HOLA DE NUEVO, se que dirán que soy una indecisa, ya que había dicho que dejaría de publicar esta historia , pero pensándolo bien lo peor que puede pasar es que me envíen un ultimátum y hasta que eso no pase seguiré publicando estos capítulos. Espero que lo disfruten mucho:
TRES
El nerviosismo y el temblor en las piernas de Kaoru desaparecieron en cuanto vio a las niñas acurrucadas juntos en el asiento. Las dos estaban pálidas, con los labios apretados.
Se sentó a su lado, y colocó la mano en la frente de la pequeña.
—¿Cómo te llamas?
La nena sorbió las lágrimas y se metió el pulgar en la boca.
Kaoru nunca había estado con niñas. No tenía hermanos menores, y su prima Misao, aunque era tres años más joven, ya había cumplido los doce años cuando ella se mudó a vivir a su casa.
Por supuesto que había visto niñas de todo tipo y tamaño en el parque, bajo la atenta mirada de sus madres o cuidadoras, pero nunca tuvo que cuidar de ningun directamente.
—¿Qué tal tienes ahora el estómago? —preguntó, mirándose la falda húmeda—. Mejor, espera.
Las niñas la miraban en silencio. Ella esperó un momento más, con la esperanza de que dijeran algo.
Nada.
Miró el espejo que Ayame sujetaba con fuerza en sus manos sucias.
—¿Quieres hacer otro arco iris?
Tampoco esta vez obtuvo respuesta.
Miró al mayor de las hermanas, y le sonrió. La pequeña tenía la cara cubierta de suciedad y tierra y parecía estar al borde de las lágrimas. Ella recordó a una de las madres que había observado a veces en un parque de Tokio. Cuando su hijo estaba nervioso, o triste, o inquieto, la mujer solía tomarlo en brazos y abrazarlo un rato. La expresión del niño cambiaba inmediatamente.
Ahora ella sujetó a la niña con los brazos y la levantó, con la intención de sentarlo en su regazo y tranquilizarla, pero antes de que pudiera sentarla sobre sus rodillas, la pequeña empezó a patalear y gritar. Ella intentó sujetarla, pero ella arqueó la espalda y blandió los brazos una y otra vez, hasta que le dio un puñetazo en el ojo.
Kaoru dejó a la niña en el suelo inmediatamente, y ésta corrió junto a su hermana y se echó a llorar. Ella se frotó el ojo herido.
Oh, cielos, ¿qué iba a hacer? Siempre había pensado que los niños se le darían bien. Que para que la quisieran sólo haría falta ser amable y cariñosa con ellos.
Pero aquellas dos niñas parecían odiarla.
Nada de lo que Kaoru dijo o hizo las tranquilizó hasta que la mayor descubrió que podía ponerse de pie en un asiento y saltar al otro sin caerse al suelo. Los ojos de la pequeña se avivaron inmediatamente, y empezó a imitar a su hermana mayor. Kaoru estaba tan agradecida de que hubieran dejado de llorar que las dejó saltar a sus anchas. Nunca hubiera sospechado que un pasatiempo tan aburrido pudiera mantener a las niñas entretenidas durante toda una ahora.
Por fin, exhaustas, se sentaron en el otro asiento y se tumbaron. La más pequeña sonrió y apoyó la cabeza en el hombro de su hermana. La mayor dio unas suaves palmaditas en la pierna de su hermanita, y ambas quedaron dormidas. Kaoru echó las cortinas de la ventanilla, para que la luz no las molestara.
Sólo unos haces de luz que se colaban por las esquinas de la desgastada tela proporcionaban suficiente luz para ver y vigilar a las niñas. Kaoru no pudo evitar sentir una punzada de tristeza. La mayor de las dos, que no podía tener más de cuatro años, ya había aprendido que tenía que cuidar de su hermana pequeña. Demasiado joven, pensó ella, para ser tan independiente y tener tanta responsabilidad.
Kaoru perdió a sus padres a los doce años. Los su madre murió en una epidemia y años después su padre se unió al ejercito de donde nunca mas volvió. La pérdida de sus seres más queridos a los que estaba profundamente unida le destrozó el corazón y durante un tiempo pensó que nunca sería capaz de vivir sin ellos. Pero con el paso de los años, aprendió a recordarlos con cariño.
Su madre, Sakura, había crecido en una familia adinerada, asistiendo a bailes y vistiendo hermosos y carísimos kimonos de seda. Todos esperaban que algún día contrajera matrimonio con algún miembro de otra familia de su nivel social, pero sin embargo ella hizo algo imperdonable. Enamorarse de un joven soldado, Kiojiro, que no tenía dos centavos a su nombre, y casarse con él en secreto. Cuando la familia descubrió lo que había hecho, la desheredaron y cortaron todo tipo de relación con ella.
