Su Alteza Real, Lady Whihelmenia Victoria Eugene Natasha Kasparkow Cressington, Wicky para los amigos, avanzó sigilosamente por el pasillo central del dormitorio para señoritas. Iba descalza, pero aún así sabía que, incluso su respiración podía delatarla, la acústica del edificio era inmejorable, para buena suerte de las celadoras. Conteniendo un gruñido, se concentró en caminar, evadiendo hábilmente los mosaicos problemáticos que la Divina Providencia había descolocado ligeramente en un intento de ayudar a las monjas a evitar cualquier fuga. Tenía que apresurarse, porque la ronda permanente de las hermanas duraba exactamente seis minutos y medio.
La puerta estuvo a su alcance en un santiamén, pero ella la ignoró y se aproximó al ventanal del lado izquierdo del pasillo: ése seguro era el único que se sellaba por dentro, previendo alguna emergencia que requiriera evacuar el edificio a toda prisa. Conteniendo la respiración, utilizó la delgada navaja que llevaba consigo para deslizar la aldaba de forma estratégica y lo más silenciosamente posible; luego, se deslizó ágilmente hacia el exterior, arrastrando consigo un pequeño bulto con los enseres más necesarios para su aventura; una vez estuvo a salvo en el jardín trasero, deslizó la cerradura a su lugar con una maestría que hubiera envidiado el más experimentado bandido.
Una débil luz apareció al fondo del pasillo en ese momento. Por un instante, su cerebro se congeló y sintió un escalofrío de pánico recorrer su espalda; sin embargo, reaccionó con rapidez y, no pudiendo hacer otra cosa, se arrastró lo más de prisa posible hacia el extremo izquierdo del edificio, donde sólo existían un par de ventanales. Si conseguía llegar a la pared lateral antes de que recorrieran el vestíbulo, lo habría logrado.
─¡Vaya! ¡La princesa en persona! Justo a tiempo─susurró una voz muy conocida a sus espaldas. Estuvo a punto de incorporarse para atestar un coscorrón al impertinente, pero recordó la precaria situación en la que se encontraba y maldijo al destino por ello. No era lugar para una de sus acostumbradas discusiones con Alistair Ardley ¿Qué rayos hacía él por allí a esas horas?
─¡Cállate idiota! ¡Ya viene la guardia! ─dijo, susurrando también, deteniéndose apenas un instante antes de reanudar su fatigoso avance hasta la pared. Había perdido valiosos instantes debido al susto y no recordaba cuántos segundos le restaban para conseguir su objetivo; si la potente luz de la guardia la sorprendía cerca de los ventanales podía despedirse de su debut en sociedad ese año; su padre había sido muy tajante al respecto y sabía que nada le haría cambiar de opinión.
─¿En serio? ─Alistair mantuvo la voz en un susurro; sin embargo, Wicky no dudó de que las monjas lo oyeran si no se callaba. Más enfadada que nunca con ese torpe, torció los ojos y contuvo un resoplido de indignación al descubrir que él se encontraba de pie justo en su vía de escape. Grandioso, pensó, si no la descubrían a ella, de cualquier forma lo verían a él, puesto que no hacía nada por esconderse el muy bestia.
─¡Déjame pasar! ─siseó, empleando su mejor tono amenazador; ese que hacía palidecer a criados y modistas e incluso a adultos de una posición social más baja que la de ella. Sin embargo, el caso omiso que Alistair hizo a sus órdenes, le recordó que a ese condenado Ardley le importaban muy poco los niveles sociales; más aún, le recordó que, al menos en el Real Colegio San Pablo, el dinero valía tanto o más que los títulos nobiliarios, sobre todo cuando del dinero de los Ardley americano-escoceses se trataba.
Por unos instantes Wicky se olvidó de su principal preocupación y levantó la mirada hacia su Némesis. No era mucho lo que podía distinguir de él en la oscuridad, aunque notó que llevaba el uniforme de los domingos, lo cual la extrañó porque Alistair no se distinguía precisamente por cumplir a cabalidad las normas y mucho menos por madrugar el domingo. Inesperadamente, se le ocurrió que él había elaborado un plan similar al de ella: un escape sin retorno hasta la hora de misa, que era cuando la ausencia de cualquier alumno podía evidenciarse más claramente.
