─Te ruego que disculpes a Johnson, Princesa ─Wicky giró, asombrada al escuchar la voz de Alistair justo tras ella─. Él no tiene derecho a decirte lo que puedes o no hacer y lo que debes pensar respecto a nada; si sus palabras te han incomodado, simplemente olvídalas.
Wicky se quedó de una pieza ante las palabras de Alistair y, más porque la expresión que él exhibía en ese momento era sobremanera desconcertante: parecía furioso, pero, al mismo tiempo, no cabía duda de que comprendía más que ella respecto a toda esa conversación. Dedujo que él lo había escuchado todo.
Repentinamente, algo de la información con que había sido bombardeada desde su llegada, saltó a su memoria:
─¿No deberías de estar en la Torre Sur? ─preguntó, algo consternada por el hecho de que Alistair parecía estar incumpliendo el protocolo.
Para su asombro, Alistair sonrió, una mueca ligeramente contrita y muy suya se dibujó en su rostro, antes de responderle:
─Eres la segunda persona que me pregunta eso en los últimos dos minutos ─declaró, divertido─. Ocurre que la Torre Sur me asfixia un poco, especialmente hoy y decidí salir a dar un paseo. Te suplico que no le digas a nadie que me has visto desobedecer la tradición. Creéme que fue muy difícil escapar de Rosemary. Ella es muy buena guardiana.
Wicky pensó en la joven y no pudo evitar sonreír, comprensiva. La meticulosidad era evidente en cada movimiento de Rosemary Johnson, así como su empeño en que todo estuviera perfectamente sincronizado en tiempo y forma. Alistair debía tenerlo difícil, acostumbrado como estaba a saltarse la mayoría de las normas, incluso en una institución tan rígida como el Real Colegio San Pablo.
─Creo que ella será una buena influencia para tí ─declaró Wicky con sinceridad no excenta de travesura. Por toda respuesta Alistair se encogió de hombros y permaneció en silencio por varios minutos contemplando la Calzada de los Mendigos.
Wicky no pudo evitar que su mirada se concentrara en él: lucía ligeramente fatigado, cosa extraña, y también había una sombra de tristeza en sus ojos que no había estado antes ahí. Parecía agobiado y eso era evidente en sus cabellos revueltos y su ligero desaliño, patente en su camisa a medio abrochar y su naciente barba. En ninguna otra ocasión recordaba haberlo visto de otra manera que no fuera esmeradamente arreglado y sin un cabello fuera de lugar. Se preguntó la razón y estuvo a punto de darse una patada al recordar el motivo de la presencia de ambos en ese lugar.
Candice, la madre de Alistair, había muerto recientemente.
─Oye, Sir Alistair ─comenzó a decir, y él miró en dirección a ella, en actitud claramente contemplativa, tomándose todo el tiempo del mundo para efectuar su escrutinio; su expresión ligeramente expectante─: siento mucho la manera en que me comporté durante el viaje y lamento mucho más el momento que estás pasando.
─Tu padre te lo dijo ¿verdad? ─preguntó él, desviando ligeramente la mirada─: le advertí que no lo hiciera aún; pero tal parece que el Príncipe Sergei tiene difícil obedecer órdenes... lo cual explica muy bien tu especial carácter.
Al decir esto último la sonrisa de Alistair se ensanchó y ella no pudo evitar corresponderle. El tono del Laird resultaba tremendamente gracioso; en especial porque, ella bien lo sabía, no intentaba sonar irrespetuoso en absoluto y más bien había tratado de aligerar el momento.
─¿Porqué no me lo dijiste? ─preguntó ella, genuinamente intrigada; aunque jamás esperó la respuesta que siguió.
─Porque la ceremonia de Investidura es un rito aparte de la Ceremonia de Despedida y pensé que la disfrutarías mejor si tenías la oportunidad de atestiguarla sin la sombra del duelo. Además, habría resultado muy difícil explicarte lo que has comenzado a comprender ahora que estás aquí: no estoy triste por mi madre, Princesa, en especial porque ella sufrió mucho estos últimos días. Candice merecía descansar ya junto a mi padre.
