Por enésima ocasión desde que contemplara por primera vez las olas estrellándose contra el acantilado, se preguntó si sería posible que alguna de ellas se hubiera originado en las costas de Florida. Lo dudaba. Aunque no podía negar que encontraba una extraña paz en pensar que, pese a su inmensidad, el océano conseguía, dada su condición cuasi eterna, llevar cada una de sus gotas a cualquier rincón del mundo.

Cansado, después de pasar una jornada más dirigiendo los preparativos finales de la complicada ceremonia que se realizaría al día siguiente, Neal Leegan se permitió un breve respiro para evocar el pasado.

Los días de su primera visita al castillo habían marcado tiempos difíciles durante los cuales Candice y Lord William difícilmente eran capaces de sonreír y la sombra del duelo por el patriarca Ardley era todavía muy poderosa. Ante el asombro de propios y extraños, él había viajado a Dleytower acompañando a Candice y Lord Wiliam para desempeñarse como una conexión necesaria con la sociedad Ardley en América. Archibald había protestado hasta el hartazgo, por supuesto; pero, fiel a sus convicciones, Candice se había mantenido inflexible en su decisión, otorgándole una confianza que ningun miembro de la directiva, Johnson incluido, aprobó en su momento.

─"No sabes cuánto voy a extrañarte, Cardo" ─pensó Neal para sí, en tanto se relajaba contemplando el espectacular ocaso que se desplegaba sobre el océano, dibujando sobre la superficie del agua intensas llamas. Se encontraba en ese momento, en lo que se conocía como "The Sky Hole"; es decir, la parte superior de The Tower, la construcción principal del conjunto que conformaba una de las fortalezas históricas mejor conservadas en toda Escocia: el castillo Dleytower, el hogar ancestral y emblemático del Clan Ardley.

Mucho tiempo atrás, la primera vez que visitara Dleytower, le había intrigado sobremanera la mezcla de épocas que se evidenciaba en cada detalle y que, no obstante su disparidad, conseguían reflejar una armonía inusitada desde el punto de vista arquitectónico. Había algo mágico en ese lugar, una suerte de encantamiento que envolvía el ambiente y le dotaba de una hermosura difícil de olvidar. Una belleza que había llevado en el corazón por más de diecinueve años ya, y que agradecía poder volver a contemplar.

Dominando el campirano paisaje que ofrecía la aldea de Arwick y Dleytower mismo, The Tower era, tal y como su nombre lo indicaba, una torre de piedra circular que se erguía en los límites de la propiedad Ardley a la cual sólo se podía accesar por un pesado puente levadizo que habia estado en uso durante nueve siglos. Cualquier apasionado de la historia que observara con atención, se podía percatar de que la construcción, con sus paredes de piedra pulida que resultaban imposibles de escalar y emplazada en un macizo rocoso rodeado en tres de sus flancos por el océano, estaba indudablemente pensada para servir a los habitantes del castillo como el último reducto en caso de un ataque por la vía terrestre y también como un inmejorable emplazamiento para resistir las invasiones por mar que, siglos atrás, habían sido cosa corriente para los pobladores de las costas escocesas.

Alguna leyenda familiar contaba que una doncella desesperada se había arrojado desde el mirador durante una incursión de Vikingos especialmente trágica. La joven heredera Ardley habría preferido la muerte al cautivero y la deshonra que sin duda le esperaban en manos enemigas. A él siempre le había gustado mucho esa historia, que le hablaba de valor, determinación y profunda conciencia del honor; no así a Candice, quien detestaba con pasión los relatos trágicos relativos al clan y a quien él sorprendiera en ese mismo sitio, diecinueve años atrás, con la mirada perdida en el vacío y una expresión difícil de definir en su mirada esmeralda.

