Personas encantadoras que siguen esta historia, este capitulo esta un poquito subidito de todo, ya saben que es muy de mi estilo, asi que lo dejo a su consideración
Besitos
Ocho
De ninguna manera —le espetó el señor Himura.
Su mirada brillaba de ira, y Kaoru se dio cuenta de que lo que deseaba era enzarzarse en una dis cusión con ella.
Kaoru cruzó los brazos en el pecho pero, en lugar de enfadarse, prefirió cambiar de táctica. Respiró profundamente, y obligó a sus músculos a relajarse.
—Hábleme de su esposa —dijo, sin amilanarse.
Aquello era un serio riesgo. La muerte de Tomoe era una herida abierta que todavía no había cicatrizado, pero si quería salvar su futuro Kaoru sabía que tenía que entender el pasado del señor Himura, sin prejuicios y sin temores.
Tenso, él bajó la mirada.
—Está muerta y enterrada, para siempre, y no quiero hablar de ella.
Sólo medio metro los separaba, pero podía haber sido perfectamente un millón de kilóme tros.
— Su huella y su rastro está por todo su hogar. Le guste o no, sigue estando muy presente.
La mandíbula masculina se tensó hasta tal punto que un músculo de la mejilla se le contraía espasmódicamente.
— ¡Está muerta! —exclamó él.
—Pero no ha desaparecido, algunos kimonos, las cortinas e incluso peinetas y adornos están aun aquí.
El señor Himura tragó saliva y una media sonrisa logró curvar ligeramente sus labios.
— He visto los comentarios que hizo en su libro de recetas, y las manchas en la página del mochi.
—No era una buena cocinera —admitió él, los músculos tan tensos que parecían a punto de rom perse—. Pero estaba tratando de aprender, quería hacerlo por mí.
Kaoru quiso tomar sus manos entre las suyas como consuelo, pero no se atrevió. Estaba segura de que si lo hacía, él volvería a cerrarse en sí mismo.
—¿Por eso lo siguió hasta aquí?
Kenshin aspiró hondo.
—La idea de una restauración y una nueva era siempre fueron mías, fue el destino el que se encapricho en enamorarnos.
—¿Por qué?
—Viví una era difícil señorita Kaoru, vi morir a la gente que mas quería por el simple hecho de protegerme, no se, pero tal vez solo quise hacer lo mismo por los demás, de la misma manera desinteresada que me enseñaron.
—¿La conoció en Osaka?
— No, nos conocimos aquí, yo venia de hacer una misión para el Ishin Shishi y ella me vio cuando la lleve a cabo, no podía dejar testigos y la lleve conmigo a la posada donde nos encontrábamos hospedados —le contó. Cerró los ojos como recordando el momento—. Aquel día ella llevaba un paraguas rojo y dijo que yo en verdad podía hacer llover sangre.
Kaoru sintió una punzada de algo que no supo reconocer cuando supo que él era al Hitokiri Battōsai, ahora comprendia las palabras de Sanosuke Sagara "TODO JAPON SABE QUIEN ES EL". Nunca había sentido nada así, no era miedo era algo más parecido a la consideración.
-Después de los años en guerra y de prestar servicio al los Ishin Shishi no podía dejar tarea inconclusa, tenia que velar por lo logrado en memoria de todos los que luchamos para conseguirlo.
—¿Y a Tomoe, le gustó?
La expresión del rostro masculino reflejaba una cierta tristeza.
—Llegamos unos meses después de l fin de la lucha, Una temporada anterior estuvimos viviendo como granjeros en un lugar calmado y apartado, puedo decir que fue ahí donde en verdad nos enamoramos, ella buscaba recrear esa etapa de nuestras vidas donde todo parecía estar bien y el futuro nos prometía sonrisas.
Kenshin sacudió la cabeza, tratando de apartar imágenes mejor olvidadas de su mente.
—Entonces debí hacerle caso —continuó—, pero después bandas de renegados amenazaban la composición de un nuevo gobierno, de una nueva era y antepuse mis ideales a sus sueños.
—¿Cómo murió?
