Él imponía con su aire altivo y su silencio, pensó Elisa, considerando seriamente el punto; y sin embargo, apenas era poco más que un niño.

Se habían encontrado de frente: él descendiendo y ella a punto de comenzar a subir la escalinata principal que conducía al salón más grande de la mansión, el mismo donde había reposado el cuerpo sin vida de Candice y donde se había aglomerado la ingente cantidad de asistentes al funeral y que ahora permanecía completamente vacío, a la espera de que se le restituyera su esplendor original; lo cual ocurriría, sin duda, en los próximos días, tan pronto la mansión recobrara su ritmo de vida habitual y Archibald comenzara a extrañar su preciada colección de estatuas griegas y jarrones orientales.

Casi contra su voluntad, su mirada escrutadora se posó sobre el adolescente: tan peculiarmente ajeno a las características genéticas clásicas del clan y, al mismo tiempo tan evocador de nueve siglos de perfecta selección natural. No podía negar que el muchacho despertaba su curiosidad; más aún: él le traía preciados recuerdos de Lord William a esa edad: un joven tan imposiblemente solemne, tan alarmantemente maduro; tan consciente de ser quien era y, al mismo tiempo, tan ajeno a su propia importancia; como si sus deberes fuesen algo para lo cual había nacido y no una pesada carga: tal y como su padre tras la muerte de Sir Albert; tal y como su abuela Candice desde los días del Hogar de Pony y el establo en la mansión Leegan.

En su mente destelló, fugaz, la idea de que también había escudriñado así a Candice el mismísimo día en que se presentara a las puertas de la mansión Leegan, escoltada por el chofer. Sencillamente no era un hábito que pudiera abandonar; no cuando aún existían en su alma demasiadas interrogantes que requerían respuestas.

Elisa tuvo que admitir, en ese extraño momento, que resultaba muy curioso ese hábito suyo de analizar a los Ardley con ojo crítico cada vez que se le concedía la oportunidad de hacerlo; sin embargo, no podía evitarlo; no desde que Candice apareciera en su vida, como un espectro atemorizante al que jamás podría intentar siquiera ahuyentar.

William, el tercero que conocía en su vida, se detuvo frente a ella, sin demostrar temor, incomodidad ni ninguna otra emoción que pudiera evidenciar que se encontraba perturbado por su presencia. Sus ojos esmeraldinos destellando con inteligencia más allá de lo común, transmitiéndole el inequívoco mensaje de que, pese a su corta edad, no podía tomárselo a la ligera.

Inevitablemente, Elisa recordó a Candice a una edad similar, arribando a la mansión Leegan con la seguridad de que estaría bien y de que sería bienvenida. La certeza de Candice jamás había sido quebrada, pese a cada episodio lamentable, pese a la insistencia de Neal y ella misma en demostrarle que jamás la aceptarían. Un esbozo de sonrisa sincera, el primero genuinamente auténtico desde el día del funeral, apareció en su rostro al comprender cuán satisfecha se sentía de su personal y privada derrota; cuán agradecida se encontraba con el destino que había propiciado la llegada, aquella lejana tarde de primavera, de una atolondrada adolescente capaz de derribar todas sus reservas, una a una, tan sólo para hacerle comprender que no era una enemiga, ni una rival, sino alguien en quien podía confiar plenamente; alguien a quien considerar, verdaderamente y por encima de cualquier prejuicio, una amiga.

Ella y Candice habían vivido de todo; pero tenía que reconocer que, de no ser por Huge, ella jamás habría tenido la posibilidad de comprender a cabalidad los sentimientos más profundos de Candice. Al conocer a Huge había experimentado en sí misma, por primera ocasión, esa acuciante necesidad de ser aceptada, de complacer a otra persona que no fuera ella misma, y, también, la certeza de no ser la persona indicada, de representar una mentira genuina y de no saber cómo o por donde empezar siquiera a pedir disculpas, ya no se dijera a cambiar. En los lejanos días en que el resto del mundo parecía dispuesto a hacer comprender a Huge lo errado de su decisión y lo equivocado de la dirección de sus afectos, Candice había optado por la sinceridad y había declarado ante los ansiosos y abatidos oídos de Huge, que la suya era una decisión arriesgada; pero que podría valer la pena si tenía éxito. Candice era así: siempre estaba dispuesta a brindar una siguiente oportunidad y ella no pudo dejar de sentirse genuinamente sorprendida en aquel lejano pasado porque, en la posición de esposa del laird y mujer de toda confianza para Huge, su opinión pesó, en su momento, mucho más que la de la sociedad entera y, gracias a eso, fue que Huge decidió continuar cortejándola pese a haber sufrido una y otra vez sus displicentes rechazos.

