A todos mis lectores le ofrezco una disculpa por mi tardanza al subir este capítulo, que por ciento contiene lemon por lo cual lo dejo a su completa consideración

Besos

Nueve

Cuando Kenshin divisó la diligencia de Sanosuke acercándose por el horizonte, le embargó una incontenible sensación de rabia y un podero so impulso de matarlo, Kaoru y él estaban en aquel lío, entre otras cosas, por su culpa. Pero cuando subió las escaleras del porche de su casa y escuchó la animación y la alegría en las risas de Kaoru, la rabia dio paso a los celos.

En las semanas que Kaoru llevaba en la casa, Kenshin la había visto sonreír a las niñas, pero no la había oído reír. Su risa resonaba como las campanas de los templos y llenaba la casa de vida.

Aunque había hecho lo imposible para mante ner la distancia con ella, seguía percibiendo los cambios que realizaba día a día en su hogar. Kaoru había llenado la casa de una energía que nunca había tenido, ahora su hogar ya no era el lugar oscuro y serio al que él temía regresar cada noche.

En su mente, todo eran buenas razones para mantener la distancia entre los dos, no quería necesitarla. Si a ello añadía la atracción que her vía en sus venas cada vez que la veía, el resultado era una mezcla explosiva que tarde o temprano le estallaría en la cara.

Pero se había jurado no volver a tocarla.

El acuerdo que tenía con Kaoru era temporal, y no pensaba permitir que ni el deseo ni la soledad la ataran para siempre a una tierra tan dura e inhóspita.

Sanosuke era un buen hombre, eran amigos desde hacía más de cinco años, y había ayudado a superar la terrible época que siguió a la muerte de Tomoe , pero no por mas buen amigo que fuera definitivamente Kaoru no era mujer para él.

Al plantarse en la puerta principal de la caba ña, lo primero que vio fue a Kaoru, estaba sentada frente a Sanosuke, con los ojos sonrien tes y brillantes, y la larga coleta de pelo moviéndose en armonía con su cuerpo. El sol le había añadido color a las mejillas, dándole un aspecto radiante, casi se maldijo para sus adentros, por que pudo sentir perfectamente cómo su cuerpo se endurecía sólo de mirarla.

Las mejillas femeninas se sonrojaron, como si pudiera leer sus pensamientos.

—Vuelve pronto a casa, señor Himura.

Él se aclaró la garganta.

—He visto la diligencia.

Con gran esfuerzo, apartó su mirada de Kaoru y la posó sobre Sanosuke, tuvo que recordarse que estaba furioso con su viejo amigo.

— Si tuvieras dos dedos de frente, no se te ocurriría entrar en mi propiedad después de lo que la señora Kaede y tú hicieron.

Sanosuke, que estaba sentado en la mesa, alzó los ojos desde su dango a medio comer.

—Pensé que si no te habías tranquilizado des pués unas semanas, no te tranquilizarías nunca. Además, quería asegurarme de que la señorita Kaoru estaba bien.

—Está perfectamente.

Sanosuke se levantó y extendió la mano.

— Eso ya lo he visto, aunque no entiendo cómo lo hace, atrapada aquí contigo. Por tu expresión, cualquiera diría que te has comido un cuenco de clavos.

—Quizá lo haga antes de que todo esto termi ne -dijo Kenshin.

Titubeó un segundo antes de estrechar la mano de Sanosuke.

— Y deja de dar chucherías a mis hijas —aña dió, sin querer dar su brazo del todo a torcer—. Se les van a pudrir los dientes.

Sanosuke soltó una carcajada.

— Déjalas. No tienen muchas oportunidades de mascar una barra de regaliz y mirar a las nubes con su hermana. Y las niñas están mucho mejor que desde hace muchos meses.

Kenshin era totalmente consciente de ello.

Y tenía que agradecérselo a Kaoru.

— ¿Qué te trae por aquí? Sé que no te gusta malgastar luz diurna a menos que sea por un buen motivo.

Sanosuke asintió, poniéndose serio.

—Un par de razones. Un amigo mío de Tokio me ha dicho que un representante del ferrocarril va a pasar por el pueblo en julio, por lo cual será necesario aumentar la seguridad, vendrán muchos hombre a trabajar.

Kenshin recordó al hombre.

—¿Más rondas de patrullaje?

—Todas las que pueda.

Kenshin había desatendido a las niñas por hacer los patrullajes que cada dia eran mas necesarios, pero ahora con la ayuda de Kaoru el podría organizar varias patrullas y encargarse de la seguridad sin tener las preocupaciones anteriores.

— No hay problema.

Sanosuke asintió.

