Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 05:00 (AM) Aguardando una llegada


El amanecer se ciñe sobre ellos lentamente, con toda la calma del mundo, tanta que se puede distinguir cómo en el horizonte se desdibujan los dedos dorados del sol, arañando el cielo en un espectáculo maravilloso, comiéndose las estrellas a medida que la luz pobla al mundo. Sin embargo, lo que Kinzo ve mientras está acurrucado entre las mantas, abrazado no sólo por su bata de dormir sino por el calor corporal de Bice, no es el amanecer, rosa y dorado, sino algo muy diferente, algo que lo hace estremecerse de alegría, sonreír como tonto y mover las manos de un lado a otro, presa de los nervios.

—Cualquiera diría que un soldado japonés tiene más temple que esto —se ríe Bice, aunque para ella también es todo maravilloso, desconocido y cálido—. Kinzo, ya has tenido otros hijos, ¿por qué este es tan especial?

—Porque es nuestro hijo —recalca el hombre, como si la pregunta le pareciera una burla, pero en sus ojos no hay nada más que felicidad, redonda y enorme como el estómago de embarazada de su mujer, su amada bruja que ha hecho magia blanca para darle un hijo, muy diferente de los otros que tiene en casa, que aparecieron un buen día, salidos de la nada, para llenar su vida de más miseria—. Estás enorme.

—No es muy caballeroso de tu parte decirlo —aunque sí es muy caballeroso, quizás en extremo, el que la mantenga rodeada de lujos, de cojines, perfumes y chocolates, regalos extraños cada vez que atraviesa la puerta, para encontrarla en cama, postrada como si no pudiera moverse, con el vientre cada vez más grande y la desidia también—. Dime, Kinzo, ¿por qué no puedo salir a dar un paseo?

—Te tengo secuestrada, ¿recuerdas? —son las palabras solemnes del hombre, mientras atrapa su mano blanca entre las suyas, recorriendo lentamente los nudillos y los dedos sin darse cuenta—. ¿Qué pensarían de mí si dejo salir a mi rehén a dar una vuelta?

—Pensarían que eres sensato —dice ella y se incorpora entre las mantas, que se le han pegado al cuerpo torpe y enorme al cual no se ha acostumbrado todavía—. Así evitarás que tu rehén engorde hasta que quede irreconocible. Vamos, Kinzo, me llenas de dulces y no me dejas levantarme, ¿es que acaso planeas matarme como a un vulgar cerdito?

Kinzo frunce el ceño ante la burla, pero luego estalla en carcajadas al ver que Bice va medio en serio y medio en burla. ¿Así que cosas tan vanas como el peso preocupan a la gran bruja dorada?

—No estás gorda —afirma él y sin dejar de tomar su mano, se inclina para darle un beso cariñoso, con lo cual da el tema por zanjado. No puede dejar que su Bice corra riesgos estando tan enorme, no, definitivamente no va a perder a su tesoro por una equivocación—. Ya no falta mucho, tienes que resistir.

La mujer le dirige una mirada un tanto ceñuda y en sus ojos azules puede adivinarse una tormenta que es mejor detener antes de que cause estragos, no, en esa mañana tan pacífica, tan perfecta, algo así no puede arruinarlo.

—¿Ya has pensado en algún nombre? —inquiere él, para evaporar los malos pensamientos en su mente, que sin duda los habrían llevado a pelear y a romper toda la atmósfera que sin duda desearía fuera constante en su vida cotidiana. Por suerte, consigue su cometido y la mujer, con las mejillas agitándose ligeramente en una mueca tan suya de concentración niega con la cabeza, para su asombro.

—No lo sé, todavía no sabemos si es un niño o una niña, ¿cómo puedo elegir un nombre así? —se recarga en su hombro y le mira con aquellas pupilas tan hipnotizantes, mismas que reducen el impacto de sus movimientos torpes al girarse hacia él—. Además, no sé si quieras ponerle un nombre japonés, también es tu hijo, ¿sabes?

Su mano se desliza arriba y abajo, arriba y abajo sobre el vientre hinchado, donde una nueva vida se mece con la quietud de una ola, similar a las olas que los llevaron sanos y salvos a Niijima, para comenzar con su historia, que no culminaría ni siquiera el día en que el pequeño naciera.

—Me gustan los nombres occidentales mucho más que los japoneses, ¿qué hay de ti, se te ocurre algún nombre italiano? —aún hablando de nombres, Kinzo no puede creer lo que está sucediendo, lo que está por nacer de la mujer a su lado, traída por el mar como un gran tesoro. No puede imaginarse siendo padre de otro hijo, pero anhela las tardes juntos, el futuro en el que podrá traerle tantos regalos como a su madre, pasar tantas noches los tres juntos, como la familia que en realidad deberían ser.

—Me gusta el nombre de Lion —dice ella, un tanto tímida—. Aunque no es italiano.

—¿Lion? ¿Como un león? ¿Así que quieres tener un varón? —los dedos dorados del sol van haciendo un surco en el horizonte y las aguas del mar, justo como los ojos de Bice, se van iluminando con la luz del nuevo día y todo lo que esto implica. Antes de que ella pueda responder, un gruñido sale de su estómago, fuerte, demandante y los dos estallan en carcajadas—. Parece que ahí tenemos al pequeño Lion —se burla Kinzo, saliendo de la cama para ir a hacer el desayuno—. Está bien, pero piensa en un buen nombre por si el cachorro no es más que una leona, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Aunque, con el hambre que tenemos los dos, no creo poder pensar en un nombre por el momento.