Candice, sin embargo, no había sólo había alentado a Huge, sino que también había comprendido a la perfección la razón para que ella se mostrara tan obcecadamente dispuesta a alejarlo de su lado, costara lo que costara. Elisa recordaba perfectamente cada detalle de lo ocurrido aquel día en que Candice, haciendo valer sus derechos como esposa del laird, había pisado el suelo de la mansión Leegan, contraviniendo no sólo sus personales reservas sino también la voluntad del laird, tan sólo para enfrentarse a sus dudas y resentimiento y espetarle, en su habitual estilo directo y sentimental, unas cuantas verdades que cambiaron el rumbo de su existencia. Aquel día, al salir de su habitación y después de un especialmente violento cruce de palabras, Candice había bombardeado sus rencorosos oídos con la única verdad que no pudo resistir y que conmovió sus entrañas de una manera que jamás nada lo había logrado, especialmente nada que viniera de la mujer que estaba convencida de odiar más que a nadie en el mundo: "No sé porqué condenada razón ese hombre te ama, Elisa, y eso es mucho más de lo que cualquiera de los que dicen tenerte algún afecto, Sarah incluida, se habría atrevido a soñar para ti; eso es más de lo que tú misma te has atrevido a esperar, porque te has empeñado en vivir de acuerdo a las expectativas de los otros y te has convencido erróneamente, que el dinero y una posición social son lo único que vale la pena en la vida ¡Piensa Elisa! Piensa por un momento y admite que, tal vez yo tengo razón y que te estás perdiendo de mucho; que si Huge ha visto algo bueno en ti, aunque nadie puede imaginarse qué es, es porque tal cosa existe, aunque para todos, incluso para ti, resulte difícil creerlo."

Aún ahora Elisa no podía asegurar si había algo bueno en ella; pero había aprendido a dejar de lado su esnobismo y egoísmo para convertirse, poco a poco, en la mujer que, tanto Candice como Huge, habían creído ciegamente que podía llegar a ser. Candice había tenido razón: se habría perdido de mucho si no hubiera elegido a Huge y ése sólo hecho, valía cada una de las humillaciones sufridas en honor a Candice en los días de la supuesta ofensa a Katherine Eugene Venderleigh: ése había sido su silencioso agradecimiento a Candice, la única forma que encontró de devolverle un poco de la luz que siempre intentó robarle desde el mismísimo instante en que sus pequeños pies de huérfana pisaron la mansión Leegan.

Elisa contempló al hijo de Lord William: otro huérfano, en otra mansión, pero exhibiendo ese mismo destello de luz y una determinación difíciles de quebrar. William Antonio José Francisco de Arredondo y Huesca Comonfort. El sólo pensar en el nombre le provocaba cierta diversión; sin embargo, tratándose de un Ardley, no era fácil ceder al impulso de reír. Sobre todo cuando ese Ardley en particular te miraba de esa forma tan perturbadora: como un superior de colegio que te ha descubierto escapándote de su oficina, como un padre llamándote a cuentas a la biblioteca... como el laird que te hace notar que posee la autoridad necesaria para decidir tu presente y tu futuro en un segundo y que, al mismo tiempo, te comunica que eres libre para elegir tu propio camino. Extraña experiencia a sus casi cincuenta y dos años; aunque bienvenida de cualquier forma, dado que un poco de todo eso le recordaba que una parte de Candice, quizá la mejor, sobrevivía en los suyos: Candice también había dicho, en aquel lejano día de su visita a la mansión Leegan, que la libertad para elegir el destino era, quizás, la bendición divina más grande que cualquiera podría desear y que por medio de esa libertad, era que la vida acarreaba sorpresas insospechadas.

