Wicky despertó, sobresaltada por encontrarse sola en medio de la nada. Un momento después, su memoria comenzó a funcionar y descubrió que el automóvil se había detenido. Era muy temprano aún, y, a juzgar por la luz del sol que apenas comenzaba a brillar, supuso que habrían transcurrido apenas un par de horas desde que Lady Marianne irrumpiera en sus aposentos en la residencia campestre donde habían pasado la noche, despertándola en medio de la fría madrugada para avisarle que debían partir en seguida.

Apenas sí recordaba haber saltado para vestirse y ser conducida a toda prisa hasta el vehículo donde el conductor y Alistair ya esperaban por ella, éste último con una expresión que no ponía en duda cuánto estaba disfrutando el episodio al completo, y haciéndola enrojecer de vergüenza al comentar, con tono francamente irónico y a punto de estallar de risa, respecto a su innegable estilo para combinar los géneros y los colores; obvia alusión a su desafortunada elección de prendas, gracias a la semioscuridad y a la ausencia de su doncella habitual, quien, dadas las estrictas normativas del Real Colegio San Pablo respecto a los uniformes, no le era necesaria mientras permaneciera allí, dado que no tenía que portar un vestuario diferente al utilizado por el resto del alumnado.

Wicky se sintió en ese momento tan mortificada como se había sentido horas atrás, puesto que ella en verdad no encontraba nada de malo en la combinación elegida de entre las mudas que Lady Marianne había llevado para ella, desde la residencia real en Londres, sitio en el que sus acompañantes protocolarios residían mientras permanecía en el San Pablo. El rostro de la dama, en cuanto salió al pasillo, no obstante, fue un preludio al comentario de Alistair; eso ni dudarlo, y tal cosa provocó que Wicky preguntara al cielo porqué demonios su padre había establecido a una británica como su acompañante si era obvio que jamás la ayudaba en el menor asunto; especialmente en uno tan delicado e importante como lo era la elección de vestuario.

En ese momento Alistair ya no se encontraba a su lado, puesto que había descendido del vehículo y ahora se encontraba de pie, a la orilla de la carretera. El muchacho tenía la Gaita en sus manos, y parecía estar perdido en sus recuerdos. El conductor del automóvil había desaparecido misteriosamente, notó entonces, comprendiendo que la razón para permanecer en medio de la nada debía ser importante.

Pronto la música comenzó; tan lenta como los caracoles al avanzar por entre el pasto, tan calma como las suaves olas de los estanques, y Wicky casi pudo sentir como todo cuanto la rodeaba comenzaba a cobrar vida; incluso su corazón se sentía más ligero, conforme las notas se sucedían unas a otras, en una cadencia por demás irresistible.

Miró por un momento a su alrededor y descubrió a Sir Osvald y Lady Marianne a respetuosa distancia. El auto en que ellos viajaban también se había detenido y ahora eran mudos testigos del talento de Alistair. Rápidamente se desperezó y descendió a su vez del vehículo. Por un momento pensó en acercarse a Alistair, pero comprendió que no sería correcto. Lo que fuera que él estuviera haciendo debía hacerlo solo; así lo entendía.

Se alejó unos pasos, rumbo al césped que bordeaba el camino, lo suficiente para alcanzar el cercado de madera que marcaba el inicio de un extenso corral para ganado. Sin dudarlo, afianzó el pie sobre el primer soporte y trepó ágilmente hasta el tercer madero, utilizandolo como asiento. Ahora tenía un sitio inmejorable para disfrutar la vista de ese extraño sujeto que era Alistair.

La melodía era solemne, pensó conforme el sonido inundaba sus oídos. Aunque no la conocía sentía las vibraciones que, a través de la música, Alistair enviaba hasta ella, e incluso más allá. Era un silencioso llamado, una convocatoria que no admitía rechazo. La pradera entera parecía despertar siguiendo el ritmo marcado por el artista. Un potrillo se acercó, galopando con regocijo y , juguetón, estuvo a punto de hacerla perder su precaria posición; sin embargo, Wicky consiguió permanecer en su sitio, poco dispuesta a dispersar su concentración; la fascinación que sentía por los caballos dejada de lado por un interés mucho más intenso hacia lo que sucedía con Alistair.

