El camino cambió abruptamente, y el conductor aminoró la velocidad. Era tiempo de lluvias y las buenas condiciones de las vías de comunicación brillaban por su ausencia. Wicky se dijo, mientras apretaba los dientes y buscaba con la mirada algún lugar del cual sostenerse, que no merecía que su padre cancelara su presentación: ya tenía suficiente castigo con viajar al lado de Alistar en condiciones tan deplorables ¿A dónde creía ese estúpido que iban? ¿Cómo demonios se las había arreglado para secuestrarla? Porque eso era un secuestro. Ella no estaba ahí por su voluntad. Ella tenía mejores planes que pasar la mañana del domingo con alguien tan odioso como él.
Habían viajado durante varias horas, tan sólo deteniéndose para tomar el desayuno. Pronto Londres quedó atrás y la campiña comenzó a aparecer ante sus sorprendidos ojos. Pese a que había estado en muchos lugares del mundo gracias al trabajo de su padre, muy rara vez había tenido oportunidad de conocer el interior de Inglaterra o de algún otro país, puesto que siempre debía permanecer confinada a la seguridad del hotel o la residencia en turno y bajo la mirada permanente de los guardias. Ser princesa era mucho más difícil y aburrido de lo que todos pensaban.
Bosques, prados, corrales llenos de graciosas vacas, inquietas cabras, y pacíficas ovejas deambulantes que provocaban que el auto tuviera que parar inesperadamente; lagunas por aquí y por allá colmadas de patos, riachuelos serpenteantes, mansiones señoriales... todo la fascinaba; aunque intentara disimularlo poniendo cara de aburrimiento y castigando con su real silencio al pesado de Ardley.
La risa de Alistair penetró en sus orejas abriéndose paso en su mente, haciéndola olvidar momentáneamente lo hermosa que le parecía la pradera que se extendía desde el lado izquierdo de la carretera, hasta donde sus ojos veían. Con un suspiro de resignación, se volvió para mirarlo. No sabía porqué, pero no tenía deseos de comenzar una discusión. El día, pese al horrible cielo que amenazaba con descargar litros y litros de lluvia sobre sus cabezas, pintaba para mejorar; a pesar de la odiosa compañía de Alistair Ardley. Resignada dejó de mirar por la ventanilla y, en cambio, se dedicó a observarlo, aún guardando silencio.
A decir verdad, nunca se había dado tiempo para mirarle con atención, dado que un segundo lo tenía frente a ella y al siguiente quería sujetarle una cuerda al cuello y colgarle de la rama más alta de Goliat, un árbol que era su favorito y cuyas raíces se nutrían de la pequeña colina situada en la parte más alejada del terreno del colegio. Sin embargo, ahora, a la luz de la mañana y bajo el influjo del té de menta que tomara en el almuerzo, tuvo qué reconocer que sus rasgos no eran comúnes: ¡Parecía un condenado vikingo!
─¿Sabes? Jamás pensé que fueras malhumorada por las mañanas, Princesa; creía que tus rabietas comenzaban después del primer receso ─dijo entonces Alistair con voz perezosa, obviamente intentando fastidiarla. Sin embargo, ella contuvo el deseo de responder que sus rabietas no tenían horario pero solían comenzar, por lo regular, justo un segundo después de que él aparecía, y permaneció en silencio sin dejar de observarle, genuinamente interesada en el aspecto físico de su némesis.
Los rasgos estaban ahí: la considerable estatura y corpulencia, muy por encima del promedio entre los chicos del colegio y fuera de él, el cabello de un rubio clarísimo, casi platinado que, por cierto, Alistair siempre llevaba excelentemente cortado, y esos ojos, de un azul tan preciosamente intenso que daban ganas de mirarlos todo el día; uno de los cuales, en ese preciso instante le hizo un travieso guiño, cosa que le descolocó y estuvo a punto de evitar que descubriera las pecas.
