Wicky se internó en el amplio recibidor admirando con calma la decoración, que parecía demasiado antigua y valiosa; cosa extraña en una pequeña residencia que, a primera vista, daba la impresión de ser una simple casa de campo sin demasiadas pretensiones. Todo ahí hablaba de una riqueza firmemente asentada a través del tiempo. Intrigada, recordó las palabras de su padre respecto a la Salutación de Honor: "una ceremonia que tiene más de quinientos años", y comprendió que las especulaciones de las chicas en el San Pablo muy probablemente tenían mucho de verdad: quizá la familia de Alistair sí contaba ya un milenio de existencia.
Nuevamente el símbolo de los Ardley capturó su atención. La misma figura que su padre le mostrara en la entrada horas atrás aparecía ahora en un estandarte bordado con hilos de oro y plata y rematado con piedras preciosas que se exhibía como si tal cosa al costado mismo de la escalera principal, la cual, supuso, debía conducir a las habitaciones de los propietarios.
Completamente asombrada, avanzó recorriendo las orillas del recibidor, hasta quedar frente ante una entrada que comenzaba justo en la parte trasera de la escalera, desde ahí se extendía un amplio pasillo a cuyos lados permanecían suspendidos escudos tan antiguos que temió haber retrocedido en el tiempo por lo menos unos cinco siglos. Por un momento se detuvo, dudando en continuar en esa dirección; pero luego reanudó el paso al considerar que nadie se daría cuenta de su breve paseo: todos estaban reunidos en el despacho, ocupados con los pormenores de la planificación de actividades para el día siguiente, y le habían dejado en el salón, solicitándole esperar unos minutos en tanto Rosemary regresaba de cumplir con sus deberes.
Ligeramente decepcionada, y más confundida que al principio, recordó que Alistair ni siquiera le había dirigido una mirada de despedida antes de marcharse, escoltado por la joven Johnson. Su padre le había explicado más temprano, mientras ambos atestiguaban la Salutación de Honor, que, a partir de ese momento, el protocolo exigía a Alistair su plena concentración en cumplir los diferentes rituales marcados por la tradición; uno de los cuales incluía el resguardo absoluto del Jefe del Clan mientras permaneciera en Kintore Cottage, manteniéndole lejos de cualquiera que no fuese su escolta personal, hasta que llegara el momento para la Primera Salutación, evento que ocurriría a la mañana siguiente, muy temprano, justo después del toque de los gaiteros y del izamiento del estandarte.
─Lamento la descortesía, Su Alteza ─dijo una voz masculina tras ella─. Espero que no se sienta ofendida por nuestro imperdonable descuido. Nuestra única excusa es que en esta humilde casa no estamos acostumbrados a recibir huéspedes de su importancia. En verdad es un honor su presencia entre nosotros.
Un poco sorprendida, Wicky giró para descubrir a un hombre mayor, un caballero, dedujo sin temor a equivocarse, dado que la elegante postura al hacer la reverencia de rigor reveló su esmerada educación. Sin saber porqué, Wicky se sintió avergonzada por tal recibimiento: era obvio que, por el momento, ahí el personaje central debía ser Alistair, y la presencia de ella y de su padre apartaba la atención que todos debían concentrar en el nuevo Jefe del Clan.
El caballero permaneció observándola con una expresión pensativa y ligeramente melancólica dibujada en sus facciones y luego, para su sorpresa, se aproximó a ella más de lo que el protocolo permitía y renovó su escrutinio. Pese a que la situación era por completo fuera de lo común, Wicky no se sintió en lo más mínimo ofendida y, por el contrario, sintió una calidez desconocida crecer en su interior. Tenía que reconocer que, por primera vez en mucho tiempo, se sentía como en casa.
El hombre era ya un anciano, pero su edad poco menguaba su elegante porte y su postura erguida. Su blanca cabellera revuelta y su bigote, también encanecido, le recordaron a Wicky a uno de sus más queridos mentores allá en la residencia real. Wicky comprendió que se trataba, sin duda, del padre de la joven Rosemary quien, su propio padre le había comentado, poseía el nombramiento de Guardián de Honor del padre de Alistair.