Mágicas notas de ensueño. Era lo que Wicky podía decir. Se sentía transportada en el tiempo, hasta un lugar muy lejano, más allá de la pradera y de las montañas, más allá incluso del mar. Tal vez era el mismo cielo dándole la bienvenida, revelándole los más tórridos secretos de la creación, agolpando sus sentidos con bendiciones incomprensibles, aunque bienvenidas de cualquier forma.

Disfrutando la extraña paz que la música de Alistair conjuraba en ella, Wicky dejó su mirada vagar por el ambiente que les rodeaba y, sorprendida, pudo constatar que otro vehículo se aproximaba, escoltado por dos vehículos más, rodando con lentitud por el camino que avanzaba hacia el interior de una propiedad, bordeando la cerca sobre la cual ella se encontraba. El auto se detuvo a unos cuantos metros de donde ellos se encontraban y, para su mayor asombro, fue su padre quien descendió de él, encaminándose con lentitud hasta donde ella se encontraba.

El Príncipe Sergei guardó silencio, escuchando con atención el sonido de la gaita. Wicky comprendió que no estaba enfadado en absoluto y, de pronto, tuvo la horrible certeza de que su padre sabía a la perfección que ella estaría allí, con Alistair, en ese remoto lugar de la frontera entre Escocia e Inglaterra.

Su padre sonrió, complacido de verla. Y Wicky, no obstante corresponder a su sonrisa, también tuvo la desagradable convicción de que se encontraba satisfecho por una razón mucho más importante que el encontrarla a salvo.

Sin embargo, el hombre no dijo nada y se limitó a hacer un ademán, señalando algo que Wicky no había notado: tras ella, más allá de la cerca, custodiando la orilla opuesta del camino privado que había visto, y bajo la copa de un frondoso árbol, se encontraba un símbolo grabado en mármol: un águila con las alas extendidas, una rosa floreciendo en medio de sus garras y la letra "A" en su corazón. Era un escudo de armas sin lugar a dudas, aunque algo singular, dado que carecía de la forma tradicional marcada por la heráldica: sin barras, ni blasones, ni ningún otro símbolo; tan sólo un águila, una rosa y la letra A.

La melodía aminoró de volumen, afectando de nuevo las emociones de Wicky, quien aún no conseguía adivinar cómo Alistair conseguía tal efecto con un instrumento tan simple, pero así ocurría. La magia estaba desvaneciéndose y, al mismo tiempo, haciéndose más fuerte; como si decreciera en intensidad y creciera en efecto. El Príncipe Sergei habló entonces:

─Está realizando la Salutación de Honor ─explicó, haciendo que los ojos de Wicky se abrieran asombrados, dado que desconocía que su padre estuviera informado respecto a lo que sucedía─. Cada vez que un Ardley viaja a través de estos territorios, camino a su hogar, considera un deber ineludible ofrecer este gesto de respeto a los residentes de Kintore Cottage justo con la primera luz del amanecer. La melodía le identifica, además, como el Jefe del Clan Ardley. Es un ritual de más de quinientos años de antiguedad que tiene su origen en una anécdota protagonizada por un antepasado de Alistair y uno de sus vasallos; una broma entre amigos que con el paso de los siglos ha evolucionado hasta convertirse en una ceremonia solemne.

─¿Vasallos? ─inquirió Wicky, olvidándose por un momento de la música y concentrándose en su padre. La referencia la había transportado al misterio, jamás resuelto por ningún alumno del Real Colegio San Pablo, sobre la ascendencia noble de Alistair.

─Aunque Kintore Cottage es una de las propiedades Ardley ─explicó su padre, sin aclarar aún el punto antes mencionado─. Lo cierto es que, por más de cinco siglos, ha sido otorgada en custodia como residencia permanente a aquel a quien la familia conoce simplemente como Guardian; es decir, la persona que, siendo o no por nacimiento parte del Clan Ardley, ha demostrado su lealtad inconmovible al Jefe del Clan en turno y que es, de hecho, el hombre de confianza del laird: su mano derecha.

