Conforme el automóvil donde viajaba, escoltada ya por sus dos acompañantes protocolarios, Sir Osvald y Lady Marianne, se aproximaba hasta la entrada principal de Kintore Cottage, Wicky compuso su mejor expresión de princesa y se irguió en su asiento todo cuanto fue posible, en esa elegante y estudiada pose que había sido obligada a aprender tan pronto tuvo edad para ello. No fue un gesto premeditado, sino instintivo, que le atrajo una mirada de extrañeza de Lady Marianne y dibujó una expresión de alegre aprobación en el ordinariamente severo rostro de Sir Osvald; sin embargo, ella no lo notó, concentrada, como estaba, en procesar toda la información que su padre le había proporcionado esa mañana, durante la ceremonia de Salutación de Honor.

Trigésimo sexto Laird del Clan Ardley.

Laird. La palabra resonó en su mente, destacando entre todas como si flotara ante ella, acarreándole inevitablemente vagos recuerdos de los relatos que la princesa Esperanza, una de sus primas, solía contarle durante los ratos que ambas pasaban castigadas en la biblioteca. En la juvenil mente de Esperanza, ávida de romance, los Laird eran personajes de ensueño: hombres apuestos, rudos, valientes, apasionados, que gobernaban pequeños feudos allá en la Escocia medieval. "¡A quién le interesan los príncipes!" Solía replicar Esperanza para luego enunciar con tono soñador: "¡Me encantaría conocer un Laird de carne y hueso!". Wicky sintió una extraña emoción golpear en su estómago al preguntarse ¿qué diría su prima si supiera que ella conocía uno?

Sin querer ahondar en la cuestión, miró por la ventanilla, hacia la casa: eran cuatro las personas que se encontraban de pie, en la amplia escalinata de mármol rosado que enmarcaba el acceso a la mansión, todas ellas rostros serenos y amigables que diluyeron cualquier temor o incomodidad que pudiera sentir ante esa experiencia totalmente nueva y confusa para ella. Sin embargo, el único rostro que había esperado ver, no porque le interesara, sino porque era la única persona que le era más familiar en ese lugar, no se encontraba ahí y, sin saber porqué, tal hecho sembró en su interior una inquietante sensación de desasosiego que intentó aplacar de inmediato: ya ajustaría cuentas con el odioso de Ardley cuando tuviera la oportunidad.

El automóvil se detuvo, y un hombre joven, apenas en sus veintes, vestido de negro y luciendo el característico tartán, muy parecido al que los otros habían portado durante la ceremonia que acababan de presenciar, se adelantó para abrir la portezuela.

Contradiciendo la actitud que, momentos antes, le había granjeado la aprobación de Sir Osvald, Wicky descendió con prontitud, olvidando que el protocolo marcaba que lo hicieran primero sus acompañantes y también olvidó por completo agradecer el gesto de su anfitrión, capturada por la visión de ensueño que esa mañana ofrecía Kintore Cottage a sus ojos.

Parecía una casa de campo común para los estándares ingleses y, no obstante, Wicky se descubrió calculando si las dimensiones de la propiedad acaso sobrepasaran a las del Palacio de los Robles, la que fuera la residencia oficial de su familia cuando su padre aún era gobernante. Inesperadamente, la princesa recordó lo que el Príncipe Sergei comentara minutos atrás, mientras ambos atestiguaban la Salutación de Honor, respecto a que simplemente se trataba de la residencia de una familia al servicio de Alistar y, tuvo que admitir que, si tal cosa era cierta y esa construcción era apenas una de las propiedades menores de los Ardley, el rumor sobre la riqueza de la familia de Alistair se quedaba corto ante la verdad.

Kintore Cottage estaba enclavada en un pequeño valle rodeado casi en su totalidad por pintorescas colinas, tan pequeñas, que apenas podían ser llamadas así; en la tierra de nadie donde los Borders se diluían dando paso a las Lowlands. El pintoresco vallado de madera y metal se extendía desde el lado este de la mansión hasta donde sus ojos podían abarcar, subiendo y bajando por entre las colinas. Más allá, bordeando el lado izquierdo del sendero de entrada, podía distinguirse un muro de piedra que daba todo el aspecto de haber cumplido por lo menos un par de siglos y, a partir de ahí, el terreno descendía gradualmente, a lo largo de varios kilómetros, sin que ninguna barrera natural se lo impidiera, hasta donde podía distinguirse otra mansión, y el inicio de un bosquecillo.

