Seis
Cuando Kaoru se despertó unas horas antes del alba, estaba helada. El tejado crujía sin cesar y un viento helado se colaba por rendijas y grietas por todo el dojo. Se acurrucó aún más debajo de las colchas.
Desde hacía diez años, se levantaba antes del amanecer para empezar a preparar el desayuno. En Tokio las mañanas eran su momento favorito del día. Un poco de paz y tranquilidad en la cocina, ella sola, sus cazuelas y recetas antes de empezar el día.
Pero ahí las tareas diarias se presentaban tan formidables como las montañas que había atrave sado.
Kaoru le había dicho al señor Himura que no permitiría que Kioto pudiera con ella, pero ahora no estaba tan segura.
Se incorporó y buscó a tientas la lámpara y las cerillas. Encendió la mecha, y deseó poder dormir otra media hora, pero incluso mientras lo pensaba echó las cubiertas hacia atrás y se levantó. A causa de la rata, había dormido con la ropa pues ta. Se frotó los brazos con las manos, y se armó de valor para bajar por la escalera y hacer un repaso a la cocina.
La respiración rítmica y profunda del señor Himura llenaba la silenciosa morada, y como insecto a la luz, se volvió y miró hacia su habitación que tenia la puesta corrediza abierta. Estaba tumbado de lado, su cuerpo ocupaba casi todo el futon, y rodeaba a las niñas con los brazos, que se acurrucaban buscan do su calor.
No había duda de que el hombre amaba a esas niñas como si fueran sus hijas.
Sonriendo, dio la espalda a la imagen pero su sonrisa se desvaneció cuando vio las provisiones que habían llevado la noche anterior y que estaban por todo el suelo. Sacos de harina, legumbres, azúcar y tofu se amontonaban sobre cajas que contenían latas de frutas y verduras. Necesitaba más luz para ordenarlo todo, y fue a la cocina, donde dejó la lámpara en la estantería que había sobre la cocina apagada.
Al volverse, tropezó con un zapato de niño y tuvo que sujetarse en la mesa de la cocina para no caerse. Un plato repiqueteó sobre la mesa como una campana, y recordó algunas de las maldiciones que había aprendido del cocinero en Tokio.
En el silencio, oyó que el señor Himura se movía en la cama. Miró en su dirección, y a pesar de la oscuridad por un momento pensó que la estaba observando.
Se quedó inmóvil, y esperó sin hacer ruido, para no despertarlo. No le hacía ninguna falta que el señor Himura viera lo torpe que estaba aquella mañana. Pasaron varios segundos. Él no se movió y pronto su rítmica y profunda respira ción volvió a llenar la quietud de la mañana. Aliviada, Kaoru se relajó. Al menos no lo tendría observándola, esperando su fracaso.
Kaoru encontró un montón de leña en una caja de metal y junto a ella cerillas. Llenó el irori de leña y ramitas secas, a pesar del temblor de las manos a causa del frío. Protegiendo con la mano la llama de la cerilla, prendió las ramas secas y esperó.
Poco a poco el fuego fue cobrando vida. La madera seca crujía y chisporroteaba. Con cautela, Kaoru colocó trozos de leña más grandes, soplan do suavemente hasta que las llamas danzaron con fuerza.
Se sentó sobre los talones y sonrió. Había encendido cientos, pero ninguna le había dado tanta satisfacción.
En la hora que siguió, encontró obstáculo tras obstáculo. Primero fue aventurarse al exterior, al frío de la noche para llenar el cubo de agua para preparar té. Después fue rebuscar entre los muchos platos y tazas vacíos hasta que encontró el té, y después el molinillo. A continuación, el problema fue encontrar un cuenco limpio. Como no encontró ninguno, se vio obligada a fregar uno de la media docena de cuencos vacíos apilados en la encimera.
Mirara hacia donde mirara, se encontraba un obstáculo. EL dojo, al igual que el señor Himura, la estaban presionando para que se fuera.
Como una amante malcriada y caprichosa, Kioto era una ciudad hermosa pero exigente y devastada, aunque tam bién era cierto que Kaoru estaba acostumbrada a las personas malcriadas y difíciles.
Lo único que la consolada era que el señor Himura estaba dormido y no había sido testigo de sus esfuerzos.
