Aquí les dejo el siguiente capítulo con un especial saludo a Gabyhyatt, Anon y Ranka Hime.

Gracias por sus RW, besos y bendiciones.

Dos

Kaoru le dolían todos los músculos del cuerpo.

Llevaba casi doce horas en la diligencia y esta ba segura de que si las ruedas saltaban sobre otra roca más o se hundían en otro bache del camino, si tenían que atravesar otro río crecido, o si su compañero de viaje, el señor Komagata, empezaba a roncar otra vez, ella empezaría a gritar histérica.

De repente, la diligencia se detuvo y ella cayó hacia delante, encima de la enorme barriga del señor.

— Señora —dijo él, con una sonrisa babeante.

El señor Reyku Komagata llevaba con ella en la diligencia las últimas diez horas. Trabajaba para el ferrocarril, una especie de equipo de avanzadilla que se encargaba de buscar nuevos trazados y provisiones para los trazados existentes, y hablaba sin parar sobre su trabajo. Su traje negro de lana estaba cubierto de una fina capa de tierra y polvo que le daba un sucio tono grisáceo, y los puños y el cuello de la camisa blanca hacía tiem po que se habían vuelto marrones. Restos de comida seguían anidados en su bigote, y el hom bre apestaba a sake y sudor. Cuando no estaba roncando ruidosamente, se quedaba miran do a Kaoru con los ojos muy abiertos, como si fuera la primera vez en su vida que veía a una mujer.

Kaoru se incorporó y se retiró a su asiento de la diligencia.

—Discúlpeme. He perdido el equilibrio.

— Cuando quiera —dijo él, colocándose el chaleco sobre su amplia barriga—. No entiendo cómo una mujer de su clase puede viajar sola por estos parajes.

Kaoru se había hecho la misma pregunta media docena de veces en los últimos dos días. Aunque vivir en la casa de Tokio de sus tíos había significado trabajar todo el día sin descanso, al menos entendía la situación y sabía cómo funcio naba. Ahí todo era desconocido, incluido el hom bre con quien pensaba casarse.

—Le aseguro que estoy bien.

El señor Komagata se encogió de hombros.

— Si insiste —dijo.

Y sin más, golpeó en el techo de la diligencia con su bastón.

— ¿Qué ocurre esta vez, cochero?

—Una carreta con una rueda rota en el camino —gritó el cochero desde su asiento en el pescante.

Kaoru retiró la cortina de la ventana y asomó la cabeza para ver mejor qué era lo que les había hecho detenerse tan repentinamente.

Unos veinte metros más adelante, vio a un joven sentado junto a una carreta. Dos niñas estaban en cuclillas a su lado, clavando palos en el barro. La carreta estaba ladeada hacia la dere cha, y la rueda enterrada profundamente en el barro. Los caballos, dos preciosas yeguas casta ñas, habían sido desenganchadas de la carreta y estaban pastando junto al camino.

El corazón de Kaoru se enterneció al ver a las dos niñas. Alzó una mano para saludarlos, pero entonces vio a otro hombre junto a la carreta. No era necesario fijarse en él con excesivo deteni miento para darse perfecta cuenta de que estaba furioso. El ceño fruncido y la expresión dura de su rostro le hicieron bajar la mano y retirarse unos centímetros de la ventanilla.

El desconocido miró hacia la diligencia, con los ojos entrecerrados para evitar los rayos de sol. Con pasos firmes, echó a andar hacia ellos, moviéndose con la elegancia y la fuerza de un animal salvaje. Era alto, y tenía los hombros anchos con los musculos marcados pero sin llegar a ser voluminoso.

Totalmente masculino. Kaoru se sonrojó. Su reacción la sorprendió. La pasión era lo último que quería o necesitaba en aquel momento.

