Las calles de Londres conseguían dar cierto respeto cuando caía finalmente la noche. El frío se hacía notar siempre a las mismas horas, y la poca gente que había se regocijaba ante tal suceso.
La luz de las farolas apenas podía hacer nada, ya que la penumbra que se creaba en algunas zonas se iba haciendo cada vez más oscura hasta no poder distinguir figuras. La luz reflejada de la luna no aparecía, y todo el cielo estaba cubierto por un manto de color gris y negro, sin ningún otro detalle.

"¿Por qué no puede pensar la gente un poco?" Gran pregunta que un día invadió su cabeza hacía ya muchos años, y que no dejaba de circular en su mente mientras observaba aquella noche tan silenciosa desde la ventana del salón.

Las horas de abstinencia las había sobrellevado bastante bien, a pesar de sentir todavía la fatiga y el ligero dolor de cabeza que le había dejado desde la noche anterior. El sueño se hizo imposible de conciliar debido a la exaltación y a los propios efectos de la droga.
Como no era la primera vez, se podría decir que su cuerpo ya se había acostumbrado, pero reconocía que no a las dosis tan fuertes. Aquel malestar le iba a durar todavía un tiempo. Un tiempo en el que poder distraerse sin ayuda de que el mundo externo alimentara su mente con hechos y situaciones complicadas para resolver y demostrar así su dotación.

Aquello era como un juego de niños. Más bien, como el juego favorito de un niño y del que sabe que, nunca se cansará. Si se lo quitan, no le queda nada con qué rellenar ese vacío… y John no lo conseguía entender.

Suspiró y se abrigó más con la bata azul que solía ponerse encima del pijama, y pensar en su compañero de piso y trabajo no era tarea fácil para él en aquella temporada. El detective había notado justo el momento en el que John salió de su habitación y se preparó para salir a la calle. E incluso percibió el momento en el que se quedó frente a la puerta de su propia habitación, moviendo el brazo, deducido por la sombra que se proyectaba por las finas líneas que la enmarcaban.
Por supuesto, la luz también se reflejaba y hacía brillar cosas y recuerdos de los que Sherlock no estaba bastante orgulloso. Allí seguían, todavía en el suelo, las gotas de sangre que John había dejado escapar hacía unas horas. No pudo evitar volver a tener la misma sensación que tuvo justo después de cuando le agredió.

Sherlock había visto demasiado en su vida, demasiado horror y demasiada información de lo que la gente hizo, hace y hará en determinadas situaciones. No notó nada durante toda su vida, ni siquiera en su adolescencia. La gente ya se había cerrado para él.
Nada… hasta que aquellos momentos en los que parecía que su respiración había decidido marcharse, y dejarle sufriendo con aquellos segundos tan amargos, le hizo pensar en otra posibilidad.

-¡Maldición…! –Exclamó mientras posaba sus manos en los cristales de la ventana, agachando su cabeza y dejando que sus rizos negros cubrieran la parte superior de su cara. Conocía a la perfección que jamás llegaría a ser normal, o lo que la gente suele decir que es "normal". Por lo menos, la sobredosis había hecho experimentar algo nuevo en él… Sensaciones que el resto del mundo vivía cada día. –Oh, interesante… -Susurró.
No descartaría la probabilidad de que al fin y al cabo era humano, y todo lo que conlleva el tener que serlo, atado consigo el poco porcentaje de veracidad que tendría en aquellos instantes. En cambio, se alzaba por encima de esa teoría la de su nueva experimentación con la sobredosis… Y a veces es difícil seguir siendo una máquina.

Los lejanos sonidos de unas llaves llegaron a sus oídos. Las escaleras crujían con los pasos que sólo un hombre de 168 centímetros y otros atributos podía hacer. Se hacían cada vez más tímidos a medida que el sonido era más claro.

-Sherlock… -Una voz conocida le distrajo segundos después de que se abriera la puerta del apartamento. La mirada de John se clavó en la de Sherlock, mientras ésta daba un rápido viaje por toda la presencia de su compañero. Cruzó los brazos y sonrió.

