Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 16:00 (PM) Sintiendo el viento


La arena, diminuta y aún así, infinita, se pega a las plantas de sus pies con suavidad mientras recorren la costa, con el cielo y el mar por toda perspectiva, como si no hubiese un mañana, ni un ayer, mucho menos cadenas que los ataran a mundos distintos. Cuando Kinzo está con ella puede olvidarse de todo eso, de todo lo que deja atrás nada más cierra la puerta de su casa, encerrando en ella los gritos, reproches y angustia. Porque Bice lo es todo para él, sus cabellos dorados agitándose con el viento, las huellas que va plasmando en la arena, brillante como azúcar, sus brazos blancos alzándose en todas direcciones, señalando una y otra vez, todas las maravillas de la naturaleza que los envuelve.

—¡Kinzo! —grita ella, cuando le adelanta varios metros, corriendo descalza entre el mar y la playa, entre la realidad y la fantasía. Luce radiante, el brillo en sus ojos sólo puede compararse con el del mar lleno de gaviotas, de cantos, de vida—. ¡Kinzo, estoy embarazada!

Absorbido como lo está, por la magia del momento, el baile ligero de las ropas de la mujer en los contornos de su cuerpo y el cabello dorado agitándose como una bandera de victoria, a la par del viento, Kinzo no se detiene a pensar en las consecuencias, en la esposa que ha dejado en casa, en los hijos llorones que sólo le traen problemas, ni mucho menos en el qué dirán. Sus pasos se deshacen con rapidez, tanta que ni siquiera se da cuenta del momento en el cual cierra sus manos alrededor de ella, acariciando su espalda por sobre la tela, con los ojos la faz, con la sonrisa su alma.

Ella tampoco tiene miedo, ¿cómo tenerlo, cuando todo lo que existe en el mundo en esos momentos es él? Todas las dudas que se ciñeron sobre su mente unas noches antes, mientras daba vueltas en la cama, se convierten en meros fantasmas, en sombras de la noche que ahora no existe, que nunca acaba cuando está entre sus brazos.

—¿Estás segura? —pregunta él, sin dejar de aferrarla, como si fuese una frágil hoja de otoño, presa de las corrientes de aire que los envuelven a los dos.

—Eso creo —afirma ella, sin dejar de mirarlo a los ojos—. Aunque no he visto aún al Dr. Nanjo para que lo confirme.

—Entonces tendremos que verlo, cuanto antes —su abrazo se deshace, pero la calidez de Kinzo no la abandona, sólo se traslada hacia sus manos entrelazadas, hacia el camino de pisadas de regreso sobre la arena azucarada, las palabras no dichas flotando entre ellos, llenas de felicidad—. Y si no es así...

—Siempre podemos seguir intentando, ¿verdad? —corrobora ella con una carcajada, que se convierte en pequeñas risas durante todo el camino de regreso a casa, tomada de su mano, atada a su mundo en donde no existe la otra ni el dolor.

—Siempre —afirma él, cuando se ven resguardados por las paredes de madera, por los fugaces haces de luz que se cuelan por las rendijas, por las ventanas entreabiertas, pequeños resquicios por donde escapa su felicidad—. Siempre.