Había mucho de Candice en ese niño; pensó Elisa, comprendiendo por fin la esquiva respuesta que había estado a punto de escabullírsele. Y eso se debía a que también había mucho de Candice en Lord William. No se trataba únicamente de esa manera de plantarse frente a lo desconocido, con la actitud segura de los vencedores, sino de la capacidad de calibrar a las personas, independientemente de su apariencia, modales o edad incluso. Tal don y los ingobernables rizos, que en la cabeza de este William aparecían de un precioso y brillantísimo color noche, le reveló a Elisa lo cierto de sus especulaciones, porque, más de una vez, había estado dispuesta a asegurar que Candice había cambiado a los Ardley para la eternidad; de no ser así ¿cómo era que los platinados cabellos rubios y los ojos de "azul Ardley" habían dado paso a algo tan ilógico en un primogénito como ojos verdes, pecas y cabellos azabache? Las características físicas que habían permanecido inmutables a lo largo de nueve siglos de historia, habían sido engullidas, no cabía ninguna duda, por la rebeldía plasmada en cada uno de los rasgos, visibles y no, heredados por los descendientes de Candice: ya podía cacarear el clan entero, que a ninguno de los interesados le importaba; no había importado a Sir Albert en su momento y tampoco le importaba ahora a ella: quienes amaban a Candice sinceramente, sabían que los Ardley habían cambiado para mejor; que ahora todos eran libres de ser como quisieran y de construir el destino que se les antojara, lejos de posiciones heredadas y más allá de deberes ineludibles.

No obstante la perturbadora experiencia del presente encuentro, Elisa se encontró incapaz de retroceder, atraída por la soledad que se vislumbraba en el destello verde profundo de la juvenil mirada. Resultaba por demás inquietante, pensó, que la soledad fuera el sello de todo verdadero Ardley. Demasiadas veces había escuchado a Candice comentar respecto a esto, y ahora tenía la oportunidad de corroborar cuánta razón había tenido su acérrima enemiga del pasado al realizar esa afirmación tan singular. Comprendió inesperadamente que, debido a ese rasgo, era que ninguno podría jamás negar que Candice había sido una auténtica Ardley.

Los Ardley, pensó Elisa, conteniendo la tristeza que todavía sentía a pesar de que los días habían transcurrido y de que ya todo parecía regresar lentamente a la normalidad. Era curioso; pero todos parecían estar de acuerdo en que ella sería quien lo tendría más difícil a partir de ahora; incluso, Archibald se había acercado para tener una de esas extrañas conversaciones con ella, diciéndole que era malo no permitirse llorar. Obviamente ella estaba lejos de poder explicar a ninguno que no se trataba de que no pudiera llorar, sino que, sencillamente, su dolor era demasiado como para externarlo: al perder a Candice había perdido el único espejo en el que podía contemplar la especial dignidad que poseía, la bondad que sólo en ella podía reflejar. Perder a Candice había sido como perder a la hermana postiza que su padre había soñado originalmente que esa pecosa adolescente risueña sería para ella, desde el mismo instante en que decidió enviar a Steven a recogerla al Hogar de Pony para llevarla a la Mansión Leegan.

¿Quién iba a imaginar, mucho menos ella, que un miembro inestimable para el clan, sería recibido con un golpe de agua helada por los miembros más indignos de éste? ¡Quién iba a imaginar que, años después, Candice declararía de tiempo en tiempo, desternillándose de risa, que había sido una pena que William no consintiera en elaborar un decreto respecto a eso! Había sido una lástima, decía Candice cuando la descubría especialmente seria y solemne o, peor aún, enfadada, que William no hubiera atendido a su sugerencia de emitir uno de esos estúpidos decretos de laird que le obtuviera a cualquier miembro de la familia Leegan el derecho a vaciar una cubeta de agua sobre los líderes del clan cada ocasión en que estuvieran especialmente molestos. El mismo Sir Albert había bromeado al respecto diciendo que no lo había autorizado porque eso significaría que su esposa acabaría con el guardarropa entero hecho un asco cada dos al cuarto, ya que era indiscutiblemente talentosa para enfadarlos a todos con demasiada frecuencia. Verdad de verdades: ella, mejor que nadie, podía asegurar que convivir con Candice era subirse por tiempo indefinido a la montaña rusa de las emociones encontradas y vivir en permanente confusión. Sin embargo, no podía dejar de notar la perspicacia de Candice: ella había comprendido, mejor que ningún miembro de la familia, incluso que los mismos Leegan, la tendencia natural que ellos poseían a la acción: para Candice resultaba evidente que un cubetazo de agua fría y un buen golpe sanaban cualquier ofensa mucho más rápido que los interminables intentos por charlar y las discusiones inútiles que sólo contribuían a acrecentar el rencor en almas que lo tenían difícil para expresarse con palabras.

