Cinco

Papá, ¿por qué viene la señora con noso tros?— preguntó Subame.

Kaoru se tensó y miró a la niña, sentada junto a su hermana. Las dos pequeñas estaban entre el señor Himura y ella en el asiento delantero de la carreta. Ella le había prometido no decir nada a las niñas sobre los detalles del acuerdo, y pensaba cumplir su promesa. Esperó a que él respondiera.

El señor Himura apretó las manos en las riendas. No respondió inmediatamente, como si esperara que la pregunta se olvidara y desapare ciera como por arte de magia.

Subame apoyó la manita en el brazo de su padre.

— Papá, ¿por qué viene la señora con noso tros? —repitió.

El señor Himura se movió incómodo en el asiento.

Kaoru esbozó una sonrisa.

—Vengo para ayudar a vuestro padre.

El señor Himura relajó un poco las manos, como aliviado.

Ayame se metió el pulgar en la boca y la miró unos segundos.

—¿Pero porqué?

—Porque tiene mucho trabajo —dijo ella.

—¿Dónde está el abuelo? —preguntó Subame.

—El abuelo ha vuelto con su familia al este — explicó el señor Himura—. A un lugar que está muy lejos y se llama Osaka.

—¿Volverá? —preguntó la niña mayor.

El señor Himura suspiró.

—No lo creo.

Kaoru contemplaba los grupos de árboles que flanqueaban el camino. Cerca se escuchaba el sonido de un arroyo. La belleza de aquel lugar parecía darle vida, y si la situación no fuera tan tensa, ella lo habría disfrutado plenamente.

Nerviosa, Subame arrancó un hilo suelto de su kimono. Las niñas parecían sentir la tensión entre su padre y ella.

— La señora nos bañó. Nos hizo frotarnos hasta detrás de las orejas.

Un esbozo de sonrisa se asomó a los labios del señor Himura.

—Bien, buena falta que les hacía.

— A mí no me gustan los baños —dijo Subame—. Me gusta la suciedad.

—A mí también —dijo Ayame.

—No les crea —dijo Kaoru, agradeciendo tener un tema de conversación neutro.

No pudo evitar una sonrisa al recordar a las dos niñas dentro del cubo de cobre. Los dos habían disfrutado del agua y hecho pompas de jabón.

—Les encantó a las dos.

— Bueno, el cubo es como el océano —dijo Subame.

El señor Himura alzó una ceja.

—Les hablé del océano mientras se bañaban. Sobre las olas que rompen contra el acantilado, sobre los faros, y sobre los barcos que entran y salen del puerto.

—Los faros están encendidos toda la noche — dijo Subame, orgulloso de recordarlo.

—¿Y eso por qué? —preguntó Kaoru.

—Para avisar a los barcos —dijo Subame, sen tándose muy erguida.

— ¡ Barcos! — gritó Ayame. El señor Himura asintió.

—He oído decir que el océano es maravilloso.

—¿Nunca ha visto el mar?

-No.

El detalle recordó a Kaoru lo poco que sabía del señor Himura. La señora Kaede había escrito sobre muchas cosas al falsificar las cartas que supuestamente él enviaba. En ellas le hablaba de los valles y las montañas, le hablaba de que el ferrocarril pronto llegaría a Kioto, le habla ba de que la ciudad estaba creciendo, pero apenas contaba nada sobre el señor Himura, el hom bre.

Ella quería saber más acerca de él. ¿Dónde habían vivido de niño? ¿Qué lo había llevado a Kioto?

Pero por mucho que deseara saber acerca de él, era consciente de que hasta que se conocieran un poco mejor sería más prudente no hacer pre guntas.

—Yo lo he contemplado un par de veces —dijo ella—. Es impresionante como algo tan hermoso puede dar tranquilidad y al mismo tiempo hacernos ver tan insignificantes.

Quizá si hablaba sobre sí misma, él ofrecería detalles o alguna información sobre él.

—El viento lleva el sonido de las sirenas de los barcos, los olores del mar y la sal, y la cálida brisa marina. Es un lugar precioso. Te puedes pasar horas sentado en el muelle, viendo los bar cos zarpar y atracar, pensando en las historias y aventuras de los marineros.

El señor Himura asintió, pero mantuvo los ojos fijos en el camino. El silencio se hizo entre ellos, denso y poderoso como las montañas en la distancia.

Kaoru lo rompió de nuevo.

—Claro que yo sólo podía bajar al muelle los días de compra. Pasaba casi todo el tiempo trabajando en una cocina. La panadería es mi especia lidad tarde tanto tiempo en aprender a cocinar que muchos pensaban que era una misión imposible, pero tenia que lograrlo. Aunque debo confesar que la colada y coser no es lo que mejor se me da.

