Una pequeña explicación, me han preguntado acerca de la personalidad de Kenshin, que ciertamente no es nada parecida a la del rurouni, pero es porque la historia se sitúa antes de la era meji justo después de la guerra cuando el aun conservaba la personalidad de battousai.
UN BESOTE EMORME Y BENDICIONES a todas mis queridas lectoras
Cuatro
-¿Que me ha pedido qué? —gritó Kenshin.
Kaoru se sobresaltó al escuchar el grito del señor Himura. Su voz, rica y cargada de rabia, dejaba entrever a un hombre acostumbrado a dar órdenes, a quien no le gustaban las sorpresas. Observó cómo el color abandonaba el rostro masculino y sus labios se apretaban tensos y encolerizados.
No la esperaba.
Por supuesto, ahora todo empezaba a cobrar sentido. El día anterior en el camino, y hacía unos momentos cuando llegó, el hombre se comportó como si ella fuera una completa desconocida. Cosa que, efectivamente, así era. ¿Por qué no le había contado la verdad la señora Kaede la noche anterior?
Por un momento, sintió que se le doblaban las rodillas. Había ido tan lejos, y había renunciado a tanto. ¿Y por qué? Por una mentira.
— Señora Kaede, ¿qué quiere decir «le pedimos una esposa»? ¿A quién se refiere?
El señor Himura miró a la mujer desde su altura con ojos furiosos. Las voces de las niñas se oían al otro lado de la cortina, y él bajó el volu men de voz.
—Muy buena pregunta.
En los ojos de la señora Kaede no había ni rastro de remordimiento.
—Yahiko, Sanosuke y yo decidimos que usted necesitaba una esposa —le informó la tendera, en tono pragmático y sin andarse por las ramas.
—Dígame que es una broma —dijo el señor Himura, furioso.
Kaoru cerró los ojos, tratando de mantener la compostura. Si aquello era una broma, la víctima sin lugar a dudas era ella.
La sonrisa de la señora Kaede permaneció intacta, pero su mirada era firme.
—No es ningún error, Kenshin. Pusimos un anuncio en el Tokio Morning Chronicle.
— ¿Sabía ella algo de esto? —preguntó él, señalándola con el dedo.
Su vida se estaba disolviendo en una auténtica catástrofe y el señor Himura se atrevía a cul parla a ella.
—Le aseguro, señor Himura, que no tenía ni idea. Creí que su carta, que sus cartas eran realmente suyas —dijo Kaoru.
Se llevó una mano al estómago y se sujetó la cintura.
Ahora entendía por qué la señora Kaede había respondido a sus preguntas de la noche anterior con continuas evasivas.
La mirada del señor Himura la paralizó.
—¿Qué cartas?
La cólera de los ojos oro del hombre la hizo retroceder un paso, antes de que Kaoru se volviera y fuera a buscar el bolso. Frustrada por su cobar día, sacó el fajo de las cuatro cartas que había recibido en Tokio, recogidas con una cinta azul. La ira y la frustración aceleraron sus movimientos.
— Sus cartas.
El señor Himura tomó las cartas y les echó un vistazo antes de devolvérselas.
Sus dedos se rozaron un momento, pero no hubo nada de tierno en el contacto.
—No son mías.
Kaoru arqueó una ceja. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no salir corriendo y gritando de la tienda.
—Sí, eso ya me lo he imaginado.
El sarcasmo de su voz pareció pillar al hombre por sorpresa, y ella imaginó ver un destello de respeto en sus ojos.
— Esas cartas las escribí yo — dijo la señora Kaede—. Lo hice en su nombre, Kenshin.
La cara del señor Himura estaba como si la hubieran cincelado en granito.
— ¿Por qué tiene que meter su nariz en mi vida? Yo no le pedí que hiciera nada de eso.
La señora Kaede se encogió de hombros, pero dio un paso atrás.
—Usted ha hecho mucho por todos, y desde la muerte de Tomoe ha luchado desesperada mente por sacar a Kioto y a las niñas adelante. Usted no es el tipo de hombre que pide favores, así que decidimos tomar el asunto en nuestras manos.
— ¿A nadie se le ocurrió pensar que yo no quiero una esposa? —dijo él, tenso.
