Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 23:00 (PM) Caminando sobre hielo


Había tenido tiempo suficiente para pensar, durante todo el trayecto hacia el hospital de Nanjo en Niijima, durante toda la espera por los resultados de las pruebas y mientras regresaban a casa. El viento frío había calmado sus pensamientos, parecía haberse instalado en su cerebro, logrando que pensara más claro. Y tras una cena apetitosa, una charla agradable que sólo confirmó sus sospechas, se atrevió por fin a exteriorizar sus pensamientos a la mujer que amaba y que ahora, tras la sonrisa amable del Dr. Nanjo, era más que seguro le daría un hijo, el primero de muchos, esperaba.

—Bice —la mujer le había hecho conversación de todo y nada a la vez, de lo amable que era Nanjo, de los beneficios de ser un médico, de lo hermoso del clima y del lugar... Pero no se había atrevido (¿por qué?) a mencionarle nada sobre algo que ya ambos sabían, algo que siempre los anclaba a la realidad—. ¿Estarás bien así? Mañana tengo que marcharme, de vuelta a casa, con mi esposa y mis hijos.

—Claro que sí, Kinzo. No te preocupes, sé cuidarme perfectamente bien sola —una solitaria vela iluminaba los rostros de ambos desde el centro de la mesa, donde Kinzo había insistido en que Bice comiera de más, para beneficio de ella y de su futuro hijo. El ambiente era plácido, calmado como la noche fuera, donde sólo el sonido de las cigarras actuaba como música de fondo, las cigarras y el mar a lo lejos, nada más—. Soy una gran bruja, ¿recuerdas?

—Lo digo en serio —afirmó el hombre, entre temeroso y enojado. ¿Por qué Bice no le reclamaba nada, le pedía nada?—. ¿Estarás bien?

—Yo también hablo en serio —el tono divertido y cantarín aún no le abandonaba la voz y cuando extendió su mano por sobre la mesa, sin duda para alcanzar la suya antes de que la retirara, en un gesto hosco, sólo vio somnolencia en sus ojos—. ¿Qué sucede, Kinzo?

—Quiero que vivamos juntos —fue su respuesta y fue él esta vez quien buscó la mano de ella, quien le devolvió el gesto de retirarla, con las facciones teñidas de estupefacción, de miedo, de tristeza y de ira, sólo un poco de ira.

—Eso no es posible, Kinzo —la velada pareció enfriarse diez grados nada más dichas palabras abandonaron su boca en perfecto inglés, dejando tras de sí un hosco silencio.

—¿Por qué? —el hombre no lo entendía y a su alrededor, flotando como las partículas de polvo y oscuridad, la estancia iba llenándose lentamente de su ira, como un gas tóxico que también contagiara a Bice, cuyas dudas levantaban un sólido muro entre ellos. Esa noche no estaban en sincronía, esa noche en medio de ellos había un batallón de malentendidos y lo que parecían también promesas rotas.

—¿Por qué? Precisamente esa es la pregunta, Kinzo —la italiana mantenía su tono pausado y cortés, pero un frío glacial teñía sus sílabas y el miedo bailaba en sus ojos, dándole el aspecto de un ser desamparado en la oscuridad, presto de cariño y atención.

—No amo a mi esposa, eso bien lo sabes —de un salto, el heredero de los Ushiromiya se puso de pie, cuan alto era, para admirar la panorámica de la habitación desde arriba, como si de ese modo las dudas de su amada pudiesen volverse pequeñas, insignificantes como la pelea, primera de pocas, que se estaba llevando a cabo—. Me obligaron a casarme con ella y también a tener hijos. Pero sabes que no los quiero, que ellos no son mi familia como lo eres tú, que son extraños, meras sombras con las que me atravieso en los pasillos, que lloran y gritan, piden y suplican, sin que yo pueda hacer nada por ahuyentarlas.

—Aún así, son de tu sangre. No podemos hacerlo, Kinzo. Tu familia es ésa —también se puso de pie, los gestos gráciles atrofiados sólo un poco por el miedo, por el súbito temblar en su voz y en sus manos—. Y tienes una obligación para con ella, aún si no los quieres. Son tus hijos, son tu semilla y ella es la mujer con la que la compartiste antes que yo y así habría sido para siempre si nada hubiese sucedido en Rokkenjima.

Se dio la vuelta, abrumada por los acontecimientos, por los cambios hormonales que la incitaban a llorar, a decir que sí, a cometer locuras. No escuchó cuando él se marchó, hecho una furia (¿no le había dicho que ella era su única razón de vivir cuando la salvó en la isla? ¿no le había afirmado que antes de ella estaba muerto? ¿no le era eso prueba suficiente de que podía dejarlo todo, incluída su sangre, con tal de estar a su lado?), mucho más temprano de lo habitual, no escuchó si quiera sus propios sollozos y pensamientos sobre el futuro, sobre qué sucedería con ella si Kinzo no recapacitaba. La única voz en su mente repetía una letanía que la mantenía serena, que le daba paz mental allí donde su corazón nada más sangraba: Has hecho lo correcto.