Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 12:30 (PM) *Haciendo planes


Instalaron la mesita con el café y las galletas en el patio cubierto de escarcha, similar a pequeños diamantes adornando las hojas de las flores que lograron sobrevivir. El cielo despejado de principios de diciembre los recibió con una sonrisa, con el panorama de una tarde apacible, sólo para ellos. El lugar era hermoso sí, a veces hasta Kinzo se asombraba de lo astuto que había sido al comprar dicho lugar, tan alejado de todo y aún así tan hermoso, pero últimamente había estado pensando en cambiar de aires, en hacer grandes planes, grandes jugadas. Por eso, cuando se sentó frente a Bice, cuyo vientre de embarazada apenas comenzaba a sobresalir bajo sus ropas sueltas, se puso a examinar minuciosamente los detalles que lo rodeaban, desde el césped en el cual se apoyaban sus pies, hasta los pequeños riscos que rodeaban el lugar, protegiéndolo como si fuesen los brazos de una madre.

—¿Qué tanto ves, Kinzo? —preguntó Beatrice, mientras le daba un sorbito a su taza de té negro, que en los últimos tiempos se le había antojado en cantidades masivas, extrañas para ella que prefería el té dulce, como el de los ingleses, con sus cubitos de azúcar.

—Estaba pensando... —levantó su taza de té y bebió sin saborear, absorto en cavilaciones que le hacían temblar las comisuras de los labios—. En que necesito tenerte más cerca de mí ahora que estás embarazada.

—¿Oh? ¿Y eso a qué se debe? Ya te he dicho que puedo cuidarme perfectamente bien sola —habían hablado de eso hacía algún tiempo, dos o tres semanas antes y ella esperaba que no volviera a desatarse otra pelea como aquella, donde ambos quedaron conmovidos hasta las lágrimas, hasta el punto de quiebre donde podrían escaparse juntos una próxima vez.

—Quiero cuidarte y verte todos los días —afirmó él, sin ningún ánimo de pelea y sin duda, por la claridad de sus ojos, sin sugerir nada más que un cambio de residencia que hiciera coincidir sus vidas más a menudo—. Niijima está muy lejos.

—Lo sé, tienes que tomar un avión y luego automóvil para llegar hasta aquí, ¿verdad? —pero a ella le gustaba tanto el lugar, el sonido del mar rompiendo sobre las rocas, el canto de las gaviotas por las mañanas y el de los grillos durante las noches...

—Compré Rokkenjima —parecía no estarla escuchando, aún examinaba uno de los salientes rocosos que rodeaban la casa con interés, como si fuese a encontrar un secreto en las rocas erosionadas—. Estoy construyendo una casa allí.

—No pensé que fueras tan romántico —su voz se deslizó por el aire con un matiz cálido, que logró que Kinzo se concentrara en ella una vez más, encontrándola arrebatadora con las mejillas brillantes y rojas como manzanas—. Pero aún así, Rokkenjima queda lejos, ¿seguro que prefieres cambiar el avión por un barco?

Kinzo comenzó a reírse y presuroso tomó entre sus manos las de Bice, como tanto le gustaba hacer, para darle un masaje en los nudillos y en los dedos, tan frágiles y suaves como siempre los había conocido y amado.

—También estoy construyendo una casa para ti, ya no falta mucho para que esté terminada, ¿querrás vivir ahí? —su proposición sonaba descabellada, tanto que ella también rompió a reír, recordando que una imagen así la había asaltado cuando niña, cuando imaginaba el momento en el que alguien le pediría ser su esposa.

Rokkenjima. Le había dicho que era un romántico, pero ella también tenía cierta afinidad por la isla, cierto afecto, mucho más poderoso que el miedo, que el recuerdo de las muertes bajo su superficie, que la locura del oro que había teñido de rojo las paredes del lugar.

—No te preocupes, las he mandado a construir en extremos opuestos de la isla, conectadas sólo por el túnel que las fuerzas japonesas hicieron en la base militar, nadie podrá encontrarte, aún te tengo secuestrada —Kinzo no planeaba empezar otra pelea, es más, hasta la temía en ese día de invierno, en el cual lo único que quería escuchar era una respuesta positiva y la respiración de Bice a su lado cuando la abrazara, compartiendo así calor corporal.

—Eres un embustero, Kinzo —dijo ella y apretó el agarre de sus manos suavemente, para darle a entender su respuesta—. Pero sí me gustaría, me gustaría mucho vivir más cerca de ti y ser la bruja del bosque.