Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 03:00 (AM) Superando la tormenta.
Se despertó a mitad de la noche cuando escuchó a un automóvil avanzando por la pequeña avenida que componía la entrada de su casa, llena de flores y plantas que sin duda estarían destrozadas para esos momentos, en los que al conductor poco le importó su jardincito improvisado. Quizás no había estado durmiendo, quizás estaba en una pesadilla, pero Bice abrió los ojos súbitamente en medio de la oscuridad, que sólo dos haces de luz (los faros del automóvil) cortaban, creando siluetas fantásticas en la pared de su habitación.
El motor del automóvil pronto se quedó quieto y las luces, aún prendidas, la encontraron con la sorpresa y el miedo tiñendo sus facciones, medio acurrucada y despeinada sobre su cama, donde las lágrimas habían dejado la almohada mojada y sueños desapacibles. ¿Quién podía atreverse a visitarla a las 3 de la mañana? Tan sólo de pensarlo se le helaba la sangre. Su casa estaba lejos de la población principal, rodeada de algunas montañas y vegetación, por única vista el mar infinito. Sólo Kinzo sabía dónde quedaba la casa, Kinzo y el Dr. Nanjo y era muy poco probable que alguno de ellos le hiciese una visita nocturna, mucho menos Kinzo, con quien había peleado tan sólo horas atrás, peleado a pesar de tener un bebé en su vientre y lo que parecía todo un futuro por delante.
Se quedó quieta examinando el exterior, o al menos el trocito de cielo que se colaba por la ventana llena de cortinas de colores, quizás si no hacía ningún sonido el extraño se marchase, pensando que no había nada más que ver en ese apartado rincón de Niijima, donde una mujer extranjera pasaba sus días de querida. Pero no fue así, una vez el automóvil se detuvo, también se escuchó el sonido de la puerta al cerrarse, claro y fuerte como un balazo quebrando la quietud de la noche, la valentía en el pecho de Bice. Los pasos vinieron después, tambaleantes pero rápidos sobre el pasto y la gravilla, sobre el cemento de la entrada, de la sala y del pasillo.
—¡Bice...! —el sonido la asaltó como el grito lastimero de un alma en pena, justo cuando los pasos se escuchaban en el pasillo, a unos cuantos metros de su puerta. Era imposible, pero eso distinguía a Kinzo, su imposibilidad. Había regresado como un muerto de la tumba, a pesar de que seguramente había tomado el avión a casa, el bote y el automóvil hasta la puerta de su mansión.
El corazón no dejó de latirle en vilo aún cuando supo la identidad de su visitante, pues no esperaba zanjar las cosas tan pronto, con las lágrimas aún frescas en las mejillas y las dudas fuertemente arraigadas, como raíces, a su corazón. Pero ahí estaba él, en dos largas zancadas alcanzó la puerta y la abrió de par en par, para quedarse observándola como si no hubiese nada más en el mundo, las mismas lágrimas y las mismas dudas que ella en el corazón.
—Perdóname —siseó él y aunque su aliento olía a alcohol, la verdad en sus palabras era una certeza mucho más poderosa que la bebida que había ingerido, que los conflictos absurdos que se habían inventado, cuando todo debía haber sido felicidad—. Estoy seguro de que no debí decirte eso, aún cuando sea todo cierto. Aún cuando en realidad no los quiero, tienes razón, son mi familia de sangre, son mis hijos, igual que éste que llevas en el vientre.
Se abalanzó sobre ella en un abrazo, tan fuerte que la cama crujió bajo su peso, olía a alcohol, olía a alcohol y sal, lágrimas, culpa. Ella le devolvió el gesto, pasando sus brazos alrededor de su espalda, murmurando también disculpas, preguntas, afirmaciones sobre lo feliz que era así, sobre lo bueno que era no estar encadenada además de secuestrada, sobre que estaría bien. Y la tormenta pasó esa noche entre nuevas promesas y lágrimas, que pronto se convirtieron en sonrisas y disculpas. Y el amanecer los sorprendió abrazados, juntos como el mar y el cielo después de una tempestad.