─Supongo que usted debe ser el señor Johnson ─afirmó Wicky, consiguiendo del anciano una expresión de sorpresa; luego, se apresuró a explicar, para dejar en claro que no intentaba ser descortés─: Mi padre me ha comentado sobre su amabilidad para con él durante estos días y no puedo dejar de agradecerles a todos, muy especialmente a usted, por ello. Le aseguro que el Príncipe aprecia demasiado esta tierra y se encuentra profundamente emocionado por estar aquí en estos momentos tan importantes para la familia Ardley.
Para su total sorpresa y ligera incomodidad el escrutinio del hombre se reanudó y, por varios instantes, ambos permanecieron en completo silencio, tan sólo estudiándose mutuamente; como intentando, extrañamente, descubrir en el otro las respuestas a diversas interrogantes.
─Es un honor para la familia Ardley y, por supuesto, para la familia Johnson; en especial para mí, contar con su presencia en Kintore Cottage, Lady Natasha ─fue la solemne respuesta del hombre, quien inmediatamente agregó─: por favor, Alteza ¿Sería tan amable de permitirme acompañarle? Tal vez desee conocer más a fondo nuestro humilde hogar.
Con una sonrisa, Wicky asintió en silencio y, tras apoyar su brazo en el que el caballero le ofrecía, ambos ingresaron al amplio pasillo donde se encontraban los escudos.
─Este pasillo es conocido como el Pasaje del Laird ─informó el señor Johnson, avanzando despacio, para que ella pudiera contemplar la vasta colección de escudos y demás obras de arte─. Alistair deberá recorrerlo mañana para llegar hasta la Sala de los Jueces desde la Torre Sur, que es a donde se está dirigiendo ahora, para aguardar el Toque del Guardian de Honor. Los escudos simbolizan que cada Laird entrega a su Guardián el poder necesario para proteger todo aquello que es importante para él, con la plena confianza de que jamás le traicionará. Cada escudo ofrece una visión de la misión de los guardianes en las diferentes épocas. Éste es muy especial─el hombre señaló a un diseño que exhibía brillantes colores, colocado en la pared del lado izquierdo, casi a mediación del recorrido─, y revela que el laird en cuestión exigió a su guardián proteger ante todo, el castillo Dleytower, dado que en el siglo XIII era la única propiedad bajo el dominio del Jefe del Clan y simbolizaba, al igual que ahora, su posesión más preciada. Las tres rosas y las dos lanzas simbolizan a los herederos del laird: tres mujeres y dos hombres quienes quedaron huérfanos a temprana edad y bajo la custodia de uno de mis predecesores.
─¡Es bellísimo! ─exclamó Wicky, sin saber muy bien si se refería al escudo en sí o a lo que representaba.
─¿Le parece? ─inquirió el señor Johnson y ella tuvo la ligera impresión de que en su voz había un toque de duda, lo cual le sorprendió porque no había razón para ello; sin embargo, desechó el pensamiento y continuó atenta a la explicación─: A mi me gusta porque se parece demasiado al nuestro ─informó el hombre, al tiempo que señalaba el escudo que dominaba el Pasaje, situado en el centro mismo, en la parte superior de la salida, al final del recorrido─. Rosemary y Alistair decidieron conservar el mismo escudo para la gestión de mi hija menor, Lady Natasha; tradicionalmente, el día de mañana habría sido cambiado de lugar; pero no será así, porque la misma misión que fue mía, ahora será realizada por Rosemary.
Wicky observó con atención y reconoció que su acompañante estaba en lo correcto respecto a la similitud entre ambos símbolos. No se trataba del diseño en realidad, porque en el escudo de los Johnson aparecían diferentes motivos; sino del significado: al contemplar el solitario estandarte que ondeaba al viento, enclavado en la torre principal de un castillo y, después, al pie de éstos, un rosal floreciente acompañado de tres aves emprendiendo el vuelo, Wicky comprendió que el Jefe del Clan anterior había vivido una historia muy similar a la de su predecesor y, que de la misma manera que aquel, había confiado plenamente su posesión mas valiosa: su familia, al guardián en turno; es decir, al señor Johnson.