Por eso Kaoru no había crecido entre sofisticados kimonos de seda y encaje y fiestas. En lugar de eso, había vivido en un sencillo dojo de Tokio.
Desafortunadamente, su madre no pudo tener más hijos. ,aunque nunca habían tenido mucho dinero, en su hogar siempre hubo suficiente comida en la mesa y risas y música de sobra en sus corazones. Su padre tocaba el shakuhachi y su madre el shamisen . Muchas noches sus padres tocaban mientras ella cantaba.
Sonriendo al recordar la época más feliz de su vida, Kaoru estudió a las niñas con detenimiento. No estaban mal alimentados. A pesar de la suciedad y la mugre, parecían niñas sanas. Dudaba que hubiera mucha música en su casa, y no podía imaginar que el padre sonriera con excesiva frecuencia, pero las dos parecían felices.
Kaoru dejó caer la cabeza contra la pared de madera del carruaje y, cerrando los ojos, dejó escapar un suave suspiro. Quizá pudiera dormir unos minutos. Sólo unos minutos.
La diligencia se detuvo bruscamente.
Kaoru abrió los ojos, y las niñas se despertaron. Ayame, aturdida, sin saber dónde estaba, rodó del asiento y cayó al suelo con un golpe. Empezó a llorar.
Inmediatamente, Kaaru la levantó. Cansada y desorientada, esta vez la niña no trató de zafarse de ella, sino que apoyó la cabeza en su hombro y se metió el dedo en la boca.
Subame se incorporó. Miró a su alrededor, con expresión pensativa. Kaoru le tendió la mano y la pequeña se sentó a su lado.
—Ustedes descansen el cochero enseguida nos dirá dónde estamos.
Fuera sonaban voces de hombres, y ella escuchó al señor Sagara poner el freno de mano a la diligencia para evitar que se moviera por propia voluntad. El carruaje se ladeó hacia la derecha, y unos pies cayeron al suelo junto a la puerta, que se abrió de par en par.
—Bienvenidos a Kioto —dijo Sanosuke, el cochero, con el rostro bronceado por el sol y los ojos almendra brillantes.
Kaoru sintió un aleteo de nerviosismo en el estómago.
— Gracias.
—Parece que las niñas y usted han hecho un buen viaje —comentó Sanosuke.
Detrás de él estaba el hombre a quien las niñas llamaban tío.
— Se les ve encantadas de estar con usted. Subame y Ayame sonrieron cuando vieron a su tío, pero ninguno de las dos pareció tener prisa por alejarse de Kaoru.
Una mirada de complicidad pasó entre Yahiko y Sanosuke. Ambos sonreían a la mujer de oreja a oreja.
—Ha sido un buen viaje —dijo Kaoru, sentándose un poco más recta. Se arregló el obi, que se le había deslizado un poco—. Necesito encontrar a la señora Kaede Nobu. Ella tiene que alojarme hasta que llegue mi prometido.
Sanosuke sacó un cajón de madera de un lado del carruaje y lo colocó debajo de la puerta.
—Baje, señorita Kamiya, y estire las piernas. Sé que después de este largo viaje le sentará bien.
Yahiko se asomó al interior del carruaje y tomó a las niñas, mientras Kaoru desentumecía las articulaciones y se ponía de pie, para dirigirse a la puerta y descender. Sanosuke le tomó la mano mientras ella se recogía el kimono para bajar.
Kaoru tenía ganas de desperezarse, de estirar los brazos por encima de la cabeza y relajar un poco el cuerpo, pero se dio cuenta de que tendría que esperar hasta llegar a casa de la señora Kaede.
El señor Komagata se calzó el sombrero sobre la cabeza medio calva y preguntó:
—¿Dónde puedo encontrar un lugar para echar un trago?
Sanosuke señaló con la cabeza una pequeña caseta de madera.
—Eso es el salón —le informo—. Kazuo tiene buen sake.
—Excelente —dijo el hombre, rascándose la barbilla, antes de echar a andar hacia el salón.
Kaoru recorrió con la mirada la colección de edificaciones que tenía alrededor. El número de construcciones era grande, pero la mayoría mostraban el daño de la guerra que había pasado.
La primera campanada de alarma sonó antes de que pudiera hacer nada para controlarla. Miró a un lado y a otro, medio esperando ver el resto de la ciudad de Kioto, el lugar donde estuvieran los edificios de verdad, pero no había más.