—En mis brazo y por mi culpa señorita Kamiya, asesine a mi esposa cuando ella se interpuso en un ataque dentro de una trampa dirigida a mí.
Kaoru lo escuchaba en silencio, la historia de Kenshin le estaba rompiendo el corazón. Una muerte inesperada podía destrozar muchas vidas. Las muertes de sus padres habían cambiado su vida para siempre pero la muerte de Tomoe era un tormento para la conciencia del Kenshin Himura.
—Usted no el mato señor Himura, cualquier persona que ame a alguien daría la vida por protegerlo, usted debería de sentirse honrado en poder generar un amor tan puro y grande. Y eso mi señor solo lo logra la gente que de verdad es inigualable.
Kenshin sacudió la cabeza.
— Como puede decir eso de un asesino señorita Kaoru?
Yo sin conocerlo demasiado puedo ver las grandes cualidades que tiene, es un buen hombre, honesto y responsable no me extraña que alguien pueda amarlo con tanta intensidad. En parte creo tenerle envidia yo jamás he generado ese tipo de sentimientos en ninguna persona. Sonrió de lado mostrando en sus ojos el mar de tristeza y desesperación que estos eran.
Kenshin se pasó los dedos por el pelo.
—La gratitud y la costumbre pueden confundir.
—Si, no me atrevo a dudarlo pero nunca para dar la vida.
La luz del quinqué creaba sombras alargadas en el rostro masculino. Él la miró, con los ojos ámbar casi negros por la rabia y la tristeza.
— Ya hemos hablado bastante por una noche. Kaoru sabía que le había empujado a hablar.
Aunque tenía miles de preguntas para él, sabía que aquella noche habían dado un primer paso. Y era consciente de que ya sería imposible sacarle una palabra más.
—Es tarde. Y ha sido un día muy largo —dijo ella.
Alzando el quinqué, pasó delante de él hacia la puerta del establo. Él la siguió en silencio, y cerró la puerta después de que ambos salieran al frío aire de la noche.
—Ese quinqué se queda en el dojo.
Sin esperar respuesta, Kenshin tomó el quin qué de sus manos. Sopló la llama y lo colocó en un gancho junto a la puerta.
Sin la tenue luz de la llama, la noche pareció tragárselos. Las nubes formaban una pantalla delante de la luna, y Kaoru apenas podía ver unos centímetros delante de ella.
—¿Y cómo pretende que volvamos?
— Conozco cada raíz y cada barranco en mi propiedad.
—Yo no puedo decir lo mismo.
Unos dedos fuertes la tomaron del codo.
—No se preocupe, estoy justo detrás de usted.
El contacto de los dedos masculinos en ella pro vocó una oleada de calor que le subió por el brazo. Por un momento, su mente vagó sin control y ella se imaginó esas mismas manos acariciándole la barbilla, descendiéndole por el cuello, desabro chándole la blusa, y acariciándole la piel desnuda.
Apartando la imagen de su mente, Kaoru se sujetó el kimono para poder caminar un poco mas rápido y echó a andar hacia la casa sin embargo esa misma rapidez le jugo una mala partida, cayó hacia atrás con fuerza y se habría desplo mado contra el suelo si el señor Himura no la hubiera sujetado.
El instinto la hizo suje tarse a las ropas del hombre para poder incorporarse. Kaoru se encontró casi frente a su cara, los nudillos apretados sobre el pecho masculino, y los labios separados por apenas unos centímetros.
Sintió cómo el corazón de Kenshin latía con fuerza bajo su mano, y notó el aliento masculino acariciándole la mejilla, cuando él ladeó ligera mente la cara. El deseo se apoderó de ella.
Sin pensarlo, se puso de puntillas y se asió los brazos del hombre con dedos tem blorosos. El corazón le latía con fuerza y olvi dándose de las convenciones sociales y el decoro, apretó los labios contra los de él.
El beso, con los labios cerrados, era totalmente casto y ella se sintió cohibida mientras él, rígido como una piedra, la miraba desde su altura, los ojos oro líquido como los de Satanás buscando quemarla. De repente, se sintió como una tonta, e intentó musitar una dis culpa.