Wicky buscó la mirada de Alistair y pudo comprobar que él decía la verdad. Había una ligera sombra en el ambiente, pero no la que usualmente podía esperarse tratándose de un funeral. Comprendió, entonces, que el agobio de Alistair no se debía a la reciente muerte de su madre, sino a algo distinto que no alcanzaba a identificar. Para su asombro, Alistair dijo entonces, regresando al tema inicial:
─Lamento la descortesía de Johnson para contigo. Te ruego que le disculpes: ha sido especialmente difícil para él recibir la noticia del deceso de mi madre.
Wicky miró directamente en los ojos de su némesis intentando comprender; más intrigada que sorprendida, la razón de esas palabras. Ese Alistar era raro. Aunque siempre solía comportarse respetuosamente con ella, no obstante las frecuentes bromas y pullas, jamás le había escuchado hablar en tono tan solemne. En ese momento le parecía extrañamente lejano, tal vez como nunca se lo había parecido su propio padre durante las audiencias reales.
Laird.
De pronto a Wicky se le ocurrió que no debía ser fácil crecer llevando a cuestas la responsabilidad de gobernar a una numerosa familia, tal y como parecía era el caso de Alistair Ardley. Había en él un aura de poder, difícil de catalogar, pero que resultaba por demás evidente en cada uno de sus gestos y su excepcional autocontrol. Resultó claro para ella, también, que en ese momento, durante el cual debía estar viviendo el duelo por la mujer que le había dado la vida, Alistair tenía que lidiar con los sentimientos del anciano guardián y los de muchos otros y relegar los suyos en espera de una mejor oportunidad. Una oportunidad que, quizás, nunca llegaría.
Algo en sus entrañas se conmovió como nunca, al percibir lo poco que conocía realmente al talento estrella del San Pablo. Algo se cimbró en su corazón al vislumbrar un atisbo del profundo océano que era el alma de Alistair Ardley, un personaje que estaba lejos de ser el estudiante provocador y taimado que solía buscar incansablemente ocasiones para embromarla, y que, en cambio, parecía más que nunca dispuesto a dejar atrás esas vivencias infantiles en favor de asuntos mucho más urgentes y trascendentes.
Pensó en Johnson y sus palabras, dichas con un tono especialmente acusador. Más que ofenderla, el anciano guardián parecía empeñado en hacerle entender algo, pero ¿Qué? Todo el asunto le intrigaba; pero ya tendría tiempo después para reflexionar el punto. Sin embargo, Alistair merecía una respuesta, una respuesta a la altura de la actitud adulta que había mostrado desde que llegasen a Kintore Cottage, así que ahora dijo:
─No creo que haya sido su intención ser descortés y tampoco pienso que lo haya sido en alguna forma. No me explico porqué piensas que lo fue.
─Sus palabras...
─Alistair, el señor Johnson recién me conoce ¿Cierto? Así que es disculpable cualquier opinión que se haya formado de mí. Ya la cambiará... o la confirmará, según sea el caso.
Alistair volvió a guardar silencio, al parecer reflexionando en su respuesta. A lo lejos Wicky pudo escuchar el sonido de una gaita aproximándose; no sabía porqué, pero la música le parecía muy solemne. Con curiosidad miró alrededor y pudo distinguir al gaitero avanzando con parsimonia desde el fondo de la Calzada de los Mendigos. Fue consciente, entonces, de que ella y Alistair estaban solos: ni Lady Marianne, ni Sir Osvald alrededor y tampoco Rosemary, quien estaba obligada por el protocolo a ser la sombra del laird durante esa tarde, aparecía a la vista. Una inquietante sensación de premonición la invadió al comprender lo especial de ese momento: no estaban en el San Pablo, así que ambos estaban desobedeciendo sus respectivos protocolos y eso, por increíble que pareciera, le ensanchaba el alma como ninguna otra cosa.