El otroramente rudo Neal Leegan aún sentía punzadas en el corazón al evocar aquel ocaso cuando, por un interminable momento sintiera cómo la vida se le escapaba del cuerpo al deducir, equivocadamente, que Candice estaba pensando en saltar hacia los riscos. Candice había notado su presencia y adivinado la razón del temor que su rostro reflejaba y había reído; reído como hacía meses no lo hacía, devolviéndole con ese sencillo gesto la paz y la tranquilidad que no había tenido desde el día en que el compromiso de ambos se rompiera.

Neal respiró profundo, dejando que la brisa marina acariciara su rostro moreno y desordenara sus cabellos, al tiempo que permitía a sus recuerdos fluir para dejar paso, por primera vez en días, al dolor. No un dolor sordo y lacerante, como había esperado sentir; sino un dolor cargado de significados y permeado por un cúmulo de emociones entre las que destacaba la gratitud.

No eran pocas las veces en que Neal se había preguntado, con profunda sinceridad y un secreto anhelo ¿Cómo habría sido su vida de ocurrir las cosas de otra forma? ¿Qué habría pasado si sus planes y los de la tía Aloy hubiesen cuajado y aquella boda se hubiese realizado?

Al Leegan oportunista, egocéntrico y pendenciero que ocasionalmente emergía todavía en él le agradaba creer que Candice habría aprendido a amarlo; sin embargo, el otro Neal que habitaba en su interior: el hombre leal, hosco y enconadamente realista que la vida había forjado a punta de golpes, se complacía enormemente en hacerle admitir, de cuando en cuando y sin posibilidad de duda que, de no haber sido por Sir William y su inesperada aparición aquella noche del anuncio del compromiso, Candice se hubiera encontrado irremediablemente condenada a una existencia vacía e infeliz a su lado.

Neal contempló el oleaje, que ese atardecer rompía con excepcional tranquilidad contra los riscos sobre los que se alzaba The Tower, al tiempo que aquella escena, la de la conmoción propiciada por la presentación inesperada de sir William en la fiesta del compromiso, aparecía tan viva en su memoria como si hubiera acontecido la noche anterior y no más de dos décadas atrás.

Esa noche y esa fiesta las llevaba grabadas en el alma a hierro vivo. La humillación recibida en la cancelación del compromiso, y el posterior enfrentamiento con sir William le parecían poco, a la distancia, en comparación al daño que pudieron haber causado su soberbia y egoísmo a una de las personas más especiales para él. Recordaba su llanto de chiquillo malcriado y sus deseos de venganza; recordaba también su propósito de demostrar a Candice cuánto se había equivocado al no aceptarlo como esposo. Sin embargo, en aquel entonces no sabía que lo ocurrido en Lakewood significaría en realidad el primer paso de un largo camino hacia la redención y que el destino se encargaría, con mucha ayuda del patriarca Ardley, de mantenerlo muy lejos de Candice. Sabia decisión de Sir William con la que nunca había disentido y que, por el contrario, había agradecido sinceramente.

Sir William Albert Ardley, hombre compasivo y justo como el que más, no había demostrado hacia él otra cosa que no fuera inflexibilidad y desconfianza absoluta; para asombro de todos cuantos lo conocían, excepto de Candice y él mismo, dado que únicamente ellos dos sabían que el origen de la antipatía de Sir William por él no era otro que su vil y cobarde intento de propasarse con Candice atrayéndola con engaños a una mansión situada en las afueras de Chicago, haciéndole creer que se encontraría con Terruce Granchester. Aquella noche Candice había escapado de él extraviándose en el bosque que rodeaba la propiedad sin que él pudiera encontrarla.

