La idea de volver al 221B de Baker Street se hizo tentadora después de haber estado pensando en los distintos modos de hacer que cierta persona sentara la cabeza de una vez por todas. No iba a darse por vencido solamente por haber recibido un puñetazo y tenido una pequeña hemorragia… A saber el número de veces que vio derramarse sangre en su estancia en los inmensos campos de Afganistán. A parte, comprendía perfectamente la situación.
La actitud de Sherlock en las últimas horas había dejado mucho que desear, no obstante, sabía que él no era así, e iba a ser inútil el poder conversar en el estado en el que se encontraba. Estaba de acuerdo con que, a menudo, hacía cosas irritantes y a veces sólo comprensibles para la mente del detective. Cosas y actos con la que la mayor parte del tiempo, John estaba asombrado. Nunca antes había conocido un cerebro tan brillante, por lo que tenía una grandísima admiración por él, y lo admitía.
También cabe destacar que Sherlock le seguía asombrando últimamente, pero no de la misma manera. Estaba siendo controlado por otras cosas ajenas a su personalidad, y era dependiente de un alto riesgo, que hasta ahora, John siempre había estado ahí para advertirle y protegerle. Nada ni nadie iba a hacer que cambiara su opinión. Ni siquiera el propio Sherlock Holmes.
No sabía cómo ni por qué lo hacía, pero ya estaba cansado de pensar en eso. Era hora de actuar.
Sacó sus manos calientes de los bolsillos y se abrochó la chaqueta viendo las bajas temperaturas que surgían en la calle, mientras poco a poco aceleraba el paso sin mostrar real atención en las pocas personas que se cruzaban con él.
"Esta vez será la última. No voy a dejar que sigas." Repetía constantemente en su cabeza después de mirar su reloj, el cual marcaba las doce menos cuarto.
Había pasado el tiempo suficiente como para que se le hayan bajado los efectos y se pudiera conversar con sensatez.
Posteriormente, tras varios minutos de senderismo intenso por las calles, ya familiares, llegó a su meta, parándose en seco delante de la puerta principal. Una expresión de confusión afloró en su rostro.
¿Qué estaba haciendo? No se había pasado todo el día investigando ayuda psicológica y deshaciéndose de "las pruebas del crimen" para que sus piernas no respondieran en ese momento. Además, traía algo nuevo consigo mismo. Aquel nuevo archivo que se había generado en la carpeta de fotografías de su móvil era algo que posiblemente le ayudaría a conseguir lo que se había propuesto: mantener a su amigo con vida.
Llenó sus pulmones lo bastante como para ir dejando salir el aire con suavidad, mientras que finalmente entró en el edificio con paso decidido. Subió las escaleras con ligera prisa y con el incontrolable deseo de hablar con Sherlock, fuera como fuese la situación que se desatara.
-¡Sherlock! ¡Estoy en casa! –Se desabrochó y quitó las pesadas prendas que traía, cerrando a continuación la puerta del piso. Rebuscó en sus bolsillos hasta sacar su teléfono móvil. –Tengo algo que podría interesarte. –Seguía hablando mientras sus ojos observaban los numerosos elementos que componían la escena del salón, intentando encontrar a su compañero. Las luces estaban encendidas nada más llegar, así que prosiguió con su búsqueda.
Se dirigió a la cocina, intacta desde que salió por la mañana. Su propio interés le obligó a fijarse en la puerta de la habitación de Sherlock que estaba al final del pasillo, y la cual seguía cerrada.
-Sherlock, espero que estés en tu habitación. ¡Voy a entrar! –Para la sorpresa del médico, el pestillo no estaba echado, y abriendo la puerta lentamente le costó observar lo que contenía dentro. Estaba oscuro y la persiana estaba bajada, con lo que la pequeña iluminación que entraba por la puerta tenía que ser suficiente para que se acostumbrara su vista.
Algo inquietó a John. Un intenso olor a sustancias desconocidas para él, se había mezclado con el aroma de la persona que habitaba allí, pero eso no era digno de su preocupación. No había presencia humana en aquel habitáculo. Sólo silencio y las pruebas de la ira que se había desarrollado la noche anterior. Pudo comprobar efectivamente, que justo al lado suya, frente a la pared se encontraba la lámpara de la mesita de noche completamente rota que Sherlock había lanzado en señal de protesta.