—¿Esto es Kioto?
—Ya lo creo que sí —dijo Sanosuke, con orgullo—. La guerra no deja nada bueno señorita Kamiya, pero estamos renaciendo.
Las cartas del señor Himura habían descri o una ciudad próspera. Una tienda cada vez más grande y mejor aprovisionada, una línea de diligencia muy solicitada tanto para pasajeros como para mercancías, y una comunidad populosa y llena de vitalidad.
—¿Renaciendo, ha dicho?
—Habitantes: algunos cientos —Sanosuke se echó a reír—. Algunos cientos mas uno, ahora que ha llegado usted.
A pesar del fresco aire de la temporada, Kaoru sintió la gota de sudor que descendía lentamente por su espalda. Se había ido de Tokio para meterse en el fin del mundo. Sin embargo, levantó la barbilla con orgullo y logró esbozar una sonrisa.
—¿Cuándo llegará el señor Himura? —preguntó.
Una vez más, Sanosuke y Yahiko intercambiaron una mirada de complicidad.
Yahiko se inclinó hacia delante y susurró algo a las niñas al oído. Las dos pequeñas salieron corriendo hacia la tienda.
—Estará aquí antes de que termine el día.
—¿Conoce a mi prometido? —preguntó ella.
Yahiko se movió, incómodo.
—En este lugar, si no es que en todo Japón, todos lo conocemos.
En ese momento, una mujer corpulenta salió corriendo de la tienda y se dirigió hacia ellos. Iba vestida de amarillo, con un delantal blanco, y el pelo canoso recogido en un moño. La mujer cruzó apresuradamente la calle hasta llegar junto a la diligencia.
— Empezaba a estar preocupada por usted, Sanosuke. Llega con cuatro horas de retraso.
El hombre se encogió de hombros.
—Creo que hoy no ha quedado nada que no haya salido mal —dijo.
—¿Y los niñas, están bien? —preguntó Yahiko.
La mujer sonrió.
—Perfectamente. Les he dado un caramelo a cada una, y están encantadas —. La mujer miró a Kaoru—. ¿Señorita Kamiya?
— Sí —dijo Kaoru.
— ¡Bienvenida! Hemos estado esperándola —se apresuró hacia ella y la tomó del brazo—. Tiene que estar agotada. Tengo ampan para usted y las niñas. Sanosuke, Yahiko, ¿quieren tomar algo con nosotras?
Sanosuke alzó la mano.
—Quizá más tarde. Ahora tengo que cambiar los caballos y descargar y volver a cargar la diligencia. Si tengo suerte, podré irme al amanecer.
Los ojos de Yahiko se iluminaron.
—Asegúrate de cargar mi equipaje.
Sorprendida, Kaoru miró al joven.
—¿Se va?
—Ya es hora de que vuelva al este. Sólo vine a visitar a mi primo.
Haciendo un esfuerzo, se obligó a concentrar se de nuevo en la realidad y olvidarse de tontas ensoñaciones de adolescente.
—¿Saben si mi prometido esta enterado de mi llegada?
—¿No se lo han dicho?
Sanosuke hundió las manos en los bolsillos.
— Pensé que era mejor que la noticia se la diera otra mujer.
—¿Ocurre algo? —preguntó Kaoru.
La señora Kaede fue la primera de los tres en recuperarse.
— Pensaba que estos caballeros se habrían ocupado de las presentaciones durante el trayecto.
—¿Qué presentaciones? No ha habido ninguna presentación — dijo Kaoru.
—¿En el camino, el hombre que ha conocido junto a las niñas? —preguntó la señora Kaede.
-Sí.
La señora Kaede miró a los dos hombres, furiosa. Hombres. Nunca se les podía confiar nada. En el fondo eran unos inútiles que se dejaban amedrentar por cualquier tontería. Sin andarse por las ramas ni querer esconder la verdad por más tiempo dijo:
—Él es Kenshin Himura. Su prometido.
Kaoru sintió que le daba vueltas la cabeza.
—¿Él es mi prometido? No lo entiendo. No me ha dicho ni una palabra, y estoy bastante segura de que he mencionado que he venido a conocer a mi futuro marido.
La sonrisa de la señora Kaede fue rápida y demasiado espléndida.
—Oh, yo no me preocuparía por eso, querida. El pobre tiene muchas cosas en la cabeza. Todo se arreglará en cuanto llegue.
Eran poco más de las nueve de la mañana del día siguiente, cuando Kenshin entro a la tienda de la señora Kaede. Todavía flotaba en el aire el frío helado de la noche anterior.