Habían tenido qué transcurrir muchos años y varias experiencias particularmente amargas para que comprendiera a cabalidad la canallada que había estado apunto de cometer y que reconociera, con la mano en el corazón, que la distancia exigida por el esposo de Candice no había sido una medida exagerada en ninguna manera. Paradójicamente, la particular animosidad que Sir William jamás dudó en demostrar hacia él, no se extendía a su desempeño en el consorcio Ardley y le había llevado a recibir encomiendas difíciles en el ámbito de los negocios familiares; responsabilidades que le mantenían viajando a sitios agrestes y apartados donde había tenido que jugarse la vida en distintas ocasiones. Sin embargo, no podía quejarse; porque cada experiencia le había alejado de su yo anterior, transformándolo en un nuevo hombre, mucho más consciente del lugar que ocupaba en el mundo y de su misión en él. Con frecuencia solía pensar que el destino era muy sabio porque, si de algo estaba por completo seguro era que, de no haberse empeñado en arruinar la vida de Candice en aras de un supuesto amor genuino, tal vez él habría seguido recorriendo ese camino estúpido e inútil de la vanidad y la ambición en vez de resolverse a ser un hombre que podía amar y ser amado en plenitud.

Neal recordó aquella noche de maldad mientras sentía bullir en su pecho el intenso arrepentimiento que siempre le generaba ¿Qué mezquino impulso le había llevado a jugarle esa mala pasada a Candice? A pesar de haber transcurrido tantos años no lo sabía, y prefería pensar que nunca lo tendría completamente claro; sin embargo, de lo que sí estaba seguro era de que algo se había quebrado dentro de él desde ese momento, aunque tardase en comprenderlo y asumirlo.

─Mañana habrá un sol brillante, milord; así que no dudo que el viaje hasta aquí no representará ninguna complicación para Sir Alistair ─dijo Albert a sus espaldas, interrumpiendo sus melancólicas reflexiones en un tono extremadamente solemne que lo asustó más que su inesperada presencia. Comenzaba a perder rápidamente la esperanza de sentirle llegar alguna vez. Las pisadas del hombre eran sigilosas y veloces: las adecuadas para un cazador nato, amante de la naturaleza y la libertad.

─Te he pedido repetidas veces que no me llames milord, Albert ─indicó, con un dejo de fastidio difícil de disimular. Candice, los recuerdos y sus aventuras dejados de lado para atender la llegada del asesor más capaz de las cuadras Leegan-DR de Kintore Cottage.

─Perdone usted, señor Leegan ─se disculpó Albert, con esa voz fuerte y profunda que él encontraba extrañamente tranquilizadora. Contuvo un suspiro de exasperación al comprender que, durante esa visita a Dleytower, McCarroll estaba resuelto a dirigirse a él utilizando su apellido, lo cual detestaba tanto o más que el milord impersonal típico del Reino Unido. Sin embargo, era mejor eso que el ser tratado como un aristócrata genuino ¡El cielo lo librara!

Neal pensó por un momento en ello y no pudo evitar dibujar una mueca de pura ironía. Aunque, por una jugarreta del destino, ostentaba un título nobiliario gracias al fallecimiento de un desconocido familiar, de quien recibiera en herencia escasa fortuna y una ruinosa plantación en Jamaica; lo cierto era que, tras una larga temporada en la isla y una accidentada incursión en el sector productivo como plantador, había terminado por aprender algo muy importante: los títulos y el dinero de poco valían, porque un hombre de verdad no los necesitaba para demostrar nada.

Bajo la tenue luz que aún restaba, dedicó una mirada apreciativa a McCarroll. Ese hombre era la prueba viviente de que sus convicciones sobre la valía personal eran correctas: sus ojos claros, de una cristalina tonalidad miel, sus alborotados cabellos rojizos y su piel clara y curtida por el sol, parcialmente cubierta de pecas, difícilmente señalaban otra cosa que no fuese su origen escocés. Sin embargo, había algo en él, un cierto aire difícil de catalogar, una aura de misterio que hacía juego con su nombre y su mandíbula obstinada y aristocrática que revelaba más, mucho más de lo que ni Archibald, ni él mismo, estuvieron nunca dispuestos a admitir como no fuera en privado y lejos de los oídos de Candice.

Albert McCarroll.

Aunque su silencio incomodara en ocasiones y a simple vista pudiera parecer un simple trabajador de caballerizas sin mucho gusto por la pulcritud. McCarroll era uno de los nombres clave cuando de hablar de los Ardley de Dleytower se trataba. Un hombre cuya edad en la actualidad rondaba los cuarenta, y que un buen día, casi diez años atrás, tocara a las puertas del castillo en busca de un empleo y un lugar donde vivir.

