Lord Archibald Cornwell-Aston, octavo conde de Astonleigh, contempló el atardecer desde el amplio ventanal que abarcaba el balcón central al completo. El Solarium había sido siempre el lugar preferido del tío William, y Lord William, el joven heredero Ardley, había declinado utilizarlo, reservándolo para uso exclusivo de Candice desde que su padre muriera.
La estancia lucía demasiado silenciosa sin ella, pensó nada más entrar en el solitario espacio atiborrado con la brillante luz rojiza del ocaso. Lord William había decidido mantenerla cerrada hasta que el último invitado no se hubiera marchado, y tal cosa había sucedido precisamente hacía cinco minutos, cuando el prometido de Aislyn, Richard, partiera en compañía de la joven hasta St. Sophie, la academia para señoritas donde ésta cursaba un último año antes de realizar el viaje a Europa para permanecer la obligada estancia en una prestigiosa escuela ubicada en Suiza.
Candice había decidido, siguiendo el ejemplo de Elisa de Donovan-Ralenagh, que Aislyn no asistiría al Real Colegio San Pablo, pese a las excelentes referencias de la institución. La mueca irónica de su tía política aún estaba en su memoria; ella había dicho que el San Pablo no era sitio para Aislyn entre todos sus hijos y Archibald concordaba plenamente con ella: el encierro no era algo que su amada y vital sobrina pudiera tolerar demasiado tiempo.
Sin embargo, a Archibald no le cabía la menor duda de que Aislyn habría insistido en una decisión muy distinta si Madeleine hubiera sido alguna vez alumna de la mencionada institución. Lo cierto era que Aislyn admiraba a Madeleine, la hija de Elisa, como a ninguna otra persona, y estaba siempre dispuesta a seguir sus pasos.
Archibald pensó inevitablemente en la heredera Donovan-Ralenagh, quien permanecía soltera pese a estar a punto de cumplir los treinta años y recordó que, más de una década atrás, por motivos que aún le sorprendían, Elisa tampoco consintió en que su única hija cruzara el Atlántico para asistir a un tonto colegio de aires esnobistas y peor sentido de la vigilancia, según sus propias y sorprendentes palabras.
Esa fue una de las raras ocasiones en que Candice y Elisa habían intercambiado miradas de complicidad totalmente sinceras. Y aquélla ocasión él había necesitado más de una copa de oporto, temiendo que el acuerdo entre esas dos acarreara algo tan horroroso e inevitable como el fin del mundo.
Lord Archibald sacudió la cabeza, mirando sin ver el imponente librero que honraba la memoria de Sir William e incentivaba la curiosidad inagotable de Aislyn, preguntándose, como siempre lo hacía desde que leyera en el diario el anuncio del eventual enlace matrimonial entre Candice y William ¿Qué hado del destino había propiciado un encuentro tan singular como el que ocurriera con la pareja central de la familia Ardley?
Recordó su sorpresa inicial en el baile del frustrado compromiso entre Candice y Neal y su regocijo ante la noticia, que siempre le había parecido la justa venganza de La Providencia contra Aloy y los Leegan. Recordó también que fue mucho después, justo cuando comprendiera que el pasado y el presente de Candice y William estaban intrínsecamente unidos, que en su alma comenzara a palpitar la angustia del futuro que perseguía implacable a la pareja.
Lord Archibald miró hacia el segundo estante inferior, donde se localizaba una preciada colección de diarios que Candice atesoraba tanto como él: el 'Archivo de la Guerra', solía llamarlo; su rostro inusualmente serio, su voz teñida con añoranza y nostalgia. Ella solía contar que lo había descubierto casi por casualidad meses después de su matrimonio con William: notas y notas periodísticas respecto a lo que ocurría en el frente; listas también, de las bajas de los hombres del Clan Ardley, sobre todo de habitantes de las Highlands y de América. Nada fue dejado al azar, y el propio Stear estaba registrado en ellas. En parte labor de George, había que reconocer, dado que William también había estado a punto de ser un nombre más en ese extenso archivo, de no haber sido por Candice.
Archibald pensó en William, su tío abuelo, y en el hecho de que él no podía saber que aquélla guerra ni siquiera se compararía con la que ocurriera dos décadas después. Buena cosa la ignorancia respecto al propio futuro y el ajeno, concluyó, dedicando, como cada día, un pensamiento a su finada esposa. A su Annie: siempre suya, siempre silenciosa, aún en el recuerdo.