En ese momento, justo cuando la melodía comenzaba a desvanecerse, Wicky pudo distinguir a tres automóviles avanzando desde la misma dirección en que su padre arribara. Lo único que tenían en común era el negro de la pintura, dado que los modelos eran diferentes. Los vehículos se detuvieron a la entrada del camino privado y de estos se apearon ocho personas, ataviadas con trajes negros, aunque conservando el tartán en forma de banda cruzada al pecho. Sus edades eran tan dispares como su apariencia, y entre ellos había una mujer, que aparentaba tener un poco menos edad que Wicky; sus largos cabellos negros odulados caían pesadamente a sus espaldas, acentuando su fragilidad y su semblante en general, denotaba emoción contenida y serena alegría.

Para sorpresa de Wicky, la joven fue quien se adelantó. Iba vestida también con traje negro de falda larga con pliegues, y el diseño y colores del tartán que cruzaba su pecho por encima de la chaquetilla era el único diferente entre los demás. Su mirada era resuelta, y evidenciaba que, pese a que se alegraba de ver a Alistair, también se sentía triste por alguna razón. Con pasos lentos, como siguiendo una cadencia fijada en su mente, avanzó hasta situarse frente a Alistair, al tiempo que hacía una reverencia, muy parecida a las que Wicky solía recibir de su propia gente y le ofrecía un trozo de tela multicolor prolijamente doblado.

Alistair concluyó en ese momento la salutación y aceptó el saludo con una inclinación profunda, al tiempo que una extraña, melancólica sonrisa, se dibujaba en su rostro. Sin saber porqué Wicky evocó la extraña sensación que la había invadido el día anterior mientras viajaban. Algo pasaba con Alistair; pero aún no entendía qué.

─Sé bienvenido, Sir Alistair Anthony Albert Ardley, laird del Clan Ardley y Barón de Arwick ─entonó en ese momento la joven, con evidente solemnidad─. Que el gran Dios te proteja en tu camino hacia tu hogar. El sendero que conduce hasta Arwick comienza aquí. Kintore Cottage abre sus puertas para recibirte. Que la prosperidad y la abundancia se queden junto contigo en esta casa. Tus leales servidores aguardan por tí y los tuyos. Que tu tristeza se convierta en regocijo y tu llanto en risas. Candice, vive ya en nuestros corazones y el camino de soledad que conduce a la construcción de tu futuro, espera ansiosamente por tus pasos, digno hijo de Ardley.

─Es el saludo de la familia Johnson, una de las pertenecientes al Clan. Según me comentaron, la castellana de Kintore Cottage es miembro del clan Heyr, que es uno de los considerados guardianes del clan Ardley, mientras que el señor Johnson, fue el guardián del padre de Alistair. La muchacha no es la hija mayor─explicó el príncipe─; pero es la heredera designada de los Johnson y por el mismo Alistair, razón por la cual, es a ella a quien corresponde el honor de recibir al Barón e investirlo con el tartán característico del Clan Ardley. La ceremonia comienza aquí y culminará pasado mañana en Dleytower, la residencia del Jefe del Clan.

─¿Ceremonia?

─Le llaman Ceremonia de Investidura a toda una serie de ritos, discursos y honores que el heredero a la Jefatura del Clan debe realizar y recibir en compañía de las familias que gobernará durante toda su vida. Existe todo un protocolo para esta ocasión tan especial ─explicó el Príncipe, en voz baja, observando lo que sucedía con Alistair y los demás.

─¿Especial? ─inquirió Wicky, quien en realidad se había perdido de la mayor parte de la explicación porque estaba concentrada en observar el cruce de abrazos y, evidentemente, de palabras, entre la joven y Alistair y, posteriormente, entre los demás miembros de la comitiva y Alistair.

─Así es ─respondió el Príncipe, también con la mirada vuelta hacia el grupo en afán de no perderse detalle de cuánto sucedía─: Es tiempo de que Alistair asuma plenamente sus deberes como Jefe del Clan Ardley. Aunque, de hecho, él ha sido laird desde su nacimiento, por común acuerdo entre los ancianos del Clan y la castellana de Dleytower, la ceremonia fue pospuesta hasta que él tuviera la edad necesaria para cumplir a cabalidad sus responsabilidades.