Sin embargo, miró el rostro y estudió la melena roja que el hombre llevaba recogida en una coleta alta con un trozo de cuero. El pelo fuego acen tuaba a las facciones cinceladas. Una barba de varios días cubría el gesto duro de la mandíbula. Un gi oscuro y la katana fuertemente asida a su cintura le recordaban a uno de los miembros que habían combatido en la guerra. Quienquiera que fuera, aquel hombre era peli groso.

Kenshin Himura estaba furioso.

Hizo una señal con la cabeza a Yahiko, su primo, y sus dos hijas.

—Ahora vuelvo. Vigila a las niñas. Tengo que hablar con Sanosuke.

Yahiko se levantó, y repiqueteó nerviosamente los dedos sobre la rodilla.

—Parece que lleva a una mujer en la diligencia.

—No me importa —dijo Kenshin, dirigiéndo se hacia la diligencia.

El día había empezado a ir mal desde el momento que puso un pie en el suelo al levantarse. No sólo se había roto una rueda de la carreta, sino que además su primo había anunciado aquella misma mañana que dejaba Kioto y regresaba a Osaka. Kenshin sabía que él no era feliz en Kioto, pero pensaba que al menos se quedaría hasta el verano.

Sin la ayuda de Yahiko para cuidar de las niñas, no sabía cómo se las arreglaría para ocuparse de todos los asuntos del dojo y de sus asuntos con el departamento del defensa. No quería ni pensar en todo lo que representa la posguerra.

Kenshin miró hacia el cochero, Sanosuke Sagara, y extendió la mano. Conocía a Sanosuke desde que él había llegado al cinco años atrás. El hombre siempre tenía una sonrisa en los labios y una broma que com partir. Pero ahora, la mirada que dirigía a Kenshin era tensa, incluso nerviosa.

—¿Todo bien? —preguntó Kenshin, un poco extrañado ante su actitud.

Sanosuke asintió repetidas veces, como si estu viera recuperándose de la impresión de verlo.

—Perfectamente. Sólo que no esperaba verte por aquí. Parece que tienes problemas. Yahiko estaba justo detrás de Kenshin.

— Se nos ha roto una rueda de la carreta — dijo.

Sanosuke miró rápidamente a Yahiko. —Lástima.

Kenshin se secó el sudor de la frente.

— ¿Tienes un hueco para llevar a Yahiko y a las niñas hasta la ciudad? Arreglaré la carreta y estaré allí dentro de un par de horas cuando mucho.

Sanosuke se movió incómodo en el asiento.

— Sí, sí. Claro que sí-. Kenshin asintió. —Gracias.

Alzó la cabeza y vio a una mujer que lo estaba mirando con detenimiento. Tenía unos enormes ojos azules, que eran una clara declaración de su inocencia. Cuando sus miradas se encontraron, las mejillas femeninas se sonrojaron y ella se reti ró al interior de la diligencia.

Él maldijo para sus adentros.

Kioto era una ciudad desierta y aislado donde pocas mujeres se aventuraban en espera de sus maridos que habían ido a luchar en la guerra. Si aquella Doña Finolis, con sus ojos tan ingenuos y abier tos, la piel blanca y delicada y el kimono caro y elegante tenía dos dedos de frente, huiría de aquellos indómitos parajes que no dudaban en destruir a casi todas las mujeres que intentaban llamarlo su hogar.

Kenshin miró a sus hijas, preguntándose qué iba a hacer con ellos ahora que Yahiko se iba. Con apenas tres y cuatro años de edad, eran demasia do pequeñas para quedarse solos en el dojo y patrullar con el la ciudad era algo simplemente impensable.

Quizá pudiera contar con la ayuda de señora Kaede. Ella se había ocupado de las niñas las dos primeras semanas que el salio buscando establecer la paz en uno de los distritos aledaños a Kioto.

Cuando Kenshin llegó junto a la diligencia, Ayame, de tres años, estiró la mano y se echó a llorar. Instintivamente, Kenshin tomó a la niña en brazos quien apoyó la cabeza en el hombro de su padre.

