Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 12:00 (PM) Avivando la llama
No le gustan las reprimendas, nunca le ha gustado que otra gente le diga qué hacer. Ella es Beatrice Castiglioni, la única sobreviviente de su familia y del honor de su casa y sabe muy bien lo que está haciendo, como le recuerda al comandante Angelo (lo cual la hace sonar un poco más infantil ante él), por lo que puede cuidarse perfectamente bien sola. No es como si Kinzo fuese a hacerle daño. No es como si Kinzo fuese un mal hombre. Bah, tonterías.
—Cuídate, aún así —dice él con voz firme y ella trata de no ver la preocupación en sus ojos, algunos rasgos de ternura que esconde tras su postura firme como una roca que busca no ser deslavada por las olas—. Cuídate, Bice. Mi último deber para con tu padre es mantenerte a salvo. No te fies de los japoneses, no les hables de nuestros secretos, no te hagas demasiado amiga de ese tal Kinzo. Es lo único que te pido. Sé que eres una mujer inteligente y por eso comprenderás mis peticiones.
Angelo siempre la ha tratado como a una niña, pese a no ser demasiado mayor que ella, pese a que pasaron algunos veranos juntos cuando su padre lo entrenaba para la batalla o en simples encuentros familiares. Él siempre la ha visto como a una hermana pequeña, quizás algo más, por cómo se mueven sus pupilas al estudiarla bajo la luz del sol que se derrama por la vegetación de la isla, tiñendo todo en tonos brillantes, incluídos sus ojos.
—Me cuidaré —afirma ella con una sonrisa radiante y por un momento recuerda lo mucho que le gustaba Angelo cuando era pequeña, con el cabello rubio perfectamente recortado y los ojos fríos de un soldado—. Te lo prometo.
Pero ese sentimiento se ha esfumado, no sabe si presa de la angustia y el temor que llegaron con su misión o bien, de algún extraño proceso de madurez, pero ya no está ahí, en su pecho, latente, expectante de que su padre, ahora muerto, los una. Y mientras camina entre la hierba alta, que le hace cosquillas en las piernas y pantorillas, fría y refrescante por el rocío del mar, sabe que ese sentimiento nunca volverá, que ya no se siente atraída por fríos oficiales, por reglas estrictas y códigos de honor.
—Hola, Kinzo —saluda la mujer, cuando lo encuentra en el lugar de siempre, un extraño risco que da directo al mar, nada más, nada menos, que la vista interminable de las olas, de la vegetación, de las rocas y la inmensidad. Él también le parecía frío en un principio, casi muerto, carente de la vida que aún se agita como una llama en los ojos de Angelo, pero conforme los días han ido corriendo, la impresión se ha ido transformando como una mariposa saliendo de la crisálida, como una luz brillante en donde alguna vez hubo cenizas.
—Hola, Bice —y es esa simple respuesta, la manera abierta, cordial y despreocupada con la cual se voltea a recibirla, la que la hace sentir feliz, la que le brinda el impulso irrefrenable de romper sus juramentos para con Angelo, la que le pide en fin, avivar la llama y dejar que todo se incendie si al final sólo quedan ellos dos, en un mundo exento de reglas.
