-¡John! –Sherlock gritó mientras agarraba fuertemente los brazos llenos de ira de su compañero. Su mejilla izquierda dolía con intensidad tras el puñetazo que el médico le propinó, creando más adelante alguna magulladura. Podría decirse que ahora estaban empatados.
-¡Sherlock, suéltame! ¡No volverás a coger ninguna droga más! ¡TE ESTÁS MATANDO! –John forcejeó ante la resistencia, pero seguía sin dejarle ninguna libertad.
-¡¿Y qué si lo estoy haciendo?! ¡Si no muero aquí moriré metido dentro de algún caso! ¡Y no me importaría con tal de no estar esclavizado a este mundo aburrido lleno de gente simple como tú! –Las palabras del detective hicieron que John parara de moverse atendiendo a lo que esto último significaba, pero no dejó que este dolor le abdujera, ya que sabía que Sherlock no estaba siendo sincero.
-¡Maldito bastardo…! –John aprovechó la situación de que su oponente había relajado ligeramente su fuerza y le empujó con el peso de su propio cuerpo para arrinconarle contra la pared con brusquedad. Una de sus manos quedo libre ante la sorpresa del detective, y sin pensarlo volvió a maltratar su rostro haciéndole ladear violentamente hacia un extremo.
–Escúchame bien. ¡Despídete de ellas porque ha sido la última vez que te veré de esa manera!
-…No… -Sherlock no le miraba y sus rizos negros impedían que sus ojos fueran vistos por su adversario. –Ya te lo dije, John… -La única mano que aún sujeta el brazo de Watson se deslizó lentamente hacia su codo, dejándole con total autonomía. -… Ni tú, ni nadie vais a impedirme hacer lo que quiero. Ahora ya no… -
La cólera que poseía John en aquellos momentos no le dejaron seguir. Sherlock dejó escapar un gemido seco tras la agresión que se estaba produciendo en su estómago, haciendo que su cuerpo se encogiera. Su agresor continuó golpeándole en diversas partes después de que el moreno dejara de oponerse. Golpeaba con rápida fuerza, triste y enojado. Mientras, los ojos de John rebosaron, dejando caer lágrimas que caían a la velocidad en la que Sherlock recibía sus ataques.
Su cuerpo dañado y exhausto cayó finalmente al suelo, apoyando su espalda en la pared y respirando con dificultad, y en donde observaba detenidamente los zapatos de su amigo todavía en pie. De repente, vio caer varias gotas de sangre que formaban pequeños charcos en el suelo y que provenían de los nudillos de John. Pero no fue lo único que observó. Las lágrimas de John también estaban allí.
Los ojos de Sherlock se entrecerraron, tomando una actitud pensativa y afligida.
-…Ya estoy harto, Sherlock. Me da igual lo que digas o lo que pienses hacer para detenerme. No eres la única persona en el mundo a la que no pueden prohibirle hacer lo que uno quiera. Y no voy a dejar en ningún momento, que mueras.-
El detective alzó su cabeza, dejando al descubierto sus pómulos rotos con su nariz y labios ensangrentados. La oscura sangre caía por su cuello blanco, haciendo contraste de colores, y en donde finalmente ésta se perdía bajo la camisa. Su rostro se dejó caer de nuevo.
Verdaderamente, le importaba a John. Aquellas acciones y lágrimas daban sus propias conclusiones. Sólo tenía aquella oportunidad de empezar a confiar en alguien que no le había dado la espalda nunca, a pesar de que sus sentimientos eran más fuertes que su razón. Pero no iba a ser tarea fácil convencerle y hacerle ver a aquella persona su punto de vista.
Presintió que las piernas de John empezaron a caminar por la sala de estar. Volvió a ascender su cabeza para buscar la presencia de su compañero, el cual ya había desaparecido de allí dejándole abandonado y apoyado sobre la pared.
Empezó a sentir un ligero mareo que le surgía de repente en las sienes y que hacía entrecerrar más sus ojos. La visión del entorno se hacía borrosa y la debilidad junto con el dolor de su cuerpo no le ayudó a mantenerse despierto.
-Sherlock. –Una mano le sujetó por la espalda haciendo que se desplazara hacia delante, mientras otra le abrazaba por el pecho intentando que se mantuviera recto. Débilmente, el detective abrió sus párpados. –Vamos… Echa la cabeza hacia atrás. –Ordenó John y éste accedió.
Una pequeña maleta, lo que parecía más ser un botiquín, estaba puesta a su lado, con una cantidad considerable de vendas, antisépticos, medicamentos y otros utensilios de alta importancia para el doctor. Empezó procurando cortar la hemorragia de su nariz con pequeños pañuelos.
-John… -Comenzó a decir.
-Oh, cállate. No puedes estar en silencio ni cuando te faltan las fuerzas. –Refunfuñando, el médico siguió limpiándole hasta que notó que la pérdida de sangre se cortaba.