Poco se sabía de McCarroll, excepto que provenía de un pueblo perdido en las montañas, a dos jornadas de camino de Dleytower. No tenía familia, desconocía el nombre de su padre y su madre había muerto durante el alumbramiento, no sin antes solicitar que se le bautizara bajo el nombre de Albert. McCarroll había quedado a cargo de su único tío hasta que este falleciera también, durante un accidente en el bosque, cuando él recién acababa de cumplir los dieciséis años.

Habiendo sido guardabosques la mayor parte de su vida, resultó una sorpresa muy útil que McCarroll poseyera un don especial con los caballos, lo cual le había valido de mucho para ganarse la confianza de Alistair, quien en aquel entonces era apenas un niño. Con el transcurso del tiempo y gracias a las prolongadas estancias de Alistair en Dleytower, McCarroll se había convertido en uno de los hombres más indispensables para el Laird a tal punto que, extraoficialmente y pese a su personalidad más bien apocada, Albert era considerado por gran parte del clan como el verdadero guardián de honor de Alistair, un hecho que, Neal Leegan bien lo sabía, arrancaba gruñidos de disgusto a Lord William allá en la lejana América; unos gruñidos tan inesperados como incomprensibles que tenían su origen en la excelente camaradería que Lord William compartía con su hermano menor.

─¿Alguna vez habías subido hasta aquí, Albert? ─preguntó entonces Neal a su silencioso acompañante; más por romper el silencio y alejar los recuerdos que por verdadero interés.

─Nunca, señor Leegan ─respondió McCarroll y él pudo notar que el hombre jugaba nerviosamente con su gastada boina de lana entre las manos─. Las alturas no me sientan bien ─admitió, con voz ligeramente descolocada.

Neal miró con atención y pudo comprobar que McCarroll decía la verdad. El hombre se encontraba inquieto hasta el punto de la incomodidad. Involuntariamente su memoria evocó a Aislyn y Alistair intentando volar cometas durante una mañana especialmente fría, y a un circunspecto Lord William observando el horizonte con un nuevo catalejo traído desde Londres. A ninguno de esos tres les había importado la altura. Los hijos de Candice y William habían nacido para la aventura y eso nadie lo ponía en duda.

Una revelación hizo eco en su mente; pero se esfumó tan rápido que no pudo formularla. Permaneció inmóvil, intentando capturar ese esquivo pensamiento en tanto que, en el horizonte, el sol emitía su último destello y el manto de la noche comenzaba a cubrirlo todo.

La noche.

Neal se olvidó momentáneamente de su acompañante al recordar que, más de diecinueve años atrás. había sido precisamente en The Sky Hole, durante aquel anochecer muy similar a ese, cuando Candice y él habían sostenido la conversación más seria y sincera de su accidentada relación. Una verdadera charla a corazones descubiertos que él guardaba celosamente en el alma y que había contribuído mucho a sanar sus heridas. Recordaba cada palabra, cada gesto, cada inflexión de la voz de la mujer a la que, por mucho tiempo, había osado amar desde la distancia, como un reto personal y un desafío a la familia entera; especialmente a los Leegan y al mismísimo patriarca.

De no haber sido por aquella charla con Candice, él no se hubiera creído capaz de dejar atrás el pasado y abrazar la vida que Jamaica le ofrecía con generosidad. De no haber escuchado de la propia Candice cuánto confiaba en él y en su bondad, muy probablemente jamás hubiera reunido el valor para reconocer a Scott como su hijo legítimo y proponerle matrimonio a Isadora Montgomery. La líder moral de la familia le había dado el coraje que necesitaba para rendirse al amor, haciendo que su vida diera un giro mayúsculo y que todo cobrase un sentido diferente.