Hubiera preferido llegar a Kioto pero como habitualmente tuvo que ocuparse de atar algunos cabos sueltos. Sabía que la señora Kaede y Yahiko cuidarían de las niñas, así que no estaba preocupado en absoluto.
En ese momento sería capaz de cambiar su alma por un baño de agua caliente y ocho horas de sueño, pero antes de nada tenía que hablar con Yahiko. Tenía que encontrar la manera de convencer a su primo de que se quedara unos meses más, al menos durante el invierno, mientras él reunía miembros competentes para patrullar la ciudad.
El viento soplaba como siempre, pero ni el señor Nobu ni el dueño del salón estaban sentados en la puerta del mismo, como casi todas las mañanas. Además, tampoco había ni rastro de Sanosuke.
Kenshin sintió que se le formaba un nudo en las entrañas. Se dio cuenta de que pasaba algo raro. Las niñas.
A grandes zancadas, se dirigió a la tienda de la señora Kaede. Una bocanada de aire cálido y el olor a te lo saludo al entrar en la tienda. Desde la trastienda, que también servía de vivienda de los Nobu y estaba separaba de la tienda por una manta del ejército colocada a modo de cortina, llegaban las risas alegres de sus dos hijas. Más tranquilo, sonrió. Las niñas estaban bien, y por primera vez en bastante tiempo, parecían felices.
De repente, el recuerdo de su difunta esposa se abrió paso entre la fatiga y la preocupación. La risa de Tomoe había sido muy reservada, solo la mostraba en ocasiones extraordinarias y a pesar de ser una sonrisa aparentemente fría podía reconfortarlo.
Kenshin apartó de su mente unos pensamientos que lo único que conseguían era hacer sus días más largos e interminables.
Pasó entre el pasillo formado por hileras de barriles llenos de harina, azúcar, y legumbres. Delante de él, en un mostrador de contrachapado, había una hilera de latas de melocotón, una jarra de alcohol, tazas de hojalata y una balanza para pesar azúcar y especias. Desde algunas vigas bajas, colgaban cubos, cestas y tres linternas.
—¿Señora Kaede?— gritó Kenshin.
La dueña de la tienda salió por la cortina que había detrás del mostrador. Llevaba un vestido de algodón azul, un delantal blanco, y el pelo recogido en un moño encima de la cabeza.
—Por fin ha llegado, Kenshin. Yahiko estaba un poco preocupado al ver que no llegó anoche. Yo le dije que no se preocupara. Las cosas siempre necesitan el doble de tiempo del que imaginamos.
—¿Dónde está todo el mundo?
—El señor Nobu ha tenido que ir con su hermano y no regresará hasta dentro de tres días. Y el señor Komagata le ha acompañado para poder echar un vistazo por los alrededores
—¿Quién es Komagata?
—Aquel pardillo de la diligencia. Resulta que trabaja para el ferrocarril, la obra va ha un ritmo acelerado.
Kenshin flexionó los dedos, tensos.
—Mayor inseguridad puedo adivinar.
Si quería una era de paz significaba luchar por mantener la tranquilidad que tanto le había constado,más trabajo. Y sin suficiente tiempo.
—Gracias —se pasó los dedos por el pelo—. ¿Dónde está Yahiko?
La señora Kaede titubeó una décima de segundo.
—Yahiko se ha ido al amanecer con Sanosuke, en la diligencia. Iba camino a Osaka.
La amargura y la decepción se apoderaron por un momento de Kenshin.
—Quería hablar con él antes de que se fuera.
La ira que había en su voz hizo que la sonrisa de la señora Kaede se desvaneciera ligeramente.
—Me dijo que ya habían hablado bastante.
Habían hablado sí, pero sin llegar a una conclusión satisfactoria.
—Maldita sea.
—Lo siento—dijo ella, en voz baja.
Kenshin dejó escapar un suspiro, e intentó reprimir la rabia que le embargaba. Yahiko se había ido y no merecía la pena perder el tiempo en algo que ya no tenía arreglo. Era el momento de pasar página y buscar otra solución.
— Tengo una lista de provisiones —dijo, lo más calmado posible.
—Por supuesto. Sanosuke ha traído mercancías nuevas. Caramelos y un par de rollos de lana.
—Este viaje sólo lo básico.
Una vez más, la risa de las niñas llegó desde el otro lado de la cortina. A Kenshin le sorprendió que sus hijas no hubieran salido corriendo a recibirlo cuando le oyeron hablar. Pero entonces oyó la suave voz de una mujer. Durante todo el último año las niñas se sentían especialmente atraídas por las mujeres, clara señal de que echaban de menos a su madre.