Ayame detestaba subirse a una carreta. Se mareaba. Kenshin miró la cara llena de suciedad de su hija mayor, Subame, de cuatro años.

—Papá, ¿vamos a montarnos en la diligencia? —preguntó, con un poco más de entusiasmo.

Kenshin dejó escapar un suspiro.

—Ya lo creo que sí.

Yahiko se acercó por detrás.

—No nos importa esperar aquí mientras arre glas la carreta.

Kenshin miró a Yahiko.

—Prefiero que vayan al pueblo para que la señora Kaede les pueda dar una comida caliente.

—Pero...

—Sin peros.

El repentino deseo de Yahiko de quedarse con él lo intrigó. Hasta hacía unos momentos, el joven estaba más que empeñado en largarse de allí, y Kenshin había pasado buena parte de la maña na discutiendo con él e intentando convencerlo para que se quedara, y ahora volvió a intentarlo de nuevo.

—Yahiko, ¿no hay ninguna forma de que pue das posponer este viaje?

Yahiko miró hacia la diligencia.

—Ya es hora de que continúe con mi vida.

Kenshin se mordió los labios para contener la maldición que surgió en su mente. La partida de Yahiko lo dejaba con un serio problema.

— Sube a la diligencia con las niñas. Cuando haya arreglado la rueda, iré a recogeros al pueblo y volveremos al rancho.

Yahiko recogió su bolsa.

Seguro.

Kenshin levantó a Subame en brazos. Las niñas se colgaron de su cuello y él los llevó los veinte metros que los separaban de la diligencia.

Allí movió la cabeza, mirando a Sanosuke.

—Una vez más, no sabes cómo te lo agradezco.

—No te preocupes —le aseguró Sanosuke, rien do nervioso mientras sujetaba las riendas — . Dentro hay sitio de sobra para los niñas. Yahiko, tú tendrás que sentarte aquí arriba conmigo.

Yahiko miró hacia el interior de la diligencia, como si estuviera preocupado.

—Bien.

Kenshin dejó a Subame en el suelo para abrir la puerta del carruaje. La niña se colgó de su pierna, y Kenshin suspiró para sus adentros. Las niñas estaban inquietas y nerviosas desde la muerte de su madre anterior. Él espera ba que el tiempo mitigara su dolor y pudieran reha cer sus vidas, pero últimamente las niñas parecían más afectadas que nunca. La noche anterior, las das se pusieron tan nerviosos que las tuvo que meter en el futón con él. Aquello había sido un error; Subame había terminado durmiendo cruzada en la cama, dándole patadas en las costillas, mien tras Ayame se había pasado la noche roncando tan alto que apenas había dejado pegar ojo a Kenshin.

Con una niña en cada brazo, Kenshin llegó a la puerta de la diligencia. Kaoru, con su nariz respingona y sus ropas elegantes, lo miraba desde su asiento. Él se podía imaginar lo que estaba pensando. Era muy consciente de que tanto su aspecto como el de las niñas no sugería nada bueno.

Pero a medida que se acercaron, la mujer no se acobardó, sino que lo estudió con ojos agudos e inteligentes que no parecían perder ni un detalle.

La mirada de la mujer pasó después a las niñas, y sus ojos de se enternecieron al mirar a Ayame y Subame. Kenshin se dio cuen ta de que sentía lástima de ellas. El aspecto de ambas era tan salvaje como si hubieran sido cria das por una manada de lobos.

El orgullo le hizo cuadrar los hombros.

Sintió remordimientos. Últimamente, lo hacía todo a medias. Ni siquiera con la ayuda de Yahiko tenía tiempo suficiente para hacerlo todo como Kami manda. Antes de que Tomoe cayera enferma, el trabajo era importante, pero últimamente Kenshin tenía la sensación de estar luchando una batalla perdida.

Si no hubiera amado tanto esa tierra, se habría ido tras la muerte de Tomoe. Pero hacía tan sólo algunos meses que la guerra había terminado y detestaba la idea de tener que irse sin haber cumplido su meta de una era de paz. Si lograba crear algo de ella, podría dejar un legado a sus hijas del que se sintieran orgullosas .

