Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 21:00 (PM) Ahuyentando las sombras
El silencio parecía pegarse a su piel, como una masa densa amenazando con absorberlo para siempre. La muerte, además, rondaba por los pasillos y, de tanto en tanto, se oían sus pisadas en el viento nocturno, frío como sus manos, que se colaba por algunos huecos de ventilación y por la entrada de la cueva, donde una pequeña barcaza se mecía al compás de las olas. Kinzo y Bice habían regresado en ella después de haberse curado en Niijima, tenían muchas cosas que hacer, cosas que habían planeado mientras la barcaza cruzaba las olas, salpicadas del reflejo del sol, primero azul brillante y luego rojo mortecino, como la masacre que encontraron en Rokkenjima, prueba tangible de que todo había sido real y no pesadilla, pese a la violencia de los hechos.
Acordaron muchas cosas y todas las llevaron a cabo amparados por la creciente oscuridad y el silencio de la noche, de la isla, en la cual eran los únicos habitantes y para cuando terminaron, después de cenar algunas provisiones enlatadas, ignorando la sangre en las paredes, los cuerpos aún sin remover y el olor a podredumbre, se encaminaron hacia la habitación del hombre, un sencillo barracón con una cama de madera, mantas de lana y ninguna iluminación, salvo la de la solitaria vela que acordaron llevar.
El día se les había presentado como horrible, increíble, inimaginable, pero cuando llegaron a la privacidad de las habitaciones, al silencio y la oscuridad, que los abrazaban en el anonimato, todo aquello se esfumó, todas aquellas sombras de miedo, de duda, de culpa y la pequeña luz, danzarina como la de la vela, de la certeza de que estaban juntos imperó en la habitación cuando Beatrice se acostó en la cama de Kinzo y éste, lleno de caballerosidad y respeto, hizo lo propio en el suelo, alegando, no sin unos cuantos chistes de por medio, que no le importaba en absoluto.
—¿Tienes sueño? —murmuró él, después de un largo momento de silencio, en el que sólo se limitaron a observar la sombra que proyectaba la vela en la pared, de color verde oscuro, moviéndose al compás de su respiración, cada vez más acompasada.
Ella rió entre dientes muy quedito antes de asentir, sorprendida de encontrar en el tono de su voz la misma duda que había estado pensando.
—Temo que cuando despierte no estés aquí —dijo con sinceridad Beatrice y, medio envuelta en las mantas, lo encaró, como si quisiese grabarse todos los detalles de su rostro, como si al día siguiente no fuese a encontrar nada más que su día a día habitual.
—Yo también —afirmó él y en parte, sabían que ambos querían que todo fuese un sueño, negar la masacre que se había sucedido en el lugar, que aún deambulaba por los pasillos como una sombra, que parecía estar sentada junto a ellos, respirándoles en el cuello, recordándoles que no era el final—. Pero lo que te prometí es cierto, sea esto o un sueño o no.
Su mano buscó a tientas entre la oscuridad hasta encontrar la de Bice, que se alzaba varios centímetros por sobre de su cabeza y cuando la encontró, la apretó dulcemente, con los dedos acariciando, de vez en cuando, la palma y la muñeca, en un gesto tranquilizador.
—Te secuestraré para toda la vida.
—Y yo permitiré que lo hagas, Kinzo —sus párpados suben y bajan pausadamente, en la cadencia propia del sueño mientras lucha por mantener su vista posada en la de él, pero no puede resistirse al sueño, a ese dulce pero momentáneo olvido de la realidad, de la masacre, de la sangre e incluso de las promesas. Cierra los ojos y él hace lo mismo, sin permitirse apagar la luz, ahuyentar las sombras que los mantienen unidos tanto como sus manos entrelazadas, unidas por lo que pretenden sea una eternidad.