─¿Heredera desginada? ─preguntó Wicky, al tiempo que señalaba con un gesto hacia donde se encontraban Alistair y la recién llegada, haciendo referencia a las palabras que escuchara de su padre momentos atrás.

─Rosemary Johnson ─explicó su padre, revelando el nombre de la joven quien, en ese momento, se encontraba ocupada, asegurando el elegante tartán que entregara a Alistar con un fino broche de plata─; ha sido educada desde su infancia para seguir los pasos de su padre y continuar la tradición de la familia de su madre. Ella es, de hecho, la guardiana de Alistair y, tan pronto él tome posesión como Laird, ratificará su nombramiento, que es vitalicio. Ellos crecieron como hermanos ¿Sabes? Pero el protocolo debe ser cumplido a cabalidad. Esta ceremonia se realiza solamente una vez en la vida y la propia Rosemary me ha confiado que desea que todo salga perfecto, porque Alistair se lo merece ─el Príncipe dejó escapar un sentido suspiro antes de comentar─: Dadas las circunstancias, Rosemary considera que la mejor manera de demostrarle su cariño es no cometer ningún error en esta ocasión tan importante.

─¿Cómo sabes todo eso? ─preguntó Wicky, genuinamente intrigada, perdiéndose el énfasis con que su padre pronunció la palabra 'circunstancias'.

─Porque el señor Johnson, su esposa y sus hijos, han tenido la amabilidad de explicarme todo a detalle; para que lo disfrutara mejor, según dijeron.

─¿Cuando llegaste?

─Antier. Alistair me sugirió hospedarme aquí en lo que ustedes nos alcanzaban ─repuso su padre, ignorando su bufido de disgusto.

─¿Porqué estamos aquí? ─preguntó, algo molesta.

─Por expresa invitación de Sir Alistair Albert Anthony Ardley White, décimo Barón de Arwick y trigésimo sexto Laird del Clan Ardley─respondió su padre con seriedad y luego, mirandola con atención, observó─: No te lo ha dicho aún ¿Verdad?

─¿Qué cosa?

─Lady Candice White Ardley, baronesa de Arwick y condesa de Fairland, su madre, acaba de morir.

─¡Dios Santo! ─interrumpió Wicky asombrada. Ahora comprendía todo: la actitud de Alistair y las misteriosas palabras de la hermana Margaret. El "siempre recordaré a Candice", pronunciado con esmerada seriedad y genuino afecto por la religiosa, cobró sentido en ese momento. Wicky se preguntó si la madre de Alistair también había sido, alguna vez, interna en el San Pablo; problamente así era, dado que, tratándose de un miembro de la nobleza, cabría esperar que hubiera completado su educación en una institución de tal prestigio.

─La ceremonia conjuntará la investidura y el homenaje a Lady Arwick por su partida. Es una especie de funeral. Aunque ella no fue sepultada aquí, sino en América, el lugar donde nació, por su expreso deseo se ha efectuado una convocatoria a todos los miembros de la familia que residen en Escocia, Inglaterra e Irlanda, de esa manera no tuvieron que realizar un viaje tan intempestivo y fatigoso a través del Atlántico. El jefe de la familia Johnson considera también, que es la manera en que Lady Arwick aseguró la asistencia del Clan completo a la Ceremonia de Investidura.

─¿La madre de Alistair nació en América? ─preguntó Wicky, genuinamente sorprendida. Su entrenada mente de genealogista comprendió, entonces, que Lady Arwick debía ser una plebeya que al contraer matrimonio con el laird había adquirido el título, puesto que al haber nacido en América no podía ser noble. Inevitablemente, su fascinación aumentó varios grados, al comprender que una historia así debía ser interesante.