—En Kioto hay que ser práctico. No siem pre tenemos lo que queremos —le respondió la mujer.
Kaoru se sentía tan insignificante e indeseada como en la casa de su tío.
— Señor Himura, creo que será mejor que hablemos un momento en privado.
El señor Himura le dirigió una mirada ful minante.
—Escuche, señorita...
— Kamiya—dijo ella.
Él se frotó la nuca con las manos, evidente mente cansado y muy frustrado. —No tenemos nada de qué hablar. Kaoru parpadeo.
—Temo discrepar. Hay muchas cosas de qué hablar, teniendo en cuenta que lo he dejado todo para venir aquí.
Evidentemente era un hombre a quien le gus taba tener el control. Se frotó la mandíbula y echó la cabeza hacia atrás, como si mirar al techo fuera el mejor sedante del mundo.
—¿Cuándo volverá Sanosuke, señora Kaede?
La pregunta salió de sus labios como dispara da por un revólver.
La señora Kaede metió las manos en los bolsillos del delantal.
—Dijo que estaría fuera al menos una semana.
— Si es listo, estará fuera mucho más. Necesitaré más de una semana para calmarme — le espetó él — . Maldito entrometido.
Kaoru se llevó los dedos al puente de la nariz. En ese momento, lo único que deseaba era usar los únicos yenes que le quedaban y comprar un billete a cualquier parte. Lo desconocido era mucho más atractivo que el señor Himura. Pero, le gus tara o no, estaba atrapada en Kioto.
— Señor Himura, usted y yo tenemos que hablar de este asunto.
El hombre la miró serio.
— Señora, vino aquí engañada y lo siento mucho, pero no pienso casarme con usted.
El orgullo la hizo levantar la barbilla y cuadrar los hombros.
—Tampoco esperaba que le hiciera.
—Bien.
Él la miró con una intensidad que nunca había visto en los ojos de un hombre. Un suave estre mecimiento recorrió su columna vertebral.
—Kenshin... Kaoru —dijo la señora Kaede, dulcemente—. Creo que los dos se están precipi tando un poco. La señorita Kaoru tiene razón. Necesitan tiempo para conocerse.
Kenshin volvió a frotarse la nuca con la palma de la mano.
— Tiempo es lo que no tengo, señora Kaede. Tengo que ocuparme de dos niñas y de la seguridad, y no tengo tiempo para cuidar y mucho menos cortejar a una mujer.
Kaoru apretó los puños a los lados. —No soy una inútil, señor Himura. El dejó que su mirada recorriera el cuerpo femenino de arriba abajo.
— Señora, usted no sabe nada de la vida aquí.
— En mi vida he aprendido muchas cosas. Kioto no es diferente a otros de los desafíos a los que me he enfrentado.
Él la miró a los ojos.
—¿Es eso cierto?
—Por supuesto—dijo ella, con valentía, dando un paso hacia él, sintiendo el calor que irradiaba del cuerpo masculino.
— Así que sabe todo lo que hay que saber sobre trabajar sin descanso, plan tar y cuidar un huerto, vivir en una ciudad destruida por la guerra en donde las únicas mujeres que hay viven del recuerdo y esperanza de ver a sus esposos volver a sus hogares.
Kaoru no tenía ni idea.
— Sé lo que es trabajar duro.
—Pero eso no sirve. Y no tengo tiempo para enseñarle —dijo él, y miró a la señora Kaede, ignorando por completo a Kaoru — . Aloje a la señorita Kamiya y cuando vuelva Sanosuke podrá regresar con él en la diligencia. Yo tengo que ocu parme de lo demás.
Kaoru lo sujetó del brazo, y notó los músculos que se endurecieron como el acero bajo su mano.
—No puede prescindir de mí así. He venido desde muy lejos y no pienso volver.
Él era su único contacto con Kioto, el hom bre con el que creía que se iba a casar. Y su tío Makoto jamás volvería a acogerla en su casa por segunda vez, ni ella se lo pediría nunca.
Por un momento, Kaoru pensó que los ojos masculinos se suavizaron, pero enseguida un telón de hielo descendió sobre ellos.
—Si pudiera la ayudaría, señora, pero no puedo.
