Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 17:00 (PM) Recuperándose de una caída.


Nunca quiso creerlo en realidad, quizás porque nunca se lo había planteado realmente, aunque muchas personas le habían contado relatos fantásticos sobre el Japón, sobre las doncellas cubiertas en sedas que parecían volar por las pequeñas calles, tan pacíficas como las aguas de un río, sobre dragones, espadachines y samuráis que siempre le habían parecido relatos fantásticos como cuentos de hadas, donde la bruja era eliminada y el príncipe se casaba con la heroína... Y tuvo razón en hacerlo. Japón no era ese lugar mágico que le habían contado todos, presas de la ignorancia o del aburrimiento, sin embargo, sí escondía cierta belleza, sutil pero sublime, allá donde mirara. Y la verdad, no miraba mucho, dado que estaba en cama, aún recuperándose de las heridas causadas en Rokkenjima, no sólo físicas sino también psicológicas, mismas que le traían cientos de pesadillas por las noches.

No obstante, ahora ése era su hogar. El hogar que se teñía suavemente con los colores del atardecer mucho más temprano que en Italia, el hogar que, con sus rojos y dorados, reflejaba en los tejados de las casas el brillo mortecino del sol y con el, los sonidos de las cigarras y los grillos, cantando para atraer a sus amantes.

Era su hogar, Niijima, la pequeña y tranquila Niijima, donde todos le hacían reverencias cuando salía por la comida que ella respondía torpemente, donde sus cabellos relucían como el mismo sol y la marcaban como diferente, aunque no para mal, nunca para mal. No volvería a Italia porque allí ya no le quedaba nada qué amar, porque sus calles, atestadas de guerra ahora le parecerían extrañas, porque allí no podría escuchar la puerta abriéndose, el inconfundible sonido de las botas de soldado de Kinzo acercándose por el corredor de madera, la respiración agitada de quien espera un acontecimiento emocionante, aquello que lograba reconfortarle el corazón a pesar de estar en un mundo extraño.

—¿Cómo estás? —esas eran las primeras palabras que el japonés le dirigía una vez entraba a la habitación, mirando cuidadosamente todos los detalles, en busca de alguno que delatara una salida furtiva, a pesar de que el Dr. Nanjo no le había dado el alta.

Ella nunca respondía, se limitaba a sonreír para darle a entender la situación, la cual nunca cambiaba, pues siempre seguía recuperándose, incluso si se escapaba a dar una vuelta, a conocer el vecindario. En su lugar, sin embargo, le preguntaba cientos de cosas, desde el estado de la isla hasta el de la guerra y si las facciones del hombre revelaban algún problema —ella podía decirlo por cómo fruncía el ceño— también preguntaba por el oro, por todos los problemas que parecían girar alrededor de su protección, el último legado de su padre que todavía no decidían cómo usar.

—No hablemos de eso —siempre la cortaba Kinzo, tomándole una mano con gesto galante, luego se acercaba a ella y la besaba, con la sombra de una sonrisa temblando en los labios—. Ojalá estuvieses siempre en cama —murmuraba como corolario, obteniendo inmediatamente el ceño fruncido de la italiana, quien tampoco podía evitar sonreír—. Cuando estés recuperada, ¿cómo sabré que no huirás de mí?

La respuesta se quedaba atorada en la garganta de Beatrice, junto con muchas otras preguntas angustiantes, dolorosas, concernientes al futuro. Sí, ojalá aquello durara para siempre, ojalá no llegara nunca el día en que tuvieran que enfrentar la realidad.