Los personajes no me pertenecen, son propiedad de NWatsuki
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Uno
Kaoru, deprisa, saca los bollos —gritó Tae Shiro desde el otro lado de la cocina, mientras continuaba amasando el pan—. Están a punto de quemarse.
Kaoru dejó el saco de harina que llevaba en las manos sobre la mesa de la cocina, se limpió las manos en el delantal, y corrió hacia el horno de hierro. Usando el delantal a modo de guante, abrió la pesada puerta de hierro y sacó la bandeja con los bollos humeantes.
— Ahora date prisa —dijo Tae—. Llena la cesta de la bandeja antes de que se enfríen. Ya sabes cómo se pone tu tío Makoto si no se los ser vimos calientes.
Kaoru se apartó un mechón de pelo de la cara. Estaba ansiosa por terminar su trabajo y poder interceptar al cartero antes de que éste entregara la correspondencia y su tío la leyera. Miró la hora en el reloj, las nueve y cuarto. Tenía que darse prisa.
Dejó caer los bollos calientes en la cesta. Llevaba meses carteándose con un hombre de Kioro. Él, en su última carta, le había pedido que se casara con él. Ella, en la suya, aceptó. Ahora sólo quedaba concretar los detalles del viaje.
Le temblaban las manos de emoción al inten tar imaginarse su nueva vida, su nuevo futuro.
Desde la muerte de sus padres y su traslado a la casa de sus tíos Tokio, hacía diez años, había sido una carga indeseada para sus parientes, quienes, al no estar dispuestos a introducirla en sociedad, la habían condenado a una vida a medio camino entre el mundo de los que vivían arriba y los que vivían abajo.
Hacía ocho años se enamoró de un joven a quien conoció a través de su tío. Se llama ba Enishi Ayanami, de cabellos plata y ojos azules, con voy de poeta y una facilidad de palabra con la que la había seducido. Kaoru se enamoró casi inmediatamente.
De los labios de Enishi salían fácilmente palabras de amor, pero no era amor lo que él bus caba. Sólo un revolcón en el jardín. Kaoru se dio cuenta de sus verdaderas intenciones demasiado tarde, y al final arruinó su reputación.
Su tío se enfureció por el escándalo, pero no la echó de casa. A partir de entonces, Kaoru trasladó su habitación a uno de los cuartos del servicio, y se retiró a la cocina, donde se hizo un hueco entre los criados.
En enero, cuando su prima Misao anunció su compromiso con Aoshi Shinomori, Kaoru se dio cuenta de que la vida le estaba pasando de largo y que no quería seguir condenada a vivir a medias. Sus años de encierro y ocultación habían terminado. Quería una nueva vida, un nuevo comienzo.
Por eso decidió hacer algo. Por eso respondió a un anuncio en el periódico en el que se pedía una novia por correspondencia y recuperó las riendas de su vida.
Tomando la bandeja de los bollos aún humean tes, Kaoru corrió al piso de arriba, pensando que dentro de un año estaría casada, y viviendo una nueva vida cargada de futuro. En Kioto no se vería atrapada en los círculos sociales que determi naban su vida en Tokio, y quizás, si Kami quería, podría acunar a su hijo entre sus brazos.
—Deja de soñar —le gritó Tae.
Kaoru se incorporó.
—Perdona, Tae.
Sus sueños estaban a su alcance, pero tendría que andar con cautela. Si su tío Makoto conocía sus intenciones, no le cabía la menor duda de que trataría de impedírselo, aunque sólo fuera para evitar los comentarios de sus amistades y conoci dos y el escándalo que habría si se enteraban de que su sobrina, que ya había mancillado su honor una vez, se había convertido en una novia por correspondencia.
Hasta el momento había logrado mantener las cartas en secreto. Normalmente, su tío leía la correspondencia por la tarde, al volver del traba jo, por lo que ella podía recoger las cartas sin lla mar la atención. Sin embargo, ese día su tío se había tomado el día libre para preparar la fiesta de compromiso de Misao, que se iba a celebrar pasados dos días.
Al llegar al último peldaño, empujó con el pie la puerta que daba al comedor.
Su tía Yumi, el tío Makoto y su prima Misao estaban sentados en la elegante mesa de comedor. Su tío estaba leyendo el periódico, mientras su tía y su prima hablaban sobre los preparativos de la próxima boda de esta última.
Ninguno de los tres se volvió a saludarla cuan do entró en el comedor. , pero Misao le dedico una sincera sonrisa.