─ ¿Es cierto lo que pienso? ─preguntó Wicky atrayendo inmediatamente la atención del señor Johnson─: ¿Usted cuidó también de la familia del Laird?
─Así es; aunque sería más apropiado decir "las familias de los Laird" ─informó el hombre con una expresión ligeramente melancólica y, al ver la confusión de Wicky explicó─: sucede, Su Alteza, que yo tuve la inigualable e inmerecida distinción de fungir como el guardián no sólo de Alistair, sino también de su padre. Fue la primera ocasión, en la historia familiar vivida en más de nueve siglos en que esto ocurrió, y los Johnson nos consideramos especialmente bendecidos por haber sido elegidos para brindar un servicio tan distinguido. Yo estuve presente en el nacimiento de dos herederos que han llegado a la Jefatura y también tuve la oportunidad de colaborar en la educación de ambos. Eso sin contar ─agregó el señor George, con voz que de pronto se volvió triste─: que estuve presente en los momentos finales del padre y del abuelo de Alistair.
─¡Dios bendito! ─fue la única respuesta que Wicky pudo esbozar, dado su sincero asombro. El señor Johnson, no obstante, no se mostró en lo más mínimo afectado por su reacción; más aún, por un minuto pareció escrutarla nuevamente, como buscando algo que sólo el sabía y, de nuevo, ella tuvo la incómoda sensación de que él dudaba de sus palabras; sin embargo, la expresión del hombre no daba muestras de nada, excepto de su satisfacción de haber proporcionado una conversación interesante a su huésped de honor y continuó conduciéndola hacia la que parecía la salida del singular pasaje.
Wicky comprendió que no había errado su impresión anterior respecto a la magnificencia de Kintore Cottage al descubrirse, tan pronto traspasaron la puerta del fondo, en un amplio jardín posterior que, construído en tres niveles bajo el sistema de terrazas, comunicaba la pequeña residencia con otra mucho más grande, a juzgar por la amplia escalinata que conducía a la puerta principal. La mansión era de estilo Isabelino, indudablemente original de aquella época y no era visible desde el lado frontal de la propiedad. Wicky supuso que tal cosa se debía a que se encontraba construída en un desnivel del terreno que la ocultaba efectivamente de ojos curiosos.
─La residencia oficial del Jefe del Clan en Kintore Cottage ─anunció el señor Johnson─. Aunque forma parte de nuestro legado, por tradición ningún miembro de la familia del Guardián puede habitarla; dado que se considera un refugio reservado para el Jefe del Clan, en caso de que una inesperada contingencia le impida permanecer en Dleytower, el único hogar reconocido por la cabeza visible de los Ardley. Como habrá notado el estilo es Isabelino, y se construyó basándose en los mismos planos que se utilizaron para construir Dleystone, la residencia oficial del primogénito del Laird, ubicada en el Mar del Norte; aunque obviamente adaptándolos a este accidentado terreno.
Conforme hablaba, el señor Johnson comenzó a descender la escalinata con lentitud, en dirección a la puerta principal, misma que se abrió desde dentro. Wicky pudo distinguir entonces a un sirviente de rango, evidentemente esperando por su llegada.
─Este sendero es llamado la Calzada de los Mendigos─el señor Johnson se detuvo y señaló hacia su costado izquierdo, desde donde comenzaba una calzada que se internaba en un pequeño grupo de árboles que protegían el lado derecho de la mansión estilo isabelino; más allá de los árboles podía distinguirse, muy apenas, una especie de muro: como una torre, aunque no podía asegurarlo debido a la distancia; no obstante, las siguientes palabras del hombre confirmaron su suposición─: Conduce directamente a la Torre Sur; y, al igual que la Torre, fue construído en el siglo XIII, poco después de que la propiedad pasara a manos del Laird en turno.
─Entonces... ─Wicky se atrevió a interrumpirlo al escuchar la inquietante explicación; tuvo confianza de hacerlo porque estaban en un terreno que ella dominaba: los derechos sucesorios─. Si Kintore Cottage no era originalmente propiedad de los Ardley ¿Cómo es que acabó siendo tan importante para la familia principal, al punto de ser considerado el último baluarte?
