Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 22:00 (PM) Terminando con...
El dolor llegó de repente, como una ráfaga de viento que amenazaba con arrastrarla hasta los bordes de la locura, incluso más allá, hasta la misma muerte. Bice ni siquiera lo sintió llegar, acechar como un depredador en una esquina de su casa, aquella noche donde todo parecía correcto, normal, infinito. Sin embargo, cuando la alcanzó, llevando una descarga eléctrica por su espina dorsal, logrando que sus rodillas se doblaran precariamente, fue más de lo que pudo soportar jamás. Ni siquiera en Rokkenjima, ni siquiera en soledad, nunca antes había sentido tal descarga de poder negativo corriéndole por las venas, infectando cada uno de sus miembros torpes, inservibles.
El bebé, pensó inmediatamente, mientras se arrastraba hasta el salón principal, inundando con el aroma del inscienso y las rosas de Kinzo, puntuales como cada primero del mes, con tarjeta y chocolates. Está por nacer el bebé, mi hijo, mi Lion. El hilillo de sangre que iba dejando mientras se arrastraba, una figura fantástica en su falda larga que le parecía más pesada de costumbre, más estorbosa que de costumbre, sólo le confirmó sus peores temores mientras seguía moviéndose, cuestionándose si todo eso era normal, si a eso se refería Nanjo cuando le hablaba, todo en secreto de Kinzo, del peligro de su embarazo.
Apenas pudo girar el disco con los números, sus dedos blancos temblaban sobre el sofá, similares a un terremoto y el mundo le daba vueltas, vueltas, entre luces y colores, entre pensamientos y temores, luego se derrumbó. Cuando recuperó la conciencia era tarde, noche, aunque no podía precisar las horas como los magos fantásticos que al ver la primera estrella lo sabían todo, el pasado y el futuro; tenía la vista nublada por el dolor, por las figuras borrosas que se movían por la habitación, por las voces, una angustiada y alta como una sirena, la otra tensa pero suave, profesional. Kinzo y Nanjo, quizás también estaba Genji.
—No te preocupes, Bice, todo saldrá bien —la opresión en su mano derecha, de la que apenas había estado consciente momentos atrás se hizo palpable como el rostro de Kinzo surcado de arrugas de preocupación—. Duele, pero es normal. Resiste, has resistido mucho más que esto, no dejes que te derrote.
Ella trató de corresponderle con una sonrisa, pero sus labios olvidaron cómo moverse y de ellos salió sólo una pequeña queja, un suspiro que se alargó hasta tomar forma de un grito, de palabras inconexas que hablaban de preocupación, de bienestar, de ayuda.
—Beatrice-sama, por favor, trate de hacer el mejor esfuerzo y empuje con todas sus fuerzas, pronto todo esto terminará —Nanjo le dirigió una mirada cómplice, una de las pocas cosas que compartían además de Kinzo, estaba totalmente concentrado y sudaba tanto como ella, porque ambos entendían perfectamente los riesgos, lo que habían hablado en secreto para no preocupar a Kinzo de más.
—¡Me dijiste que estaría bien! —siseó el hombre, tratando de convertir su miedo en furia y descargarla en alguien más, con tal de no sentir, no pensar de más—. Dijiste que si la cuidaba esto podría evitarse. Dijiste que...
Bice no llegó a saber qué más había dicho Nanjo, una fuerte contracción sacudió su cuerpo con violencia, con la certeza de que las cosas no estaban yendo bien, porque... ¿Dónde se había visto un parto tan corto? ¿Dónde, en cuestión de minutos (quizá de horas) se perdía tanta sangre y se tenían tantas ganas de pujar? Hizo lo que se le ordenaba, ni siquiera se fijó en el sofá donde la habían depositado, bañando de sangre por todos lados (una inusitada cantidad de sangre), ni en Genji yendo de un lado para otro, trayendo agua, compresas, el rostro inexpresivo como el de un maniquí. La desnudez de sus piernas tampoco le importó, parecían dos troncos cubiertos de maleza roja, completamente separados de su cuerpo, de su dolor.
Empujó una, dos, tres veces. Más. Sus gritos comenzaron a ganar intensidad conforme se apresuraba a llegar al final, tanto de su vida como de sus fuerzas.
—¡Genji, trae más agua! ¡Trae más agua! Y trae... —Nanjo había palidecido, pero a la luz del único foco del salón principal apenas se notó en sus ojos velados, que giraban en todas direcciones presas de la locura—. ¡Está perdiendo mucha sangre!
—¡Bice, todo va a estar bien, ¿de acuerdo? —Kinzo, Nanjo, Genji, sus voces se superponían unas a otras, se convertían en ecos, en sombras y desaparecieron cuando el dolor alcanzó su punto álgido, cuando el llanto potente de un bebé quebró la noche, alcanzó las estrellas junto con su voz, rota en un último esfuerzo.
La quietud reinó por instantes, la quietud llenó también de esperanza el lugar, dio pauta a pensamientos alegres, optimistas, incluso a algunas bromas sobre partos similares y drama por doquier. El pequeño bulto sangrante que salió de Bice se retorció con ferocidad, buscando la vida, aturdido por la luz, el sonido, la frialdad del mundo exterior en el que viviría por muchos años, su padre la tomó entre los brazos y sonrió.
—Es una niña, Bice —decretó con toda la felicidad del mundo, mientras Nanjo urgía a Genji con el agua, aunque la pérdida de sangre lo hacía palidecer, sabiendo que no tenían ninguna esperanza ya.
La mujer dirigió sus ojos velados hacia la pequeña, hacia el hombre que amaba, hacia el mundo del otro lado de la ventana. La muerte la reclamaba, terminaba con su felicidad, con sus deseos, con su vida de cuento de hadas. No pudo decir nada más, no quiso tampoco, al ver el semblante desquiciado de Kinzo, los ojos fuera de las órbitas, los labios temblorosos al caer en cuenta de la verdad. Le dirigió una última sonrisa, ninguna palabra de despedida y luego murió, sin saber que ese último gesto perseguiría a la cabeza de los Ushiromiya por el resto de su vida y la de su hija... Y la de su nieta.
