Todo parecía incluso más nítido. Comprendía que aquellas muestras de superposición de su propia vida, no era nada común… Por lo general, la gente suele ser imbécil, estúpida y egoísta. Todas las virtudes que se referían a sus antónimos no eran más que pura poesía para adornar algunos relatos románticos que a los que fueran más débiles, les gustara escaparse. Esa realidad era una mentira.
Desde aquellos momentos, en donde esa persona no dudó, donde no preguntó a nadie ni por nadie, y donde sobre todo siguió firme, algo en él había cambiado. Se negaba. Tenía cosas mucho más importantes en las que dedicar su tiempo y el esfuerzo de su mente.
Al parecer, después de todo, no era una máquina… o era una máquina aprendiendo a ser algo. No todos los días te encuentras una mascota que te haya prometido serte fiel y habértelo demostrado hasta tal punto. Cosa que, en el fondo, asusta.
¿Cómo si no iba a estar, pudiendo saber que algún día, se iría de su lado?
Cuando finalmente Sherlock abrió los ojos, todavía con un ligero mareo que hacían más hincapié en sus sienes, pudo observar la situación, un poco cómica, de ese momento.
-Sherlock, Sherlock, Sherlock, Sherlock… - John no hacía otra cosa que repetir continuamente su nombre, mientras sujetaba sus piernas en alto apoyándolas sobre sus hombros. Sus manos temblaban, y su rostro se sumergía entre aquellas piernas, dejando ver un poco de su frente arrugada por la preocupación.
Sherlock suspiró ante la escena, con lo que su médico se dio cuenta de que había vuelto en sí. Su mirada estaba empapada en lágrimas, sin que hubieran podido salir aún. Un dato bastante extraño en su compañero.
-No me digas que he tenido convulsiones. –Se tapó los ojos con el brazo. John tenía en una de sus manos una jeringuilla diferente de las que él había utilizado.
-Sherlock… -un silencio predominó en la habitación durante algunos segundos- Supongo que lo habrás deducido por esto… he tenido que inyectarte "tiopental sódico", ya sabes… -Sentía como cada vez que hablaba, su voz se rompía un poco. Había tenido que actuar rápido a pesar de que todas las emociones controlaban sus músculos que le impedían el poder actuar debidamente. La imagen de pérdida de conocimiento ya la había visto antes en sus antiguos compañeros del ejército, y en ciertas ocasiones se sentía orgulloso de poder ayudar a los demás ya que su mente estaba fría y de esta manera pensaba con más claridad.
Por supuesto, aquellas personas no podían compararse con su actual compañero de piso. ¿Por qué? Sabía que sentía algo diferente a pesar de que prácticamente todas las vidas son iguales, y no era la primera vez que John anteponía su vida a la de otra persona. Aquí, en esos momentos, estaba sufriendo más.
No quería pensar, todas las vidas merecen ser salvadas y darles otras oportunidades. Lo que le en verdad le enfurecía era que algunas de esas vidas dejaran de existir por la elección de ellas mismas, porque en ese caso, no habría razón para dar otra a cambio…
-¿Qué has hecho con mis cosas? –Su voz parecía tranquila y continuaba sin mirarle. John sabía perfectamente los efectos y las consecuencias que podía tener el abuso de la droga. Era de esperar que en cualquier momento saltara y maldijera todo aquello que existe.
-Tienes que comprender, que no voy a dejar que sigas tomando estas sustancias. ¿Acaso no sabes lo perjudiciales que son? –Su ceño se fruncía mientras iba terminando su frase.
-John… soy totalmente libre de tomar cualquier cosa que quiera. No puedes controlarme. Nadie jamás lo ha hecho. Así que, estás perdiendo un tiempo valioso en dedicarte a hacer otras cosas, buenas o malas para la sociedad, que en quitarme lo que es mío. -Sus piernas salieron de la posesión de John para cruzarse y poder adoptar una postura sedente frente a él.
-SHERLOCK! –Las emociones de John se hacían cada vez más fuertes. –No lo entiendes! La próxima vez que te dé otro ataque puedes quedarte sin respiración, o sufrir un derrame cerebral! Ha habido casos de personas que les han tenido que hacer una traqueotomía e incluso inyectarles en el corazón!
-Lástima que yo no tenga de eso… -Susurró mientras su mirada se apartaba de la John, el cual ya había escuchado eso antes, el día en el que conocieron al verdadero Moriarty en la piscina. Uno de los días en los que le demostró a Sherlock que su vida valía más que la suya, pero que al parecer no lo recordaba.
No habían pasado ni tres segundos cuando las manos de Sherlock se vieron forzando a John por sus ropas. Su expresión había cambiado y con sus pupilas dilatadas la ira se apoderaba de él poco a poco, haciendo que John quisiera alejarse agarrando sus manos.
-Te he llamado para que vinieras a darme un puto sedante, ¡no para que te permitas el lujo de decidir por los demás! –
-Muy bien… tienes razón y todo el derecho del mundo a destruirte. ¿Qué más da lo que los demás piensen de ti mientras tú solo te aíslas del mundo? … Piensas en serio que a nadie le importas, ¿no? Continúa entonces, total, respirar en aburrido. –Sherlock seguía inmóvil, mirándole fijamente sin cambiar ni un músculo. Las palabras de John se habían vuelto irónicas, y al parecer, al detective le dolían como si un abismo se hubiera generado en su pecho.
John volvió a abrir la boca para continuar, pero no le dio tiempo ni a soltar una palabra cuando de pronto se vio a sí mismo en el suelo de la habitación, con un dolor infernal en su pómulo izquierdo. Estaba boca abajo y mientras se levantaba lentamente, pudo comprobar efectivamente que había teñido de rojo una pequeña parte del suelo donde había caído.
Se llevó la mano hacia su nariz para intentar cortar un poco la hemorragia.
La respiración acelerada de Sherlock se hacía otra vez notar en el ambiente. Ahora no era por los efectos de la droga.
Incorporándose poco a poco, John decidió no mirarle. Se dispuso a recoger la colección de sustancias y jeringuillas que había por la habitación y con paso militar salió de su habitación cerrando la puerta con un sonido seco.
-¡¿Crees que no puedo volver a conseguirlas? NO ME CONOCES, JOHN! –Acto seguido se oyó un golpe bastante fuerte que provenía de su habitación, como si hubiera tirado algo pesado contra la pared y se hubiera hecho añicos.
Había dejado a Sherlock solo y sin ninguna distracción, cosa que John sabía que podía llegar a ser muy peligrosa.