La mirada del hombre se posó en ella con más respeto del que le había mostrado antes, de ser posible; y Wicky comprendió que él había captado totalmente su pregunta anterior y entendido que no estaba hablando con ninguna profana en el tema: ella había entendido, por la breve explicación, que existía un hecho significativo respecto a la residencia en sí, más allá de distribuciones territoriales y de herencias sucesorias.
─El dueño original de Kintore Cottage no pertenecía al Clan Ardley Alteza, es verdad; sin embargo, era muy amigo del laird y confió su única propiedad a su custodia cuando decidió emprender una peregrinación a Tierra Santa; lamentablemente, su viaje no tuvo éxito y murió cuando el barco en el que viajaba naufragó frente a las costas de África. Poco tiempo después, cuando apenas comenzaba el siglo XIV, el hijo de ese laird, quien es especialmente recordado por ser un aventurero irremediable y un guerrero formidable reticente a creer en el amor, decidió realizar un viaje a Oriente y entonces, al contrario que ocurriera la vez anterior con su padre, dispuso que Kintore Cottage pasara a manos de uno de sus hombres de confianza, a quien había encargado velar por su única hermana en su ausencia. Los registros históricos señalan, Alteza, que el laird demoró demasiado tiempo en regresar y todos lo dieron por muerto; excepto su amigo y fiel vasallo, quien se rehusó a entregar las posesiones Ardley al siguiente heredero en la línea de sucesión que, en aquel entonces era un miembro del Clan McBrora, ya que el laird aún no contraía matrimonio y, por lo tanto, no tenía descendencia que reclamara las propiedades.
─¿Y qué ocurrió entonces? ─preguntó Wicky, intrigada; sabía que debía haber algún misterio; porque no era fácil rehusarse a obedecer las leyes existentes; especialmente para un simple vasallo que no poseía el poder para tomar decisiones ─. Porque supongo que no fue sencillo enfrentar a un Clan, en esas circunstancias. Los derechos vigentes debieron darle al miembro del Clan McBrora la razón.
─Así es, Alteza ─estuvo de acuerdo Johnson─; sin embargo, en aquel entonces el Clan Ardley era temido por su ferocidad y todos los miembros guardaban una férrea lealtad a su laird; además, el vasallo del laird fue lo suficientemente previsor para aumentar las defensas en todas las propiedades, por lo cual no fue sencillo doblegarlo a punta de armas y consiguió resistir hasta la época en que, por fortuna, el laird regresó.
─¿Cómo? ─ahora fue el turno de Wicky de sorprenderse sobremanera. Sus ojos, abiertos al máximo, se posaron en el anciano que continuaba de pie, en el inicio mismo del sendero que había dado origen a la charla; el sonreía, una sonrisa nuevamente melancólica, que hablaba a las claras de que comprendía a cabalidad la difícil misión que había sido colocada en los hombros de su predecesor.
─El laird regresó: le había tomado demasiado tiempo hacerlo ya que, durante su travesía por el desierto africano, una tribu de guerreros nómadas le capturó. No obstante, sucedió que, mientras permanecía prisionero, una noche una tribu rival atacó sorpresivamente el campamento aprovechando la ausencia de la mayoría de los guerreros y fue entonces que él pudo intervenir, demostrando sus dotes combativas y de organización y su recompensa por esa acción, que salvó la vida de niños y mujeres, fue la libertad. Al parecer fue invitado a quedarse con ellos el tiempo que quisiera, en calidad de huésped y amigo y él aceptó no sólo porque deseaba aprender de ellos lo relativo a las artes guerreras, sino también porque una doncella de la tribu había conseguido lo que ninguna de las damas de la Isla logró jamás: capturar su esquivo interés.