Kaoru dejó la bandeja en la mesa auxiliar y miró nerviosa hacia la puerta principal, al otro lado de las puertas dobles acristaladas. El cartero siempre llegaba a las nueve y veinte. Si se daba prisa, lograría interceptarlo.
Sirvió las tazas de café y té y los bollos, pri mero a su tío, después a su tía, y por fin a su prima. Se secó las manos en el kimono, y después se dirigió hacia la puerta, pero al llegar al umbral, oyó el ruido que hizo su tío al dejar el cuchillo sobre el plato de porcelana blanco.
— Kaoru, ayer llegó una carta para ti.
Kaoru sintió que sus nervios se tensaban. Sus mejillas se tornaron blancas como la nieve.
—Ayer yo recogí el correo. No había ninguna carta para mí.
— El cartero la guardó. Le pareció extraño toda la correspondencia que has estado recibien do últimamente.
Su tío dio un mordisco al bollo, y después lo dejó cuidadosamente en el plato.
—Si la carta es mía, quisiera que me la diera —dijo ella, tratando de mantener el tono de su voz calmado.
—¿Quién es Kenshin Himura? —preguntó.
La tía Yumi entornó los ojos, en actitud sospechosa.
— No conozco a ningún Himura en Tokio.
—No es de Tokio —dijo su tío—. Es de Kioto.
Tía Yumi echó una nube de leche en el té.
—Kami-sama, Kioto. Ni siquiera sabía que hubiera gente viviendo allí, tanta destrucción y muerte manchan ese lugar.
Kaoru hizo un esfuerzo para acallar el pánico que empezaba a apoderarse de ella.
—Ha abierto mi carta.
— Sí —dijo el tío—. ¿Y por qué no? Ésta es mi casa y todo lo que ocurre en ella es asunto mío. Ahora responde a mi pregunta. ¿Quién es Kenshin Himura?
Kaoru sabía que aquel día llegaría tarde o tem prano. Había ensayado muchas veces cómo res pondería a las preguntas de sus tíos, pero ahora las palabras quedaron atrapadas en su garganta.
Misao alzó la mirada de algunos bocetos de kimonos de novia que estaba examinando.
—¿Se te ha comido la lengua el gato? —pre guntó, burlona.
Kaoru la miró. Mechones que habían salido de su trensa enmarcaban un rostro redondeado y realzaban la piel clara y los ojos de color verde. El vestido de mañana azul de seda abrazaba la delicada figura de la joven a la perfección, pero la hacían parecer una extraña en comparación con la niña rebelde con la que jugaba de pequeña.
Sus tíos siempre habían considerado a Misao la hija perfecta sin conocer nunca la verdadera naturaleza de su carácter.
—Tranaja para el Estado.
—¿Y qué tiene que ver él contigo? —preguntó Yumi.
—Parece ser que este Himura ha pedido a nuestra Kaoru en matrimonio.
— ¡Matrimonio! —Misao soltó una carcaja da—. Creía que habías renunciado al amor des pués de cómo te tomó el pelo Enishi.
Kaoru aspiró hondo, resuelta a no mostrar su ira.
Irritada, la tía Yumi la miró.
—No me habías dicho nada.
Kaoru extendió la mano.
—Quisiera que me entregara mi carta —dijo.
Su tío continuó untando mantequilla en el bollo.
—No hasta que nos expliques a qué viene todo esto. ¿Cómo has podido siquiera conocer a un hombre como ése?
Por extraño que pareciera, en lugar de sentir miedo Kaoru se sentía aliviada de poder hablar abiertamente del asunto.
— Contesté a su anunció en el que pedian una novia por correspondencia.
La taza que la tía Yumi tenía en la mano golpeó con fuerza contra el plato.
— ¿Cómo has podido mancillar así nuestro nombre? —exclamó su tío, furioso, pálido como el papel—. ¿No te hemos tratado bien estos últi mos diez años? Kami sabe que te apoyamos cuan do teníamos que haberte echado a la calle.
—Esto no tiene nada que ver con ustedes —le aseguró ella, seria, sin dejarse acorralar.
—No seas ridícula —le espetó él—. Todo lo que tú hagas tiene que ver conmigo. Cuando lle gue el momento de casarte, yo me ocuparé de que te cases con el hombre adecuado.
— ¿Casarme? —La ira le hizo un nudo en la garganta—. Si me quedo en Tokio, nunca me casaré, quiero formar mi propia familia. Es hora de que continúe con mi vida.
— Si es un marido lo que quieres —dijo la tía Yumi mirándola con dureza—, estoy segura de que podemos encontrarte uno. De hecho, he oído que el carnicero, está buscando esposa. Él no te haría ascos.