Kenshin estiró la mano para abrir la puerta de la diligencia, pero Yahiko lo apartó y sujetó la manilla primero.

— Yo colocaré a las niñas dentro. Tú vuelve a la carreta.

Ayame protestó y se colgó de Kenshin con más fuerza.

—Quiero a papá.

Kenshin no soltó a su hija.

—Yo me ocuparé de ellas.

Kenshin abrió la puerta y comprobó con sorpre sa que Kaoru no estaba sola. Un hombre cor pulento con un polvoriento traje negro lo miraba desde el interior. La expresión ingenua de los azules ojos le había dado la impresión de que era una mujer soltera. Claro que ninguna mujer con dos dedos de frente se atrevería a viajar a Kioto sola, sin la compañía de su esposo.

Más irritado que antes, miró al hombre.

—Mis hijos irán con ustedes hasta Kioto.

El hombre se estiró el chaleco hacia abajo y protestó.

—Yo he pagado mi asiento. Y no tengo ningu na intención de compartirlo con dos crias cubiertos de mugre.

La primera reacción de Kenshin fue sujetar al gordo aquel por las solapas y arrojarlo al borde del camino, pero antes de que pudiera reaccionar, Kaoru se corrió en el asiento para dejar espacio libre.

—Pueden sentarse conmigo —dijo—. En mi asiento hay sitio de sobra.

Kenshin alzó los ojos a la mujer y por primera vez vio más allá de la primera impresión, tenía el pelo azabache con ligeros toques azulados, su cara era la de una preciosa obra de arte mostrando una rebeldía y carácter fuerte e indómito muy diferente a las facciones suaves y redondas de Tomoe. Pero lo mas bello eran los vivos ojos azules que le daban una energía a su rostro que la hacían de todo excepto anodina.

La mirada de Kenshin rozó los labios carno sos, y por un momento se preguntó cómo sabrí an. Su reacción no era sólo inesperada sino indeseada, y él lo achacó a las muchas noches de soledad que había pasado desde la muerte de su esposa.

—Muy agradecido, señora —dijo Kenshin.

—Kaoru Kamiya—le informó ella.

De repente, Sanosuke empezó a toser.

— Mejor nos vamos, tengo que mantener el horario —dijo.

Kenshin tomó a Subame en brazos y la sentó en la diligencia. Ella se volvió hacia él, medio asustada.

— Te prometo que no muerdo —dijo en ese momento Kaoru con voz suave.

La niña se colgó de su padre.

— Suelta, hija —dijo Kenshin.

— Tengo un espejo en mi bolso —ofreció Kaoru—. ¿Te gustaría verlo?

Ayame volvió la cabeza y la miró. Le encan taban los cachivaches y no pensaba desperdiciar la ocasión de ver uno.

La mujer abrió el bolso y sacó un pequeño espejo ovalado en una cajita de madreperla. El espejo reflejaba la luz de la tarde, creando un arco iris en el techo de la diligencia.

Ayame sonrió, observando fascinado el baile de colores que se dibujaba en la tela oscura del techo. Relajándose, se soltó de Kenshin y se sentó en el asiento junto a la mujer. Subame, ani mada por la valentía de su hermana, se echó hacia delante y estiró las manos. Kenshin la alzó al interior.

La mujer dio el espejo a Ayame, y la sentó a su lado.

— Usted se ocupará de mis hijas —dijo Kenshin, la voz dura como el acero.

Kaoru lo miró a los ojos. No había ni rastro de miedo o temor en los ojos mar de la mujer.

—Cuidaré bien de ellas hasta que llegue usted a Kioto—le aseguró ella.

El suave perfume femenino, casi imperceptible, llegó hasta él. Jazmines. Hacía mucho tiempo que no aspiraba el aroma de una mujer. En los últimos años desde la muerte de su esposa, había estado demasiado ocupado para echar de menos la sensación de tener una mujer bajo su cuerpo.