Alistair pareció percatarse del mismo hecho en ese instante; porque, tras dirigir una mirada exasperada al gaitero, solicitó:
─Ven conmigo, princesa
Wicky no pudo hacer otra cosa que dejarse conducir por él hacia el extremo opuesto de la Calzada de los Mendigos, por un sendero mucho más rústico que descendía hacia un bosquecillo.
Caminaron en silencio, por varios minutos y ella no pudo evitar admirar la sobria elegancia de su acompañante, que no desentonaba en absoluto con el paisaje que les rodeaba, atrás quedó la residencia estilo isabelino y la Calzada de los Mendigos y ante sus ojos apareció un pequeño bosque, a cuya sombra crecía un bellísimo jardín, conformado en su mayoría por setos de flores de diversos colores que rodeaban un pequeño promontorio donde se erguían, destacando entre el resto, cálidos y brillantes, varios rosales cuyas flores exhibían un tono asombrosamente níveo.
─El Rincón de las Hadas ─explicó Alistair, señalando hacia el jardín─. La única vez que madre vino de visita después de que comencé a vivir en Escocia, trajo de regalo para Lady Johnson varios vástagos de Sweets Candy, el emblema oficial de nuestra familia. Lady Johnson, temiendo la ira de su esposo si descubría que había aceptado el obsequio, optó por sembrarlas en este espacio, al que ninguna persona, excepto los miembros de la familia Ardley, tiene acceso.
─¿Sir Johnson...? ─la pregunta quedó sin formular porque Alistair continuó explicando:
─Fueron tiempos difíciles Princesa; pero a mí, en lo personal, me alegró saber que Lady Johnson amaba a Candice lo suficiente para arriesgarse a pasar un mal rato con Johnson. La primera vez que visité a los Johnson fue apenas un par de años atrás, no lo había hecho aunque ellos se mudaron aquí en la misma época en que yo comencé a residir en Arwick porque, anteriormente, yo había declarado que hasta que Johnson comprendiera y respetara la posición de mi madre sin ninguna reserva, no pisaría este suelo.
Wicky lo miró de hito en hito: había atestiguado durante la recepción de la familia Johnson el gran aprecio que le guardaban a Alistair; así que le resultaba difícil creer que, hasta hacía dos años, él jamás hubiera estado en Kintore Cottage.
─Hace un par de años tuve un accidente ─explicó Alistar─: fui arrojado por Filisteo en mi tercer intento de montarlo a pelo; mis costillas recibieron la mayor parte del impacto y tuve que permanecer en cama por varias semanas. Aunque no deseaba venir, Lady Johnson me convenció de que sería lo mejor, porque así Rosemary no tendría que interrumpir su educación para viajar a medio año escolar hasta Dleytower. Ella estaba empeñada en cuidar de mí, lo cual habría sido gracioso de no ser porque todos los que la conocemos sabemos hasta qué punto es celosa de lo que considera su deber personal: temimos que escapara y viajara en mitad del invierno hasta el castillo, entonces ella sólo tenía quince años y los caminos eran peligrosos debido a la nieve.
Wicky recordó a Rosemary y comprendió que lo que Alistair decía era la absoluta verdad. La joven Johnson poseía la cualidad de la determinación y eso era evidente nada más conocerla. No pudo evitar que una chispa de diversión destellara en sus ojos. Definitivamente la vida de Alistair era más interesante de lo que pensaban las tontas estudiantes del colegio que se desvivían por llamar su atención.
─¿Puedes imaginarla verdad? ─preguntó Alistair, leyendo sus pensamientos─. En fin, el caso es que tuve que admitir permanecer aquí mientras me restablecía. Fui el primero de los laird que utilizó la residencia oficial en dos siglos; los anteriores laird no tenían reparo en hospedarse con la familia del Guardián y ni siquiera ponían un pie en la residencia que les correspondía ocupar. Sin embargo, yo estaba aún muy resentido contra Johnson y quise asegurarme que lo entendiera así. El primer día de mi estancia, una sonriente Lady Aislyn llegó acompañada de un par de mozos con una camilla y, pese a mis protestas y mi humor especialmente negro, me trajeron hasta aquí, donde me llevé la mayor sorpresa de mi vida al descubrir este jardín. Lady Johnson no dijo nada; simplemente sonrió y me dejó a solas con mis demonios.