Después de un primer vistazo, realizado en completo silencio y ante la divertida atención de sus anfitriones, quienes se habían percatado de su distracción, Wicky, tuvo que reconocer, al menos para sí, que la mansión no sólo había conseguido sorprenderla, sino que, inexplicablemente, evocaba en ella vívidos recuerdos de su hogar, de aquel que había compartido con sus padres cuando la disolución de la monarquía aún era un rumor, y su madre aún vivía.

Quizás era el sendero de entrada, o tal vez la plazoleta situada frente a la entrada principal de la residencia estilo Tudor, donde ahora mismo se encontraba aparcado el automóvil; o tal vez, era sólo el reflejo de las nubes contra el pequeño estanque artificial que partía del extremo izquierdo, perdiéndose hacia la parte posterior; no sabía cómo explicarlo, pero sentía como si todo allí le diera la bienvenida. Extrañamente, se sentía como si hubiera llegado a casa.

─Lady Aislyn Johnson, Alteza ─la voz de Sir Osvald, que se evidenciaba algo tensa mientras hacía la presentación, terminó con su ensoñación y, avergonzada, se percató de su descortesía. Sin embargo, no tuvo tiempo de disculparse, porque una mujer mayor se adelantó a los presentes para hacer la reverencia de rigor.

─Bienvenida a Kintore Cottage, Alteza ─enunció en un tono tan formal, que Wicky irguió la espalda hasta lo imposible, recordando de golpe todas las normas protocolarias aprendidas de sus tutores.

─Gra-gracias ─respondió, titubeando ante la repentina toma de conciencia respecto al trato que estaban dispensándole. A decir verdad, le parecía embarazoso ser tratada aún bajo el protocolo real; pero supuso que sería una descortesía rechazar tal distinción.

─Reciba los más afectuosos saludos en nombre de Sir Alistair, Laird del Clan Ardley y Barón de Arwick. Nos sentimos muy honrados de contar con su presencia en este día tan especial para nosotros. Estos son mis hijos ─indicó la dama, al tiempo que una pareja de hombres se adelantaba para inclinarse ante ella─: Antoine Jerome y Lachan Anthony.

─Es un placer Alteza ─dijeron los dos hombres al unísono, cosa que le resultó bastante divertida, dado que ambos lucían demasiado diferentes entre sí: uno era moreno y el otro exhibía en su cabellera un interesante tono rojizo, parecía que ambos estaban aún en sus veintes pero no podía asegurarlo. Se imaginó que el protocolo debía resultarles tan embarazoso como a ella; sin embargo, antes que pudiera comentar algo al respecto, Sir Osvald habló:

─Lady Aislyn es hermana del marqués de Heinlock y esposa de Sir George Johnson, el Guardián de Honor de los Ardley ─declaró Sir Osvald con un tono sospechosamente orgulloso, que provocó que Wicky se volviera a mirarlo. Su mente procesó la información y recordó en ese momento que Sir Osvald era mitad escocés, miembro del clan Heyr gracias al matrimonio de su bisabuela con un terrateniente de la frontera.

─Es un honor conocer a un distinguido miembro de la familia de Sir Osvald ─dijo entonces, provocando en la mujer una mirada de extrañeza mezclada con alborozo, lo cual la forzó a explicar─: Ha dicho Heinlock ¿No es así? Los Heyr están relacionados a los Chester desde hace cuatro generaciones, gracias al matrimonio de Lord Lewellin con Lady Natasha Chester.

─Gracias, Alteza. No pensé que usted establecería tan rápido la relación ─fue el comentario de Lady Aislyn, mismo que provocó una carcajada en por lo menos tres de los presentes.

─¡Ni hablar! ¡Sir Johnson está destinado a morder el polvo cuando se trata de distinciones! ─exclamó uno de los hombres más jóvenes que aún permanecían a la saga de Lady Aislyn.

─¡Por el Santo Patrono! ─exclamó una juvenil voz femenina, acercándose desde el lado este─. ¡Compórtate Scott!

Wicky se volvió a mirar a la recién llegada y se sorprendió de encontrarse frente a frente con Rosemary Johnson, la joven que había dado la bienvenida a Alistair minutos antes.