¡No podía ser! Wicky sintió sus ojos agrandarse por la sorpresa. ¡No él! ¡Él no podía tenerlas! ¡No cuando era tan perfecto! Desde su conocedor ojo de retratista, claro.
Contuvo el deseo de suspirar con frustración y se enfrentó a la verdad, mirando directo al centro del rostro masculino. Efectivamente: las pecas estaban ahí, sobre su nariz y en la parte superior de sus mejillas. No eran visibles gracias a que los pómulos de Alistair siempre estaban ligeramente enrojecidos debido al efecto del frío y el sol sobre la blancura de su piel. Las continuas prácticas al aire libre que le mantenían ocupado a diario en el área deportiva no conseguían nada en su rostro excepto ese ligero y permanente sonrojo. Tal bendición de la naturaleza era envidiada por más de una joven entre sus tantas admiradoras, ya que nunca en toda su estancia en el colegio, decían, habían visto otra cosa que hermosura en ese rostro perfecto al que ni siquiera el sol se atrevía a arruinar. Obviamente, supuso Wicky con cierta malicia e inconsciente actitud triunfal, esas chicas no habían estado nunca a menos de medio metro de él.
Wicky recordó que Alistair no sólo practicaba Rugby, sino también Polo y Futbol. Además era un jinete notable cuyos premios en numerosas competencias de prestigio acrecentaban la categoría del colegio. Tanto, que él era el único alumno que tenía permitido montar a cualquier hora del día o de la noche sin necesidad de informar al superior y también era el único cuya montura tenía un lugar reservado en las caballerizas de la institución, por permiso especial de sus entrenadores personales. Wicky pensó con añoranza en su propia yegua, Dalilah, y se dijo que era sumamente injusto que sólo los hombres tuvieran permitido participar en competencias ecuestres. Ahí sí que envidiaba a Ardley.
Sin embargo, volviendo al tema de las pecas, notó que éstas no le hacían parecer en ninguna manera gracioso, como usualmente ocurría con la mayoría de la gente; sino que en él lucían más bien como una distinción, al igual que las heridas de guerra en los combatientes. Supuso que la arrogancia del tipo era suficiente para contrarrestar cualquier efecto guasón de ese accidente de la naturaleza. Incluso ella no tenía deseos de burlarse de él, lo cual era bastante extraño para los estándares de su antagónica relación. Con un suspiro, volvió a concentrar su atención en el paisaje, comprendiendo que ser raptada en medio de la noche con la complacencia de la superiora del colegio, no hacía mucho por la autoconfianza de una princesa heredera. ¿Qué diría su padre si la viera?
Seguramente cancelaría por tiempo indefinido su presentación en el palacio de Buckingham y la enviaría de nuevo a esa espantosa residencia en los Alpes donde sólo podía escuchar el sonido del viento pasando entre los pinos, sin poder salir siquiera al jardín ¡Ah! Sin contar que le daría una zurra como no lo hacía desde que tuviera siete años y cortara con las tijeras aquellos interesantes dibujos de no se qué estandarte con más de doscientos años de antiguedad.
Los minutos transcurrieron hasta convertirse en quince, pero Wicky no conseguía apartar de su mente a su condenado compañero, y éste no ayudaba, dado que había comenzado a observarla fijamente, sin duda intentando de nuevo fastidiarla. Sin embargo, realmente ella no deseaba enrarecer más el ambiente en el estrecho interior del automóvil cediendo a su silenciosa provocación. Viajar con sus acompañantes protocolarios, Lady Marianne y Sir Osvald, no era una opción tampoco; dado que prefería discutir con Alistair a soportar alguna de las anécdotas de la dama. Además ninguna cosa, ni siquiera la compañía de Alistair, sería tan mala, mientras pudiera admirar ese precioso paisaje durante todo el día.
Intentó recordar con el mayor detalle posible cuanto sabía de Alistair Ardley. No mucho, reconoció con cierto fastidio. Lo único que todas las chicas del colegio comentaban de él eran su enorme riqueza y su apostura, realzada por su actitud egocéntrica, distante y tremendamente ruda. Wicky pensó, sorprendida, que esa era una descripción que ella jamás habría dado de Alistair.