No necesitó ninguna.
El brazo fuerte de Kenshin la rodeó por la estrecha cintura y la apretó contra su pecho, su erección evidente a través de la tela.
Para Kenshin, el casto beso de Kaoru fue como una chispa. Un ardiente deseo prendió en él, que mando sus venas con necesidad incontrolada. No pensó en el pasado ni en el futuro, sino sólo en satisfacer la pasión que despertaba por todo su cuerpo, una pasión que él creía muerta.
A la pálida luz de la luna, Kenshin vio un des tello de sorpresa en los ojos de Kaoru cuando ella alzó la cabeza para mirarlo. Nunca la habían besado debidamente, y él pensó por un instante que la había asustado, y que ella saldría huyendo de él, tropezando a duras penas hacia la casa, a refugiarse en su habitación.
En verdad, sería lo mejor para los dos.
Pero en lugar de eso, ella se inclinó hacia delante, y se apretó de cintura para arriba contra él.
Como si su cuerpo tuviera voluntad propia, Kenshin deslizó la mano por la espalda femenina hasta la nuca, y, atrapando con la mano un puña do de pelo, le echó la cabeza hacia atrás.
Los alientos de ambos, cálidos y entrecorta dos, se mezclaron en la frialdad de la noche.
Olvidándose del aire helado que los rodeaba, Kenshin la besó en plena boca. Gimiendo, ella le rodeó el cuello con los brazos, avivando el fuego que ardía en las venas masculinas.
Él deslizó la lengua en la boca femenina. Exploró, exigió, poseyó. Kaoru era dulce como la miel, y él estaba dispuesto a devorarla en aquel mismo momento y aquel mismo lugar, cada minuto del tiempo que llevaban juntos había querido hacerlo.
Ella gimió suavemente al sentir la mano del hombre por encima de la tela del kimono, en el pecho, acariciándole el pezón hasta endurecerlo al máximo.
Kenshin depositó un reguero de besos desde los labios femeninos hasta el hueco de la garganta.
—Kami me ayude, pero la deseo.
Ella arqueó la espalda hacia él, y se humede ció los labios con la lengua.
-Sí.
Kenshin contempló el rostro pálido a la tenue luz de la luna. Los senos redondeados se apreta ban contra su pecho con cada respiración entre cortada de la joven, y él sintió el temblor de los muslos femeninos pegados a él.
El deseo, caliente y poderoso, recorrió las venas y las entrañas de ambos.
Al diablo las consecuencias. La llevaría al dojo y la tendería sobre el tatami para hacerle el amor. Su necesidad era incontrola ble, atormentada por demasiadas noches intermi nables sin la compañía de una mujer.
Volvió a besarla, mordisqueando el labio infe rior con los dientes mientras tomaba un seno redondeado en la palma de la mano. Frustrado por la tela que los separaba de la piel desnuda, agarró la tela en la mano, dispuesto a romperla.
La puerta de la casa se abrió con un porta zo.
—Papá, ¿estás ahí?
La voz de Subame rasgó el frío de la noche y lo paralizó.
Como si le hubieran echado un jarro de agua helada, Kenshin interrumpió el beso. Sin soltar a Kaoru, la miró. Tenían los cabellos despeinados, los labios hinchados y los ojos nublados de deseo.
—Qué demonios estamos haciendo —mascu lló él, con voz rasposa.
Ella parpadeó, se llevó las puntas de los dedos a los labios, y las nubes que cubrían sus ojos se desvanecieron.
—No creo que necesite una explicación.
Soltándola, Kenshin se pasó los dedos por el pelo.
— ¡Papá! —gritó Subame, desde la puerta, más alto.
—Ahora mismo voy, Subame. Cierra la puerta para que no salga el calor. —¿Vas a venir enseguida?
— Sí. Pero cierra la puerta. —Vale, papá.
Cuando la puerta volvió a cerrarse de un golpe, Kenshin intentó recuperar a duras penas la compostura. Su erección seguía latiendo, y le recordaba lo que había estado a punto de suceder.
