Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 02:00 (AM) Pensando en...


Bice no puede dormir, cada vez que cierra los ojos miles de pensamientos la invaden, sobre el futuro, sobre el amor y la felicidad. Se siente abochornada y no está segura de si se debe a su falta de sueño, sus pensamientos confusos o el vientre de tres meses que empieza a sobresalir de su ropa de cama, un pequeño balón al cual acaricia siempre que puede, temiendo que todo sea un sueño.

La mujer se levanta de la cama, dejando a Kinzo profundamente dormido a su lado y avanza hacia la sala de estar, donde la única luz proviene de la luna, bañando sus muebles de un tono de plata, el sofá donde va a recostarse para pensar. Tiene hambre, además, pero no piensa despertar a ninguno de sus sirvientes para que le haga algo de comer, es muy tarde y sería toda una descortesía. Tiene hambre y tiene miedo, ambos se remueven junto con su bebé en su vientre, produciéndole malestar, mismo que no se desvanece ni aunque ella trate de alejarlo de su mente al hablarle al pequeño ser que lleva en su vientre, aún si no está segura de que pueda escucharla.

Le cuenta todo lo que piensa, todo lo que siente y lo que ha pasado, los ojos anegados de la luz de la maternidad; luego le reprocha las náuseas matutinas, los mareos y el hambre voraz que aún la amenaza con levantarse a cocinar algo, despertar a alguien o las dos cosas.

—Al menos así sabré a qué atenerme la próxima vez —murmura pensativa ella, llevándose una mano al rostro, donde se dibuja una sonrisa al pensar en más hijos, en llenar la casa con la familia que ha perdido, volver locos a los sirvientes y guardaespaldas con tantos niños qué cuidar.

—¿Así que quieres tener más hijos? —no le sorprende ver a Kinzo en la puerta que conecta el pasillo y la sala de estar, él tiene un don casi mágico para saber cuánto no está a su lado. Las lágrimas se desbordan por sus ojos, una cosa más que reprocharle al bebé, esas emociones tan fuertes que a veces no se siente capaz de manejar—. Yo también, Bice. Muchos, muchísimos, contigo.

El japonés se acerca para limpiarle las lágrimas con las yemas de los dedos, para besarlas también en un arrebato de ternura y esto logra que Bice siga llorando durante algunos momentos más, sin notar que el hombre se acomoda a su lado, la recarga contra su hombro y le acaricia el vientre hinchado, fruto de una de tantas noches como esa, con los dos sumergidos el uno en el otro, con la luna en lo alto y el silencio alrededor.

—Kinzo —rompe el silencio ella, tras unos segundos en los que él juguetea con las ondas de su cabello—. Kinzo... Tengo hambre.

Él se echa a reír ante el tono avergonzado de Beatrice, ante la sinceridad de sus palabras, que parecen las de un niño pequeño, pero sobretodo ante su propia incapacidad de hacer algo por ella salvo reírse. En fin, se ríe de su risa, se ríe por su felicidad, lo increíble de todo, lo que bien podría ser el sueño de un ebrio o un moribundo.

—Sabes que no puedo cocinar, Bice —le recuerda él sin dejar de reírse—. Tú tampoco, tu magia se ha debilitado debido al embarazo y preferiría que no corrieras riesgos en la cocina.

—Aún así tengo hambre —repite ella—. Tengo antojo de pasta con chocolate y una limonada. Quiero...

—Lo sé —la interrumpe él y tras estamparle un beso en la frente se dispone a buscar su ropa, dispuesto a buscar una tienda de conveniencia cercana—. Ahora mismo se lo traigo, oh, gran Bruja Dorada.

Mientras el automóvil de Kinzo se aleja, Bice siente cómo las lágrimas vuelven a deslavar sus mejillas, pero sus pensamientos distan mucho de ser melancólicos o ilógicos, más bien están teñidos de felicidad.

—Y ése es tu padre —afirma ella a la oscuridad, a su vientre inmóvil—. A pesar de que no esté todo el tiempo contigo, él es tu padre y nos quiere.

Esa es la única verdad que le importa.