El carnicero, de cuarenta y siete años de edad, tenía cuatro hijos insoportables y una madre que todavía vivía con él. Pensándolo un poco, ahora entendía las atenciones del carnicero con ella últi mamente, y la chuleta extra de cordero en el últi mo pedido.
— Quiero empezar desde cero —dijo ella—. Lejos de aquí.
—Esto es mucho mejor que Kioto — exclamó su tío—. He oído decir que está lleno de asesinos y prófugos de la guerra. Además, no te puedes casar sin mi permiso.
Kaoru sintió la tensión en los músculos del cuello.
—Tengo veintidós años, tío, y soy muy capaz de cuidarme sola. Ya no necesito su permiso.
Su tío Makoto, furioso, clavó los ojos en ella.
—¿Y cómo piensas pagar el viaje? —preguntó.
—En su última carta el señor Himura me decía que me enviaría el dinero.
—Es verdad, el señor Himura ha sido muy generoso al enviarte dinero, dinero que está en mi poder.
Kaoru sintió que la cabeza le daba vueltas.
¡Cómo se había atrevido!
—No puede hacer eso. Ese dinero es mío — exclamó Kaoru, que en un descuido de su tío alar gó la mano y se hizo con la carta que estaba enci ma de la mesa.
—En mi casa puedo hacer lo que quiera —dijo el tío, poniéndose en pie — . No permitiré otro escándalo. Te casarás con el carnicero.
Kaoru sintió un nudo en el estómago.
— No me casaré con el carnicero. Me casaré con el señor Himura.
— Kaoru —dijo su tío, en tono calmado—. ¿No tienes trabajo en la cocina?
Con ello, dio por terminada la conversación.
— No puede obligarme —le aseguró ella, furiosa.
—Ya lo veremos.
Frustrada, Kaoru salió del comedor apretando la carta entre las manos.
En lugar de volver a las cocinas, corrió su habitación. Cerró la puerta de golpe y se sentó en el futón. Tenía la frente cubierta de gotas de sudor.
Cuando se tranquilizó, alisó el sobre arrugado que tenía en las manos y lo abrió.
Al ver la letra que le resultaba tan familiar, cerró los ojos e intentó imaginarse cómo sería Kenshin Himura.
Por razones que no podía explicar, se lo imagi naba como un hombre mayor, con rasgos curtidos y ojos amables donde se adivinaban los años de trabajo duro y soledad. Imaginó que el matrimo nio entre los dos se basaría en la amistad, el tra bajo y el deseo de construir una vida juntos. Más tranquila, Kaoru se dispuso a leer la carta.
"Señorita Kamiya, me complace enormemente que haya aceptado mi propuesta de matrimonio. Debe saber que todos la recibirán encanta dos, y que todo el mundo espera ansioso poder conocerla. Le adjunto 1000 yenes para los gastos de viaje. He hablado con el caballero que se encarga de la diligencia que pasa por Tokio, el señor Sanosuke Sagara, y me asegura que en esta época del año tendrá un viaje seguro y agradable. Cuento los días hasta su llegada.
."
Kaoru dobló cuidadosamente la carta y volvió a meterla en el sobre. Se acercó al pequeño baúl que tenía al pie de la cama donde estaban todas sus pertenencias: una desgastada fotografía de sus padres, el mantel de su abuela, algunos kimonos y el fajo de cartas que le había escrito el señor Himura.
—A finales de mes, señor Himura —dijo ella, aspirando hondo—. A finales de mes.
A medianoche, Kaoru se deslizó sigilosa por la escalera de atrás, con todas sus pertenencias envueltas en el mantel de lino blanco de su abue la. La casa estaba en silencio.
Con cuidado y procurando no hacer ruido, dejó el bulto junto a la puerta y entró de puntillas en el estudio de su tío. Hacía tiempo que sabía, por uno de los criados, donde guardaba su tío el dinero.
Encendió una lámpara de gas y cruzó la habi tación hasta la estantería. Allí buscó un ejemplar lujosamente encuadernado y lo abrió. Con cuidado, 500 yenes que cubrirían holgadamente sus gastos y, después de doblarlos cuidadosamente, los metió en su bolsito.
Después devolvió el libro a su sitio y apagó la luz. Con el bulto blanco en una mano y el bolso en la otra, Kaoru se tragó su miedo y recorrió el pasillo con pasos presurosos, notando cómo el corazón le latía desbocado en el pecho.
Pasara lo que pasara, después de aquella noche, jamás podría regresar a casa de sus tíos.
Su futuro era, definitivamente, Kioto y el señor Himura.
-Besos
