Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 07:00 (AM) Cediendo a la curiosidad.
El sudor logra que las sábanas se peguen a su piel desnuda, expuesta a las primeras luces rojizas de la mañana, tan calurosa como siempre en esa época del año. Beatrice trata de no hacerle caso a la incomodidad que esto supone y se da la vuelta en la cama, buscando a la persona que la ha metido en todo ese lío, entre fantástico y melancólico, como una novela que parece no alcanzar un final feliz. Kinzo ya está despierto y la observa con ojos brillantes, casi líquidos, en los cuales se remueve el mismo sentimiento que vive en su pecho y que crece, a veces muy a su pesar, como una flor que sin duda encontrará pronto el invierno.
Tiene que irse, lo ve en sus ojos y en los gestos de sus manos cuando apartan su cabello dorado del camino de su rostro, que sin duda está tratando de grabar en su mente hasta la próxima ocasión, quién sabe cuándo, quién sabe dónde. Su familia debe de estar preocupada por él, o al menos eso piensa ella, aunque él nunca habla de la mujer que ha desposado, ni de sus hijos, siluetas desconocidas en su memoria, que sin embargo, son pesadas como anclas. Ella se engaña pensando que se preocupan, él sabe que sólo quieren mantenerlo atado y sabe también que logran su propósito cada vez que llega la mañana de su último día de -vacaciones-, con la perspectiva del regreso a casa, la rutina y el dolor.
—Te traeré un regalo —dice él, incorporándose en la cama para que su silueta se convierta en un haz de luz rojizo mientras se viste con parsimonia, sin duda retrasando el momento de la partida—. Nanjo ha dicho que vendrá a verte.
Bice entrecierra los ojos en un gesto de falsa molestia, las comisuras de sus labios temblando misteriosamente, con un poco de duda y un poco de amor.
—No necesito regalos —puntualiza, ya tiene demasiados comprados con el oro de su padre, ese oro maldito y bendito a la vez. Quiere añadir algo más pero se lo piensa mejor cuando las palabras retumban como los de las novelas en sus oídos, demasiado cursis y a la vez, demasiado verdaderas—. Aunque me encantará ver al Dr. Nanjo.
Kinzo no está en posición de replicar y poco le importa su negativa a los regalos, porque de cualquier manera le traerá cientos la próxima vez, cientos, que sin duda alguna no llenarán el hueco de la separación. Se quedan mirando algunos momentos, el silencio tan pesado como el aire caliente, tan pegajoso y agridulce como nunca lo estuvo antes entre ellos, un momento difícil que alguna vez tendrían que experimentar.
Es ahora o nunca, piensa ella, deshaciéndose de las mantas como si éstas absorbieran su valor, pues sería muy fácil esconderse entre ellas y volver a dormir, olvidar por enésima vez las preguntas que la asaltan cada vez que ve a Kinzo marcharse. Suspira abiertamente, el aire convirtiéndose en valor por todas sus cavidades, despejando el cerebro adormilado tras una buena noche juntos.
—¿Cómo es tu esposa? ¿Cómo son tus hijos? ¿Cómo se llaman? —los ha mencionado vagamente algunas veces, pero casi siempre es como si no existieran, como si fueran fantasmas habitando su casa, muy muy lejos de ella. Bice no se arrepiente de lo que está haciendo, aunque varias veces se lo ha cuestionado, pero quiere saber. Nada cambiará sabiendo, él no irá con ella para quedarse por toda la vida a su lado, ni habrá el final feliz de cuento de hadas, pero aún así, necesita saberlo.
Él parece sorprendido y una mirada dura se simbra en sus facciones conforme la sorpresa se va desvaneciendo. Bice lo sabe todo de él, lo conoce mejor que nadie que viva bajo su mismo techo, conoce la historia casi a la perfección salvo ese pequeño y molesto detalle, que sin duda —y puede verlo en sus ojos expectantes— la hiere nada más llega el momento de la despedida.
—Mis hijos son Krauss y Eva, son chiquillos como lo serían los de cualquiera, no tienen nada de especial y su madre... —un gesto contrariado aflora en sus labios y sus puños se vuelven blancos cuando los aprieta con fuerza—. ¿Por qué tenemos que hablar de esto?
—Quiero saberlo —pide ella, no con la voz suplicante de una amante de turno que implora por los últimos resquicios de una relación, sino con un tono fuerte y decidido que parece relampaguear en sus ojos azules, brillantes debido a la luz que se cuela por las ventanas.
Sabe que quizás no hace bien forzándolo de esa manera, pero también entiende que ha ganado cuando él se sienta a su lado en la cama, completamente vestido, suspirando como si hubiese perdido una apuesta.
—Me harás quedarme un día más para contártelo —de nuevo su tono adquiere ese brillo divertido y sonriente, que logra romper toda la tensión en la atmósfera—. No le importa, ¿verdad, oh, gran Bruja Dorada?
Ella ríe cuando su aliento le hace cosquillas en una mejilla, por supuesto que no le importa, incluso hasta ha ganado más de lo que había llegado a pedir. La verdad y la compañía —aunque sea por otro día— del hombre al que ama.