─No se demore mucho, señor Leegan, o pescará un resfriado; y no olvide que los muchachos esperan su aprobación para la asignación de los lugares en el patio central ─la respetuosa voz de McCarroll llegó desde muy lejos, desde la puerta que conducía a la estrecha escalinata en forma de caracol; no obstante haberse encontrado a su lado apenas un segundo atrás.

Neal miró hacia abajo, dejando aflorar la tristeza todavía más. Para esos momentos el viento comenzaba a arreciar y casi podía sentir el sabor de la sal y la arena en su rostro a pesar de estar a considerable altura sobre el océano. A nivel del suelo, en el amplio patio del castillo, los preparativos continuaban y las potentes luces de las lámparas que formaban parte de la iluminación decorativa del castillo habían sido encendidas, regalándole una visión de ensueño que difícilmente se borraría de su corazón. En esa noche especialmente melancólica permeada de revelaciones y repleta de tristezas nunca admitidas y culpas nunca superadas, rememoró no solamente aquellas actitudes crueles que hicieron de la vida de Candy en la casa Leegan un infierno; sino, por sobre todo, la noche del compromiso, sabiendo que gran parte del dolor que estaba sintiendo en ese momento empezaba y comenzaba ahí.

Candice lo había perdonado, por supuesto; pero Neal no podia despedirse de ella sin evocar aquel arribo intempestivo de Sir William al salón, cuando se enfrentara a él con determinación, regalándole la mirada azul cielo más gélida y amenazadora que jamás alguien le hubiera dirigido. El recordar aquella mirada le dio el consuelo que llevaba implorando por mucho tiempo ya, al hacerle comprender a cabalidad, tal vez por primera ocasión, que su vida en lo que a Candice se refería había sido tan sólo una larga cadena de errores irrevocables entre los que destacaba sólo un acierto: haber contribuido no una, sino dos ocasiones, a que dos almas que debían estar juntas por la eternidad se encontraran.

Fue entonces cuando el pensamiento que se le había escabullido momentos antes regresó a su mente arrojándole una luz poderosa sobre el misterio que rodeaba a McCarroll, una certeza contenida en una de las máximas más apreciadas por el clan: "Los pasos de todo Ardley genuino se encaminan siempre hacia Dleytower".

Lo supo con total certeza. Lo supo sin sombra de dudas. Y fue esa comprensión la que trajo a su alma un sentimiento dulce e intenso que se expandió por todo su ser, ahuyentando todo sufrimiento que pudiera estar presente. Esa nueva noche, que recién comenzaba, la magia de The Tower se estaba encargando no sólo de borrar cada una de sus culpas, sino de revelarle el secreto mejor guardado de la familia; uno que, muy probablamente, ni siquiera Sir William había conocido y que, podía asegurarlo con la mano en el corazón, ninguna persona, aparte de él, conocería jamás.

─Supongo que fue mejor que jamás te encontraras con McCarroll, Cardo ─susurró Neal a la brisa, pensando en muchas cosas a la vez, sin caer en la cuenta de que las lágrimas caían a raudales por sus curtidas mejillas de plantador; y sin percatarse de que, por segunda vez, había llamado a Candice por ese mote tan especial con que sólo se atrevía a nombrarla en sus pensamientos más privados.

Sí. Había sido mejor de esa forma.

Si Candice hubiese visto sólo una vez a McCarroll no podría haber ignorado ni por un instante el parecido, la dulzura en la mirada y uno que otro detalle significativo extraviado en la opacada personalidad del ex-guardabosques; especialmente por una razón que, ni Archibald, ni él, habían conseguido entrever en el pasado:

Albert McCarroll era la imagen de aquello en lo que otro Albert, un Albert también llamado William podría haberse convertido de no encontrar a Candice en su camino: un hombre hundido en la soledad y esclavo de las sombras. Más aún: existía la posibilidad real de que McCarroll fuese, exactamente, la imagen más cercana a aquel hombre que William Albert Ardley había sido hasta el bendito día en que una adolescente, cruelmente maltratada por dos Leegan estúpidos y mimados, cayó a una cascada.