Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 18:00 (PM) Dando un vistazo.
Mientras la barca se mecía plácidamente, mucho más lento que el compás de su corazón, un tanto sosegado por las palabras de Kinzo, Beatrice observó cómo la luz del sol moría en el horizonte, tiñendo las aguas de un color sangriento, oscuro y espeso. Su corazón amenazó con dar un vuelco en su pecho mientras evocaba, con ayuda de este color, las imágenes de los cadáveres en Rokkenjima, los ojos apagados mirando hacia el vacío, las manos implorantes que se habían quedado detenidas en ese mudo gesto de ayuda que nunca llegaría. Estaban muertos, Angelo, sus camaradas del viaje, sus amigos, su padre. Y ella seguía ahí, anclada al mundo con sólo algunos rasguños, una herida en el vientre y la mente destrozada, ahí, mecida por las olas, esperando por Kinzo, lo único que le quedaba.
Tras un rato en el cual el cielo se convirtió en purpúreo y luego azulado, Kinzo apareció en su campo de visión, tras dejar atrás los puertos de descarga de alimentos y otras mercancías en donde había dejado escondido el bote y junto con él a su más grande tesoro. Parecía cansado, aunque feliz, a pesar de la larga jornada que habían vivido y Bice supo que había encontrado a un Doctor que pudiera atenderla y guardar el secreto, sellado por un broche dorado.
—¿Estás seguro de que no habrá ningún problema? —dejaron el barco escondido en el mismo lugar antes de ponerse en marcha y aunque Bice discutió, afirmando que estaba perfectamente bien y ya se le pasaría el dolor, Kinzo insistió en sostenerla mientras avanzaban con cuidado entre bodegas aparentemente desiertas, como un par de ladrones.
—No lo habrá, ha visto el oro y se quedó anonadado, será suficiente para mantenerlo callado —Kinzo hablaba con tono seguro, después de todo, no podía confiarle la vida y el secreto de Bice a cualquiera.
—Suenas como un viejo de la mafia —se rió ella, recordando las historias sobre la mafia italiana y las frases de rigor sobre mantener callada a la gente y los trabajos que hacían.
—En ese caso tú serías la jefa de la mafia, ¿no suena bien? —siguieron bromeando durante el resto del camino, que no se demoró más de diez minutos, antes de llegar al consultorio del Doctor, que se veía a leguas acababa de abrir no hacía mucho.
En cuanto la puerta se materializó enfrente de ambos, el semblante de Bice volvió a ensombrecerse, cualquier error podría significar su regreso a Italia, tierra amada, pero desolada ahora para ella, llena de enemigos que buscarían respuestas y todo tipo de beneficios si se casaban con ella.
—¿Dónde se ha lastimado? —preguntó el hombre, demostrando de alguna manera que era de fiar al omitir las formalidades como el nombre o la causa del accidente, mucho menos preguntó por el lingote de oro que lo cegaba a pocos centímetros de él, oro brillante como la primera luz de la mañana. Bice le indicó el lugar y brevemente hizo referencia a que había sido golpeada en ese sitio, pues la magia del oro no había surtido todo su efecto y no quería revelar más de la cuenta—. ¿Podría quitarse sus ropas para que examine la herida, por favor?
El hombre actuaba con profesionalidad y Bice no sintió ninguna extrañeza ante la petición, pero la reacción de Kinzo fue diferente y provocó una sonrisa y una pequeña carcajada en Bice, pues se había puesto rojo.
—Esperaré afuera a que hayan terminado —afirmó el hombre y dejó la habitación. Podía esperar todo el tiempo que fuera necesario, para siempre, quizás, si eso le garantizaba que ella estaría bien y que su descuido al no protegerla, no traería amenazas para el futuro que ya comenzaba a vislumbrar para ambos.
