Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 24:00 (AM) Viviendo en un sueño.


—¿Qué es eso? —la voz suena diminuta, un haz de luz pequeño y casi invisible bañando las paredes de la habitación en penumbras, el mejor momento de la noche, los mejores momentos de su vida. Por eso, cuando Kinzo la escucha piensa que se la ha imaginado, que está sumido en un duermevela aún lleno de ella, a pesar de tenerla a su lado, con la piel brillante acariciada por la luna—. Kinzo, ¿qué es eso?

Cuando la voz vuelve a escucharse, esta vez más fuerte y es acompañada por un movimiento de la cama que le indica que Bice se ha levantado, la ilusión del sueño se desvanece para dejar paso a su habitación a oscuras, en donde sólo los ojos de Bice, semi abiertos en la penumbra, parecen contener toda la luz que su piel no absorbe.

—¿El qué? —inquiere él y no se arrepiente de haber roto su burbuja de felicidad, sumido en lo que ya casi era un sueño placentero, pues ningún sueño podría darle lo que en la realidad posee, la certeza física y tangible de Beatrice. Él también se incorpora hasta quedar sentado a su lado y se ríe sólo un poco cuando la ve señalar sus pies, sus dedos, que son exactamente seis en cada lado—. Pensé que una gran bruja como tú se daría cuenta, es polidactilia.

—Oh, ahora entiendo la razón por la cual mis poderes mágicos se han sentido atraídos hacia tu persona —murmura ella, pero de sus mejillas, que el acaricia con las palmas de las manos, emana calor y un tono carmesí, propio de la vergüenza. No se ha dado cuenta esa noche por estar sumergida en otros asuntos (sus brazos, el temor y la emoción de la primera vez, la unión más allá de las palabras), pero aún así no puede explicarse cómo no pudo verlo antes, cuando ambos estaban vestidos, incluso en ese fatídico día en Rokkenjima cuando huyeron juntos a ver un doctor.

—En mi familia se cree que es símbolo de gran poder, de los elegidos por Dios —por la risa que escapa de sus labios y que sacude la cama dulcemente, como si fuese una cuna, el propio Kinzo piensa que son tonterías. Ella, en cambio, se queda pensándolo durante algunos minutos, sorprendida de conocer algo así cuando creía que ya lo sabía todo de Kinzo.

—Una bruja y el elegido de un dios —se da la vuelta en la cama para encararlo, las sábanas resbalando por su cuerpo de cualquier manera, dejando al descubierto su piel blanca, suave, en la que hasta hace unos momentos se vio sumergido—. ¿Quién lo iba a decir?

—Sí, ¿verdad? ¿Quién lo iba a decir? —la respuesta la saben perfectamente ambos, la respuesta es sólida como las paredes que los protegen a ellos y a su secreto de las miradas curiosas, de la sociedad, de los prejuicios, de la corrupción. Nadie. Nadie podría decirlo nunca, pero no importaba. Esa sólida realidad que para ellos constituía un sueño les es suficiente, tanto como sus brazos unidos uno en torno al otro y la perspectiva de toda una noche por delante.