Siete
A media tarde el sol se asomaba entre las nubes que flotaban sobre un claro cielo azul. Bajo el calor del sol había borrado cualquier rastro de lluvia, dejando nicamente el olor a pasto húmedo.
Vigilando las calles Kenshin recordaba la tormenta que había sufrido Kioto un tiempo atrás, muchas vidas se perdieron y hubo fuertes daños. Aquella había sido una de las peores épocas de su vida, mientras Kioto moría él estaba atrapado con su esposa, que entonces no tenía fuerzas para levantarse de la cama y no había podido ayudar a las pocas personas que permanecían en la destruida ciudad.
Toda su vida se había desmoronado. Nunca se había sentido más impotente, más fuera de control.
Un hombre en su sano juicio hubiera abando nado la tierra que tanto le había arrebatado. Sin embargo, él se quedó. Nunca había dado la espal da a un problema, y ésta no fue tampoco la pri mera vez.
Aunque el precio que había pagado era muy alto.
Sintió que un nudo le agarrotaba la garganta.
Todavía estaba a tiempo de atajar la situación y regresar a Osaka. Yahiko le había dicho que siempre tendría un lugar para él y las niñas si regresaba. Pero Kenshin detestaba la idea de regresar y nunca lo habría considerado si el único afectado fuera él. Ahora tenía que pensar en las dos niñas.
En Osaka, podrían ir a un colegio de verdad, tener amigos, y no preocuparse cada día sobre los bandidos y su seguridad.
Alzó los ojos hacia el cielo azul.
— Seguro que crees que soy un tonto, Tomoe. Tenías razón cuando dijiste que teníamos que irnos.
Se había acostumbrado a hablar a Tomoe cuando estaba en medio de la nada. Si alguien lo veía, lo creería un loco, pero hablar con ella le ayudaba a mantenerse cuerdo.
El susurro del viento en los árboles fue su única respuesta.
—Creo que ya debes saber que he contratado a una mujer para que cuide de las niñas. Parece que se le dan bien, y tiene un buen corazón. Estoy seguro de que recogerá sus cosas antes de que ter mine el verano. Me acuerdo de cuánto odiabas tú todo esto.
Se frotó la frente. No se atrevía a hablar en voz alta de la atracción que sentía hacia la señori ta Kamiya. Hablarlo en alto lo haría mucho más tangible. Mucho más pecado.
— Sólo la he contratado —dijo ahora, con un poco demasiado énfasis — . Te prometí que no volvería a enamorarme nunca más.
Fue una promesa que le hizo mientras Tomoe agonizaba. En aquellos horribles momentos, hubiera hecho un trato con el diablo por salvarle la vida.
—Y mantendré mi promesa.
De repente se sintió agotado y emprendió el camino a casa, llegó una hora antes de la puesta del sol, pero cuando terminó con sus ocupaciones el sol ya se había ocultado detrás del horizonte, y sólo quedaba su rastro en las luces rojas anaranjadas que iluminaban el paisaje y las montañas lejanas.
Aquél era su momento favorito del día. El sol ocultándose y prendiendo fuego a la tierra. Tanta belleza siempre le cortaba la respiración, en Osaka no había atardeceres ni vistas como ésa.
En cuanto puso un pie en el primer escalón del porche, oyó los gritos de las niñas.
— ¡Papá!
Kenshin sonrió, por muy cansado que estuvie ra, le encantaba escuchar el entusiasmo en las voces de las pequeñas
Fue a abrir la puerta, pero en ese justo momento ésta se abrió desde dentro, las niñas salieron corriendo al porche. Las dos saltaban y gritaban de alegría junto al umbral. Él se agachó, sin recordar la última vez que las había visto tan contentas.
Ayame abrió los brazos todo lo que pudo y le enseñó la casa.
—Mira lo que hemos hecho hoy.
Subame frunció el ceño, y tapó con la mano los ojos de su padre.
— ¡No! ¡No! Primero cierra los ojos.
— Hemos jugado a muchos juegos —gritó Ayame, excitada.
Kenshin se echó a reír. —¿Qué clase de juegos?
— Hemos hecho montones de ropa. Y hemos guardado cajas.
Kenshin asintió, maravillado ante el hecho de que la señorita Kamiya hubiera convertido las tareas domésticas en juegos y aventuras.
—Los juegos de la señorita Kamiya.
—Sí —dijo Subame—. Ahora ten los ojos cerra dos y te llevaré adentro.
Kenshin obedeció, incorporándose lentamente mientras cada niña lo tomaba de una mano.
—No mires, papá —dijo Ayame.
—No estoy mirando —dijo el pelirrojo.
Entró en la sala principal del dojo, medio esperando tropezar con una de las cajas o sacos que había metido la noche anterior.
—¿Cuándo me van a dejar verlo?
— ¡Ahora! —dijo Subame.
