Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 20:00 (PM) Llegando a una meta.
Llegaron a la decisión de mutuo acuerdo, en un pacto secreto que hicieron una noche, al compartir una mirada. Se habían estado comunicando en el idioma del supuesto enemigo durante al menos dos años, el inglés perfecto del otro lado del mar, del mundo, de su vida. Y era momento de terminar con todo aquello, porque era ridículo, ambos lo sabían, tonto y necesario. Además, Bice extrañaba la fluidez del italiano, lo musicales que sonaban las palabras nada más abandonaban la boca, la simpleza de dos palabras, que en inglés equivalía a usar cien. Kinzo estuvo de acuerdo, incluso consiguió los libros y se hizo mucho tiempo libre (¿cuántas mentiras tendría que haberle dicho a su esposa para que lo dejara ir?) para comenzar a aprender, él italiano, ella japonés. Así podrían comunicarse con su propio idioma, uno que no se constituía de gestos o miradas.
—¿Cómo se supone que diga esto? —se quejó Bice, acurrucada en el sofá, mientras la noche los iba envolviendo en la intimidad de su mundo—. Te admiro, Kinzo. La verdad es que no puedo con esto.
Bice se veía hermosa (como siempre) mientras fruncía el ceño ante su libro lleno de katakana, de instrucciones (en inglés, para variar) y ejercicios que hacía a medias, aunque Kinzo no sabía decir si por flojera o porque el vientre de embarazada de seis meses se lo impedía. De cualquier modo, no importaba, ni siquiera el si llegaba a hablar o no japonés. Ése era un buen tiempo para estar juntos, una buena excusa para permanecer abrazados en el sofá, cada uno sumido en su propia lectura, en reglas gramaticales y en pronunciaciones.
—Creo que puedo decir algo —aventuró el heredero de los Ushiromiya a decir, mientras dejaba el libro a un lado, un poco más seguro de sí mismo al saber que no había perdido el don de aprender idiomas, de hacerlos propios, mucho menos éste que le era tan especial y tan urgente aprender, pues a veces, cuando estaban a solas en el dormitorio, embebidos el uno del otro, Bice le murmuraba cosas en italiano que luego no quería traducir y que él se moría por descifrar.
—¿En serio? ¡De verdad que eres inteligente, Kinzo! Siempre lo supe, desde que te vi —ella dejó por la paz el libro de katakana, tomando por excusa para detenerse el que su amado fuese a pronunciar unas palabras en su lenguaje natal, que la hacía evocar las calles de Italia, la torre de Pisa, la pizza y la pasta.
Él se aclaró la garganta, tratando de no parecer demasiado satisfecho de sí mismo por los elogios y por su logro, aún así, un extraño color rubí le subió por las mejillas mientras la miraba, eso sí, sin vacilar.
—Io ti amo —murmuró y no hizo ademán alguno por cubrir su vergüenza con el libro, con alguna broma o excusa.
—La pronunciación es un poco extraña... —evaluó Bice, mientras las comisuras de sus labios temblaban misteriosamente y el carmín también hacía aparición en sus mejillas, antes blancas como copos de nieve—. Pero lo has hecho bien, Kinzo.
—Oh, ¿es éso lo único que tienes que decirme? —deshaciéndose de su bochorno, el hombre la arrinconó contra una de las esquinas del sofá para besarla, hechizado como siempre lo estaba con la cascada de rizos dorados, con el mar en sus ojos, la música en su risa.
—Claro que no —aunque su vientre estorbaba un poco a sus propósitos, ella lo acercó aún más, sonriente, plena, feliz—. Yo también te amo, Kinzo.
Kinzo ni siquiera se dio cuenta de su japonés improvisado, cuya pronunciación era tan rara como la de él al hablar italiano, se sumieron en un beso (en su mundo) y los libros y las lecciones quedaron olvidados.