Kenshin, tendido de espaldas en la cama, escuchaba a la señorita Kamiya moverse por la cocina y hubiera jurado que una manada de búfa los hacía menos ruido.
Se despertó en el momento en que ella encen dió la lámpara, probablemente las cuatro de la madrugada. Le sorprendió ver que se levantaba tan pronto. Conocedor del estado en que estaba la cocina, medio esperaba que ella tirara la toalla y volviera a meterse en la cama. Pero no lo había hecho. La mujer continuó ordenando y organizan do, fregando y limpiando.
Para su sorpresa, cuando los primeros rayos de luz solar se filtraron por la ventana, el delicioso aroma a té recién hecho impregnó toda la casa.
Kenshin cruzó las manos detrás de la cabeza y miró hacia la cocina, esperando ver a la señorita Kamiya. Sin embargo, en la tenue luz matinal, vio a una mujer arrodillada junta la cocina, de perfil. Y por un momento, pensó que estaba viendo a Tomoe.
Contuvo la respiración y salió de la cama de un salto. Se había acostado con un sencillo hakama negro por lo cual enseguida sintió el aire frío en la piel.
Sobresaltada, ella se volvió.
—Está despierto.
El sonido de su voz lo tranquilizó inmediata mente y se llevó consigo los espectros del pasado.
-Sí.
Recuperando el equilibrio, se puso las tabi y geta .
Ella se frotó nerviosa a las manos en el delan tal, el delantal de Tomoe.
—Buenos días —dijo—. He preparado té.
Él la observó en silencio mientras ella le ser vía una taza de té caliente en una de las tazas preferidas de Tomoe.
Irritado aunque sin motivo, dio un paso hacia la cocina caliente y alargó la mano para tomar la taza que ella le ofrecía. Sus dedos se rozaron. La taza caldeó sus dedos helados y, a pesar de su intención de mantenerse distante, sostuvo unos segundos la mirada femenina. Un estremecimiento cargado de energía recorrió su cuerpo. Antes de que Tomoe cayera enferma, pasaban los primeros momentos de la mañana haciendo el amor, y siempre le costa ba un gran esfuerzo separarse de ella para empezar su jornada laboral. Hacía mucho tiempo que no se permitía recordar aquellos días, y el hecho de que la presencia de Kaoru desencadenara aquellos recuerdos lo llenaba de remordimientos.
Sonrojándose bajo su mirada, ella se volvió hacia el fregadero.
—Lo último que esperaba hoy era lluvia. Ayer hizo un día espléndido —comentó ella, en tono tranquilo y formal.
— Suele pasar a finales de primavera, pero pensaba que después de los últimos días ya no volvería a pasar-dijo él.
—¿Durará mucho?
El frío helado de la mañana añadía color a sus mejillas, y los rayos del sol en su pelo le daban unos cálidos reflejos de color azul.
—Espero que no.
—¿Tiene mucho que hacer hoy?
—Tengo que ir a algunas personas que ha llegado para restablecer la ciudad. Además de ver algunas cuestiones de seguridad.
Rodeó la taza con las manos y bebió un sorbo. Para su sorpresa, estaba bueno. Muy bueno. Casi hubiera preferido lo contrario. Quería que ella hiciera algo mal, algo que demostrara que estaría mucho mejor lejos de allí.
— Aún no he recogido la cocina, así que no podré prepararle un desayuno caliente, pero puedo ofrecerle un shushaku.
Hacía demasiado tiempo que no tomaba una comida caliente, pensó él.
—No importa.
—Lo he envuelto en un trapo para que se lo lleve.
Él frunció el ceño al ver el envoltorio que ella había dejado en la mesa. Más irritado todavía, apuro la taza de tpe pero no tomó el envoltorio. No quería depender de ella.
— Será mejor que me vaya. Ella lo siguió hasta la puerta. —Lo veremos por la tarde.
Kenshin se enfundó las armas y se marcho.
—¿No tendrá problemas con las niñas?
No podía decir por qué, pero lo cierto era que no le preocupaba en absoluto dejar a Ayame y a Subame a su cargo. Estaba seguro de que sabría cuidarlas.
Ella sonrió.
—Estaremos bien.