Antes de que pudiera seguir elaborando conjeturas, el resplandor de la linterna especial de la guardia iluminó su rostro, cegándola de lleno. Maldiciendo a todos los duendes que habían puesto en su camino al pesado de Ardley, se preparó para una reprimenda digna de su rango. Ahora no tenía posibilidad de escape. ¡Adiós visita al Palacio de Buckingham en marzo! ¡Alistair se las pagaría! Eso era seguro.
Para su sorpresa, la hermana Margaret, la directora en persona, fue quien asomó la cabeza tras abrir el ventanal. Una luz de alarma se encendió en el cerebro de Wicky, pues comprendió que su situación era aún más grave al haber sido descubierta por la máxima autoridad del colegio. Una cosa era enfrentarse a la directora en su despacho, y otra ser captada en el lugar de los hechos, sin tiempo a pensar en excusas ni versiones censuradas. Wicky sintió un deseo irrefrenable de echarse a llorar, mismo que pronto fue sustituido por la necesidad, más primitiva todavía, de golpear a Alistair sin descanso, por lo menos desde ese momento hasta la hora de misa.
─Lady Whihelmenia. Sir Alistair ─el tranquilo tono de reconocimiento de la superiora provocó que Wicky al fin reaccionara y se incorporara de su posición de huída, que ahora le parecía francamente ridícula. Una vez estuvo de pie frente a la religiosa, ésta continuó, sin darle oportunidad de explicarse─. Espero verlos de regreso el próximo domingo. Tenga cuidado Sir Alistair.
─Por supuesto madre Margaret ─respondió el joven solemnemente haciendo una reverencia de cortesía─. Le agradezco profundamente esta licencia especial. Cuidaré bien de Su Alteza. Sir Osvald y Lady Marianne nos esperan en el coche.
Wicky no sabía qué pensar de las palabras cruzadas por Alistair y la superiora; pero la reprimenda aún no llegaba, y todo parecía estar bien; para su sorpresa, la hermana Margaret añadió algo más al difícil rompecabezas que había comenzado a formarse en su mente.
─Siempre recordaré a Candice, Sir Alistair. Puedo asegurarle que mi aprecio por ella ha sido infinito desde que la conocí. Mis sinceros respetos y condolencias a su familia tanto en América como en Escocia. No olvide informar a Lord William de su decisión ─hubo un momento de silencio que se le antojó interminable. Luego, la superiora posó en ella su comprensiva mirada, añadiendo una sentencia─: Lady Whihelmenia, si, a su regreso, alguien preguntara, responderá que usted ha estado recluida en la celda de meditación como castigo a haber asegurado su puerta con llave durante la ronda del sábado ¿de acuerdo?
Con esas palabras, la directora procedió a cerrar el ventanal, dejándola a merced de la única persona a la que había aprendido a temer, ¡y con razón!: no era normal que una monja, ¡una directora!, como la madre Margaret, le confiara una pupila a otro de los alumnos, mucho menos en mitad de la madrugada. ¡Alistar Ardley tenía que ser el diablo! O al menos un pariente cercano de éste. Y… ¿qué era eso de que regresarían hasta el próximo domingo?
Su Alteza Real, la princesa heredera, Lady Whihelmenia Victoria Eugene Natasha Kasparkow Cressington se desmayó por primera vez en su vida. Muchas dirían que había sido afortunada entre todas al ser capturada por los brazos de un apuesto Ardley. Otros cuantos también, opinarían que sólo una princesa era digna de un Ardley. Los más, dirían que siempre supieron que estaban destinados el uno para el otro; Madeleine y Aislyn aseverarían, intentando no reírse, que Lady Whihelmenia fue más lista y valiente que ninguna y, por último, los inversionistas aullarían de furor al conocerse la fusión de una de las fortunas más sólidas de América con uno de los imperios hoteleros más emblemáticos de la Europa Peninsular.
Sin embargo, para eso todavía faltaban unos cuantos años y varias peleas legendarias, incluida una donde Alistair, en un inusual ataque de celos, arrojó al lago de Lakewood a Su Alteza Real en castigo por haber concedido un baile al heredero de Lord McAllister, arruinando con tan disparatada acción el precioso vestido bordado en perlas que luciera en el baile tradicional que clausuraba la cacería del zorro, y provocándole, de paso, a la distinguida señora Elisa de Donovan-Ralenagh, el único ataque de risa que tuvo en su vida. No obstante, felizmente ignorante de su futuro; por el momento, lo único acerca de lo que Alistair Albert Anthony Ardley White estaba seguro era que Candice habría dicho: ¡buena atrapada Steary!