Durante un momento, imaginó a Tomoe abrazando a las niñas, y cantándoles, pero desafortunadamente ella murió antes.
Pero cuando se abrió la cortina, no era Tomoe quién lo miraba sino la señorita Kamiya.
Sintió una punzada de decepción.
Se había olvidado por completo de aquella mujer.
Asintió con la cabeza.
— Señora.
La joven se había quitado el elegante kimono de viaje por un sencillo kimono de algodón. Tenía las mejillas sonrosadas, lo que indicaba que el día anterior le había dado un poco el sol. Se había soltado el pelo y lo llevaba recogido en una coleta con una sencilla cinta. Tenía una melena larga y negra como las noches sin luna que le llegaban casi hasta la cintura. Kenshin imaginó que el tacto sería como la seda.
El olor a jazmín invadió de nuevo sus sentidos. Esta vez sintió la tensión en las entrañas y notó que su cuerpo se endurecía. Le estaba haciendo saber sin lugar a dudas que hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer.
— Quiero presentarle a la señorita Kaoru Kamiya de Tokio —dijo la señora Kaede.
La señorita Kamiya asintió, sonrojada. —Es un placer conocerlo formalmente, señor Himura.
— Señora.
La señorita Kamiya sonrió.
—Ayer en la diligencia la situación no era la más apropiada y no hubo tiempo para introducciones formales —comentó la joven.
—No, supongo que no.
Por mucho que a Kenshin le gustará el dulce aroma femenino, era consciente de que estaba perdiendo horas de luz solar y el atardecer podrá ser una hora muy peligrosa. Tenía mucho que hacer antes del anochecer.
— Es un placer conocerla. Gracias por su ayuda con las niñas.
—Son buenas niñas.
—Sí, lo son.
Kenshin tuvo la sensación de que la mujer quería decir algo más. En otro momento, él habría entablado conversación con ella —le gustaba el sonido de su voz—, pero ahora tenía asuntos más importantes en mente.
— Señora Kaede, ¿puedo hablar con usted fuera?
La señora Kaede miró a Kaoru. —Puede hacerlo aquí, Kenshin.
A Kenshin no le gustaba hablar de sus asuntos delante de desconocidos.
—Necesito hablar con usted sobre las niñas.
La señora Kaede no parecía en absoluto interesada en salir.—Adelante.
— Ahora que Yahiko se ha ido, estoy en un aprieto, esperaba que las niñas pudieran quedarse con usted aquí cuando surgiera alguna misión que requiriera mi ausencia.
En ese momento la señorita Kamiya dejó escapar una exclamación de asombro. Probablemente, lo consideraba un padre sin corazón por dejar a sus hijos, y no podía reprochárselo.
La sonrisa de la señora Kaede se desvaneció.
—Antes de hablar sobre eso, hay otro asunto urgente sobre el que usted y yo tenemos que hablar.
—¿Otra vez le han dado problemas esos sinvergüenzas? —dijo él.
Tenía los músculos tan tensos y agarrotados por la rabia y la frustración que en ese momento no le habría importado una buena pelea para desahogar el calor que le quemaba por dentro.
—Oh, no, nada de eso. Hay un asunto urgente que usted y yo tenemos que hablar.
Hablar. Kaede Nobu podía pasarse el día entero hablando, si le daban la oportunidad, y Kenshin no estaba dispuesto a dársela. Sin embargo, antes de que pudiera responder, la señorita Kamiya habló.
—Creía que yo me ocuparía del cuidado de las niñas.
Él la miró con el ceño fruncido. Estaba seguro de haber oído mal.
—¿Señora?
Ella le sostuvo la mirada, aunque advirtió que estaba nerviosa. A pesar de todo, cuadró los hombros, con firmeza.
—Quiero decir que si voy a ser su esposa, lo normal es que las niñas se queden con nosotros.
Por un momento, Kenshin sintió que su cabeza giraba como si le hubieran dado un puñetazo.
—¿Mi qué?
La señora Kaede dio un paso hacia delante, con una amplia sonrisa en los labios.
—La señorita Kamiya es el asunto urgente al que me refería.
Kenshin no entendía nada. Lo último que necesitaba en aquel momento era una adivinanza.
— ¿De qué diablos está hablando, señora Kaede?
La mujer se alisó el delantal blanco con las manos.
—Le pedimos una esposa por correspondencia. La señorita Kamiya es su prometida.
Besos y bendiciones :D