Archibald se preguntó si Candice estaría ahora charlando con ella, deseando de todo corazón que así fuera. Esperaba que Annie hubiera perdonado a Candice por algo de lo cual no era culpable, pero sí responsable. Annie había percibido su sozobra, la desdichada. Y pese a su inevitable matrimonio, había sabido también que una parte de él siempre sería sólo para Candice; porque, aunque prometiera sinceramente a Stear dejarla atrás, no pudo hacerlo jamás. Tan sólo lamentaba el que Annie hubiera partido de este mundo de esa manera y con la certeza de que el corazón de su esposo no le pertenecía por completo.
La señora Brighton había llorado tanto como su propia madre: la primera con la dolorosa convicción de que La Providencia se había ensañado con ella ya dos veces; segura de que no tenía ya nada porqué vivir, aunque dispuesta a brindar a Candice la ayuda solicitada para convertir en realidad uno de los preciados sueños de Annie: ayudar a los niños maltratados y miserables de los territorios menos prósperos de las Highlands; la última demasiado sensible a la muerte tras la partida de Stear y, posteriormente, de su amado esposo.
Archibald recordó que entonces Candice no había llorado. Jamás había vuelto a llorar desde que ocurriera su boda con William. Ni siquiera cuando éste muriera en aquel cobarde atentado, sus preciosos ojos esmeralda habían vertido lágrimas en público. Y Archibald conocía perfectamente que la razón para ello empezaba y terminaba con el líder de los Ardley: William detestaba las lágrimas de Candice, y siempre hacía hasta lo imposible por evitarselas. Una labor concienzuda que acaso nadie más en este mundo pudo llevar a cabo con éxito, y que nunca más nadie se sintió capaz de tomar sobre sus hombros.
Archibal agradecía y comprendía, quizá mejor que ninguno, la grandiosa bendición que representaba que dos personas tan especiales hubieran decidido otorgar una oportunidad inigualable al amor, superando cuanto obstáculo apareció en su camino para demostrarle al mundo que los milagros todavía existían.
No sin cierto pesar, Archibald recordó el escándalo que propició el matrimonio de ambos, y los rumores que les persiguieron implacables durante demasiado tiempo, incluso después del nacimiento del primogénito. Lord William había llegado al mundo transcurridos apenas ocho meses de la ceremonia nupcial, trayendo consigo inoportunos comentarios que, sin embargo, poco hicieron por menguar la felicidad de la pareja más notoria de la sociedad de Chicago.
Archibald sonrió al reconocer que, desde aquel lejano entonces, William y Candice eran un par totalmente fuera de serie, y que había sido la combinación de las extraordinarias personalidades de ambos la que, al final, había terminado por rendir a los más escépticos y por propiciar que las murmuraciones se convirtieran en elogios gritados a voz en cuello.
Fueron casi tres lustros los que el destino había obsequiado a sus amados parientes para disfrutar el uno del otro, cosa que a Lord Archibald, en particular, le resultaba tremendamente insuficiente; aunque de los labios de Candice jamás había escuchado que brotara contra La Providencia ninguna palabra de ingratitud al respecto, no obstante que era obvia la tristeza que siempre le acompañó tras perder a William.
Archibal consideró seriamente, quizá por primera vez en décadas, ese particular rasgo de Candice; tan ajeno a la risueña chica pecosa que él conociera en el pasado y tan distintivo de la mujer que, después de la muerte de William, tomó en sus manos las riendas del emporio familiar, sin permitirse un solo instante de duda, y crecida ante la responsabilidad que repentinamente fue dejada sobre sus engañosamente frágiles hombros.
Candice había amado a William con todo su ser y, acaso únicamente Archibald, a quien el destino también obsequiara un presente sellado con lágrimas y sangre, comprendía el silencioso tormento que anidaba en el corazón de la joven viuda. Sí, Candice había rehuído las lágrimas con valentía, consagrándose a lo que consideraba su especial e ineludible deber: la formación del heredero Ardley; incluso Alistair y Aislyn dejados de lado, aunque inconscientemente y nunca por real desamor o cualquier otra emoción emparentada con él, sino porque ella abrigaba la secreta esperanza de que su tiempo en el mundo no fuese demasiado todavía y que, pronto, muy pronto, estaría junto a William para siempre.