─Disculpe a Scott, Su Alteza, ocurre que, como ha estado viviendo en Jamaica, no se encuentra aún habituado al protocolo ─indicó Rosemary, dedicándole al aludido una mirada intencional y, en seguida, una reverencia formal a ella─, él es primo en segundo grado de Sir Alistair ─indicó y Wicky pudo notar ahora un increíble parecido entre Alistair y este pariente en particular; cosa por demás extraña, si se tomaba en cuenta la diferencia tan dispar en las tonalidades de piel y el color de cabello; no obstante, y para su intriga, los ojos de Scott también exhibían el mismo tono azul intenso que tanto elogiaban las chicas del colegio en Alistair.

─No tienen porqué disculparse ─declaró Wicky, con más seguridad─. Sé que todos tienen las mejores intenciones y mi padre y yo les estamos muy agradecidos por invitarnos a compartir esta ocasión tan especial para su familia ─dijo con seriedad, intentando no pensar en la imagen de niño travieso que el habitualmente formal príncipe Sergei exhibía esa mañana al partir en uno de los automóviles hacia sabrá Dios qué lugar tremendamente interesante que sabrá Dios qué familiares de Alistair se habían ofrecido a mostrarle. No cabía duda, para Wicky, que el príncipe estaba en verdad feliz por la invitación.

─¡Mas que especial, Su Alteza! ─respondió el hombre moreno, que Wicky identificó como Antoine, sus ojos azules, también del mismo tono que los de Alistair, destellaban con diversión evidente, resaltando su apostura ─Y en verdad nosotros somos quienes debemos agradecer a Su Alteza no sólo por venir hasta este rincón perdido de Escocia a visitarnos ─hizo una pausa dramática en la que su mirada despidió chispas de anticipada diversión, antes de agregar─: sino por soportar a Alistair durante todo el viaje.

─¡Antoine! ─exclamó Lady Aislyn, obviamente exasperada─. ¡Pero qué modales son esos! ─lo reprendió, forzando a Wicky a contener el impulso natural de reír: resultaba evidente que la dama y la joven se estaban esforzando por dar a la ocasión la formalidad que requería y que dos de los hombres de la familia estaban en ya en la tarea de estropearles dicho esfuerzo.

─Lo siento, Su Alteza ─dijo Antoine, inclinándose con suma gracia, pero con corrección inmejorable ante ella, y luego, agregó─: pero he de reconocer que había apostado con Lachan y Scott a que usted mataría al pesado de Alistair antes de llegar a la frontera.

─¡Antoine Gerome Johnson! ─exclamó entonces la mujer, indudablemente mortificada. Wicky comprendió el dilema y soltó sin más:

─Admito que lo pensé; después de todo, estábamos en mitad de la nada y sin testigos de por medio; pero el único inconveniente es que no confiaba en mi sentido de la orientación para regresar al San Pablo ─concluyó con obvia intención, haciendo que el mencionado Antoine y sus dos contemporáneos estallaran en una poderosa carcajada y que tanto los mayores como Rosemary la miraran con aturdimiento no exento de fascinación.

─Pues es una lástima que haya perdido tan grandiosa oportunidad ─estuvo de acuerdo otra voz masculina cuyo dueño Wicky identificó como Scott. Contuvo el inesperado deseo de poner los ojos en blanco y se preguntó cuánta dosis más de parientes de Alistair iba a tener que resistir y comprendió, para su mortificación, que la cosa apenas comenzaba.

─¡Scott! ─fue el turno de Rosemary para mostrarse escandalizada.

─Apuesto a que Su Alteza tenía sobradas razones para considerar un plan así, Rosemary. Tienes que admitir que Alistair es indudablemente talentoso para conseguir que cualquiera desee asesinarlo a menos de tres minutos de conocerlo ─dijo entonces Scott, sonriendo ampliamente y luego agregó, al tiempo que hacía una reverencia formal─: Realmente tengo que darle las gracias Alteza, por soportar a nuestro Laird durante estos días sin ayuda de ningún negociador.

─¡Basta todos! ─exclamó Rosemary y Wicky tuvo que reconocer que su tono fue lo suficientemente intimidatorio para que los tres hombres le dedicaran un filosófico encogimiento de hombros y decidieran poner fin a las pullas lanzadas a costillas de un ausente Alistair. Wicky no pudo evitar enarcar una real ceja, en evidente sorpresa del control que la joven parecía tener sobre ellos.