-¿Cómo ha ido tu cita con Sarah? Aunque a juzgar por tu camisa ligeramente desabrochada por el cuello, las pequeñas migas de pan sobre el brazo izquierdo de tu chaqueta, la pelusa blanca de la suela de tus zapatos y un rastro de pintauñas en tu mandíbula, creo que no fue bastante mal. –Sus cejas se habían vuelto sarcásticas y John parecía preocupado. Sin decir nada, se quitó la chaqueta y la dejó sobre el sofá con cuidado.

-Es más importante, ¿cómo has estado tú? –La pregunta del médico causó un leve desconcierto en la expresión de Sherlock. No dejaba de mirarle y esperando una contestación detallada de su estado, quiso cortar la comunicación en pocas palabras.

-Estoy bien. –El moreno se giró de nuevo hacia la ventana dando por concluido aquel encuentro, que se estaba convirtiendo en algo incómodo para su persona. Después de lo ocurrido en su habitación, le sorprendía que aquel hombre no mostrara ningún síntoma de enfado o rencor. Es más, se preocupaba por él y se lo estaba demostrando allí mismo.
Pero una nueva sensación lo sacó de sus pensamientos. Las manos de John se habían posado en sus brazos y la delicada presión que ejercía su frente contra su espalda le hizo abrir los ojos.

-John, ¿qué…? –Giró su cabeza para poder ver lo que estaba ocurriendo.

-Ven… -La voz de su compañero se había vuelto débil, como si fuera inexperta en todo un universo de sonido y vocabulario.
Aún sin mirar los ojos del hombre al que estaba sujetando, los cuales se habían vuelto brillantes en pocos segundos, empujó sus brazos de tal manera que finalmente acabaran los dos uno frente al otro. Y un silencio predominó en la sala.
Sherlock había fruncido el ceño con descaro, a pesar de que las extremidades del rubio estaban activas.
Subían con lentitud hacia sus hombros para terminar en el final de su cuello, blanco y frágil desde su perspectiva. Entonces, le miró. Los ojos que habían marcado un antes y un después, cristalinos y penetrantes. La guerra no había causado ningún estrago en aquella mirada que difícilmente costaba dejar de mirar.
Con la misma suavidad, las prendas de Sherlock no suponían ningún obstáculo para que los dedos de John se introdujeran en ellas. Seguía acariciando sus hombros mientras que la bata azulada caía a sus pies.
Para entonces, la expresión del detective había cambiado y sus mejillas se tornaron en un ligero color rosa, apartando la mirada a un lado.
No podía estar ocurriendo esto. La taquicardia había vuelto y luchaba contra ella por la seguridad del momento. Se estaba poniendo nervioso, ya que nunca antes en su vida había vivido aquellas situaciones que sólo encontraba en los libros y en las películas de ficción. Eso era, pura ficción. Aquello… no era real.

Levantó la cabeza y abrió los ojos. Sherlock se encontraba ahora debajo de la ventana, sentado y con sus piernas descansando a lo largo del suelo.

-Lo que me temía… -Como había acertado, aquello no fue real. Las alucinaciones juegan malas pasadas, ya que aún conservaba su bata puesta y abrochada por su delgada cintura. Y ni rastro de John Watson. En cambio, ante aquella deslumbrante escena, Sherlock se echó a reír.
¿Quién iba a estar tan preocupado por él hasta el punto de decir que era más importante su estado que una aburrida pero "interesante" cita? Era patético pensar en aquella posibilidad y una auténtica pérdida de tiempo.
Ante aquello, no quería venirse abajo, y su única ayuda eran aquellas sustancias que realmente mantenían en continuo funcionamiento su cerebro. Su única distracción en el mundo y la única manera de sentirse, en cierto modo, libre de lo que le hacía daño.


(Debería de estar durmiendo xDD o estudiando en todo caso ;w;
Gracias por leer~~ A saber para cuando el próximo capítulo xD no puedo prometer nada ;_;)