Kenshin abrió los ojos y recorrió la habitación con la mirada. No sólo que todas las provisiones estaban recogidas y pudo ver que los futones de ambas habitaciones estaban perfectamente colocados. Montones de ropa sucia, uno oscuro y otro claro, estaban separados en el suelo en una esquina. El suelo de madera estaba limpio y la vajilla del fre gadero limpia y organizada en las estanterías.
El olor a ramen y pastelitos de maíz impregnaba la cabana. Hasta ese momen to, Kenshin no se había dado cuenta de lo hambriento que estaba, y notó que se le hacía la boca agua.
Un movimiento y el ruido de cazue las atrajo su mirada hacia la cocina, allí vio a la señorita Kamiya, llevando el delantal de cuadros azul de Tomoe, aunque ahora con restos de harina de maíz. Desde esa mañana, se había hecho una trenza y la había recogido en un moño sobre la nuca. Para su sorpresa, pensó que prefería la tren za suelta, balanceándose seductora sobre el suave montículo donde inician sus piernas.
Ella se volvió y sus miradas se encontraron, como si leyera sus pensamientos, Kaoru notó el color que le cubría el cuello y las mejillas.
—Bienvenido a casa.
Por primera vez en su vida, Kenshin se sintió incómodo con una mujer,no una esposa ni una amante y sin embargo mucho más que una niñera. Se aclaró la garganta.
—Parece que ha estado muy ocupada.
—Había muchas cosas que hacer —dijo ella, bajando la mirada hacia la cazuela que tenía sobre la cocina—. La cena está preparada, si tiene hambre.
—Podría comerme un oso.
Subame frunció el ceño.
—No tenemos oso, papá, sólo ramen.
Kenshin soltó una carcajada.
Dios, qué bien le sentaba reírse.
—Es más que perfecto.
— Siéntese a la mesa —dijo ella—. Le serviré un plato.
Kenshin reparó en que la mesa de la cocina estaba limpia. Había servilletas dobladas debajo de los tenedores, y un plato de galletas en el cen tro. La mesa tenía un aspecto realmente agrada ble, y aunque se sintió como un traidor por pen sarlo, era la primera vez en mucho tiempo que se alegraba de estar en casa.
La señorita Kamiya removió la cazuela, sus movimientos no eran tan inseguros como habían sido los de Tomoe. Esa mujer se movía con eficacia y precisión, cada movimiento tenía un objetivo, no se la imaginaba sentada junto al río leyendo poesía como hacía Tomoe, ni soñando acerca de un imposible viaje a China. La esmerada educación de Tomoe había sido lo que le había atraído de ella Tomoe era exactamente lo contrario a él, ella era su fuente de equilibrio.
La señorita Kamiya no perdía el tiempo en ton terías, no era del tipo de mujer a quien gustaba engatusar a los demás, daba órdenes y esperaba que se obedecieran y claro que todos lo hacían por que a pesar de su carácter fuerte Kaoru Kamiya era una mujer hermosa y adorable, un rasgo que él se alegraba mucho de ver.
—¿Qué tal le ha ido el día, señor Himura? —preguntó ella, con voz alegre y genuinamente interesada.
—Bien.
—No sabía si prefería galletas o pan de maíz, así que he hecho las dos cosas.
—Me gustan las dos —dijo él, perplejo ante su eficacia.
—¿Ha habido algún desperfecto en la cuidad?
—La lluvia ha sido muy ligera, nada de que preocuparse.
—Tengo mucho que aprender sobre esta cuidad.
Él se frotó la nuca con la mano.
—Trabajar duro y suerte es todo lo que necesi ta un hombre para triunfar.
— Sospecho que usted trabaja duro —dijo ella, insertando un cuchillo en el pan.
Satisfecha al sacarlo completamente limpio, retiró la bandeja del horno.
—Lo que me falta es la suerte.
Ella sonrió, mirándolo.
—En fin, quizá eso haya cambiado.
Kenshin sintió que se relajaba, pero pronto se controló, quizá porque hacía mucho que nadie le preguntaba qué tal le había ido el día. La fácil conversación con Kaoru le hacía sentirse un poco, no, demasiado casado.
—He aprendido a no contar con nada.
—Todos a lavarse las manos —dijo ella, con una sonrisa menos relajada—. La cena está lista.
— ¿Tenemos que lavarnos las manos otra vez?— protestó Subame —. Pero nos las hemos lavado antes del desayuno y antes de la comida. ¿Aún no estamos bastante limpios?
— Se han bañado hace poco —dijo Kenshin. —Llevan arrastrándose por el suelo desde la hora de comer —insistió Kaoru, señalando el fre gadero con la cabeza, los tres la obedecieron.
—Kaoru me gusta —dijo Subame.
—¿Va a ser nuestra nueva madre? —preguntó Ayame.