—Lo siento.
Tristeza y frustración cubrieron los ojos feme ninos.
—Yo no.
—No deberíamos haber hecho eso —dijo él.
—No es un pecado volver a vivir.
En el año después de la muerte de Tomoe, Kenshin había vivido en un limbo. Había sido incapaz de concentrarse en nada que no fueran sus pequeñas protegidas y la supervivencia diaria. Ahora, de repente, tenía a otra mujer viviendo bajo el mismo techo, despertando deseos tan fuertes en él que superaban incluso lo que había sentido por Tomoe y es que estaba aprendiendo que Kaoru Kamiya era una mujer única y atrayente como ninguna otra.
No había hecho nada malo, pero no podía evi tar los remordimientos que le comían por dentro.
Se pasó los dedos temblorosos por el pelo. La realidad y los dolorosos recuerdos del pasado enfriaron lo que quedaba de su deseo. El frío de la noche le caló hasta los huesos.
— Será mejor que entremos.
—¿Así que ya está? —preguntó ella, tensa—. ¿No quiere hablar de lo que acaba de suceder?
Kenshin apretó tanto la mandíbula que casi temió que se le partieran los dientes.
-No.
Una semana después, el sol había calentado la tierra y desplazado el frío. Kaoru deseó que tam bién pudiera fundir el frío que se había instalado entre el señor Himura y ella.
El beso los había sorprendido a los dos porque ella no esperaba que le flaquearan las rodillas cuando él la acarició, ni tampoco que sus sentidos se desbocarán al sentir el deseo en el cuerpo masculino pero sobre todo no había esperado desearlo tanto.
Era evidente que él tampoco había imaginado la atracción que sintió hacia ella. La reacción de su cuerpo lo enfureció, aunque no hablaba mucho, desde aquella noche su comportamiento había sido formal y manteniendo la distancia en todo momento. Él no quería sentir nada por ella. Pero lo había sentido.
A pesar del silencio del señor Himura, cada vez que él entraba en la cabaña ella, estuviera cocinando en la cocina o tumbada en el futon por la noche, era consciente de su presencia.
Él se hacía sentir en cada centímetro y cada día que pasaba, la inquietud que la había embar gado cuando la besó crecía más y más.
Kaoru continuó golpeando la masa de pan y echó un poco de harina por encima. Se asomó por la ventana y vio a las niñas jugando en el porche. De repente, Subame se levantó.
— ¡Viene la diligencia! —gritó el niño.
Kaoru alzó los ojos desde la masa de pan. A lo lejos, la diligencia, rodeada por una nube de polvo, avanzaba hacia la cabaña. Reconoció la diligencia de Sanosuke inmediatamente.
—¿Qué demonios está haciendo aquí?
La curiosidad rápidamente dio paso a la ale gría de tener una visita, disfrutaba mucho de la compañía de las niñas, pero después de una semana de vivir con niñas y un señor Himura prácticamente mudo, le encantaba la idea de poder hablar con otro adulto.
Rápidamente dio forma a las barras de pan y las dejó junto a la ventana, se secó las manos, y salió al porche donde las niñas salta ban de alegría.
— Viene el señor Sagara, Kaoru —dijo Ayame.
Kaoru sonrió.
—Ya lo veo. ¿Qué crees que lo trae por aquí?
—Papá —dijo Subame.
—¿Papaá?
—Aunque no quieran admitirlo abiertamente se quieren casi como hermanos y el viene a visitarnos de ves en cuando —dijo Subame.
—No podría habérmelo imaginado.
— La gente nunca se queda mucho —dijo Subame—. Dicen que papá no es muy amable.
Qué raro.
La diligencia se detuvo delante del porche. Sanosuke puso el freno de mano y ató las riendas. Se llevó la mano al cintilla que tenia en la frente
— Supongo que ahora es señora Himura. Ella arqueó una ceja, sin querer dar ningún indicio de la realidad de la situación.
—No, señor, el nombre sigue siendo Kamiya.
