Claim: Ushiromiya Kinzo/Beatrice Castiglioni
Notas: Viñetas sin relación alguna de tiempo
Rating: T
Género: Romance
Tabla de retos: 24 horas
Tema: 14:00 (PM) Interviniendo tarde


—¡Lo compraste! —la voz de Bice rompió el extraño silencio que se había instalado entre ellos, consecuencia de la sorprendente visión que ofrecía el bote, asegurado al puerto firmemente con varias cuerdas. A su alrededor y como si se hubiera roto un hechizo de silencio, los sirvientes comenzaron a cuchichear asombrados, extasiados y felices, contagiados sin duda por el sentir de su señor, cuyas facciones hablaban de total satisfacción.

—¿Te gusta? —inquirió Kinzo, dándole unas palmaditas al bote como si fuera un perro y mostrando su mejor sonrisa, que no tenía nada que envidiarle a la de un niño en la mañana de Navidad—. La he llamado Bruja Dorada.

—Muy oportuno —respondió ella con una sonrisita, aunque en realidad se preguntaba cuándo llegaría a conocer el fin de la extravagancia de Kinzo. Probablemente nunca y eso le gustaba.

—¿Quieres dar un paseo? —sin esperar su respuesta, aunque un grito de asombro escapó los labios de la mujer, Kinzo se apresuró a halarla hasta el bote, que se tambaleó peligrosamente ante su peso—. Por favor, cuiden la casa, volveremos más tarde.

Los sirvientes se inclinaron de modo respetuoso ante dichas órdenes, pero una vez el hombre se hubo dado vuelta para tomar el control de la pequeña embarcación, se permitieron sonreír, especialmente Kumasawa, que parecía totalmente divertida ante la visión de su ama siendo raptada y de las locuras de su señor, locuras de joven y de amor.

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Comenzaron a alejarse rápidamente, bordeando los contornos de Niijima con precisión. A su paso, no dejaban más que una estela dorada, consecuencia del cabello de Bice, que no había llegado a peinar esa tarde, una estela dorada y algunas risas, apenas brisas en el viento. El mar se extendía a su alrededor en destellos plateados, infinito, eterno. Beatrice no pudo evitar recordar entonces su primer viaje juntos en un bote, la manera en la cual él la había raptado, como en esa ocasión, para después prometerle que estarían siempre juntos. Habían salido de un panorama destrozado y lleno de sangre a un mundo lleno de luz, lleno de sueños, de promesas. Aunque claro, algunas no se podían cumplir.

—¿Y si nos quedamos aquí para siempre? —sugirió ella, mientras se daba la vuelta para observar Niijima, que parecía un punto en el horizonte.

—¡Tantas posibilidades! —concedió Kinzo, deteniendo la embarcación con un ronroneo del motor para ir a alcanzarla, para sentarse a su lado y tomar sus manos, sin duda consciente de sus pensamientos—. ¿Por qué no? —rió él, aunque sabía que era imposible.

Ambos tenían una larga lista de respuestas a dicha interrogante, pero se permitieron engañarse a sí mismos al quedarse callados, observando el reflejo del sol sobre el agua y los peces de colores a su alrededor.

—¿Cuánto hace ya? —inquirió ella, pues no sabía si se debía a causa del sol, pero de pronto se sentía algo mareada, como transportada a ese fatídico día en Rokkenjima, donde había perdido a su familia y amigos.

—Dos años —la suma lo orgullecía y así se lo hizo saber con apretón de manos—. Dos años y todavía quedan muchos más, ¿verdad?

—Sí —respondió Bice decidida, regresándole la mirada con decisión, como esa vez en que habían jurado miles de pactos bajo el ardiente sol de la tarde, pactos sobre el oro, sobre la isla, sobre la muerte y sobre su amor. Pactos conjurados con simples palabras, pero tan poderosos como la magia misma. Pactos como ese que acababan de hacer sin darse cuenta—. Sí, muchos más.

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Beatrice observó las estrellas en el firmamento, brillantes y lejanas dibujando diversas constelaciones. Habían pasado toda la tarde paseando por el mar en el bote, habían llegado a playas desiertas y otras llenas de turistas, a cuevas escondidas en el norte de la ciudad, a casitas abandonadas en medio de grandes extensiones de árboles. Habían tenido todas las aventuras que les estaban prohibidas por la naturaleza de su relación y ahora, cansados, permanecían uno al lado del otro, las manos extendidas y mirando las estrellas.

—Tenemos que regresar —suspiró con resignación la italiana, cerrando la mano en un puño, como si hubiese atrapado una constelación llena de estrellas—. Se preocuparán si no lo hacemos. Enviarán equipos de búsqueda.

—Lo sé —aceptó Kinzo, aunque no hizo ningún esfuerzo por ponerse de pie y arrancar el bote—. ¿Estás lista?

La pregunta hizo eco en la mente de ambos, resonando como el eco de un recuerdo, del último pacto que habían sellado antes de empezar su nueva vida.

—Sí.

La misma palabra, la misma determinación. Y de nuevo, todo un futuro por delante, una nueva etapa de su vida, que esperaban les dejara re-hacer sus votos cada año sin falta, bajo la luz de las estrellas y en medio del mar.

FIN