No obstante las expectativas de la propia Candice respecto a su porvenir, Archibald era testigo de que el destino poco hacía por cumplir gustos que no fueran los propios. Y los años habían pasado, lentos e inexorables, acrecentando considerablemente, gracias a la conjugada astucia del fiel George Johnson y Candice, el ya de por sí incuantificable patrimonio familiar; y trayendo consigo también, noticias tan sorprendentes como el nacimiento de William Antonio José Francisco: William Antonio en memoria de su padre, su abuelo y su tío; y José Francisco en memoria de su padre legal. Todo un Ardley, pese a jamás estar en posibilidad de ostentar tal apellido.
Al contemplar el retrato familiar que dominaba la pared lateral del solarium, Archibald pensó en su tío abuelo y en el irrefutable hecho de que William no habría sido tan fuerte como Candice, si hubiese sido ésta la que hubiera partido antes que él. No. En sus interminables noches de insomnio, sorteadas con la única y apreciada compañía de su omnipresente copa de oporto, la conclusión que un perplejo Archibald había terminado por formular, se fundaba en la inquebrantable convicción de que Candice había sido desde el mismísimo principio un regalo de La Providencia especialmente enviado a William y eventualmente a los Ardley: la única respuesta posible para que éste fuera capaz de conservar la cordura en medio de las dolorosas tragedias que le tocara afrontar y la única opción también para que la cohesión familiar fuera preservada en medio del vertiginoso devenir de la historia.
Tuvieron que pasar demasiados años para que Archibald conociera a cabalidad mucho de cuanto Candice y William habían vivido: siempre unidos, siempre juntos y jamás dejando de pensar en el otro, incluso cuando se encontraban lejos físicamente. Y, conforme su personal colección de anécdotas aumentaba, la verdadera dimensión de la relación entre la pareja incrementaba su trascendencia.
Lord Archibald evocó, mientras contemplaba el escudo de armas de la familia, bordado en hilos de oro, plata y con incrustaciones de piedras preciosas, a los tres dignos frutos del amor entre William y Candice: cada uno de ellos era la prueba irrefutable de que el destino jamás se equivocaba a la hora de realizar sus intrincados tejidos y de que Candice y William habían cumplido con creces sus obligaciones como líderes de la familia, proporcionando a los Ardley tres vástagos sobradamente capaces de hacer frente a todas sus responsabilidades.
De Aislyn no tenía más que recordarla para animarse, puesto que la joven llenaba de una manera incomparable su solitaria vida. Cuando Annie muriera de debilidad, tras dar a luz al hijo de ambos, tan ardientemente deseado y esperado por más de una década, y cuando su primogénito corriera la misma suerte que su esposa, apenas tres días después de nacido, Archibald había creído enloquecer, puesto que la tragedia de nuevo golpeaba a su puerta sin dejarle una sola razón para continuar viviendo. Sin embargo, perdido en la quinta botella del whisky que comenzara a ingerir no bien concluyó el funeral, aún consiguió escuchar el angustioso llanto de la bebé que permanecía en los aposentos de Candice, quien se encontraba inexplicablemente ausente y evidentemente demasiado lejos para escucharla.
Él había corrido, como perseguido por mil demonios, arrastrando consigo algunos invaluables objetos que adornaban los pasillos de Dleytower, su embotada mente repentinamente alerta y asustada por lo que creía era un llamado desesperado de auxilio, tan sólo para encontrar a una enrojecida y visiblemente furiosa Aislyn quien, a sus tres meses, no dudaba en expresar de esa manera su inconformidad por la total falta de atención que se le prodigaba. La única hija de Candice era así: exigente, franca y dispuesta a obtener lo que deseaba; y desde ese día, Archibald recuperó no sólo la sobriedad, sino también el deseo de vivir, atento siempre al milagro que Ailsyn demostraba ser día con día.
Como el integrante más singular de la nueva generación estaba el siempre calmado y correcto Alistair, tan parecido a Sir William, que Archibald creía secretamente que en tal característica estribaba el hecho de que Candice hubiera decidido mantenerlo alejado de ella por el mayor tiempo posible, bajo el supuesto de que debía permanecer cerca de la familia que debía gobernar. Aún para el propio George Johnson tal decisión había sido sorprendente, y había propiciado su jamás declarado rompimiento con Candice, para quien continuaba reservando únicamente el respeto debido a la esposa del laird.