Nada.

—Aunque aprendo pronto.

Silencio. Iba a ser un viaje muy largo.

Ayame y Subame bostezaron. Pronto se dormi rían. Los dos niñas, todavía cansados del viaje al pueblo, necesitaban dormir, pero Kaoru detestaba la idea de tumbarlos en la parte posterior de la carreta. Hasta el momento habían servido de amortiguador entre el señor Himura y ella.

Se le ocurrió que no habían hablado sobre cómo iban a dormir. No esperaba que él quisiera compartir la cama con ella. Después del desastre con Enishi, Kaoru se había prometido a sí misma no repetir el mismo error hasta después de estar casada.

Las caricias de Enishi siempre habían sido agradables, nunca inolvidables y nunca merece doras de los problemas que tuvo que soportar como resultado. Sin embargo, la idea de hacer esas mismas cosas con el señor Himura envia ba oleadas de calor por todo su cuerpo.

Imaginó que cuando el señor Himura besa ra a una mujer, ésta lo sentiría hasta las puntas de los dedos de los pies. Sus manos no eran suaves y blandas como las de Enishi, sino bastas y curtidas por el trabajo. Cuando él susurrara en los oídos de una mujer, no repetiría mentiras bonitas, sino que hablaría de lo oscuro y lo erótico, simi lar a como hacían las criadas cuando reían sobre sus aventuras amorosas.

Tenía los nervios a flor de piel. Apartó aque llos peligrosos pensamientos de su cabeza. ¿Qué le estaba pasando?

A pesar del poco interés que tenía el señor Himura en hablar, Kaoru decidió que de momento la conversación era el recurso más seguro.

—La señora Kaede dijo que el ferrocarril pasará por aquí muy pronto. Dijo que traerá más mineros y granjeros al valle, y que eso ayudará a la diligencia.

— Supongo que eso es cierto.

—¿Cómo le ayudará a usted?

Ayudo a la policía local a mantener el orden, es lo que mejor se hacer —

¿A qué distancia está el dojo del pueblo?

—Cerca.

Como sacarle las palabras con un sacacorchos.

—¿Qué distancia es esa?

30 minutos.

Después del largo viaje desde Tokio, ya tenía ganas de llegar a su nuevo hogar.

—¿Cómo es el dojo?

—Como casi todos.

Frustrada por su falta de interés, ella por fin le espetó:

—Es más fácil sacarle sangre a un nabo que arrancarle tres palabras seguidas a usted, señor Himura.

Él la miró, entre irritado y molesto.

—No soy muy charlatán, supongo.

—Eso estoy descubriendo.

— Si lo que quiere es conversación, ya puede regresar a Tokio, señorita Kamiya.

—No tengo el menor deseo de volver a hablar sobre lo que ya hemos hablado, señor Himura — le aseguró ella, sentándose erguida en el banco — . No pienso dejar Kioto. He venido para quedarme.

«He venido para quedarme».

A Kenshin le comían los remordimientos. Había tomado la única decisión práctica que podía, pero sentía que, al llevar a otra mujer a la casa que había construido para Tomoe, estaba trai cionando a su difunta esposa.

El necio plan de la señora Kaede le había creado unos problemas que no necesitaba.

A medida que se acercaban al dojo, la idea de tener a Kaoru Kamiya bajo su techo se iba haciendo cada vez más real. Su casa, que siempre le había parecido de un tamaño práctico y cómo do, parecía encogerse con cada recodo del cami no. Sería imposible ignorarla cuando se moviera por la cocina o por el patio.

La realidad era que la señorita Kamiya le atraía.

La miró de soslayo. Nunca había existido una mujer más diferente a Tomoe. Tomoe era pequeña y delicada como una pieza de porcelana fina, mientras que Kaoru era hermosa pero con un aire de independencia, con la mirada fuerte y directa, algo que jamás había visto en una mujer.

Tomoe siempre había estado preciosa con su ropa de domingo, pero a la señorita Kamiya el sen cillo kimono de algodón que llevaba ahora le que daba mucho mejor que los metros de tejido que la cubrían el día anterior, como si el papel de dama de sociedad no fuera con ella.

Cuando Tomoe y él se trasladaron a vivir a Kioto, ella era muy joven y despierta, de risa serena y reservada, y cantaba con la voz más dulce que él había escuchado, Tomoe fue impenetrable y estable algo en el necesitaba para estar bien.