─¿Una... doncella? ─Wicky ya no podía abrir más los ojos; pero lo intentó de verdad. Habría esperado cualquier cosa, excepto esa razón. Para su consternación, el señor Johnson parecío adivinar la causa de su desconcierto; porque se permitió sonreír ampliamente, antes de proseguir con el relato:
─Para ninguna persona que haya escuchado hablar de los Ardley, Alteza, resulta sorprendente descubrir que, tras cualquier empresa alocada y anécdota histórica existe siempre una causa amorosa; las más de las ocasiones tremendamente singular ─dijo el señor Johnson, con tono ligeramente gruñón, evidentemente perdido en un recuerdo oscuro─. En el caso que nos ocupa, lo cierto es que el laird no dejó a la tribu porque estaba dispuesto a esperar el tiempo necesario para convencer a esa doncella de seguirlo hasta la Isla.
Wicky comprendió que al decir "Isla" su anfitrión se estaba refiriendo a Escocia. Sin embargo, no pudo reflexionar demasiado en el asunto porque el relato continuó:
─Por supuesto, tuvo éxito y tan pronto la joven accedió a ser su esposa y él pudo hacerse de lo necesario para el viaje, emprendieron el largo camino de regreso. Obviamente, el laird se dirigió primero a Kintore Cottage, porque esperaba reunirse con su hermana y, también, enterarse de todo lo acontecido en su ausencia; no eran los mejores tiempos, históricamente hablando, así que fue una experiencia bastante desagradable para él cuando, nada más penetrar en el territorio de Kintore Cottage fue capturado por los hombres al mando de su vasallo: sus propios hombres.
─¿Y eso? ¿Cómo fue posible? ─preguntó Wicky, sin poder evitarlo.
─Por ridículo que parezca, sus hombres no lo reconocieron: el tiempo era demasiado y ahora él exhibía un rostro ligeramente diferente, con algunas cicatrices decorándolo y un tono demasiado bronceado de piel que le hacía sospechosamente parecido a uno de sus enemigos; además, lo creían muerto y permanecían alertas obedeciendo a las órdenes de su amo en turno, quien esperaba a cada tanto, ser invadido por quienes pretendían hacerse con las propiedades Ardley. El escenario no era el mejor, y despues de permanecer casi un mes encerrado en uno de los calabozos, fue llevado a comparecer ante su mejor amigo quien, en el colmo de la mala suerte, también se rehusó a reconocerlo como el laird: el pobre hombre no era muy listo y ya tenía bastante desconfianza después de que numerosos timadores habían intentado engañarlo con el cuento de ser el laird que regresaba; él simplemente pensó que las inverosímiles anécdotas que el laird relatara no eran muy diferentes a aquellas que ya estaba cansado de escuchar de tiempo en tiempo. Las cosas se hubieran puesto peor de no ser porque al vasallo se le ocurrió una idea genial: mandó traer la gaita que utilizaba el laird y le dió un ultimátum: tenía hasta el amanecer para recordar e interpretar como solista la melodía que ambos habían compuesto durante el último año que pasaron al servicio de un Lord Inglés o sería confinado nuevamente a los calabozos, sin contemplaciones .
─¡No es cierto! ─exclamó Wicky, al borde del desmayo, relacionando inmediatamente la historia con lo dicho por su padre en la mañana, respecto a la ceremonia de Salutación de Honor.
─Si no cree usted esto, le resultará más difícil admitir lo que sigue, Alteza, pero puedo asegurarle que todo es verdad. La idea se le ocurrió al vasallo porque únicamente el verdadero laird poseía el talento para interpretar una pieza tan complicada y únicamente él podía recordarla porque ningún otro gaitero, aparte de ellos dos la conocía ─replicó su anfitrión─. No obstante, cualquiera que conozca de tiempo a los Ardley sabe cuán difícil lo tienen para controlar su carácter y aquella vez no fue la excepción: el laird montó en cólera y, mortalmente furioso, lanzó un juramento al que en ese momento tenía ya por ex-amigo: "La recordaré, miserable idiota, y ten por seguro que, cuando te haya probado quién soy, te haré llevar harapos durante un mes y recorrer de rodillas la calzada que va hasta la Torre Sur de ida y vuelta, cada día, durante una semana entera".
Por increíble que pareciera, Wicky sólo pudo atinar a recordar a Alistair en ese momento y pensar que tal vez y sólo tal vez, él también hubiera sido capaz de proclamar algo tan insensato como eso en un ataque de rabia.
