Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 19:00 (PM) Experimentando algo nuevo.
Beatrice dejó escapar un suspiro que nadie logró escuchar, aunque en el cielo, las mudas estrellas parecían ser sus testigos. A su alrededor, los sirvientes se movían de un lado hacia otro de manera frenética, como si actuaran sus propios sentimientos, escondidos tras una máscara impasible, casi triste, desalentada. Ya era lo suficientemente tarde, el color del cielo se lo indicaba y aún así, Kinzo no aparecía, a pesar de todas sus promesas de estar con ella en ese día tan especial.
—Seguro le ha retenido su esposa —murmuró para sí misma la italiana y en su estómago pareció revolverse algo parecido a un monstruo, que desgarraba sus entrañas y a la vez la llenaba de furia—. No puede ser de otra manera. Era imposible que estuviese conmigo en su cumpleaños.
Se dio la vuelta para no quedarse embobada con la vista vacía detrás de la ventana, el tranquilo mar haciendo espuma sobre las rocas iluminadas por la luna. Tenía que dar la orden de que recogieran el pastel y la comida, el modesto regalo que había conseguido en una de sus incursiones a la ciudad, pero antes debía serenarse, calmar ese dolor mezclado con otro sentimiento, agrio, fuerte y molesto. No quería que su voz se rompiera o transmitiera su enfado, no quería ser más que la Beatrice de siempre, esperando pacíficamente por un hombre que era mitad suyo.
—Ya es muy tarde, ¿podrían recoger, por favor? —por suerte logró dominarse e incluso ayudó a guardar el pastel en la nevera que le habían conseguido, junto con la pasta que había cocinado especialmente para él, un poco quemada, pero mejor que cualquier cosa que hubiese cocinado antes.
La luna avanzó por el firmamento y las estrellas cambiaron de lugar, pero nunca dejaban de vigilarla y aunque se prometió a sí misma que no se sentiría decepcionada, de cuando en cuando se sorprendía mirando a la ventana en busca de los faros de un coche, pasos veloces pero ligeros, el olor de su perfume. Dicho fenómeno no sucedió hasta casi medianoche, cuando se había quedado medio dormida en el sofá mirando programas que en realidad no le interesaban. La figura que tanto había esperado apareció en el umbral de la puerta, alto, enérgico y sonriente, tan apresurado que por un momento ella se preguntó si no se había llevado su corazón en un parpadeo nada más entrar.
—Lo siento, Bice. Llego tarde, ¿sobró pastel?
—Me lo he comido todo —mintió ella, fingiéndose un tanto enojada, aunque en realidad su mente comenzaba a maquinar planes sobre despertar a algunos sirvientes para que les calentaran la comida o bien hacerlo ella.
—Es una lástima —admitió él, yendo a sentarse a su lado para tomarle la mano en busca de un perdón que ya había obtenido con el sólo hecho de haber aparecido, aunque fuese minutos antes de que su cumpleaños acabara—. Tenía curiosidad por ver qué me daría una Bruja tan poderosa como regalo.
—Pasta, si la quieres y un pastel —poco a poco se iban rompiendo las barreras de las distancias entre ellos y casi sin proponérselo Bice se encontró pasándole los brazos por detrás del cuello, con una sonrisa radiante en el rostro, olvidada ya por completo de su esposa y de las palabras mordaces que quería dedicarle con respecto a ella, con respecto a si había pasado una velada divertida a su lado, mientras ella esperaba—. Aunque tengo que calentarlos antes.
—Puedo esperar —se rió él—, primero me gustaría el regalo.
—Oh, bueno —era tan fácil sentirse feliz cuando Kinzo estaba cerca, era tan fácil desechar la máscara, dejarse de secretos y de palabras forzadas... Se levantó dejándolo con una sonrisa curiosa en el rostro, mientras iba a buscar el paquete que había guardado de cualquier manera en su armario, presa del enojo—. ¡Feliz Cumpleaños, Kinzo! Que cumplas muchos más.
—Ojalá no —respondió él, tomando el paquete y comenzando a abrirlo con dedos ágiles, que no rompieron el envoltorio—. Eso me hará ver muy viejo, mucho más que tú, oh, gran Bruja Beatrice, que de seguro tienes un conjuro para no envejecer y ser siempre bella.
—También tengo un conjuro para ti —susurró, volviendo a inclinarse hacia él para abrazarlo—. ¿Adivinas qué es?
No hubo necesidad de más palabras y Beatrice se alegró de no haber despertado a ninguno de los sirvientes. El paquete, la cena y el pastel quedaron olvidados y mientras las estrellas observaban, siempre mudos testigos de su felicidad, Beatrice se dio cuenta de que había estado celosa de la esposa de Kinzo, de ella y de sus hijos, que lo tenían todo para ellos diariamente y que aún así no lo sabían aprovechar tan bien como ella.
