Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 03:33 (AM) *Protegiendo un tesoro


Rokkenjima está a oscuras cuando levanta la vista de su libro, aunque en realidad ninguna de las palabras impresas lo hayan alcanzado. El ligero retumbar de la lluvia es su único acompañante mientras se quita la capa, lento y solemne como si todo formara parte de un ritual, aunque en realidad el dolor le haya aletargado los sentidos. Tiene que recordar su dignidad. Le ha dicho Genji la tarde anterior, mientras gruesos goterones salados resbalan por sus mejillas, yendo a fertilizar el pasto de la isla, las vívidas flores y los altos árboles. Dignidad, sí, lo único que le queda ahora que Beatrice se ha marchado, que ha cumplido su sueño de dormir en los brazos de la muerte, ¿y para qué le sirve la dignidad? Tan sólo para fingir nada más entra a su casa, llena de ruido y discusiones, de su horrible mujer preguntándole cosas vanales, sin darse cuenta de que aquella a la cual temía ya no existe, ya está muerta, como seguramente sus plegarias pedían nada más caer la noche.

Y ahora, han pasado casi dos días desde la tragedia, desde el parteaguas que separa al mundo de luz (Beatrice, sus ojos, su sonrisa, su magia) del de oscuridad (la vida, la isla, las personas), dos días viviendo como un autómata, como en esos momentos donde todos sus movimientos son mecánicos, desde guardar la capa de la familia hasta salir del despacho, a paso lento, en busca de su habitación.

También lo es quitarse la ropa, el disfraz de payaso y de vivo que interpreta ante la sociedad, acostarse después al lado de su esposa, callada y satisfecha en su mundo de oro, en su mundo de cristal. Dos días, ¿cómo ha podido soportar tanto? Cuando cierra los párpados, no encuentra respuesta, sólo la oscuridad que le brindan sus ojos, que desearía lo engullera para llevarlo junto a ella, a un nuevo mundo de luz.

Todos sus planes, destrozados. Todo el futuro, borrado. La isla que por fin se decidió a comprar, Kuwadorian para tenerla cerca, los muebles de bebé y los arreglos con el capitán Kawabata, todo, todo, destrozado.

Kinzo se da la vuelta para encarar la pared, cubierta de sombras producto de la luna creciente y vuelve a cerrar los párpados, deseando para sí la oscuridad, pero obteniendo en su lugar sólo un llanto frenético, un recuerdo tan vívido que lo hace levantarse de la cama de un salto, buscando la fuente cerca, quizás escondida entre los arbustos, como única prueba de que todo sucedió.

Su hija. Aquél pequeño amasijo de mantas de color rosa, con las pequeñas manos pegadas al cuerpo, con los ojos cerrados y una potente voz, capaz de exteriorizar todo el llanto que él, por culpa de su dignidad, se ha tragado. La niña que dejó en Niijima al cuidado de Nanjo, sólo por si las dudas, sólo en cuanto encontrase algo qué hacer con ella. Lo único que Beatrice le ha dejado, junto con planes, sueños, promesas.

Está llorando. Lo sabe aún si están a muchos kilómetros de distancia, aún si los separa un mar y nubes de tormenta, haces de luz bailando en las cristalinas aguas, donde el reflejo de la luna se ahoga. Está llorando, como yo. Lejos de donde debería estar, lejos de quien debería estar.

Aún le quedan los planes, la mansión secreta, la isla, ella. Sangre de su sangre, magia de la magia de Beatrice. Su único tesoro y el cofre donde guardarlo, muy en lo profundo de Rokkenjima, adornado con barrotes de oro y por supuesto, también con todo su amor.