Se pasó la mano por la parte de atrás de su cabeza a la vez que volvía a cerrar la puerta, y con una cierta sensación de malestar revisó las últimas salas que quedaban en el piso, incluyendo su propia habitación.
No era extraño no encontrar a Sherlock cuando uno quería, de eso ya estaba seguro. Pero aún así, después de todo aquello insistió en saber su paradero. Aún con el móvil en la mano, buscó en la agenda hasta dar con su número y dio la llamada.
Apoyándose en el marco de la puerta de su habitación esperó a que diera la señal, hasta que un sonido conocido y débil llegó a sus oídos, y no era por el auricular del teléfono. Extrañado, se lo apartó, intentando escuchar con más detenimiento. Provenía de la parte de abajo.
-Oh, vamos, no me jodas… -Siguió el sonido que finalmente le condujo hacia el salón; concretamente hacia la repisa de la chimenea, para encontrarse allí junto a la calavera amiga, el teléfono móvil al que actualmente llamaba.
No pudo evitar suspirar con un ligero toque de rabia. Le conocía bastante bien como para saber que él hacía ese tipo de cosas. Pero el estado en el que se podría encontrar, le preocupaba más que cualquier otro suceso, y sus emociones podrían ir a más si no conseguía esa valiosa información.
Empezó a notar que sus manos cerradas en puños adquirieron un continuo temblor.
No quería pensar en lo que podría estar haciendo aquella persona en esos momentos, pero la situación era demasiado amenazadora para que John pudiera estar tranquilo.
Cerró los ojos e intentó pensar. ¿A dónde iría él si fuera Sherlock Holmes tras varias horas de abstinencia? La manera en la que su compañero conseguía las drogas era desconocida para el médico. Carecía de saber si se citaba con un contrabandista, o si podría tener una red de contactos para él solo… cosa que, si era cierto, necesitaría llegar al fondo del asunto y destruir la vinculación que les unía con aquellas personas. Estaba totalmente decidido a hacerlo.
En el momento en el que sus ojos se abrieron, encontró un objeto que no solía pertenecer a la decoración típica de la sala. Justo debajo de la ventana se hallaba una tela, bastante familiar.
Se acercó lentamente, con extrañeza, y la recogió del suelo.
Segundos después, la expresión del rostro de John cambió al ver que se trataba de la bata azul de Sherlock, la cual, en un momento de debilidad, se la arrimó lentamente al pecho abrazándola casi sin darse cuenta.
Sabía que estaba demasiado nervioso, y por su mente pasó la posibilidad de que aquella involuntaria acción fuera un pequeño alivio para su propio corazón.
Ya eran innumerables veces que se había planteado el por qué hacía estas cosas a causa del detective. Era la única persona que en toda su vida había movido "algo" en sus adentros, a pesar del tiempo pasado en el que no se conocían y pudieron haberse conocido. Era distinto. Algo como para haber arriesgado su vida varias veces, y que sin dudarlo, volvería a hacerlo.
Ya no le importaba. Aquel intenso dolor en su garganta le molestaba y quería deshacerse de él.
Acto seguido, decidió sentarse en el sofá llevándose aquel manto consigo.
La preocupación le estaba matando por dentro, y no había ninguna otra pista que pudiera darle la esperanza de saber si por lo menos aquel hombre se encontraba bien.
Pasó el tiempo pensando, hasta que finalmente su dolorida mirada cayó por el cansancio, y sólo susurraba pequeñas palabras que le hicieron tenderse sobre el único objeto, ahora en su poder, que podía calmarle. Su aroma también estaba ahí.
"Sherlock… imbécil…"
(Bieeen, ahora estaré más activa xD bueno, eso contando con que no me ponga a dibujar Johnlocks ._.
juju, terminé mis exámenes al fin *^* y ya podré darle un desarrollo más bonito a la historia ^^ Hay que jugar más con John...)