John, arrodillado junto a él, prosiguió con la limpieza de las facciones de su aliado poniéndolas a su misma altura visual. Al observar los destrozos que habían producido sus propios puños no pudo evitar que emergiera una expresión de malestar, haciéndole respirar hondo. Cogió de su maletín unos reducidos trozos de algodón, los cuales empapó en líquidos y los aplicó ligeramente sobre los labios agrietados y quebrados de Holmes. Mientras, los profundos ojos azules de éste se clavaban en los suyos, sin apenas parpadear.
John se percató de la masiva observación de su paciente que estaba haciendo en aquellos momentos, y junto con la cercanía a la que estaban expuestos el uno del otro, se ruborizó.
La atención que estaba poniendo en sus labios no le ayudaba a relajarse.
-…John… -Volvió a repetir el detective, más lentamente.-
-¿Qué quieres, Sherlock? –Respondió, en tono suave e intentando evadir su mente de la situación. Los largos y finos dedos del moreno apartaron el algodón de sus labios, produciendo una expresión de confusión en el doctor.
-Déjalo… -Apartó la mirada, y a pesar de su ligero dolor de cabeza intentó levantarse.
-¿Qué? No, no… de ninguna manera. Quédate quieto. –John sujetó uno de los brazos de Sherlock antes de que pudiera incorporarse. -¡Vamos! –Ante la nueva energía que resurgía de su compañero, éste tuvo que anteponerse. Se apresuró y pretendió inmovilizar sus hombros contra la pared. Debido al cansancio que se apoderaba de Holmes, su resistencia era mínima, pero aún así no dejaba de luchar constantemente contra su ayudante.
-¡SHERLOCK! –Exaltado, John deslizó una de sus piernas por encima del cuerpo del detective, colocándose finalmente encima y dejando caer su peso sobre él haciéndole su prisionero.
Sherlock levantó lentamente la mirada, furiosa e intimidante. Sus hombros y brazos aún se mantenían estáticos por las manos de John, el cual tampoco dejaba de observarle.
-Como médico y amigo tengo que curar tus heridas. –Afirmó con fuerza.
-Los médicos y los amigos no maltratan. –
-Pero sí salvan vidas. Así que, estate quieto o volveré a darte una segunda ronda. –Después de que John terminara su frase, hubo un silencio en la que sólo se comunicaron por las miradas enfurecidas, hasta que finalmente Sherlock suspiró sutilmente apartando la suya.
La expresión de John cambió e intentó de nuevo concentrarse. Cogió un pañuelo del botiquín y empezó a limpiar la sangre del cuello de su compañero. Continuó el camino que se había dibujado en su piel hasta llegar a la ropa, también manchada.
- S-Sherlock… -titubeó un poco- necesito que te quites la camisa. –Éste volvió a mirarle, con la mirada cansada y una expresión algo extrañada. –Voy a necesitar también verte el abdomen. Te pondré una pomada para los futuros moratones. Te relajará y no te dolerán tanto.
-John… mis brazos… -Dijo el detective después de un pequeño silencio. Watson suspiró.
-Ya, sí, supongo que sí… Te daré un relajante muscular más tarde. Voy a… -John cortó su frase al darse cuenta de que tenía que ser él mismo el que le quitara la ropa a Sherlock -Bueno… -El médico entró en una especie de ausencia mirando el pecho de su paciente mientras su expresión se volvía difícil de leer a pesar de que surgían nuevos colores en sus mejillas.
-¿Qué pasa? –Preguntó Holmes.
John atendió de nuevo a sus ojos unos instantes y bajó la cabeza en un intento de recobrarse. Con Sherlock todo es distinto. Había visto numerosos cuerpos en toda su vida, y el de aquel detective no iba a ser tan diferente. O al menos eso creía…
Dejó el pañuelo manchado a un lado y comenzó a desabrochar el primer botón. Luego el segundo. La mirada de Sherlock se hacía aguda en él y éste lo sabía porque observaba su rostro indirectamente mientras aún seguía desabrochando.
El cuarto botón quedó libre. Se descubría una pequeña de nueva piel, tersa y blanca bañada por la luz del ambiente.
Pero el quinto fue difícil. Una mano de Sherlock se posó sobre las de su médico y cerrando sus ojos con una ligera expresión de dolor ayudó a desabrochar el último que quedaba.
Dejando que se deslizara sola por su cuerpo, la camisa ya no era un obstáculo para que quedase a la vista un torso nuevo, magullado, pero a la vez elegante, delicado y proporcionado de bellos volúmenes.
John se mojó los labios ligeramente. Estaba comprobado de que él era único y sorprendente en todos los sentidos.
(Siento la tardanza. Es lo que tiene también estar de vacaciones ^^U SALUDOS a los que seguís leyendo y Gracias! :D)