Kenshin aspiró hondo.
— Sólo me está ayudando durante una temporada.
— Se porta como una mamá —dijo Ayame. Subame se secó las manos húmedas en los pan talones.
— Oh, y Ayame la ha llamado dos veces mamá.
Ayame miró a su padre, con expresión incierta.
Kenshin se tragó un sobresalto de ira.
—No importa, pequeña.
Ayame pareció más aliviada y los tres se diri gieron a la mesa.
Sin embargo, a pesar de sus palabras, el enfa do de Kenshin se extendió como el fuego en agosto, aunque sabía que no era lógico.
Pero le inquietaba que la señorita Kamiyase hubiera metido tan fácilmente en el papel de Tomoe y lo que añadía más sal a la herida era el hecho de que la señorita Kamiya estaba haciéndolo mucho mejor que Tomoe.
Cuando se sentaron en la mesa, la señorita Kamiya dejó una cazuela varios platos de ramen en la mesa y los complementos. Hacía mucho tiempo que él no tomaba una comida caliente en casa, y aunque era cons ciente de que lo mínimo que podía hacer era decir gracias, no lo hizo, en lugar de eso, cayó sobre la comida.
Pasaron varios minutos antes de que se perca tara de que la mujer no estaba comiendo.
Sentada en su silla, tenía las manos cruzadas sobre el mantel y lo miraba como si le acabaran de salir cuernos.
Kenshin dejó el tenedor, que golpeó ruidosa mente el plato.
Se moría de ganas por discutir con ella, aunque sólo para demostrar que no estaba impresionado en absoluto por lo que la mujer había hecho aquel día.
—¿Ocurre algo?
—Me gusta rezar y bendecir la mesa antes de comer —dijo ella, en un tono irritantemente razo nable.
Después, desdobló la servilleta y se la colocó sobre el regazo.
—Aquí nunca nos hemos molestado con esas formalidades —gruñó él.
Lo cierto era que antes de que Tomoe cayera enferma, siempre habían bendecido la mesa, pero de eso hacía mucho tiempo
Kaoru alzó la barbilla casi imperceptiblemente y lo miró sin vacilación.
—Quizá ya es hora de que empiecen.
Kenshin dejó que la irracional irritación que sentía desbancara los argumentos racionales de su mente.
—No veo para qué.
—Me parece increíble que no lo comprenda, la educación va más allá de la clase social o círculos sociales.
Kenshin no estaba acostumbrado a que una mujer le hablara tan directamente, cuando Tomoe se enfadaba, su reacción habían sido tensos silen cios y largos suspiros cargados de reproches.
— Usted no es su madre —la interrumpió él, mucho más bruscamente de lo que había deseado.
Ella palideció, pero sus ojos escupían llamas de furia, dejó la servilleta sobre la mesa.
—Está usted en lo cierto, señor Himura.
Estaba a punto de decir algo más, pero se dio cuenta de que las niñas habían dejado de comer y estaban observando el intercambio con los ojos muy abiertos.
Despacio, se levantó.
—Voy a salir a tomar un poco el aire fresco.
—Esto no es Tokio, no es prudente mero dear por ahí por la noche.
Kaoru fue hacia la puerta de la calle —No tengo intención de merodear.
Tirando con rabia la servilleta sobre la mesa, Kenshin se levantó. Había sido un estúpido, y era muy consciente de ello.
—No conoce la parte de fuera.
Sabía que ella estaba furiosa con él y, franca mente, no podía reprochárselo. La mujer había trabajado duramente todo el día y él se había comportado como un desagradecido. Ella no tenía la culpa de no ser Tomoe y de que nunca lo fuera a ser.
— Si lo que necesita es ir al pasear, la acompañaré. En esta cuidad los maleantes abundan.
Kaoru puso la mano sobre la manilla de la puerta y la abrió.
—Prefiero vérmelas con un maleante.
Antes de que él pudiera responder, salió y cerró la puerta de un portazo.
Kaoru sintió que se le lle naban los ojos de lágrimas, siin lámpara, la única luz que tenía para guiarla era la luz de la luna que parecía sonreír al mundo,n o esta ba segura de qué haría únicamente sabía que tenía que salir de la casa.
Tropezó con un palo y estuvo a punto de caer al suelo.
Quería esconderse de la inexplicable irritación del señor Himura y de las perplejas expresiones en el rostro de las niñas. Si había trabajado tan desesperadamente durante todo el día era por que quería convertir el dojo en un verdadero hogar.
Y el señor Himura, por razones que ella no lograba comprender, se había enfadado con ella precisamente por hacerlo. Llego a la sala de entrenamientos donde kenshin guardaba sus katanas y se dedicaba a practicar.
Durante el día, había dado una vuelta por el lugar con las niñas y mien tras las niñas charlaban contentos, ella había inspeccionado el lugar, al contrario que la casa, estaba sorprendentemente bien organizado.