No, hoy no sería duro. Lo duro llegaría más adelante, cuando ella se fuera. Tarde o temprano ella se daría cuenta de lo difícil y desagradecida que podía ser aquella tierra, y se iría. Decidió hablar con las niñas. No quería que se encariña ran mucho con la señorita Kamiya.
Ella le dio el sombrero, de pie tan cerca de él que Kenshin podía sentir el calor de su cuerpo. Los ojos femeninos brillaban nerviosos. Kenshin siempre había dado un beso de despedida a Tomoe antes de salir. La lógica le recordó que había contratado a la señorita Kamiya para el vera no, nada más, nada menos. Y sin embargo, pensó en cómo sería besarla, abrazarla, y sentir su cuer po pegado al suyo.
¿Qué malo tenía un beso? Sólo tocarla una vez.
Bruscamente, dio un paso atrás.
— Parece enfadado —dijo ella—. ¿He hecho algo malo?
-No.
Kenshin le arrancó el som brero de la mano, abrió con fuerza la puerta y la cerró tras él sin mirarla.
El viento soplaba con fuerza en el valle. Bajando la cabeza para protegerse, se dirigió hacia la reunión
Aunque su cuerpo pidiera lo que pidiera, su razón entendía que la señorita Kamiyale estaba totalmente prohibida.
Kaoru se quedó mirando a la puerta cerrada, preguntándose qué había hecho mal. No esperaba nada del señor Himura, pero sus miradas se habían encontrado, y en ese mismo instante, vio la pasión y el deseo que se disparó en su cuerpo. Y quiso sentir los labios masculinos en ella.
Pero el fuego del señor Himura se había desvanecido tan deprisa como el suyo había pren dido. De las cenizas, sólo surgió frustración y rabia.
Se llevó la mano a la frente.
¿Cómo era posible que su vida se hubiera con vertido en semejante desastre tan deprisa?
El hecho de desear a un hombre que no la deseaba la asustaba más que vivir en un territorio salvaje. Quizá lo más aconsejable era replantearse su situación, como él había sugerido desde el principio, y marcharse.
Sacudió la cabeza. Jamás volvería a Tokio. Seguramente su tío ya había descu bierto el dinero que faltaba, y aunque no la denunciaría por miedo a un escándalo, se encar garía de que nadie le diera trabajo si regresaba.
Aunque por otro lado, no tenía que volver a Tokio. Osaka estaba a menos de una semana de viaje.
— ¡Mamá!
La voz asustada de Subame interrumpió sus pensamientos, la niña seguía dormida, pero se movía inquieta en la cama. A su lado Ayame dor mía, pero se despertaría en cuestión de segundos si ella no lograba tranquilizar a Subame.
Kaoru corrió a la cama, tropezando con un saco de arroz, pero no cayó. Se sentó en el borde y dio unas palmaditas en la espalda de la pequeña.
—Tranquila, Subame. Kaoru está aquí.
El contacto tranquilizó a la niña y pronto volvió a dormir profundamente. Se metió el pul gar en la boca y rodó sobre su estómago.
Kaoru sintió que se le encogía el corazón al ver las líneas de preocupación en el rostro del peque ño. Acarició los mechones de pelo de su frente, y estudió los rasgos de la pequeña cara. El gesto fruncido del pequeño le recordó al señor Himura aunque las niñas no compartían ningún rasgo de él.
—Mamá —murmuró el niño, sin quitarse el dedo de la boca.
Kaoru recordó las largas noches tras la muerte de su madre. La soledad había sido desesperante y entonces ella no tuvo a nadie con quien hablar, nadie que le secara las lágrimas ni la consolara. Subame sólo tenía cuatro años, pero su tristeza era igual de real.
Miró a Ayame, que dormía en el otro extremo, tumbada de espaldas, con la boca abierta, y ron caba. Ayame era muy pequeña. Probablemente, apenas recordaba a su madre.
Pero Subame sí la recordaría. Inclinándose hacia delante, besó al pequeño en la frente.
—Tranquila, Subame. No te dejaré.
La puerta se cerró de un portazo.
Kaoru se puso en pie de un salto y vio al señor Himura de pie junto a la puerta con algunos víveres en su mano. Tenía los hombros y el som brero salpicados de la lluvia y la expresión de su rostro era asesina.
