─Será una larga semana ─aventuró Sir Huge a manera de comentario, sin atreverse a mencionar lo que en realidad le preocupaba: la Ceremonia de Investidura que Alistar se vería obligado a efectuar sin la presencia de ninguno de sus hermanos; disposición de Candice, también esta, que había merecido un par de discusiones con Lord William en el trascurso de los años. Discusiones menores, no obstante, que no representaron mayor problema y que concluyeron con el acuerdo de permitir a Alistair decidir por la mejor opción, llegado el momento.

Sir Huge esbozó una sonrisa plena de sinceridad al pensar que resultaba demasiado predecible que la decisión de Alistair concordara plenamente con la de su madre. Entre los tres, Alistair y no Aislyn, como cabría esperar, era quien más apegado a Candice se encontraba, a pesar de la disposición que le llevaba a permanecer la mayor parte del tiempo en Escocia. Circunstancia que resultaba inusitada para la mayoría de los miembros de la familia, más no para Sir Huge quien, de tiempo en tiempo, reconocía que Alistair era el más parecido a su padre de todos, incluido el hecho de que jamás osaba contradecir o contrariar a Candice y que se esforzaba por hacerle más sencilla la vida, sin importar lo que implicara para él mismo.

─No tanto para nosotros como lo será para Alistair ─replicó Lord William, quien ese día visitaba a Sir Huge para realizar acuerdos previos a la reunión de la directiva─. Me atrevo a decir que será el Laird quien llevará la peor parte de todo esto, sobre todo porque Candice no permitió que se informara a la familia que reside en Escocia sobre su enfermedad y el inminente final. El Laird tendrá que repetir la historia una y otra vez hasta que todos queden satisfechos y enterados ¡Maldición!

Al escuchar la manera en que Lord William llamaba a su hermano menor, Sir Huge esbozó una mueca divertida, porque tal cosa corroboraba, con mucho, su personal convicción respecto a la sabiduría del destino en lo tocante a la jefatura del Clan. Alistair y no Lord William, era el mejor hombre para asumir el cargo, pesara a quien le pesara. Candice también había estado en lo correcto en cuanto a eso.

─Confieso, Sir Huge, que aún ahora no consigo comprender a Madre ─declaró Lord William, con voz impregnada de tristeza─. ¿Dónde quedó la mujer que todos llegaron a amar? ¿Cuándo fue que Candy White desapareció para convertirse en Candice? Tan dura, tan firme, tan incapaz de dudar por un momento, aunque sus decisiones provocaran un gran dolor a los suyos.

Sir Huge pensó que Lord William se refería a la decisión tomada por Candice, en su carácter de guardiana del heredero, de enviar a Alistair a residir a Escocia, hacía más de una década ya; un suceso que había llenado de tristeza a la familia cercana, especialmente a Jhonson.

Aunque la mayoría de los Ardley de América pensara que en Alistair se repetía sin remedio la historia de soledad, frustración y sufrimiento de Sir William Albert Ardley, Sir Huge solía creer, firmemente apoyado por las confesiones de su mejor amigo, que tal etapa había sido sobradamente recompensada gracias a la libertad que permitió a William y a Candice forjar un lazo indestructible que les habia preparado para todo cuanto les tocara enfrentar durante su vida juntos. Y, plenamente adherido a las motivaciones de Candice, confiaba plenamente en la capacidad de Alistair de obtener abundantes frutos de la supuesta adversidad con que su propia madre decidió marcarlo a tan temprana edad.

Aún en el presente, Sir Huge no se atrevía a considerar siquiera la posibilidad de una equivocación de Candice en lo tocante a esa decisión; si la madurez y el firme carácter de Alistair, así como su capacidad de liderazgo, podían considerarse el brillante resultado de las disposiciones de la matriarca de la familia. Anque los Ardley de Escocia y Europa también emitieran de cuando en cuando juicios negativos contra la esposa del Laird, Huge dudaba que realmente estuvieran en desacuerdo con la presencia casi permanente de Alistair en Dleytower. Una mueca divertida se pintó en el maduro rostro del caballero al concluir que, muy al contrario que el resto de la familia, y aunque eligiendo ignorar el papel de Candice en el asunto, los Highlanders siempre parecían dispuestos a agradecer la bendición de un heredero cercano a ellos, especialmente porque ese heredero era Alistair y ningún otro más.