Ya no se oían las voces de las niñas. Kaoru pensó que estaban al otro lado de la cortina, escu chando cada palabra. Se preguntó cuánto enten derían de la conversación.
La señora Kaede empezó a colocar unas latas de melocotón en el mostrador.
—Le guste o no, Kenshin —dijo—, necesita ayuda.
—Nos las arreglamos.
—No por mucho tiempo. Se está quedando sin alternativas —continuó la señora Kaede…
Kaoru sentía una profunda tristeza. La escena no tenía nada que ver con lo que ella había imagi nado. Si tuviera un mínimo de sentido común, seguiría su primer instinto y se iría.
Pero no lo hizo.
Estaba cansada de ocultarse en las cocinas y ver cómo la vida le pasaba de largo.
—Discúlpeme por decir esto, señor Himura, pero usted y las niñas no parecen estar muy bien.
Un destello de ira brilló en los ojos ámbar del hombre.
—¿Cómo demonios lo sabe? —exclamó, con voz estruendosa.
En ese momento Subame y Ayame aparecieron tras la cortina. Sus caras limpias estaban tensas de preocupación, y sus ojos miraban intermitente mente a su padre y a Kaoru. En las manos, lleva ban las pelotas de trapo que ella les había fabrica do la noche anterior.
—¿Papá? —dijo Subame.
Corrió hacia su padre con su hermana pequeña en los talones.
—Todo va bien, pequeña —dijo el señor Himura.
Se pasó los dedos por el pelo. Era evidente que odiaba ver a sus hijas pequeñas preocupa das.
—¿Qué es eso que tienes en la mano?
—Una pelota —dijo Ayame.
Subame le enseñó la suya con orgullo.
—Las ha hecho la señorita Kaoru.
Kenshin apartó un mechón de pelo limpio de la cara de Ayame.
—¿Quién las ha lavado?
—La señorita Kaoru.
Por un segundo, la mirada del señor Himura quedó fijada con la de ella. Sus oscuros ojos ámbar reflejaban una mezcla de gratitud, ira y frustración.
Kaoru miró a la señora Kaede.
—¿Quiere hacernos un favor y llevarse a las niñas afuera? Pueden jugar con las pelotas, mien tras el señor Himura y yo hablamos.
La señora Kaede salió apresuradamente de detrás del mostrador.
— Es una idea excelente. Necesitan un momento juntos —dijo, y tomó a Ayame y a Subame de la mano —. Vengan conmigo, niñas, vamos a jugar con sus pelotas nuevas.
Ayame empezó a quejarse y quiso sujetarse a su padre. -No. La señora Kaede no se dio por vencida.
— Quiero enseñaros un caballo nuevo que aún no han visto.
La niña dejó de llorar inmediatamente.
—Un caballo.
—Así es —dijo ella, abriendo la puerta—. Se lo compré a un ex soldado. Es blanco y tiene manchas marrones.
La puerta se cerró tras ellos. Durante unos segundos, se siguió escuchando la voz alegre de la señora Kaede, pero pronto no quedó más que un tenso e incómodo silencio.
Los ojos de Kaoru fueron desde la puerta al señor Himura. Profundas ojeras eran testimonio del cansancio del hombre.
—Le doy las gracias por lo que ha hecho por las niñas, pero no quiero una esposa.
Kaoru estaba acostumbrada a que nadie la qui siera, pero era muy consciente de su valía.
—Pero usted necesita una esposa.
Él dejó escapar un largo suspiro.
—Puedo pasar sin ella.
— El orgullo es algo maravilloso, señor Himura, pero tiene su momento y su lugar. Créame, hoy el mío se ha llevado un buen golpe. No es así como había imaginado el momento de conocernos.
Frunciendo el ceño, él se pasó los dedos por el pelo.
—Lo siento por eso, señorita Kamiya. Si llego a saber lo que la señora Kaede y los otros estaban planeando, lo habría cortado inmediatamente. Pero eso no cambia nada.
Ella se encogió de hombros, tratando de apa rentar tranquilidad cuando en realidad estaba viendo cómo se desmoronaban todos sus sueños.