─Así es ─respondió su padre y luego, cambiando ligeramente el tema, agregó─: sorprendentemente, algunos amigos de América renunciaron a asistir al funeral para estar presentes en este día y emprendieron el viaje tan pronto como la gravedad de Candice aumentó y resultó evidente que su muerte era inminente. Conmigo vinieron, desde Londres, dos hombres jóvenes que pertenecen al Clan McKenzie, al parecer son muy amigos de Alistair y, aunque viven en Nueva York, decidieron que no querían perderse la ceremonia; ambos están ahora por llegar, dado que ha sido seleccionados como escoltas de Alistair durante el viaje. Otro hombre ha llegado también desde Jamaica, pero se ha adelantado hasta Dleytower para ayudar en los preparativos allá, según supe es primo de Alistair en segundo grado, aunque debe ser por lo menos treinta años mayor que él.

─¿Y dónde está Dleytower? ─inquirió Wicky, notando por primera vez el nombre del lugar, que su padre había mencionado ya varias veces durante la conversación.

─En el rincón más remoto de las Highlands ─replicó el Príncipe, mirándola con seriedad─: será un largo viaje, hija; no sólo porque las condiciones climáticas no son las mejores, dado que se aproxima el invierno, sino porque el protocolo exige que Alistair cumpla con rigurosa exactitud cada ceremonia en tiempo y forma. A decir verdad, si todo sale como está planeado, apenas tendrán tiempo suficiente para volver, viajando por aeroplano, a tiempo para la misa Dominical en el San Pablo.

─¡No puedo creer que él no me lo dijera! ─exclamó Wicky, aunque procurando hacerlo en voz baja para no perturbar el desarrollo de la salutación, que aún continuaba. Confundida como estaba, se perdió la mención de su padre respecto a la forma en que harían el viaje de regreso.

─¿Y entonces...? ─comenzó a decir el príncipe con tono interrogante, lo cual hizo que Wicky palideciera al comprender que tendría que revelar a su padre la manera en que Alistair había conseguido inmiscuírla en todo el asunto; sin embargo, el príncipe pareció pensárselo mejor y dijo─: bueno, no importa. Asumo que la hermana Margaret tampoco te informó que yo había solicitado un permiso especial para ti.

─¡Hubieras podido llamar por teléfono! ─se quejó Wicky y ante sus palabras, el Príncipe se limitó a sonreír, sin que se le escapara la posibilidad de comentar:

─Preferí ahorrarme la escena, preciosa ─replicó el Príncipe con una sonrisa satisfecha, misma que provocó que los ojos de Wicky echaran chispas.

─¡Yo no...! ─comenzó a decir Wicky; sin embargo, fue interrumpida rápidamente por un enfático ademán del Príncipe, quien señaló hacia un punto del camino.

Wicky pudo notar que dos hombres se aproximaban a caballo en la misma dirección por donde llegaran su padre y el resto. Ellos sí estaban vestidos a la usanza escocesa, al contrario que Alistair y los demás. Uno de ellos parecía tener poco menos de veinte años y el otro era mayor, como de treinta; aunque el parecido entre ambos era evidente. Lo que a Wicky más le llamó la atención fue que el mayor sostenía en una de sus manos un macetero de fino cristal, donde florecía un exhuberante rosal blanco y, después del rosal, inevitablemente su mirada se vio capturada por la soberbia vista del par de ejemplares equinos de fina estampa que montaban los recién llegados.

Eran de sangre árabe; sobre eso no le cabía duda, sin embargo, su sorpresa no era debido a eso en realidad, sino a que lucían tremendamente similares a Dalilah, su amada yegua. Jamás hubiera pensado que conocería otros ejemplares con dos estrellas blancas simétricamente colocadas por la biología en un lugar imposible del brillante cuerpo azabache: el lado izquierdo del pecho.

─Sansón y Filisteo ─dijo su padre en ese momento, comprendiendo su asombro y la razón del mismo─. Son hijos de Salomón III y Reina Ester. La pareja de reproductores fue el regalo que Sir Huge Donovan-Ralenagh dio a Alistair con motivo de su cambio de residencia a Escocia, hace más de diez años.

─¿Donovan-Ralenagh? ¿No es el dueño de los establos Leegan-DR? ─inquirió Wicky, sorprendida aún más si era posible. Dalilah llevaba el sello de esos establos, los más prestigiados del continente americano y quizá de la mitad de Europa. Y la mención a Salomón III y Reina Ester despejaba cualquier duda sobre el parentesco de su yegua con los soberbios ejemplares que tenía ante sus ojos.