─¿Demonios? ─dijo Wicky en un susurro, que Alistair escuchó perfectamente. El la miró por largo rato, como estudiando la pertinencia de continuar con la charla; sin embargo, la lucha interna que parecía librar concluyó con una nueva explicación:
─¿Sabes princesa? Es curioso, pero Johnson pensó lo mismo que tú durante casi una década, hasta que la Providencia iluminó su corazón y comprendió, en pequeña parte, las irrefutables y poderosas razones de Mamá para tomar una decisión que, a primera vista, parece a cualquier persona demasiado cruel para creerla siquiera─la profunda voz de Alistair vibró en sus entrañas; comunicándole que, pese a que no lo había demostrado en el momento, había escuchado su imprudente comentario respecto a Sansón y Filisteo durante la Salutación de Honor.
"Un par de ejemplares de cría no reemplaza una familia ¿Quién pudo ser tan cruel para disponer algo así?"
─Yo... ─Wicky enrojeció visiblemente, la vergüenza dominándola e impidiéndole echar mano de su acostumbrada ironía para enfrentar a Alistair. La furia estaba ausente de ella por primera vez y no sabía cómo comportarse ─Lo siento... ─dijo, con sinceridad. Pese a que intuía perfectamente que él no la estaba reprochando por su comentario.
─No tienes porqué disculparte, Princesa ─respondió Alistair, sonriendo con la naturalidad que ella recordaba de los días en el San Pablo, días que ahora le parecían demasiado lejanos, pese a estar apenas a dos jornadas de distancia en el tiempo─. Es un derecho de la realeza pensar lo que le venga en gana y no dar explicaciones y, mucho menos, ofrecer disculpas. Bueno, eso es lo que acostumbra decir Su Alteza Sergei ¿No?
Ante la manera empleada por Alistair para referirse a su padre, ella no pudo menos que sorprenderse; no sólo por el trato excesivamente familiar, sino porque comprendía que, pese a ello, no podía jamás acusar a Alistair de ser irrespetuoso. Incapaz de hacer o decir algo más, sonrió; genuinamente divertida por el comentario, clásico, bien lo sabía, de su imposible padre.
─Aún así ─continuó diciendo Alistair con voz plagada de firmeza─. Pienso que no estaría de más que conozcas que no fue decisión de Madre, sino mía el residir aquí. Escocia es mi hogar, Princesa, y eso nunca va a cambiar. Desde el día en que Ayslin y yo nacimos quedó establecido que sería yo quien gobernaría al Clan, y eso implicaba sacrificar mi comodidad en América para estar cerca de ellos todo cuanto mis deberes lo permitieran.
─Pero tenías ocho años ¿no es cierto? ─preguntó Wicky, asombrada y olvidada por completo de que esa era la primera conversación normal que sostenía con Alistair desde que le conocía. De hecho, era mucho más que una simple conversación.
─Así es ─respondió Alistair, sin agregar más, mirando pensativamente en dirección del jardín de rosas. Extraviado en meditaciones que Wicky no estuvo segura de querer conocer.
La princesa contempló por interminables momentos al joven. Era extraño, pero nunca le había parecido que Alistair y ella fuesen enemigos. No. Lo único era que había aprendido a disfrutar sobremanera de retarlo. En medio de la aburrida vida del colegio más estricto del Reino Unido, los enfrentamientos verbales de ambos eran un estímulo demasiado atractivo como para desperdiciarlo.
Sin embargo, ese frío atardecer no se encontraban en el San Pablo, sino en Kintore Cottage, y ella comprendió que era hora de emular la actitud que Alistair mostraba hacia ella y superar esa inexplicable animosidad que había surgido entre ellos durante las largas jornadas de clase en el colegio. No era momento ni para bromas, ni para ironías; y realmente, después de todo lo que había vivido desde la Salutación de Honor le resultaba difícil comportarse con normalidad ante este nuevo Alistair.
Un Alistair que ni en sueños había esperado descubrir.