Ahora, era demasiado consciente de lo largos que habían sido.

Kenshin se aclaró la garganta.

— Su tio irá delante. Cuando lleguen al pueblo, Yahiko se ocupará de que vayan a la tienda con la señora Kaede.

—Desde luego —dijo Kaoru

Por primera vez en mucho tiempo, Kenshin sintió que la suerte le sonreía. Ayame, la menor, se había acurrucado junto a la señora Kamiya, fas cinado por los botones de nácar que adornaban bordado del kimono.

Kenshin se volvió, preparado para volver con la rueda de la carreta, pero cuando sólo habían dado un paso, oyó las arcadas. Giro en redondo y vio a Ayame vomitar encima del vestido de Kaoru.

Kaoru se miró el regazo, ahora totalmente empapado, y el señor Komagata gritó una serie de maldiciones. Por un momento, Kaoru pensó que iba a vomitar.

El señor se llevó un pañuelo a la cara y se puso en pie de un salto. Pisando la falda man chada, apartó al desconocido de un empujón y saltó de la diligencia.

— Dios santo, seguro que tiene el cólera o las paperas. Prefiero ir en el pescante.

Kaoru no tuvo que mirar al padre de los niñas para saber que todavía estaba allí. Su presencia llenaba todo el carruaje. Los dedos del hombre apretaron la madera de la puerta, y ella medio esperó que la madera crujiera y se partiera.

Miró los ojos tristes y llorosos de la niña a su lado. Una mezcla de horror y miedo se apoderó de la pequeña, mientras sus ojos iban de ella a su padre y de vuelta a ella otra vez.

A pesar de las palabras del señor komagata Kaoru dudaba que la pequeña estuviera enferma. Había oído decir que muchas veces los niñas se mareaban cuando se montaban en una diligencia.

—Vamos a limpiar esto —dijo, sin enfado en la voz.

Poniendo su mejor sonrisa, acarició suave mente la barbilla de la niña y después miró al hombre. Para su sorpresa, el hombre tampoco parecía enfadado. Detrás de su frustración, lo que se adivinaba era más bien tristeza.

Alzándose la falda para no caerse, Kaoru empezó a bajar. Instantáneamente, el hombre la tomó por el codo.

Ella miró los dedos largos, encallecidos por el la lucha. Los ojos de color violeta masculinos la miraban intensamente, y de repente la idea de ir con él a cualquier sitio le resultó casi inquietante y considerablemente estúpida.

—Tranquilo, no es nada —aseguró a Ayame—. Un trapo húmedo y quedará como nuevo.

El desconocido miró a la niña.

—Ayame, ¿estás bien, nena?

Ayame se encogió de hombros.

—Ahora estoy bien.

Kenshin sacudió la cabeza.

—Bien.

—¿Puedes quedarte aquí con tu hermana un momento mientras limpio a esta señora?

— Sí, papá.

— Yo la ayudaré con eso —dijo Yahiko, el tío de los niñas, a su espalda—. Tú tienes que arreglar la rueda de esa carreta.

—Vuelve a tu sitio, Yahiko. Puedo hacerlo solo.

Yahiko calló. Intercambió una mirada de com plicidad con Sanosuke y después se sentó a su lado.

Kenshin tomó a la mujer de la mano. Ella sintió el calor y la fuerza de los dedos masculinos e inmediatamente el rubor que le cubrió las meji llas. Sin decir una palabra, él la sujetó por la cin tura con ambas manos y, levantándola del carrua je, la depositó en el suelo.

—Esto no es necesario —balbuceó ella, sor prendida ante su propia reacción.

Aún en silencio, el hombre sacó un pañuelo y alzó el dobladillo de la falda, Kaoru hizo un esfuerzo para hablar, e intentó quitarle la falda de la mano.

—Estoy prometida y voy a casarme. Esto no puede estar bien —balbuceó—. No es decente.

