Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 01:00 (AM) Viendo las estrellas


Cuando cierra los ojos, un brillo dorado aparece bajo sus párpados. Dorado como dicen que es la felicidad, brillante como dicen que se siente el amor. Y él se siente deslumbrado por la persistencia de la imagen, del color, que parece haberse adherido a sus pupilas, logrando que todo lo vea de ese color. El oro, por supuesto, el oro de los italianos es el que lo tiene así, a él y a muchos otros en sus respectivos barracones, en las miseras camas que les presta el ejército. El oro y todo lo que cambió con su llegada, las charlas furtivas entre los pasillos, el mal humor del Teniente Yamamoto, la lengüa extraña de los italianos y luego Bice, oro sobre oro, dorado como su cabello.

Hace calor en la isla por las noches, tanta que de vez en cuando el agua salada se convierte en vapor ante los ojos del desprevenido que se levanta al baño a las tres de la mañana, pero eso no impide que Kinzo se cubra con una manta, tratando de protegerse de los pensamientos que le sobrevienen, potentes como los bombarderos estadounidenses y causando los mismos daños a la ilusa población de su cerebro. El oro de los italianos. Cuántas cosas se podría hacer con él, la felicidad garantizada en cada barra de oro. El oro con una águila de un ala grabado a fuego, a fuego similar al que hay en los ojos codiciosos de todos a su alrededor, quizás incluso de él mismo, fuego que no tardará en causar un incendio. Pero muy a su pesar, ése no es el único oro en el cual piensa. Y es irónico, lo sabe, que el idioma que tanto detestan y contra el cual luchan (los americanos, siempre los americanos) lo haya unido a alguien como Bice, oro sobre oro, dorado como su cabello.

Está casado, pero, bah, qué importa. Si algo no se ha detenido a pensar es en eso. Su familia, sus tres hijos, son algo que no le importa, fantasmas difusos en un presente que está todo bañado de oro. Y aún si no existieran, no significa nada. Bice y su oro, su dorado cabello y sus benditos italianos se irán muy pronto, la fiebre dorada desaparecerá. Pero ha sido bueno, se recuerda, se afirma, mientras da vueltas en la cama, sin conciliar el sueño, con la única vista de la pared sin ventanas frente a él. Ha sido bueno conocerla, a ella, a su oro, a su cabello. Su única razón para vivir en esa desdichada isla.

Cierra los ojos y sonríe ante sus pensamientos melancólicos, nada propios de un hombre que quiere desprenderse de su piel y de su vida, meras anclas de una existencia monótona y sin sentido. Cierra los ojos y cuando lo hace, se sorprende de no ver oro sobre oro, dorado como su cabello, sino más bien azul, azul profundo, salpicado de luces similares a estrellas, formas que no puede descifrar antes de quedarse dormido, pero que en realidad son los ojos de ella, de Bice, mucho más bellos y fuertes que la tentación del oro.