Elisa creía saber, también, que la razón tras ese genuino enfado que Candice despertaba en los Leegan: de cuando en cuando, desde su serio padre hasta su ordinariamente apacible hija Madeleine, radicaba en el hecho indiscutible de que Candice era mucho más Ardley de lo que cualquier Leegan llegaría a ser jamás.

Todos los Ardley solían comportarse como si el mundo les aguardara impaciente, y al mismo tiempo como si ignoraran este hecho, peculiaridad que les convertía en personas tremendamente notorias nada más plantarse en cualquier ambiente, incluso uno hostil y atemorizante. Justo como ahora lo hacía el recién presentado heredero. Elisa jamás habría puesto en tela de juicio esa, su personal convicción. Ningún Ardley era simple, solía repetirle a Madeleine en las particulares ocasiones en que esta demostraba fastidio o exasperación ante las ocurrencias y entuertos que acostumbraba improvisar la siempre vital Aislyn y también cuando las salidas insolentes del imposible de Lord William la enviaban llorando a su habitación, desesperada por no haber sido capaz de vencerle en el terreno verbal. Extraña la manera en que el silencio había marcado también a Madeleine, extraña también, la forma en que el legado Leegan aparecía ocasionalmente en su adorada hija, evidente en el hecho de que estaba destinada a amar a un Ardley, sin ninguna esperanza de ser correspondida. Ese era su personal legado a Madeleine, maldito fuera el destino.

Ahora, al sostener la mirada de William, el tercero, la grandeza del alma que bullía en el interior del nuevo Ardley le fue inesperadamente revelada y Elisa no dudó que el adolescente sería una herida permanentemente abierta en el corazón de Madeleine; porque, hasta el mismo instante en que ambas atestiguaran su llegada a Lakewood, la esperanza aún permanecía en Madeleine, firme y optimista: tal y como correspondía a una hija de Sir Huge Donovan-Ralenagh. La permanente presencia de William Antonio en Lakewood, estuvo segura Elisa, convertiría a su amada hija en una auténtica Leegan, para desgracia de todos.

Ella lo había visto venir, por supuesto; porque había sido consciente de la relación entre Lord William y la única hija del hacendado Comonfort, quienes llegaran de improviso para rematar la pequeña propiedad contigua a Ralenag's Manor que les fuera heredada por un pariente lejano. Sus avezados ojos registraron cada uno de los furtivos encuentros entre los jóvenes, presintiendo que el destino de nuevo jugaba a los dados con las vidas de los Ardley; aunque jamás se le ocurrió que las cosas hubieran pasado de un mero romance juvenil y nunca habría esperado un resultado como el que ahora permanecía de pie frente a ella.

Nuevamente Candice había sido mejor juez que ella; pensó Elisa sin rencor, comprendiendo por primera ocasión la angustia en que debió vivir la viuda del laird a partir de entonces; porque Candice no contaba entre sus talentos el mentir y ocultar. Y sin embargo, ayudada por Archibald, había conseguido mantener la existencia de William lejos del conocimiento de cualquier otro miembro de la familia, incluido el padre del muchacho, con lo cual estuvo a punto de fracturar irremediablemente la estrecha relación que siempre había conservado con su hijo mayor.

Extraño destino de Candice el ser la eterna depositaria de la incomprensión generalizada; el ser quien cargara con las culpas de todos los Ardley, precisamente por no ser considerada uno de ellos. Candice había llegado a la familia a través de los Leegan y precisamente ahí, fue donde la primera carga había sido depositada sobre sus frágiles espaldas, para convertirse en la permanente marca de su vida entera.

Elisa pensó en Huge entonces. En su amado esposo, a quien aún ahora no conseguía comprender, porque incomprensible era el que él, entre todos, hubiera conocido plenamente su alma y hubiera estado dispuesto a compartir su oscuridad. Huge era como Candice: leal, noble, generoso y dispuesto a tomar sobre sus hombros las culpas ajenas, sobre todo las suyas. Gracias a Huge, Elisa había conseguido aceptar lo inaceptable, gracias a él, también, había obtenido la posibilidad de abrirse al influjo de Candice y era esa la que consideraba la decisión más acertada de su vida; aunque también la más difícil, porque significó dejar atrás la soberbia y comenzar a dejar traslucir su frágil ser ante las críticas miradas de la sociedad entera.