Nadie había tenido que convencer a la señorita Kamiyaa trasladarse a Kioto. Lo había hecho por su propia voluntad, lo que demostraba que era una persona que tenía fortaleza y agallas, o bien que era una inconsciente.

Sin embargo, no fue su fortaleza lo que advir tió él el día anterior cuando le rodeó la cintura con las manos para ayudarla a bajar del carruaje. La firme curva de sus senos, su aroma a jazmines, la excitada reacción de su cuerpo al tenerla cerca, eso era lo que había notado por encima de todo.

La noche anterior, tendido en la parte de atrás de la carreta y mirando las estrellas, había pensa do en ella. Había imaginado destellos de deseo en sus ojos mientras le deslizaba la mano bajo la falda y le acariciaba la suave piel de las piernas. Había imaginado que estaba húmeda y esperán dolo. Había soñado en desabrocharle el kimono apartar el tejido a un lado para besarle los senos hasta endurecerlos de pasión. Había soñado entrar en su cuerpo hasta que ella gimiera de deseo.

Kenshin se obligó a volver al presente. Dios santo, en aquellos momentos se había olvidado por completo de Tomoe. Se movió en su asiento, irritado consigo mismo y con la erección que sen tía bajo la ropa.

Si la señorita Kamiya iba a ser su única fuente de ayuda en un futuro próximo, lo último que necesi taba era aquel tipo de reacciones irracionales.

Contratarla había sido la mejor decisión. Lo más lógico. Necesitaba ayuda con el dojo y las niñas necesitaban a alguien que cuidara de ellos.

Pero saberlo no borraba los remordimientos que le estaban comiendo por dentro su mujer había muerto por causa suya y jamás permitiría que la historia volviera a repetirse.

Llegaron al dojo pocos minutos antes de la puesta del sol. Unas horas antes, Kaoru y las niñas se habían tendido en la parte posterior de la carre ta, donde podían estar tumbadas. Aunque había sido un alivio apartarse del señor Himura, ahora Kaoru notaba el cuerpo más entumecido que nunca.

Con una mueca de dolor, se incorporó lenta mente para no despertar a las niñas. El señor Himura ya había saltado a tierra y estaba abriendo la cancela de hierro.

Kaoru bajó por un lateral. Las piernas le tem blaban, y no estaba segura de que pudieran soste nerla. Esperó unos segundos a que la sangre vol viera a fluir por sus venas, y después sujetó sus cosas, todavía envueltas en el mantel de lino de su abuela.

Delante de ella, su nuevo hogar. Recordó la descripción de la señora Kaede de la casa del señor Himura.

«Una buena casa, grande para Kioto, con espacio de sobra para una familia».

Pero cuando ella miró un dojo empolvado y con rastros de una fuerte lucha, era más un fuerte que un hogar.

— Eche un vistazo dentro —dijo el señor Himura—. Hay una lámpara junto a la puerta.

Apretando sus pertenencias envueltas en el mantel," Kaoru se acercó al porche principal donde encontró la lámpara y cerillas. Prendió la mecha, esperando que con un poco de luz el lugar tuviera más encanto.

No fue así.

Unas cortinas azules desteñidas y mugrientas colgaban en las dos únicas ventanas de la casa. Había maceteros de flores debajo de cada venta na, pero sólo tenían malas hierbas. La barandilla que había junto a los tres escalones del porche era sólida, pero los peldaños crujieron bajo sus pies.

Kaoru empujó la puerta de la casa y miró bre vemente el umbral. En sus sueños, su marido la había tomado en sus brazos y la había metido en la casa en volandas.

Enfrentándose a la realidad de su vida, hizo a un lado la sensación de soledad y tristeza y entró en su nuevo hogar.

Al instante le llegó el fuerte olor a ceniza de cocina de leña y a cerrado. Alzando la lámpara en el aire, inspeccionó el dojo.

Si la parte exterior era inquietante, el interior era verdaderamente estremecedor.

Era un dojo tradicional con aspecto de guarida, la distribución de las habitaciones era normal y podía divisar los dormitorios. En el otro extremo había una cocina, una mesa y cuatro sillas.

La cocina estaba apagada. Encima, había varias cazuelas de hierro forjado, una con lo que parecía restos de estofado y otra de huevos fritos. A la derecha había un fregadero lleno de platos y tazas sucios, y encima una estrecha estantería con una vasija de barro llena de sal.

La sola idea de pensar en aquel desorden la mareaba, pero Kaoru dejó el mantel con sus cosas en la mesa y se volvió hacia el otro extremo donde pudo ver una sencilla habitación que parecía deshabitada.