─Discúlpenos a todos, Alteza; pero Alistair es como nuestro hermano, así que acostumbramos referirnos a él sin respetar el protocolo debido a su rango de Laird y me temo que hemos cometido ese lamentable error en su presencia. Admito que le hemos faltado al respeto sin motivo, y dado que en el Real Colegio San Pablo son muy estrictos al respecto, entenderemos si usted prefiere conservar la distancia.

─De ninguna manera ─replicó Wicky, conmovida por las palabras de la joven Johnson, resultaba evidente su esfuerzo por ser la perfecta anfitriona y ella no estaba dispuesta a arruinarle sus planes; mismos que bien sabía, obedecían al profundo afecto que sentían todos por Alistair ─precisamente he dicho ya que no deben preocuparse ni por mi padre ni por mi, ya que somos simples invitados y no nos ofende recibir un trato igual al del resto de los huéspedes. De cualquier forma, debo repetir que es un enorme placer conocerlos a todos.

─Es un honor para la familia Johnson contar con su presencia en Kintore Cottage ─fue la solemne respuesta de Rosemary, que fue interrumpida por una voz que ella había aprendido a reconocer muy bien en el transcurso de un año:

─Para el Clan Ardley, Rosemary ─corrigió Alistair a sus espaldas, con voz solemne y tremendamente seria, justo el tono que ella daba en llamar odioso a la quinta potencia, dado que le hacía sentir como una colegiala captada en algún particularmente bochornoso lío─. Recuerda que ahora eres Guardiana de Honor y me representas también a mí.

─¡Cáspita! ─declaró Scott con una enorme sonrisa, provocando que Rosemary le dedicara una mirada furibunda ─¡Creo que su mano derecha se ha pasado ese detalle, Jefe Alistair!

─Y, por lo visto, tú has olvidado los buenos modales y el respeto debido al Laird y a sus invitados, Scott ─fue ahora el turno de Alistair de mirar con cara de pocos amigos a su primo en segundo grado.

─¿Y qué esperabas? Soy un bárbaro de las colonias ─declaró el aludido sin mostrarse siquiera un poco apenado por la explícita reprimenda. Wicky escuchó sus palabras y no dudó en utilizar la oportunidad.

─¿Ha pasado mucho tiempo en Jamaica, señor Scott?

─Lord Leegan ─aclaró Alistair de inmediato─: Scott es sobrino directo de Sir Huge Donovan-Ralenagh, ya que es hijo de Neal Leegan, el hermano de Elisa, la esposa de Sir Huge.

─¿El Leegan que se casó con la hija menor de Nicholas Montgomery y que heredó el título y las propiedades del anciano Lord Hellsworth a la muerte de éste? ─preguntó Wicky sin poderlo evitar, lo cual provocó una nueva serie de risas entre los presentes, exceptuando Alistair, quien se mantenía impasible, aún detrás de ella.

─Nos queda claro que Su Alteza tiene sobrado conocimiento de los complicados enredos genealógicos que se entretejen en el Imperio ─comentó Antoine, sin dejar de sonreír─. Pensé que nadie podría igualar nunca a mi madre, Alteza; pero debo reconocer que usted se ha acercado mucho.

─Pues yo opinaría que me ha superado ─declaró Lady Aislyn Johnson con un mohín─. Jamás había escuchado hablar de Lord Hellsworth.

─Pues yo tampoco lo habría sabido de no ser porque Lord Hellsworth era pariente lejano de mi madre ─declaró Wicky, y luego agregó, sin poder evitar que la tristeza se filtrara en su voz─: Él y mi madre mantuvieron comunicación hasta el día de su muerte e incluso nos visitó varias veces en el Palacio de los Robles.

─Sugiero ─declaró Alistair, antes que cualquier pudiera agregar algo más─, que pasemos al salón; aún está fresco y su Alteza tal vez desee descansar antes del almuerzo.

Fue suficiente. El tono odioso a la quinta potencia exclusivo de Alistair se hizo presente y el grupo completo comenzó a moverse hacia el interior de la mansión, resultando evidente para Wicky, por primera vez, que las palabras de Alistair eran tomadas por todos como una orden. ¿Era ese el poder de un Laird? Su Alteza Real, avanzando a marchas forzadas gracias a que Alistair iba justo tras ella, se dijo, conteniendo un resoplido de indignación, que había sido una buena idea no asesinarlo en el camino.

Laird para desayunar era lo que le apetecía justo ahora.