─Así es ─admitió el Príncipe, respondiendo a su pregunta─. De hecho, tu Dalilah fue el primer vástago que cumplió los estándares de calidad exigidos por el laird para ser comercializado. George me ha comentado que, desde los nueve años, Alistair emprendió, con la bendición de Sir Huge y la ayuda de dos notables miembros del Clan Ardley, la complicada tarea de convertir a Kintore Cottage en una especie de establo auxiliar para el sello Leegan-DR. El señor Johnson dice que jamás dejará de agradecer a Sir Huge ese gesto de nobleza, porque ese proyecto fue un alivio infinitamente grande para la soledad de Alistair, quien debido a sus deberes como futuro laird fue separado de su familia en América y enviado a residir a Escocia.

─Estás bromeando ¿Verdad? ─preguntó Wicky, percibiendo como una desconocida tristeza se introducía en su pecho, confundiéndola y despertando en ella emociones encontradas de la cual la más representativa y dominante era, sorprendentemente, la furia─: ¡Un par de ejemplares de cría no reemplaza a una familia! ¿Quién pudo ser tan insensible como para disponer algo así? ─preguntó, en voz más alta de lo que intentaba. Su estallido hizo que Lady Marianne y Sir Osvald dejaran de mirar al grupo para concentrarse en la pareja real, claramente asombrados, quizá no por el comentario, sino por quien lo había formulado. Afortunadamente, Alistair y los demás no habían escuchado y, si lo hicieron, no dieron ninguna muestra de ello, pues permanecieron concentrados en la ejecución del arcaico rito.

─A veces, querida Natasha ─repuso el Príncipe, con voz inesperadamente seria─. No se trata de insensibilidad, sino de amor, pese a que el resto del mundo no lo comprenda así ─dijo, y cuando ella lo miró con todo el asombro reflejado en sus ojos, se limitó a explicar─: palabras de Alistair, querida, cuando yo le hice exactamente el mismo comentario.

Sin saber qué pensar de tal cosa, Wicky volvió a concentrarse en la escena que protagonizaba Alistair. Los jinetes a lomos de Sansón y Filisteo pronto alcanzaron al resto del grupo y, tras desmontar, en un acto que a Wicky se le antojó sincrónicamente perfecto, hicieron ambos la inclinación de rigor ante Alistair.

─Saludos desde América ─dijo el mayor, al tiempo que se inclinaba levemente; luego extendió los brazos, ofreciendo el rosal a Alistair, quien lo tomó con una sola mano, mientras que la otra la extendía para tocar el hombro del recién llegado en un gesto fraternal─. Con amor de Madeleine y Aislyn ─anunció el hombre, haciendo crecer la intriga de Wicky ante la mención de dos nombres femeninos.

─Aislyn es su hermana gemela, quien, ahora que su madre murió, ostenta por derecho propio el título de Condesa de Fairland ─explicó su padre, adivinando su confusión─. Ella y Alistair nacieron cinco meses después de la muerte de su padre. En la familia eso fue considerado una bendición especial, dada la tragedia que se llevó al jefe del Clan demasiado pronto. Alistair recibió en herencia la baronía de Arwick debido a que nació primero que Aislyn, de lo contrario, sería ella la que estaría ahora protagonizando esta ceremonia, puesto que la familia Ardley recibió, por medio de un decreto real promulgado poco después del matrimonio de los padres de Alistair, la particular concesión de que la Jefatura del Clan pueda recaer en una mujer. Existe un hermano mayor, heredero también; sin embargo, él no nació en Arwick, mientras que Alistair sí, lo cual le otorgó a éste el derecho inalienable de ostentar el cargo y el título.

A Wicky le pareció muy interesante el asunto; pero enseguida, para asombro de su padre, preguntó:

─¿Y quién es Madeleine? La mencionaron en primer lugar.

─A decir verdad no sé; supongo que una chica que lo ama ─respondió el Príncipe, con naturalidad. Aunque contuvo una sonrisa regocijada al ver que su hija palidecía un grado─. Bueno, ya has oído el mensaje ─añadió, con aire disimulado.

Wicky le dedicó una mirada de soslayo; pero no dijo más.