─¡Dígame que no lo hizo! ─suplicó Wicky, comenzando a imaginar la escena del fiel vasallo injustamente retribuido: el que un pobre tipo, despues de atravesar las duras y las maduras por proteger lo que le había sido confiado por su amigo, tuviera que pasar por algo así, le parecía no sólo un hecho injusto sino totalmente ridículo y no le dejaba muy biena impresión de ese laird... ni de Alistair; aunque no comprendiera muy bien qué vela tenía este último en aquel entierro; si ni siquiera había nacido cuando aquello sucediera.
─Sí lo hizo, pero no como usted piensa ─replicó el señor Johnson, prosiguiendo la explicación─; porque en ese momento, la esposa del laird entró al salón, a tiempo para escuchar su amenaza y contraatacar con una idea propia: si él comprobaba la lealtad de su vasallo y su excelente servicio, estaba obligado a eximirlo del castigo y cumplirlo él a cambio; era lo justo ante tanta estupidez. Palabras de Lady Itziah, estas últimas, que han sobrevivido al tiempo, Lady Natasha, y que han sido irremediablemente aplicadas por la respectiva esposa en alguna memorable ocasión a cuanto laird ha ocupado el puesto desde entonces, exceptuando, por supuesto, al padre de Alistair.
Era evidente que, tras decir las últimas palabras, el señor Johnson se estaba esforzando por contener la risa; pero ella no consiguió hacerlo, especialmente porque nuevamente su mente le jugó una mala pasada y se descubrió pensando en todas las ocasiones en que a ella le habría fascinado tener la autoridad para disponer algo similar para Alistair.
─Al amanecer del día siguiente ─continuó relatando el señor Johnson tan pronto ella consiguió controlarse lo suficiente para prestarle la debida atención─, el laird ejecutó a la perfección la melodía solicitada y, después de cruzar un emotivo abrazo con su amigo, se lió a golpes con él, lo cual es la más extendida costumbre entre los hombres de las Highlands de demostrar alegría desmedida. Sin embargo, tan pronto se calmaron, Lady Itziah los esperaba ya con los ropajes de mendigo que su esposo había mencionado como castigo el día anterior, demostrando con ese sólo gesto el porqué le había tomado tanto tiempo al laird convencerla de ser su esposa y el porqué se había empeñado en tal empresa.
─¡Dígame que no lo hizo! ─suplicó Wicky, comprendiendo que la idea era mucho más agradable como simple ilusión que como realidad. El sólo pensar que una mujer se atreviera a exigir a su esposo semejante humillación no hallaba lugar en su azorada mente.
─Bueno, creo que Lady Itziah nunca tuvo la intención de que el asunto llegara hasta el final; pero al verla ahí, de pie, tan pequeña y frágil y al mismo tiempo tan segura de que lo que hacía era lo correcto, los hombres del clan prorrumpieron en vítores de jubilosa aceptación y al laird no le quedó de otra que demostrar a todo el clan cuánto valoraba a su esposa, cumpliendo la penitencia tan estúpidamente ideada por él mismo. El vasallo, en un gesto de aprecio y lealtad, se unió al castigo, demostrando una vez más que jamás había sido su intención negar la identidad de su amigo. Y es en honor a esa anécdota, Lady Natasha, que esta calzada recibió el nombre de Calzada de los Mendigos.
─¡Qué increíble historia! ─fue todo lo que pudo comentar Wicky, aún fascinada por el relato.
─Lady Itziah fue un personaje notable para el clan, Lady Natasha, no sólo porque su valentía conquistó el duro corazón del laird; sino también porque con ella llegaron también nuevas tradiciones y costumbres desde el lejano desierto africano hasta un rincón perdido de las Tierras Altas. En honor a ella es que surgió la ceremonia de la Primera Salutación, decretada por el laird para que su amada esposa no sintiera nostalgia por la llamada del cuerno que se realizaba en la tribu al amanecer y fue Lady Itziah quien tuvo la idea de celebrar año con año el tradicional Festival de Pesca de Arwick, uno de los eventos más recordados en cada época no sólo por los Ardley, sino también por el resto de los clanes.