Todos los huesos de su cuerpo le dolían tras semanas de nerviosismo y viaje. Pensó con año ranza en el suave futon que había tenido en la casa de sus tíos. Ahora la pequeña habitación en el des ván de Tokio parecía un palacio, y su pequeña y cálida cama un refugio.

Intentó imaginarse viviendo el resto de su vida en un lugar como aquél con dos niñas y un hombre que no la quería allí.

El sonido de pequeñas patitas corriendo entre el suelo desnudo de madera resonó el lugar. Un roedor-negro desapareció a través de un agu jero entre los listones del suelo.

— ¡Una rata! —gritó y saltó hacia atrás.

Inmediatamente, empezó a buscar otras bestias similares.

—¿Preparada para irse?

La voz grave del señor Himura sonó direc tamente a su espalda.

Sorprendida por el sonido, Kaoru se volvió. El hombre se movía sigiloso como un felino.

—Hay una rata en la cabaña.

Él llevaba a las dos niñas dormidas en brazos.

—Un par, por lo menos. No he tenido tiempo de poner trampas.

Kaoru lo miró como si hubiera perdido el jui cio.

Pasando a su lado, el hombre cruzó hacia lo que parecía ser l a habitación principal. Con cuidado dejó a los dos niñas en ella sobre un futon .

Subame se movió un momento. -¿Papá?

El señor Himura le apartó el pelo de la cara y lo cubrió con una manta hasta la barbilla.

— Duérmete ahora, nena ya estamos en casa. —Bien —dijo Subame.

El señor Himura miró a sus dos protegidas un momento más y después se incorporó. En la tenue luz de la lámpara, su rostro era todo ángulos y sombras.

—No ha respondido a mi pregunta.

Ella no podía leer la expresión de su cara, pero no había duda del tono de desafío que había en su voz.

—¿Qué pregunta?

Él dio un paso hacia adelante.

—¿Está lista para irse?

Secándose las palmas húmedas en la falda, Kaoru se concentró en no delatar su nerviosismo.

—¿Por qué iba a hacerlo? Este sitio es precioso.

Él dejó que los segundos pasarán, después sacudió la cabeza.

—Es una mala mentirosa, pero supongo que eso es algo bueno.

Aunque Kaoru no sabía si sus palabras eran un cumplido o una grosería, la alegraron.

— Será mejor que nos acostemos —dijo él—. Mañana, como todos los días aquí, va a ser un día muy largo.

La mención de la cama le puso de nuevo los nervios de punta

—¿Dónde dormimos? —preguntó, dando gra cias mentalmente a la poca luz que había para que él no viera el color que cubría sus mejillas.

—De momento yo me acostaré con las niñas. Usted puede dormir en la habitación de fondo, ya he puesto el futon para usted —res pondió él rápidamente—. Así tendrá un poco de intimidad.

Kaoru miró hacia el largo pasillo y cruzó mental mente los dedos para no caerse en mitad de la noche.

—Está bien.

—¿Tiene alguna bolsa más?

Ella recogió su mantel.

No, esto es todo lo que tengo.

—Muy ligero para un viaje tan largo.

Ella se encogió de hombros, sin ganas de hablar de su huida a medianoche de la casa de su tío.

—No necesito mucho.

Kenshin la miró con ojos entrecerrados.

—¿Está huyendo de la ley?

Una lúgubre sonrisa retorció los labios feme ninos.

—No. Pero no puedo volver.

Aquellas palabras le hicieron fruncir más el ceño.

—No espere ningún final feliz, Kaoru. Lo que hay entre nosotros es estrictamente profesional — le aseguró él, y dando media vuelta salió por la puerta de la dojo.

Kaoru sintió que se le llenaban los ojos de lágri mas. Echando la cabeza hacia atrás, se negó a dejarlas salir. Con la lámpara en la mano recorrió el oscuro pasillo que llevaba a su habitación.

Pensó en su camisón, su cepillo y su polvo de dientes aún envueltos en el mantel. Habría dado cualquier cosa por lavarse el sudor del viaje y cepillarse el pelo, pero en la oscuridad la tarea era imposible.

El día había terminado, y se alegraba de ello.

Con la ropa y los zapatos puestos, se tendió sobre el futon y se tapó con las mantas hasta la barbilla. A pesar del agotamiento, los pensamientos se agolpaban en su mente. Afuera oyó el aullido de algún animal, y recordó historias de lobos que devoraban a los hombres que se adentraban en sus territorios.

—Míralo de esta manera, Kaoru —susurró—. Las cosas no se pueden poner peor.

Al día siguiente, las cosas se pusieron peor.

Besos y bendiciones para quienes siguen esta historia :D