Elisa pensó también en Neal, su problemático y despistado, aunque decididamente noble hermano menor: justo ahora debía estar ya en Dleytower, aguardando la ceremonia fúnebre y la Investidura de Alistair. No podía ser de otra manera porque, desde el nacimiento de los gemelos, Neal se había mostrado siempre dispuesto a atender cualquier necesidad de Alistair, por pequeña que fuera; lo cierto era que su hermano, desde el mismo principio, se había sentido especialmente atraído por la solemnidad del niño y sólo Lord William lo superaba en demostraciones de respeto y afecto a la máxima autoridad del clan: un hecho que mortificaba en demasía a Archibald y hacía entornar los ojos a Aislyn desde los tres años, es decir, tan pronto esa chiquilla de marras aprendió lo que el gesto significaba y lo que quería decir la palabra "laird".

Elisa suplicó al cielo que Neal vertiera todas las lágrimas que ella no conseguiría derramar; porque Candice lo merecía. Candice merecía que todos los Ardley, especialmente los Leegan, lloraran su partida y que agradecieran su generosidad; porque había sido su gran corazón y no algo más, lo que le llevó a perdonarles a todos y cada uno de ellos las acusaciones que siempre surgían contra su posición y decisiones.

La decisión más polémica y temeraria que Candice tomara nunca, eligió ese preciso momento para aproximarse a ella y dedicarle, en total silencio, una reverencia de cortesía acompañada de una enigmática y comprensiva sonrisa, antes de dirigirse, con pasos lentos a la salida posterior del salón, indudablemente con rumbo a las caballerizas para visitar a Gitano, el semental del que Huge estaba tan orgulloso.

Extrañamente, Huge nunca había considerado ofrecer a Lord William el primer ejemplar de alta calidad de la nueva raza mejorada que había luchado por casi dos décadas en perfeccionar, aunque lo respetara muchísimo como jinete. Huge había comprendido, desde el primer instante en que contempló a Gitano ponerse en pie, que ni siquiera Lord William poseía la habilidad necesaria para extraer todo el potencial a una criatura cuya mezcla de sangres no era sencilla de dominar; sin embargo, nada más conocer a William Antonio, había tomado la decisión de regalárselo para darle la bienvenida a Lakewood y fue evidente lo acertado de su juicio tan pronto el adolescente y la montura se encontraron.

William Antonio consiguió lo que sólo un mozo había logrado antes: enjaezar a Gitano al primer intento sin resistencia alguna por parte del nervioso animal. Un satisfecho Huge había comentado entonces que la sangre criolla de William mezclada con su herencia escocesa y americana, era la que obraba el milagro en el semental; porque ambos poseían la misma historia y un linaje similar: sólo un Ardley Highlander-Gitano, podía dominar a un ejemplar Árabe-Americano-Español-Escocés tan caprichoso y temperamental. Sólo dos almas que descubren poseer una herencia única en el mundo, pueden compartirla. Ella no entendía tanto de caballos; pero estaba de acuerdo con Huge en que William Antonio era tan especial como Gitano y que juntos, formaban una estampa difícil de igualar; más aún: resultaba todo un espectáculo el ver cómo Gitano comprendía cada una de las indicaciones de William Antonio sin la menor vacilación y a éste enfrentarse con total serenidad a un ejemplar ante el cual jinetes con bastante más experiencia y todavía más edad, habrían temblado.

Elisa recordó el cercano amanecer en que el muchacho había llegado a la mansión, acompañado de la fiel Dorothy: el adolescente había descendido del automóvil y permanecido erguido y en calma, sin mostrarse en absoluto incómodo porque las azoradas miradas de Madeleine, Lord William, Archibald, Aislyn, Richard, Huge y ella se clavaban en él despiadadamente, y comprendió, tan claramente como si una voz se lo hubiera susurrado al oído, que Candice esperaba que ella cuidara de su nieto. Elisa siempre pensó, desde ese particular momento de iluminación al pie de la escalera y hasta el último día de su larga vida, que Candice le había hecho llegar, desde el cielo, una nueva oportunidad.

Mientras contemplaba al enigmático William Antonio alejarse con pasos tranquilos y firmes, hacia la salida secundaria que conducía al jardín del lado Oeste, Elisa de Donovan-Ralenagh realizó en silencio, la promesa más sagrada de su existencia: ésta vez, no habría baldes de agua helada; sino afecto sincero, ayuda incondicional, y la oportunidad para dejarse sorprender por un alma indómita y limpia.