Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 14:22 (PM) *Cerrando la distancia
Enfilaron por una calle repleta de tiendas y personas de todos los colores, entre el murmullo de los escasos automóviles y las risas de los transeúntes, disfrutando tanto como ellos aquél día caluroso, invitante, pleno de la nueva estación que se derramaba con todos sus vivos colores por las flores, bosques y jardínes, aderezados, además con el aroma del amor, aquella extraña feromona que lo hacía sentir tonto, nervioso y feliz a la vez.
Kinzo jugueteó un rato con el aire, la mano fuertemente pegada a su costado derecho, indeciso entre actuar o no, sintiéndose extrañamente eufórico, vivo, feliz. Beatrice caminaba a su lado luciendo las ropas de siempre, aquellas con las que la había conocido en Rokkenjima, los colores de Italia en su rostro y sus mejillas, el rojo de la sangre y del amor.
Ahora que comenzaban una nueva vida juntos, tras muchos planes, secretos y murmullos, habían acordado comprar montones de ropa, muebles y cosas para ella, para construirle un palacio en algún lugar alejado, secreto pero latente como el palpitar de un corazón.
—¿Estás seguro de que nadie te reconocerá? —preguntó ella, que también se sentía un tanto renuente a expresar su afecto por primera vez, a pesar de que este se desbordaba ya en cada una de sus palabras y miradas, cuidadosamente elegidas para él—. No me gustaría causarte un problema.
—No te preocupes —susurró él, haciendo el mismo caso omiso a las miradas curiosas de la gente, a los ojos deslumbrados que recorrían las ondas doradas que componía el cabello de Bice, similares a una cascada de oro—. Aquí no hay nadie que me conozca. Y si de casualidad sucede... Bueno, no hay nada que un buen soborno no pueda arreglar.
El dinero le abría muchas posibilidades, desde pequeños caprichos hasta planes a futuro, una casa para la mujer que amaba, un patrimonio para sus hijos, tranquilidad por el resto de su vida. ¿Qué más le daba desperdiciar un poco en acallar a algún ayudante de tienda o a una señora demasiado chismosa?
Bice se detuvo en medio de la calle para reír, las carcajadas mezcladas con una mirada de indignación. A veces, sólo a veces, la culpa la asaltaba, junto con el rostro decidido de su padre y el tímido de Angelo, ambos dispuestos a cumplir su misión. Y recordaba Italia y cuánto le debía, quizás todo el oro guardado en la isla, quizás mucho más, pero allí estaban ambos, gastándoselo, soñándolo como se sueña un futuro, el final feliz de un cuento.
—No estoy segura de que esto sea correcto, Kinzo —dudó ella, llevándose un dedo a la barbilla para pensar, aún detenida a mitad de la calle, similar a una escultura enfundada en las ropas adecuadas, un crimen del que Kinzo quería claudicar—. No necesito mucha ropa, así que no hay necesidad de gastar tanto dinero, ¿de acuerdo?
Él negó con la cabeza, haciendo un gesto con las manos para indicar el lugar, la calle céntrica de Tokyo llena de tiendas, de personas, de escaparates con ropas hermosas, vistosos colores y altos precios. Él quería darle todo eso, mucho más, todo el oro convertirlo en gratitud, en amor que no podía expresar al estar atado a otra persona, pero, ¿cómo hacérselo entender a ella cuando se sentía tan tímido, tan torpe? ¿Cómo, cuando las únicas escaramuzas en el amor que había hecho fueron concertadas, mero trámite, algo mecánico con su mujer? Si comenzaba mal, la distancia empezaría a hacer mella entre ellos, la distancia sólo resguardada por secretos, por oro, por imposibles y él no quería eso. No, definitivamente.
—¿Qué te parece ese vestido? —preguntó tras unos minutos de silencio, en los cuales ambos parecieron estatuas de una escena trágica, de aquellas donde se visualiza el fin de un amor.
Bice estaba a punto de replicar cuando sintió cómo su mano era rodeada por una súbita calidez, dedos grandes y un desbordante sentimiento. Era la primera vez que estaban tan juntos desde Rokkenjima, desde el consultorio del Dr. Nanjo, desde las miradas fugaces cargadas de secreto. Habían salvado la distancia y constituído ahora sí su mundo, el universo donde no dejarían entrar a nadie más, en donde las manos juntas serían el pan de cada día, los besos y los abrazos más e incluso también los olvidos, justo como ése, en el cual Bice no pensó en el dinero más, sino más bien en la mano de Kinzo y la calidez alrededor de su corazón.
