Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 23:45 (PM) *La hora más oscura


—Déjenme solo —pide Kinzo, con voz átona, carente de vida, como el cuerpo que yace medio escondido detrás de una manta ensangrentada, guardando un secreto que nunca debió ser. A su alrededor, se escuchan protestas, dos voces airadas, asustadas, llenas de dudas, la encarnación de sus propios sentimientos en las palabras de sus dos mejores y únicos amigos. Genji habla de los preparativos para el funeral, el lugar, la hora, el dinero. Nanjo trata de tranquilizarlo, le repite que tiene a una hija por la cual vivir, que no se podía hacer nada, que todo estaba hecho, pero aún así no importa, no los escucha—. Déjenme solo —repite y en su voz no hay espacio para la réplica, a pesar de que hay muchos y muy variados asuntos por resolver.

La casita, de paredes blancas y otras color ceniza antes acogedora, escenario de tantas y tantas alegrías y promesas, ahora le parece fantasmal, tétrica, vacía mientras se mueve entre los pasillos y habitaciones sin enceder las luces, queriendo fundirse con la oscuridad. ¿A él que va a importarle lo que suceda de ahora en adelante cuando ella ya no está? ¿Qué importan los arreglos, las promesas, el dinero y lo que queda detrás? Alguna vez ambos desearon la muerte, la buscaron sin encontrar nada más que felicidad y cuando la felicidad lo era todo, ¿por qué la muerte había ido en su búsqueda?

Kinzo cierra los puños con fuerza, logrando que sus nudillos se tornen blancos como cadáveres, como el rostro de la mujer que amó, que ama aún, tras haber exhalado su último aliento en dar vida a su hija. No sabe cómo, pero sus pies lo han llevado a su habitación, la que, como en sueños, compartieron la noche anterior, riendo y bromeando sobre los dolores de parto, sobre brujas y magia. Pero la magia no ha sido suficiente para salvarla, piensa él, mientras da tumbos como un borracho por la estancia, también a oscuras, decorada con simpleza pero aún impregnada de ella hasta el último detalle, hasta el último rincón.

—Bice... —murmura y las lágrimas caen, cálidas sobre sus mejillas frías, mientras se hunde en la cama como se hundiría un barco en mitad del océano, perdiéndose en olas de dolor, desesperación, angustia—. Bice, ¡¿por qué tenías que ire? ¡¿Por qué rompiste la promesa primero?

Tiembla, el mundo tiembla, aunque sólo sea él quien sacude la cama como un bote a medio hundirse, aferrado a una de las almohadas, con el sonido de su propia respiración como música de fondo y Genji y Nanjo en la sala de estar hablando sobre cosas sin importancia, como el futuro, los preparativos, el qué dirán.

Kinzo le pone el seguro a la puerta antes de volver a recostarse, dispuesto a no abrir la puerta a nadie, ni siquiera a la mismísima muerte. Esa noche es para ella, la noche más oscura, la hora más oscura, para ella, su fantasma de cabellos dorados, para las despedidas, si es que puede decirlas, para el espacio vacío donde se acunaba su cuerpo. La niña llora, fuera, lejos, como en otro mundo, externando el dolor de ambos, el dolor que no debió ser. Pero para Kinzo no existe, no esa noche. Quizás al día siguiente, cuando abra las puertas sea diferente. Quizás pueda decidir en dónde descansará su cuerpo y qué sucederá con la pequeña, pero no esta noche, no esta hora. El contorno de su Bice y el calor de su cuerpo aún siguen ahí, ahí donde tiene enterrado el rostro bañado en lágrimas, ahí donde se sacude como un animal herido del que nadie tendrá piedad. Siguen ahí y debe de haber un modo de recuperarlos.