Un destello de sorpresa brilló por un momento en los ojos del exguerrero, bajó del pescante de la diligencia y se acercó a las niñas. El sol había bronceado su piel y el camino había impregnado su ropa de una fina capa de polvo. Como las niñas estaban tan cerca, eligió cuidadosamente sus palabras.
—¿Lo he oído bien? ¿El nombre sigue siendo Kamiya?
Kaoru miró a las niñas, que a su vez miraban a Sanosuke con rostros sonrientes.
-Sí.
Sanosuke sacudió con la cabeza.
—Supongo que s —deletreó él, para que los niñas no entendieran el significado de la conversación.
Kaoru no estaba dispuesta a permitir que aquel hombre, que había sido parte y cómplice del engaño, se lo tomara tan a la ligera.
-Oh, sí.
El cochero palideció visiblemente.
—Supongo que querrá hablar conmigo.
—Estoy segura de que así es, pero tiene suer te, normalmente no vuelve a casa hasta bastante tarde.
Sanosuke echó una ojeada por encima del hom bro.
— Lo he encontrado en el camino. Me ha dicho que venía enseguida.
Kaoru sintió un escalofrío en la nuca.
Hacía más de una semana que Kenshin no volvía a casa antes de la puesta de sol y la idea le alegraba. Se negó a recordar cómo las últimas noches, tendida en su cama, trataba de borrar la sensación de las manos y los labios masculinos en su cuerpo.
—Estoy segura de que tendrá un par de cosas que decirle.
—Escuche, señorita Kamiya—dijo el hombre, mirando a las niñas —. Discúlpeme si las cosas no le están yendo bien.
El hombre parecía sinceramente afectado, y a Kaoru le costó un gran esfuerzo continuar enfada da con él.
—Todo el mundo sabe que Kenshin necesita un y, en fin, usted parecía perfecta para él.
—El tiempo lo dirá.
Los ojos del hombre se iluminaron expectan tes.
—Así que no es una causa perdida entre los dos.
Kaoru pensó en el beso.
—No del todo.
El rostro del hombre se dividió en una amplia sonrisa.
—Bien.
Se metió la mano en el bolsillo y sacó dos tro zos de regaliz.
—¿Le importa que les dé esto a las niñas?
Las sonrisas de Subame y Ayame eran radian tes.
—Por favor, por favor —gritaron.
— Claro que no —respondió ella, incapaz de negarles algo que no tenían casi nunca.
Antes de que ninguno de los dos pudiera meterse el regaliz en la boca, añadió:
—¿Qué se dice?
—Gracias.
Las dos niñas salieron corriendo hacia el sakura que les servía de sombra y refugio, el árbol les proporcionaba cierta intimidad, pero estaba lo bastante cerca para que ella pudiera ver los desde la ventana de la cocina.
— Parece que está consiguiendo domar un poco a esas muchachas —dijo Sanosuke.
Kaoru miró a las niñas con afecto; estaban comparando sus regalos, para comprobar cuál de los dos tenía el trozo más grande.
—Son buenos chicas.
—Eso sí es cierto.
Kaoru sabía que debía estar enfadada con él por el papel que había jugado en el engaño, pero lo cierto era que a pesar de la situación en la que se encontraba, nunca se había sentido más viva que en la última semana.
—Debería decirle al señor Himura esta muy dispuesto a usar las katanas en usted.
El hombre hizo una mueca.
— Puede que lo haga sin que usted le diga nada.
Kaoru sacudió la cabeza.
—Bueno, en ese caso, será mejor que le dé de cenar primero. ¿Puede quedarse? Tengo un Takoyaki y mochi para despues.
El hombre sonrió, y sus dientes blancos con trastaban vivamente con la piel bronceada.
— Será un placer. Hace mucho que no tomo una buena comida caliente.
La idea de tener compañía la animó
—¿Tiene algún pasajero?
Sería agradable poder hablar con otra mujer.
— Esta vez no, sólo paquetes y provisiones.
Pero la compañía de ferrocarril está estudiando nuevas posibilidades para esta zona y estoy seguro de que dentro de poco la diligencia vendrá cargada de trabajadores.