No estaba segura de cuánto rato estuvo allí, observando la amplia colección de armas de quien se suponía seria su marido.
Un crujido en la puerta del establo llamó su atención y la hizo volver la cabeza, el señor Himura estaba en el umbral sin embargo ella siguió con la tarea de ver las diferentes armas, como si no hubiera nada mas importante o vital que hacerlo.
—¿Va a quedarse aquí toda la noche?
La grave y rica voz del señor Himura reso nó en todo la edificación, Kaoru notó que se le encogía el estómago y que le ardía la piel.
—Me gusta esto, aquí hay tranquilidad.
Él caminó hasta su altura y cuando llego junto a ella Kaoru pudo ver que la diferencia de estatura era mínima, pero perfecta.
Estaba tan cerca que casi la rozó con el hombro.
La fragancia masculina, una mezcla de aire fresco y madera, la envolvió. Irritada por la reacción de su cuerpo, apretó los puños. Sintió ganas de irse, pero ¿adonde? ¿De nuevo a su habitación, al futon donde podía tumbarse y estar despierta escuchan do cómo él se movía por todo el dojo?
Ninguno de los dos habló.
El señor Himura extendió la mano a una katana con una decoración exquisita y la acaricio suavemente.
Qué estupidez, pensó Kaoru, sentir celos de una espada.
Cada centímetro del dojo llevaban la marca del señor Himura acompañando a la presencia de Tomoe que también estaba por toda la casa y el jardín. Ese día, ella había deseado dejar también su marca, aunque fuera pequeña, en el dojo.
—He acostado a las niñas.
—Gracias.
Kaoru había pensado que ella sería la encarga da de acostarlas y de darles un beso de buenas noches al cubrirlos con las mantas hasta la barbilla, sueños, una vez más había permitido que sus sueños la hundieran en una profunda sensación de tristeza.
—La temperatura va a descender muy brusca mente —dijo él.
A Kaoru nunca se le habían dado bien las con versaciones superficiales, y mucho menos ignorar un problema que le miraba directamente a la cara.
— ¿Qué tiene que ver la temperatura con su grosero comportamiento delante de las niñas?
Él la miró unos segundos, sin hacer amago de pedir perdón.
—Ésta situación es muy incómoda.
Kaoru echó la cabeza hacia atrás, y soltó una histérica carcajada.
—Ojalá fuera sólo incómoda, señor Himura.
—Es usted es muy franca —dijo él, su voz tan dura como su mirada.
—De eso me han acusado a menudo.
Su carácter honesto y directo le había causado problemas con sus tíos en más de una ocasión.
—Puedo llevarla de vuelta a tomar un carro hacia Tokio.
Una amarga sonrisa torció los labios femeninos.
—No he hecho un viaje tan largo para pasar veinticuatro horas en un dojo, vine para casar me con usted.
El señor Himura apretó con fuerza la empuñadura de la espada, hasta que un ligero crujido le hizo soltarla.
—Usted vino aquí atraída por una mentira, no por mí y la verdad es que yo sería un pésimo mari do para usted o para cualquier mujer. Amar a Tomoe...
Hizo una pausa, como si el solo hecho de mencionar el nombre de su difunta esposa le hiciera daño.
— Amarla a ella se llevó todo el amor que había en mí. Ya no me queda nada.
El reconocimiento en voz alta de sus senti mientos fue tremendamente duro, y por mucho que le dolió escuchar aquellas palabras, Kaoru agradeció su sinceridad.
—Tengo un talento especial para querer estar con gente que no me puede amar.
Los ojos de Kenshin se entrecerraron por un segundo.
—¿Ha estado casada antes?
-No.
En ese momento, no sentía el menor deseo de hablar sobre su pasado, y mucho menos de Enishi.
— Sólo una familia que no sabía qué hacer conmigo.
Una ligera brisa sopló por la puerta abierta, revolviendo la espesa melena de pelo rojo mas culino.
Era un hombre poderoso, que irradiaba energía y sexualidad a pesar de su apariencia casi delicada. No era de extrañar que ella sintiera tan vivamente su presencia a su lado.
Deseó haber tenido palabras elocuentes que mágicamente curaran el dolor de Kenshin y el suyo. Pero en lugar de eso, Kaoru habló tan llana mente como lo hacía siempre.
—Tomoe no está, señor Himura, y lo siento por usted y por los niñas.
El señor Himura cruzó los brazos delante del pecho, su rostro impasible y serio como una máscara.
Kaoru debió tomar su expresión como adver tencia de que no quería escuchar lo que ella iba a decir pero no lo hizo.
— Pero la realidad es que estamos en esto juntos —conti nuó—. ¿Cómo sugiere que intentemos sacar lo mejor de la situación?
Besos y bendiciones para todas.