—¿Qué ocurre? —preguntó, con voz tensa.
—Subame tenía una pesadilla. Estaba llamando a su madre — susurró ella.
Las facciones del señor Himura se suaviza ron ligeramente.
— Hace tiempo que no tenía una de esas. Probablemente la partida de Yahiko las ha desen cadenado otra vez.
— Ha vuelto a dormirse. Y si no hablamos alto, seguramente dormirá un par de horas más.
Kenshin fue hasta la cocina y dejó las compras en el suelo. Se detuvo un momento, después suspiro y la miró.
— Será mejor que se vaya en cuanto se termine la lluvia —dijo—No tardará más de un par de días.
Estaba protegiendo a las niñas.
Pero ahora ella también.
La miró durante un largo momento, y después hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta.
—He olvidado la comida. Será mejor que se vaya. Los dos tenemos mucho que hacer.
El señor Himura entrecerró los ojos, y por un momento ella pensó que iba a discutir. Pero no lo hizo. Se fue. Esta vez no hubo ni amago de beso, ni sacudida de deseo.
Kaoru dudaba que alguna vez hubiera trabaja do tanto como aquel día. En Tokio sus días estaban llenos de actividad, pero siempre había excusas para salir de la cocina. Después de servir el desayuno, siempre tenía media hora de tranquilidad para leer y disfrutar de su propio desayuno. Y los viajes a media mañana al merca do eran siempre momentos de cotilleo y conver sación con los vendedores.
Sin embargo en Kioto el trabajo no se aca baba nunca. Tardó casi media hora en arrancar la comida seca y pegada a las sartenes y cazuelas.
En cuanto tuvo la vajilla limpia y a secar en el escurridor, amasó unos cuantos bollos de harina y levadura y preparó masa fermentada para que al final de la semana pudieran tener pan. Después, se ocupó de la leche.
Estaba empezando a organizar las provisiones cuando Subame se sentó en la cama y se frotó los ojos.
—Tengo que hacer pipí —dijo.
Al oír la voz de su hermana, Ayame se sentó también y bostezó.
— Yo también.
Kaoru acompaño a las pequeñas, por desgracia aun no podían salir a jugar por lo que Kaoru les improviso algunos juegos que pudieran entretenerlas.
La risa de las niñas resonó en el aire y los dos se metieron en el cobertizo, mientras Kaoru estaba preparando algo para alimentarlas, no pudo evitar sonreír. No tenía ni idea de cómo tratar a unas niñas, pero se imaginaba que sería toda una aventura.
Cuando la vajilla del desayuno estuvo recogi da, las tres se enfrascaron en la tarea de organizar las provisiones que habían comprado el día ante rior.
Una vez que la cocina estuvo más o menos organizada, Kaoru salió para hacer los quehaceres del dojo, pasando primero por la habitación en la que se había quedado. Las niñas la siguieron, juntas alisaron las mantas y futones.
—¿Qué es eso? —preguntó Subame, señalando el bulto con sus pertenencias, todavía dentro del mantel.
— Solo unas pocas cosas que traje de casa.
Kaoru desató el mantel. Como si hubieran encontrado un tesoro, las niñas estudiaron los pocos objetos que contenía. Subame agarró un cepillo y Ayame estudió un par de kanzashi.
—¿Qué es eso? —preguntó Subame, señalando un paquete envuelto en papel rosa y atado con una delicada cinta blanca.
Era la compra especial que Kaoru hizo antes de llegar a Kioto especialmente para su noche de bodas. Hacía menos de dos semanas había observado al tendero envolver delicada mente el yukata en el papel rosa, y se había imaginado cómo sería que su marido desabrochara era delicada prenda, entonces su marido no tenía cara. Sólo era palabras en un papel.
Ahora era un hombre de carne y hueso, de fac ciones finas y penetrantes ojos ambar. Esta vez imaginó las manos callosas de Kenshin en bordes de la tela y su piel desnuda, y la visión despertó una ardiente sensación en su cuerpo.
—Nada importante —dijo ella.
Se aclaró la garganta y dejó el paquete a un lado.
El yukata, como sus sueños, no tenía sitio en Kioto.
Besos y bendiciones, especialmente a Ranka Hime y Pauli que me dan ánimos para seguir.