Sir Huge consideró por un momento la afirmación anterior y se percató de cuán cierta era, y es que, Alistair y no William era quien había sido dotado por la providencia no sólo de las preciadas circunstancias especiales alrededor de su nacimiento que lo proclamaban como el heredero indiscutible, sino también del carácter curtido y arrojado, típicamente escocés, que había caracterizado antaño a su padre y las características físicas que lo proclamaban como un digno Hijo de Ardley: Alistair y no William era quien había nacido en la habitación de la castellana allá en Dleytower, apenas una hora antes que su hermana Aislyn, proclamando al mundo a grito abierto su rango señorial; los ojos de Alistair, y no los de Lord William, eran los que estaban teñidos de ese intenso color azul "vikingo", una característica genética de la que el clan al completo se enorgullecía y que, gracias al enorme sentido de ironía de La Providencia, habían estado ausente en el hijo mayor de Candice, y William, a quien los más ponzoñosos miembros de la familia siempre habían acusado de ser demasiado "Candice" y poco "Ardley".

Sir Huge contempló a Lord William, observando por varios momentos sus ojos intensamente verdes y su rostro cubierto de pecas, enmarcado por ingobernables rizos que, en cualquier otro habrían lucido poco masculinos, pero en él parecían tremendamente adecuados. Por un capricho del destino, tan desatinado aspecto, tan fuera de lugar en un "Hijo de Ardley", era la peculiar razón de que los Ardley de Escocia se hubiesen mostrado siempre reservados ante él y que los Ardley de América amaran a su líder hasta el punto de la idolatría, puesto que jamás hubieran soñado con un Ardley que fuera más un "Hijo de América" que otra cosa. Lord William incluso, había visto la luz por primera vez en Lakewood, la propiedad más emblemática de los Ardley de América, considerada extraoficialmente como la residencia principal del líder de la familia. El heredero, con su aspecto y su carácter volátil y voluntarioso al tiempo que cordial y divertido, encarnaba para todos el espíritu americano por el que habían esperado demasiado tiempo ya.

Dos rostros para una familia que crecía con constancia y cuyos horizontes se expandían al par de la historia, al par de los cambios que se sucedían en el mundo conocido, que cada día se antojaba más amplio. Dos herederos en lugar de uno; cada cual intensamente amado por la familia a la cual habría de dirigir. No, pensó Sir Huge, Dios no jugaba a los dados... y Candice tampoco. Por eso William Albert Ardley había sonreído aquel día, muchos años atrás, al contemplar a su primogénito: él, más que ninguno, depositó en Candice desde el principio la fe necesaria, reconociéndola como una especial bendición para la familia al completo.

─Candice siempre fue la misma, William ─dijo Sir Huge entonces, con innegable sinceridad─. Tu padre la amaba por sobre todas las cosas y ella también a él. No creo que debas pensar que ella no amara a los hijos del hombre que era su vida entera en la misma medida. No creo, William ─remarcó Sir Huge con firmeza─, que debas elegir este preciso momento para estar de acuerdo con la opinión de Johnson, por muy difícil que te resulte.

Tal afirmación habría resultado demasiado absurda, Lord William bien lo sabía, si no hubiera sido pronunciada por el mejor amigo, casi un hermano de Sir William Albert Ardley. Sólo Huge, entre todos los miembros de la familia, podía decir una cosa semejante con la convicción necesaria para no encontrar oposición en ninguno. Y lo hacía, porque consideraba su máximo deber para con la esposa del Laird, ofrecerle la lealtad que el resto del clan le concedía a migajas, según soplara el viento a favor o en contra.

Lord William observó a Sir Huge, a quien tenía tanta estima como la que le reservaba a Archibald. El caballero británico había sido una figura permanente hacia la cual dirigirse cuando determinadas cuestiones rebasaban a Candice y al propio Lord Cornwell-Aston. Sir Huge representaba, para él, una especie de nexo con su propio padre, quien partiera demasiado pronto. A menudo, mientras Alistair aún era demasiado joven, recordó Lord William, Huge se convertía en el defensor de Candice; un papel que, antaño, todos habían aprendido a adjudicar al Laird.

El heredero Ardley consideró las palabras de Huge, expresadas con la sinceridad y la convicción reservadas únicamente para cuanto se refería a Candice en cualquier momento y situación a lo largo de tres décadas y no pudo evitar pensar en Johnson y la decepción que le llevara a tomar la irrevocable decisión de alejarse del resto de la familia para consagrarse a Alistair. Por primera vez, consideró todo el episodio bajo la visión de Huge y comprendió que éste tenía razón, por supuesto. Era fácil, a la distancia, ver con claridad que la intención de Candice había sido perfectamente clara y la reacción de Johnson totalmente predecible.

Inesperadamente, al sentir como la inquebrantable fe en su madre resurgía en su interior, renovada y más fuerte que nunca, una sonrisa de complacencia se expandió por el rostro de Lord William, mientras que inevitablemente, la pregunta que momentos antes él mismo realizara a Sir Huge volvió a su mente, transportándolo al pasado, a recuerdos que creía olvidados para siempre y que ahora cobraban un sentido nuevo y determinante para descubrir la respuesta que hasta ese día, lo había eludido.

