Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 06:50 (AM) *Creando magia


Bice no se dio cuenta del momento en el que se quedó dormida, plácidamente envuelta por las sábanas, la alegría y los colores del amanecer, despuntando por su ventana, pero cuando abrió los ojos, supo que no había pasado mucho tiempo desde su conversación con Kinzo sobre nombres, hijas e hijos. Últimamente se sentía muy cansada, moverse le era difícil y abruptos sentimientos de tristeza y alegría danzaban en su pecho desenfrenados, cosas que siempre atribuía a su encierro en casa, sana y salva como Kinzo la quería, pero que el Dr. Nanjo afirmaba eran, junto con todo el sueño y el cansancio extraños, totalmente normales en un embarazo. Así pues, lo que la despertó no fueron sus ansias de salir de la cama (¿a dónde iría de cualquier modo?) sino más bien el hambre, un gruñido potente parecido al de un león que escapaba de su vientre, reclamando atención.

Kinzo había ido a hacer el desayuno al menos hacía una hora, recordaba esa parte de la conversación con total nitidez, pero ya había pasado demasiado tiempo, ¿acaso estaba haciendo comida como para un ejército? ¿Acaso quería hacerla enojar? ¿O engordar? La risa y el llanto se le atoraron en la garganta y la impotencia ante sus cambios hormonales también sumó un poco de ira a sus emociones mientras se levantaba de la cama, que seguía llamándola como una promesa de descanso y sueños felices. Se oían ruidos apagados procedentes de la cocina, sartenes moviéndose, el aceite hirviendo y maldiciones, maldiciones por lo bajo que en lugar de empeorar su ánimo la hicieron sentir mucho mejor, feliz, porque ése era el Kinzo que conocía y amaba, el que la quería tanto que no la dejaba salir por miedo a que sucediera algo.

—Me parece que el servicio se ha retrasado, señor —murmuró cuando se acercó a él, todo lo sigilosamente posible que le permitía su vientre, para mirar sobre su hombro a la variedad de instrumentos, sartenes y cacerolas que adornaban los fogones.

—Bice, te iba a despertar cuando terminara —fue la respuesta de Kinzo, que no podía ocultar, tras ese semblante sereno bien curtido en el ejército, el nerviosismo que le corría debajo de la piel y que se externaba, muy de vez en cuando en sudor o en sus ojos esquivos, alarmados de ver tantas cosas ardiendo al mismo tiempo sin que él pudiera hacer o comprobar que las cosas iban conforme a lo planeado para un gran desayuno.

—¿Cuando terminaras de quemarlo todo? —se rio ella y de pronto sintió que la ansiedad, la tristeza y la ira se esfumaban, quitándole un gran peso de la espalda, que ya de por sí le dolía gracias al embarazo—. Bueno, aunque admito que hace falta mucho para que llegues a mi nivel. Yo habría quemado hasta la casa misma —tomó entre sus manos un fideo quemado y lo examinó con cuidado, hasta que se deshizo en una nube de polvo mientras ella negaba con la cabeza—. Sí, todavía te falta mucho por aprender, Kinzo.

—Lo siento —se disculpó él, sin perder el tono animoso, pues aunque los fideos parecían lejos de cualquier salvación aún tenía un poco de cereal, carne y huevos que podrían hacer magia si sabía cuánto tiempo y dónde demonios ponerlos—. Me esforzaré por alcanzar el gran nivel de magia de su majestad.

Bice le dedicó un movimiento de cabeza solemne antes de sentarse en la pequeña mesa de la cocina, aún con las manos impregnadas de hollín del fideo, pensando en que debería decirle a secuestrador que no se tomara tantas molestias por ella. Aunque bueno, quizás Kinzo se lo tomaría a mal y la sometería a pedir algo a un restaurante, lo cual tardaría horas que no podía esperar, ya se moría de hambre.

—Como te has disculpado te enseñaré un conjuro —afirmó ella, resuelta y volvió a ponerse a su lado, con el semblante firme, majestuoso de quien tiene poder—. Magia para hacer esto comestible.

Tomó un plato de la alacena y se sirvió un poco de pasta medio quemada, de la que había hasta arriba de la cacerola, junto con un trozo de carne, en una mezcla que a muchos les habría parecido extraña, pues la carne era de cordero, cortada en grandes tajos, nada propia de acompañar con pasta. Kinzo siguió sus movimientos con la vista con total atención, olvidándose de los fogones y de lo que se quemaba en ellos, que pronto sin duda despertaría alarma entre los vecinos, le encantaba cuando se ponía a bromear con esa cara seria, le encantaba la manera en la cual temblaban las comisuras de sus labios, delatando su actuación... Le encantaba, bueno, todo en realidad.

—Observa con atención —levantó un tenedor como si fuera una varita mágica sobre el plato lleno a rebosar de pasta negra y filete a medio cocer antes de pronunciar—: Vamos, trata de recordar la forma que tenías antes, lo apetitoso que eras. Vamos, vamos, trata de recordar.

No sucedió nada, aunque eso no impidió que Beatrice se llevara una gran parte de la pasta a los labios, ayudada con su tenedor, para comérsela como si no hubiese mejor manjar en el mundo. En realidad tenía mucha hambre y aunque en otra ocasión la comida quemada se habría ido directo al cesto de la basura, esta vez la vio apetitosa y el olor sólo la incitó más, curiosos hábitos del embarazo que no podía explicar.

—¡Bice! No deberías de comerte eso —Kinzo apagó los fogones con inusitada rapidez y se volvió en busca del teléfono—. Pediré algo a un restaurant cercano.

—No, no, no te preocupes, Kinzo, esto está perfectamente —sus mejillas estaban teñidas de hollín y comía a la desesperada, logrando la imagen de una niña pequeña en sus primeras andanzas en una mesa, cosa que le derritió el corazón.

—Es para mí —dijo sonriendo y con las yemas de los dedos le quitó un poco de hollín de las mejillas—. ¿O crees que yo voy a comerme eso?