Desde que le conocía, y no había pasado más de un año de tal desastroso encuentro, le recordaba haciéndola enfadar hasta lo imposible, pero jamás sin una sonrisa de por medio. Alistair era un chico que sonreía siempre y daba toda la impresión de disfrutar la vida sin muchas preocupaciones ¿De dónde sacaban que él era distante, rudo y pretencioso? Bueno, tal vez lo último sí, pero ella habría cambiado el adjetivo por arrogante. Alistair era incluso más arrogante que su primo Hans, quien era príncipe por doble circunstancia, segundo en la línea de sucesión a la corona de uno de los principados holandeses y, además, sucesor directo al gobierno de un pequeño, aunque próspero, territorio cercano al Mediterráneo.
Los Ardley americano-escoceses, como eran llamados Alistair y otros parientes suyos venidos de América, Escocia y otros países como Francia y Dinamarca, eran toda una leyenda en el Real Colegio San Pablo. Se decían muchas cosas, ninguna de ellas cercana a la verdad por supuesto, del cómo esa familia había conseguido hacer realidad el sueño de todo inmigrante. Habían partido de Escocia como fuerza de trabajo, y ahora controlaban una gran parte del capital del Continente Americano e incluso Europeo. Sin embargo, dada su antiguedad como clan, poseían también alguno que otro título de rancio abolengo. Alistair, se rumoraba, era en realidad un noble escocés cuyo linaje se remontaba casi un milenio en la historia.
En la memoria de Wicky surgió el borroso recuerdo de aquel festival del colegio durante la primavera pasada, al cual ella concurriera como simple invitada de honor, dado que aún no formaba parte del alumnado. Un joven ataviado con el tradicional traje de las Tierras Altas había sembrado el silencio entre los numerosos asistentes, al presentarse de improviso durante un receso de la música. El muchacho irradiaba portentosa dignidad: el tartán diestramente colocado rodeando sus piernas y torso, la gaita en su mano izquierda, sus pasos tan solemnes como los de un Guardia de Su Majestad mientras avanzaba hasta el estrado principal, desde donde comenzó su actuación, ejecutando una melodía escocesa tan antigua como el tiempo. Wicky aún recordaba la magia de ese momento; aunque no fue sino hasta mucho después, a su llegada al San Pablo, que ubicó a Alistair como el protagonista de tan singular episodio.
En el colegio se enteró de que tal aparición había ocurrido gracias a una petición expresa de la hermana Margaret, quien le solicitó que lo hiciera como una atención para el invitado sumamente importante que asistía a ese festival: el Príncipe Alexander Sergei Klaudius Kasparkow y todos sus etcéteras, el padre de Wicky para mayores referencias, un fanático, ella lo sabía bien, de la cultura escocesa y otras más influenciadas por los Celtas.
Wicky sintió un atisbo de culpabilidad al reconocer que Alistar se había portado sumamente bien en aquélla ocasión. Había charlado con su padre durante un largo rato, respondiendo pacientemente y con denotada cortesía a todas sus interrogantes sobre las Tierras Altas y ofreciéndole incluso, una breve lección de gaélico, idioma que fascinaba al Príncipe. Su amabilidad, reconoció Wicky, influyó positivamente en la decisión de su padre de permitirle tomar ahí un curso antes de su presentación a la realeza.
Wicky miró nuevamente a Alistair, quien permanecía en silencio, con los ojos cerrados y con una expresión por demás melancólica. No era el mismo de siempre, ahora lo percibía. Lo más seguro era que sus intentos de iniciar una discusión obedecieran más al hábito que a una verdadera intención. Sintió vergüenza al reconocer que, desde el mismo momento en que salieran del colegio, ella no había mostrado ningún interés en averiguar la razón de su extraño comportamiento, incluído el hecho de que hubiera decidido arrastrarla consigo en esa particular aventura.