—He pasado los últimos diez años tragándo me el orgullo y haciendo lo que era práctico. Si tuviera otro sitio donde ir me iría ahora mismo. Pero he roto todos los vínculos con mi familia para venir aquí. Volver a Tokio no es una alternativa, incluso si tuviera el dinero para finan ciar el viaje.
Él sacudió la cabeza.
— Señorita Kamiya, lo siento... —se interrum pió un momento—. Le iría mucho mejor si inten ta probar su suerte en otro sitio.
Ella tragó saliva, para intentar que su voz se abriera paso en el nudo que tenía en la garganta. No pensaba irse.
—No estoy de acuerdo. Podemos ayudarnos. Soy una mujer trabajadora, y ya siento afecto por las niñas.
De repente él la miró tenso.
—Usted no es su madre.
Las palabras eran ciertas, pero de todos modos dolieron.
— Eso no cambia el hecho de que necesitan una mujer que las cuide. La señora Kaede le ha dicho que no puede hacerlo.
Un destello de rabia brilló en los ojos de él, pero esta vez fue mucho más fugaz.
— Señorita Kamiya—dijo él, frotándose la nuca con la mano—. No dudo que usted sea sincera y sus intenciones son buenas, pero esta tierra es capaz de acabar con cualquiera, y más con una mujer. Kioto le quitará la vida y usted se arre pentirá de haber venido aquí.
¿Así era como se había sentido su primera mujer?
— He sobrevivido a muchas cosas, señor Himura. No me infravalore.
—Yahiko es un joven fuerte, pero después de un invierno en Kioto estaba desesperado por marcharse.
—No fue el clima o el ambiente de Kioto lo que lo impulso a volver a Osaka, si me permite decirlo regreso por que en ese lugar están sus sueños-despacio se acercó a él, hasta quedar a menos de treinta centímetros de su cuerpo — . Para mí ésta es una tierra llena de posibilidades.
—Tomoe, mi esposa, dijo lo mismo antes de que viniéramos aquí. En menos de un año odiaba este lugar.
—¿Ella se lo dijo?
— Nunca lo habría reconocido, pero yo lo sabía.
Es posible que él hubiera amado a su primera esposa, pero Kaoru sospechó que no habían for mado un buen equipo.
— Yo no soy su difunta esposa.
-No.
—He vivido la guerra de frente señor Himura, he sentido la incertidumbre de ver a alguien marchar y he afrontado esa situación con la frente en alto y el corazón en la mano.
— Sobre la tumba de mi esposa juré que jamás entregaría otra esposa a Kioto, que nunca vol vería a casarme.
Kaoru tuvo la sensación de que se había abierto una pequeña grieta de acceso hacia el corazón masculino. Sospechaba que era un hombre que raras veces compartía sus sentimientos, y sin embargo se lo estaba contando a ella.
—Estoy dispuesta a correr el riesgo.
Bruscamente, él se dirigió hacia la ventana y guardó silencio durante unos largos y tensos segundos.
—Gracias por lavar a las niñas.
Las palabras de agradecimiento la pillaron por sorpresa. Se acercó a la ventana. Fuera, directa mente delante de la tienda, las niñas se turnaban para lanzar sus pelotas a la señora Kaede.
— Anoche Subame no podía dormir porque le picaba todo el cuerpo, así que decidí bañarlas a las das. Cuando terminé con ellas, el agua estaba negra.
—Gracias. Últimamente no he podido ocupar me muy bien de ellas y aunado a eso tienen una capacidad impresionante para ensuciarse en menos de un parpadeo.
— Usted no puede hacerlo todo, señor Himura —dijo ella, con una serenidad que no reflejaba el miedo que sentía.
Él suspiró, y ella tuvo la sensación de que había llegado a una decisión. Se volvió a mirarla. Durante un largo momento, permaneció en silen cio.
—Estoy dispuesto contratarla para el verano. Con el dinero podrá irse del valle y buscar un nuevo hogar.
Kaoru cuadró los hombros.
—He venido para ser su esposa, no su criada.
El cuerpo masculino se tensó.
—Es lo mejor que le puedo ofrecer.
Kaoru recordó todo lo que había aguantado en la casa de sus tíos. Nunca se había quejado de su habitación en el desván, ni cuando su tía le dijo que empezara a trabajar en la cocina, y también guardó silencio cuando su prima empezó a cele brar interminables fiestas de presentación en sociedad.
