos. Su madre no había pronunciado ninguna otra palabra en todo ese tiempo, y continuaba sentada en su sillón favorito junto al hogar, totalmente ajena a su presencia y al repiquetear de las gotas de lluvia sobre los altos ventanales de Ralenagh's Manor.
Encogiéndose de hombros, en un estilo muy similar al de su madre, Madeleine se encaminó hasta ella para depositarle un fraternal beso sobre la mejilla, comunicándole de esa forma su apoyo y su comprensión. No podía hacer más. Después, salió de la habitación cerrando cuidadosamente la puerta tras ella. Era la hora de realizar su habitual ronda por la mansión para supervisar el trabajo de los sirvientes. Ralenagh's Manor no debía desmerecer en pulcritud ni en el día en que la peor tormenta del año se estrellaba contra sus muros.