Archibald recordaba la discusión, ocurrida en ese mismo lugar sin importar su presencia, y el cómo George había recriminado amargamente a Candice su proceder, alegando la injusticia que estaba cometiendo, trayendo a su memoria la soledad de Sir William y comunicándole los nunca antes mencionados deseos póstumos de éste. Sin embargo, todas las palabras habían caído en oídos sordos y Alistair, a sus tiernos ocho años, fue condenado a pasar la mitad del tiempo en Escocia, lejos de su familia, aunque custodiado fieramente por la familia de Johnson al completo, quien desde aquel momento, profundamente decepcionado, dejó en las capaces manos de Candice el destino de las empresas Ardley en América, para consagrarse a la educación de Alistair y a preservar el extenso patrimonio que la familia aún conservaba en Europa, despidiéndose para siempre de Lakewood y estableciendo su residencia permanente en Kintore Cottage, la propiedad que recibiera en custodia años atrás, tras ser nombrado Guardián de Honor por el padre de Sir William.
La decisión de Johnson aún sorprendía a Archibald, así como también la inflexibilidad de Candice, a quien él no pudo jamás cuestionar por tal situación, dado que no se atrevía a provocarle aún más dolor. La alegría de Candice al recibir cada seis meses la visita de Alistair era evidente y derribaba por completo la convicción que cualquiera pudiera abrigar respecto a su falta de amor hacia su hijo menor. No, Archibald sabía que existía mucho más tras ese asunto de lo que jamás se enteraría; de igual forma en que existían situaciones particulares en la historia de Candice y William que éstos optaron por mantener en estricta reserva ante todos los miembros de la familia; como las circunstancias que rodearon su enlace y el mismo nacimiento de su primogénito.
Archibald recordó a Lord William y el cómo siempre había considerado por demás increíble el que el heredero hubiera reflejado, desde la más tierna infancia, los rasgos que lo identificaban como hijo de Candice: las pecas, los ingobernables rizos, la esmeraldina mirada y todo signo exterior, incluídos gestos particulares, pertenecían a ella; así como también eran suyos la impulsividad y la disposición a seguir al corazón sin importar nada más. Al igual que a su madre, el destino también había regalado a Lord William la innata capacidad para sonreír en medio del más intenso dolor y la profunda convicción de que debía seguir sus impulsos hasta las últimas consecuencias. Y había sido esa intuición fuera de serie la que propiciara, indudablemente, el nacimiento de William Antonio.
La memoria de Archibald conjuró la deleitada sonrisa con que Sir William contemplara por primera vez a su primogénito, nacido al amanecer del tercer día de angustiante espera, seguro de que Candice consideraría una falta lamentable, imputable estrictamente a ella, semejante apariencia. Las protestas de Aloy habían surgido como cántico de urracas, así como los comentarios siempre sobrantes de los Leegan mayores al respecto; sin embargo, William había sonreído más feliz que nunca, satisfecho del legado que su amada esposa había traído a los Ardley y, a partir de ese momento, su corazón había descansado, plenamente seguro de que en sus brazos sostenía el brillante futuro de la familia.
La inusitada convicción de su tío abuelo aún fascinaba a Archibald hasta lo indecible, puesto que William había tenido razón respecto a todo; incluida la certeza de que el corazón del nuevo vástago era tan grande como el de su madre.
El destino no había concedido a William el contemplar con sus propios ojos la manera en que Lord William había sido especialmente bendecido con riquezas y dones tan inesperados como el descendiente que recién arribara a Lakewood; sin embargo, Archibald sabía que su tío había partido del mundo con la plena certeza de que su deber estaba cabalmente cumplido y de que Candice sería capaz de afrontar cualquier reto en su nombre. Y él, Archibald Cornwell-Aston, lo sabía porque había sido la última persona que lo contemplara con vida: plenamente consciente de cuál era su destino inmediato; su mirada serena aún en el último momento y su último aliento consagrado a pronunciar el nombre de Candice.
Lord Archibald contempló la oscuridad que ya dominaba el exterior, sintiendo el renovado dolor mezclarse con su eterna e inextinguible culpabilidad, preguntándose porqué el destino había sellado de esa forma su existencia: condenándole a permanecer como testigo en primera línea, pero jamás permitiéndole ser partícipe de la historia que se desarrollaba ante sus cansados ojos.
