Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 11:00 (AM) Saltando para alcanzar...


Fuegos artificiales, eso es lo primero que piensa cuando escucha los impactos, los gritos lejanos, el batir incesante de los pasos yendo en todas direcciones, como si fuera la fiesta nacional. Y por un momento Bice recuerda su patria, el color del cielo en Italia mientras era surcado por las luces de colores, magnífico invento de los chinos, que sabían hacer magia mucho mejor que ella, que teñían las nubes de rojos vibrantes y flores de colores, rojo sangre, azul mar, verde vida. Se acuerda de la brisa que le acariciaba el rostro en su balcón, su cuerpo lleno de emoción, vibrante como las voces de las personas en las calles, el sueño absurdo de una vida feliz, de una vejez ahí mismo, en ese balcón, con esos mismos fuegos artificiales, cosas que ya no serían, que no existirían.

—¡Rubens! ¡¿Qué está sucediendo? —los fuegos artificiales no son nada más que una ilusión, misma con la que trata de engañarse conforme la intensidad de los sonidos (sonidos de guerra, destrucción y sangre) va acrecentándose a su alrededor, logrando que se sienta en el ojo de una tormenta, en espera de ser devorada por ella.

La respuesta no tarda mucho en aparecer, una brillante flor roja, el mismo impacto de un cohete al estallar y Rubens derrumbándose en el suelo, pidiéndole, suplicándole imposibles que sus pies no quieren cumplir. Huir, correr. Palabras más extrañas, más lejanas. ¿Por qué huir de los fuegos artificiales, que lanzan flores de sangre en las paredes? ¿Por qué huir ahora que ha llegado la muerte, después de tantos años? ¿Por qué huir cuando...?

El capitán Yamamoto, ese hombre repugnante y de rostro vulgar y grosero aparece antes de que pueda hilar sus ideas, hacerlas coherentes como los patrones de la sangre derramándose en el suelo, flores de sangre por doquier. No todos pueden estar muertos, ¿verdad? No todos están muertos. Mucho menos Kinzo, ¿verdad? ¡¿Verdad? Sin darse mucha cuenta, impulsada por su instinto de supervivencia, por el miedo latiendo a la par de su desbocado corazón, de su mente salvaje aferrándose a las últimas esperanzas, a sus últimos sentimientos (Kinzo, Kinzo, Kinzo) trata de huir utilizando una pistola, sus manos, sus dientes, incluso su mirada incendiaria, aquella que contiene los últimos rescoldos del fuego italiano en su interior.

No hay ayuda y los pasos lejanos han cesado, ya no se alzan las flores de sangre, ya no hay más gritos que momentos atrás confundió con alegría, el mundo se ha vuelto silencioso, quieto como lo debe ser la muerte, como lo debe ser el no ser y si es así de sencillo no tiene por qué temer.

Kinzo no está aquí, se dice, mientras ve al teniente Angelo derrumbándose frente a sus ojos, sucumbiendo a una calma que ella pronto alcanzará. Sólo un paso más para estar con la muerte, sólo un salto más entre la vida y el dolor.

Los pasos que se acercan la alertan inconscientemente y sus pies se detienen al borde del abismo de la rendición. Sólo un salto más entre la vida y la muerte para permanecer de este lado, el lado donde la esperanza de que alguien esté vivo (Kinzo, Kinzo) es más fuerte que el dolor.