—Vine para casarme.
Le pareció ver un destello de desafío en sus ojos.
—Es lo único que no puedo dar.
— Seré una buena esposa. Él sacudió la cabeza.
—No soy el tipo de esposo que desea ninguna mujer.
Se equivocaba. A juzgar por lo que Kaoru había visto hasta ahora, era un hombre honesto, orgu lloso y fuerte.
—¿Por qué dice eso?
Él caminó nervioso.
—Tengo una responsabilidad con mis ideales, después de la muerte de mi esposa me dedique a proteger lo que ayude a construir en esta era, incluso ese compromiso antecedía a Tomoe, no soy lo que usted cree señora —Precisamente por eso me necesita.
—Precisamente por eso debería huir de mí.
Una mueca de dolor aún reciente seguía en su rostro.
—Nunca podré amarla. Mi corazón murió con Tomoe.
— Quizá con el tiempo pueda haber algo de afecto.
— No de mi parte —los anchos hombros se tensaron casi imperceptiblemente — . Usted se merece un hombre mejor que yo, señorita Kamiya.
Ella lo miró. Un mechón de pelo fuego caía sobre su frente, y le daba un aspecto más joven, más suave. Pensó en cómo habría sido antes de la muerte de su esposa.
—Por lo menos es usted sincero.
Una media sonrisa se asomó a las comisuras de sus labios.
—Es prácticamente lo único que me queda.
— Yo valoro la honestidad. Me las he visto con un buen número de mentirosos que estaban dis puestos a decirme lo que yo quería oír para con seguir lo que ellos querían. Usted no ha hecho eso.
—¿Adonde quiere llegar?
Él necesitaba tiempo
—Viviré con usted hasta el verano. Me ocuparé de las niñas, pero no iré en calidad de criada. Iré para ver si es posible el matrimonio entre nosotros.
—No lo es.
—El tiempo lo dirá.
Él arqueó una ceja.
—¿Quiere vivir con un hombre sin casarse?
—En estos momentos, mi reputación es la últi ma ante mis preocupaciones. Y por lo que he hablado con la señora Kaede, aquí una mujer hace lo que tiene que hacer.
— Lo que le he dicho iba en serio, señorita Kamiya. No quiero volver a casarme.
—El tiempo puede cambiar eso.
— Al final de este tiempo, si no he cambiado de idea, se irá.
Kaoru sintió un agarrotamiento en el estómago. La idea de irse la preocupaba mucho más de lo que había imaginado.
-Sí.
Él la miraba como si quisiera leerle el pensa miento.
—Una mano en el dojo me vendrá bien — dijo él, aunque titubeante, como buscando una razón para no aceptarla. Por fin, casi a regaña dientes, le tendió la mano—. Está bien, acepto sus condiciones.
Kaoru se la estrechó. Unos dedos fuertes y encallecidos envolvieron su mano, y ella sintió una ola de calor por todo el cuerpo, aunque tuvo cuidado de ocultar su reacción. De súbito, la idea de besar sus labios la invadió. Eran unos labios carnosos y seductores.
Como si le hubiera leído el pensamiento, él le soltó la mano y dio un paso atrás.
—Está bien. Puede quedarse conmigo hasta el verano. Después, no hago ninguna promesa.
Kaoru se ruborizó.
—Entendido.
—No quiero que las niñas sepan por qué está aquí. Por lo que a ellos respecta, usted está aquí para cuidarlas. No quiero que se hagan ilusiones con algo que no ocurrirá.
Lágrimas inesperadas le cerraron la garganta.
—Lo entiendo.
—Vamos a recoger sus cosas y volvamos al dojo —dijo él, dándose media vuelta y salien do.
Kaoru acalló sus deseos de adolescente.
Para el señor Himura aquello era un acuer do profesional, incluso aunque ella quisiera más.
La realidad de su vida había destrozado los sueños que llevaba tiempo alimentando. Sería muy fácil sentir lástima de sí misma, pero se negó a hacerlo. Haría lo que siempre había hecho.
Intentar que todo funcionara.
Nos vemos pronto