— Si alguna vez necesita parar, sepa que es bienvenido cuando quiera, siempre me ha gusta do cocinar para gente.
Él asintió, a la vez que la miraba con expre sión más seria.
—Estoy más que dispuesto a aceptar su oferta.
Kaoru recordó el largo viaje hasta el pueblo.
—El día que vine yo no paramos aquí.
Sanosuke se frotó la mandíbula, y bajó la cabe za.
—Aquel día pensé que sería mejor ir por un camino diferente. Me parecía más adecuado que conociera a Kenshin en el pueblo con la señora Kaede, ella suele ser un punto de equilibrio y una amiga cuando se le necesita.
Kaoru alzó una ceja.
—¿Por si acaso me mandaba de vuelta?
—Cuando no quiere hacer algo, es muy difícil hacerlo cambiar de opinión.
— Sí. De eso ya me he dado cuenta.
—En fin, debe de apreciarla, porque nunca des perdicia un minuto con gente que no le cae bien.
—De momento nuestro acuerdo es tan sólo pro fesional. Yo no tengo dinero y él necesita alguien que cuide de la casa. Después del verano, me paga rá y yo podré comprar un bille te a otro lugar, la señora Kaede, usted y los demás lo han puesto entre la espada y la pared.
Sanosuke se echó a reír.
—Nadie pone a Kenshin Himura entre la espada y la pared. Ése hombre siempre hace lo que quiere. Si no la quisiera aquí, le aseguro que ya no estaría usted aquí.
Si no fuera un invitado, o si ella lo conociera mejor, habría intentado obtener algunos detalles más acerca de Kenshin, pero en lugar de ello, señaló con la cabeza hacia la casa.
—Entre y siéntese. Esta mañana he preparado dango.
Sanosuke la siguió al interior de la cabana. Miró a su alrededor, perple jo, y dejó escapar un silbido.
—Jamás hubiera reconocido esta casa.
A lo largo de la última semana, Kaoru había lavado y remendado la ropa, limpiado el polvo de cada rincón y fregado el suelo a conciencia.
—No ha sido fácil organizarla.
Kaoru tomo un par de dulces y un poco de té para darle a Sanosuke, antes de sentarse, echó una rápida ojeada por la ventana, hacia las niñas. Las dos estaban tumbados en la hierba boca arriba, mirando hacia las nubes, los pies apoyados en el árbol y los trozos de regaliz en la boca.
— Coma, por favor —dijo ella, entregándole un par de palillos—. Debe estar hambriento después de un viaje tan largo.
—Le juro que si tengo que volver a comer comida de calle —le aseguró él, saboreando el dango- me vuelvo loco.
Se llevó un trozo a la boca. Cerró los ojos y por un momento pareció perdido y extasiado.
— Señora, si todos sus platos saben así, le ase guro que su casa será una parada regular de la diligencia cuando tenga pasajeros.
La idea de ver a gente de forma regular la hizo sonreír. Kaoru disfrutaba de la compañía de las niñas, pero echaba de menos conversaciones con adultos.
— Siempre serán bienvenidos.
El cochero se limpió los labios con una servi lleta.
— Perfecto, y asegúrese de cobrarles por sus servicios.
—¿Cobrarles?
El hombre se llevó otro trozo de dango a la boca.
— Sí, señora. Un par de yenes por comida.
Kaoru se echó a reír.
—Eso es escandaloso.
—Esto no es Tokio. Y mucho menos para hombres que no han tenido una comida decente en meses, y además servida con el toque de una mujer —le aseguró el hombre, dando otro bocado Señorita Kamiya, va a ganar una fortuna.
Los pasos firmes del señor Himura resona ron en el porche principal, y al instante su cuerpo bloqueó la puerta. Al verlo, Kaoru sintió que se le paraba por un momento el corazón y le hubiera ofrecido una sonrisa de bienveni da si los ojos masculinos no escupieran dagas de indignación.
—Sanosuke, sal de mi casa antes de que cuente hasta tres si no quieres que te mate.
Besos y bendiciones a todas :D