"Fuiste demasiado injusto al partir sin mí; pero no puedo enfadarme contigo por eso; jamás pude hacerlo" había escuchado murmurar a su madre mientras contemplaba el retrato de su padre, allá en la intimidad del solarium, una vez concluídos los funerales; su voz llena de ternura y dolor, pero firme y serena también, a la vez que la última genuina y amorosa sonrisa dedicada al amor de su vida asomaba a sus labios. Aquella vez, debido a su corta edad y, por sobre todo, a la honda impresión de lo ocurrido horas antes, Lord William no había comprendido a cabalidad esas palabras, ni valorado el extraordinario privilegio de atestiguar el último momento de Candy White, la dulce y sencilla huérfana del Hogar de Pony, sobre la tierra.

Aquella noche había sido también la primera en que, durante la también primera cena familiar formal, haciendo caso a su instinto, Lord William, desde su nuevo emplazamiento a la cabecera de la mesa, en el lugar del laird, se había dirigido a su madre utilizando el nombre de "Candice", obteniendo miradas de extrañeza de la familia en pleno, excepto de Sir Huge quien pareció comprender aún mejor que él la razón de que algo así ocurriera.

En lo íntimo de sus consideraciones y sin jamás cruzar ningún comentario al respecto, para ambos hombres existió siempre la certeza de que "Candy" había partido junto con William a un mundo nuevo y mejor y que "Candice" había permanecido junto a los Ardley porque ellos la necesitaban y, con el correr de los años, la mayoría de los miembros de la familia, escucharon al esposo de Elisa comentar, con inequívoca tristeza, en los escasos momentos en que se permitía un instante de duda frente a los acontecimientos que protagonizaban los líderes visibles de la familia, que Lord William había sellado el destino de su madre de una forma en que William Albert jamás lo habría permitido y tales momentos eran siempre los mismos en que Lord William recordaba infallablemente, aquella noche en el solarium, atormentado por convicciones similares a las de Sir Huge.

Lord William no recordaba demasiado de su padre, y en cambio, tenía vívidamente presente cada instante pasado al lado de su madre; especialmente el segundo momento en que sus labios pronunciaron el nombre de "Candice", justo el mismo momento en que, durante una lejana noche estival, sus furiosos pasos irrumpieron en el solarium para confrontar a su madre respecto a los documentos que revelaban la existencia de William Antonio, su primogénito, el maravilloso obsequio del destino, fruto de su fugaz y prohibido idilio con Emilia Comonfort.

El paso del tiempo, la llegada de la madurez y la vivencia de la experiencia más lacerante de su existencia, propiciaron que Lord William se preguntara, una y otra vez, si él, con sus temores, inseguridades y juventud, había sido el responsable del nacimiento de Candice, encadenando a una mujer llena de luz a las sombras opresivas que siempre acarreaba el liderazgo y el deber ser que ciega cualquier libertad para cometer equivocaciones.

Candice, pensaba Lord William, era la mujer que había nacido para él y para los Ardley aquel par de noches en el solarium.

Aquel par de noches, separadas por el tiempo, pero unidas por singulares luces y sombras, donde presente y pasado fueron borrados de un plumazo por un futuro tan incierto, como anhelado e inesperado; marcando el fin de una etapa y el inicio de una nueva era para los Ardley, evidenciada por el fin de una relación fraterna y la consolidación de una extraordinaria sociedad entre dos generaciones y dos visiones del mundo.

Aquellas noches y las que siguieron, Lord William había luchado contra sus propios fantasmas y librado una batalla triunfante enfrentándose, primera vez, a la maldición del deber ser: la misma maldición que, según las memorias de George Johnson, había acechado a Sir William Albert Ardley, su padre, una y otra vez.

Lord William pensó en Johnson, y supo, con total certeza, que el guardián, pese a su inquebrantable lealtad y notable inteligencia, jamás había descubierto la razón por la cual su padre había vencido y tampoco había sido consciente de que esa maldición había alcanzado también a Candice. Lord William reconoció también que, de no ser por las palabras de Huge, él muy probablemente habría optado por continuar creyendo lo mismo que Johnson, sin descubrir la verdad tras el magistral juego de naipes de Candice.

El corazón del jefe de las familias Ardley de América, latió emocionado porque le tocaba ya el turno de comprender, sin rencores de por medio y con el alma llena de gratitud, que solamente Candice había poseído la respuesta para ayudarle a enfrentar con éxito la consolidación de su destino.