Era la primera vez que hablaba en voz alta de su compromiso matrimonial y le sonó muy extraño, tan ajeno como si estuviera hablando de otra persona.

—No tengo tiempo para sutilezas— dijo él, apar tándole la mano y terminando de limpiarle la falda.

El tono mordaz de la voz del hombre la irritó.

—Tampoco es necesario que sea tan grosero — dijo ella, en el tono que reservaba para los tenderos difíciles y limpiadores antipáticos.

Él la miró como si le acabara de salir un tercer ojo en medio de la frente.

— Si quiere modales, tendrá que volver por donde ha venido. Yo no tengo tiempo para eso.

—Tendré que informar de esto a mi prometido —dijo ella, en tono amenazante.

Kenshin miró a Komagata, que seguía tapándose la nariz con el pañuelo.

— Su hombre no parece muy dispuesto a ayu darla.

Kaoru siguió la furiosa mirada de Kenshin hasta el señor Komagata y casi se atragantó.

— ¡El señor Komagata no es mi prometido!

Un destello de sorpresa brilló en los ojos del hombre.

— Señora —dijo el señor Komagata en tono impaciente—. Suba de una vez. Quiero llegar antes de que se haga de noche.

— Sí, estamos perdiendo un tiempo muy valio so, señora —dijo el Sanosuke desde el pescante.

Irritada, Kaoru arrancó la falda de la mano del desconocido vestido de azul y se sujetó con la otra mano en la puerta para subir al carruaje. Pero el tacón de la sandalia se le quedó enganchado en el dobladillo del kimono, y ella se maldijo por haber decidido ponerse su mejor kimono, a pesar de que su intención era causar una buena impresión a su prometido. Sin lugar a dudas, el largo del kimono y las elaboradas sandialias eran perfectos para ir al templo, pero de lo más incómodos para viajar horas en una diligencia rumbo a Kioto Ahora deseó haberse dejado puesto el kimono malva con los que solía deambular en los hermosos días de primavera por los jardines de Tokio.

Un par de manos fuertes la sujetaron de nuevo por la cintura. Ella aspiró la fragancia masculina del desconocido. Nada de lociones para después del afeitado ni jabones perfumados como el señor Komagata. El olor del desconocido era pura virilidad, que la llevaron a un bosque que abraza con el viento fresco, pensó ella.

Aquel desconocido había despertado en ella más emociones y reacciones en los últimos cinco minutos que el carnicero de sus tíos en todo un año. No sabía si era ella o el hecho de que estu viera hipersensible ante la incertidumbre de su futuro, pero esperó que su prometido no la hiciera sentirse también así. Quería seguridad y comodi dad, no pasión ni deseo incontrolable, no quería amor, de ese que amenaza con notas de autodestrucción al darle a otro el poder acabarte, NO definitivamente no quería eso, solo un lugar al cual llamar hogar.

El hombre la dejó en el carruaje y esperó hasta que ella se sentó de nuevo junto a las niñas. Kaoru aún podía sentir la huella de los dedos masculinos en la piel.

— Gracias por su ayuda.

— Señorita.

Kenshin guiñó un ojo a las niñas y les sonrió tranquilizador. Sin embargo, la sonrisa se desva neció cuando deslizó la mirada hacia ella, y se inclino en una pequeña reverencia.

—La veré en Kioto, señorita Kamiya. Cuide bien de mis hijas.

Las palabras pronunciadas en un tono aparen temente suave estaban cargadas de advertencia. Aquel hombre protegía a los suyos.

Un estremecimiento le recorrió la columna vertebral y Kaoru se preguntó cómo sería sentirse protegida por aquel hombre. Tragó saliva, sin poder dar crédito a la dirección que estaban tomando sus pensamientos.

Pavos reales grasientos y sudorosos como el señor Komagata, u hombres duros y peligrosos como el desconocido.

¿Cómo sería su nuevo marido?

Besos