En ese momento, la mirada de Wicky encontró la de el señor Johnson, y ella tuvo la inquietante sensación de que ese hombre desaba decirle algo importante. Sin embargo, cualquier idea fue borrada por las siguientes palabras de su anfitrión, pronunciadas con un sentimiento tan especial, que ella sintió temblar su propia alma.
─El recuerdo de Lady Itziah es imborrable, Lady Natasha; pero jamás representará lo que Lady Candice, la madre de Alistair, llegó a ser para el clan entero: el alma, la voz y el sentimiento que dirigieron nuestros destinos por entre las épocas más turbulentas de todas. Lady Candice y su incomparable sonrisa llegaron a los Ardley en un cálido día de primavera, y junto a nosotros, enfrentaron desde la trágica Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión, hasta los estragos de la Segunda Guerra Mundial. La historia reciente de los Ardley no sería lo mismo sin ella; de hecho, muy probablemente ni siquiera existiría como tal. Lady Candice salvó la vida de nuestro laird no una vez, sino varias; y con el correr del tiempo, aceptó su amor, y nos regaló la bendición de tres herederos, entre los que se incluye nuestro nuevo laird.
El señor Johnson hizo una pausa, sin disimular que había callado deliberadamente tras referirse a Alistair, y Wicky comprendió que, tal vez lo que el hombre intentaba decirle, tenía que ver directamente con el laird; sin embargo, él no dijo más respecto a Alistair y, en cambio, continuó, con voz extrañamente dura, evidenciando la censura que ella había creído entrever anteriormente:
─Mañana, cuando atestigue el Cántico de despedida a la Castellana, Alteza, tan sólo le pido que, por un momento, deje de lado sus aprendidos prejuicios y se permita un minuto para compartir, en verdad, el dolor que todos sentimos por la irreparable pérdida que sufrimos hace pocos días. Le ruego que permita a los ojos de su alma contemplar la inigualable y sencilla belleza de la castellana de Dleytower: una dulce huérfana que ni siquiera conoció el nombre de sus padres porque desde recién nacida fue abandonada en un hospicio; pero que tuvo la fuerza para sonreír en medio de las más crueles realidades y que se convirtió, gracias a su buen corazón y la luz que siempre reflejaba, en la única razón para uno de los jefes de nuestro clan: en el consuelo y alegría de un hombre atormentado por la soledad y la tragedia.
Wicky sintió la garganta cerrada después de escuchar tan emotivo discurso por parte de su anfitrión; por increíble que le pareciera, las palabras del hombre no la habían ofendido en absoluto, pese a llevar explícito un cierto matiz de desaprobación hacia ella; sin embargo, jamás esperó que él concluyera la conversación de la manera en que lo hizo:
─Le ruego, Alteza ─dijo el señor Johnson, en un peculiar tono lúgubre que no concordaba para nada con su imagen serena y enigmática─, que no cometa el mismo error que yo: no permita que las apariencias la cieguen y abra su corazón a la magia de una mujer que amó al clan como pocas castellanas lo han hecho; que nos amó a todos, entregándonos su vida entera, porque, en principio, amó a nuestro Laird de una manera extraordinaria.
Después de decir eso, el hombre se alejó, a pasos lentos por la Calzada de los Mendigos, en dirección a la Torre Sur y a Wicky se le figuró mientras lo miraba perderse en el sendero, que parecía demasiado anciano y que, sobre sus hombros hundidos, reposaba un peso enorme. La princesa tuvo también, la horrible certeza que él habría preferido pasar mil veces por el castigo que le había relatado minutos antes, que pronunciar esas últimas palabras: la equivocación no era opción para un guardián.
Lady Victoria no lo sabía entonces y no lo sabría hasta mucho tiempo después; pero las palabras finales de la explicación de Johnson, habían representado una auténtica petición de disculpa de éste a la memoria de la madre de Alistair y la más certera evidencia de la convicción que lo atormentó hasta el final de sus días:
Candice era la única persona que había conseguido en nueve largos siglos, comprender como ninguna otra la verdadera esencia del clan y elevar el motto familiar a un nuevo nivel: los Ardley estarían permanentemente en deuda con ella por conferirles de una vez y para siempre, una nueva identidad.