—Lo informaré todos conocen tu reputación, es por eso que ha accedido a llevar este proyecto si estas tu para velar por la seguridad.

Kenshin asintió. Por primera vez en meses, el peso que tenía sobre los hombros pareció relajar se. De repente, le entraron ganas de probar un trozo del dango de Kaoru.

—Has dicho que te traían dos razones.

— He venido para hablar contigo sobre un posible negocio.

Kenshin arqueó una ceja.

—Un negocio.

Sanosuke se encogió de hombros.

—Kioto está prosperando a marchas forza das.

—Le serviré una taza de té —dijo Kaoru.

—Gracias.

Kenshin se sentó en la mesa, y advirtió que la superficie estaba limpia y lisa, no pegajosa de grasa y suciedad como de costumbre. La noche anterior, cuando se metió en el futon, notó que estaba limpio y olía a aire freso con un toque de jazmín, una esencia que Kaoru Kamiya había llevado con ella.

Kaoru dejó una taza de te delante de él, junto con un par de dango.

— Una visita a media tarde —comentó — . Habría jurado que era un día de fiesta.

Kenshin se quedó mirando la comida, sor prendido de aquel pequeño milagro, y la probó. —Está deliciosa. Kaoru sonrió

—Me alegro de que le guste.

Sanosuke comió otro trozo.

—¿Dónde aprendió a cocinar?

Kaoru sonrió.

—Nunca fui una buena cocinera, en realidad no era una de mis actividades favoritas, pero aprendo a adaptarme, una amiga fue quien me enseño.

Una vez más, a Kenshin le sorprendió lo mucho que se transformaba el rostro femenino cuando sonreía.

—¿Qué amiga? —preguntó Sanosuke.

— Se llama Tae Shiro y es la cocinera en la casa de mis tíos. Es una mujer encantadora y además tiene mucho talento. Ella me enseñó todo lo que sé sobre cocinar.

La sorpresa en el rostro de Sanosuke reflejaba perfectamente lo que estaba pasando por la cabe za de Kenshin.

El cochero se rascó la cabeza.

— ¿Sus tíos tienen gente que trabaja para ellos? Deben ser bastante ricos.

Kaoru se encogió de hombros.

—Tienen un mayordomo, tres doncellas y un jardinero. A mi tía le gustaría tener más, pero los ingresos de mi tío no lo permiten.

— Si tenía todo eso, ¿por qué vino a Kioto? —preguntó Sanosuke.

La sonrisa de Kaoru se desvaneció.

— Sólo quería un cambio.

Kenshin notó el cambio en Kaoru inmediata mente, su vida en Tokio no había sido una vida feliz. En una ocasión, ella le había ase gurado que no volvería a la ciudad y ahora él se preguntaba por qué.

—Esto ha tenido que suponer un gran cambio — comentó Sanosuke.

Kenshin trazó el borde de la taza con el pulgar.

— Si vivía en una casa con criados, ¿por qué estaba trabajando en la cocina?

Kaoru entrelazó las manos sobre la mesa.

— A mi tío no le gustaba que estuviera sin hacer nada.

—¿Y por eso trabajaba en la cocina?

Esta vez Kenshin fue incapaz de ocultar la amargura en su tono de voz.

La tensión que había alrededor de los ojos femeninos cuando ella llegó una semana antes volvió a su cara.

—Yo quería trabajar en la cocina así tenía algo que hacer. No me gusta estar de brazos cruzados y él decía que no era propio de una señorita practicar kendo, por lo cual me lo prohibía.

La cocina había sido un refugio, un lugar donde esconderse.

La gente que iba a Kioto lo hacía para empezar una vida nueva, a menudo huyendo de un pasado que no era en absoluto agradable para él había sido la guerra.

Kenshin no quiso hacer más preguntas, era buena con sus hijas y eso era todo lo que él nece sitaba saber. Cuanto menos supiera de ella más fácil sería decirle adiós.

Apartó el dango a medio comer. —Sanosuke, ¿de qué propuesta de negocio esta bas hablando?

— Ya sabes que de vez en cuando vengo por aquí con la diligencia.

—si, lo tengo presente.

— Sí. Ahora que va a venir el ferrocarril, voy a duplicar el número de viajes para poder transpor tar a los hombres del ferrocarril. Como he visto que ahora vuelves a tener una mujer he pensado que podría parar aquí con mis pasaje ros para estirar las piernas, o incluso quizá comer si Kaoru está dispuesta a cocinar. Significará más dinero.

Kaoru. ¿Desde cuando Sanosuke había empezado a llamarla Kaoru?

Sanosuke le había propuesto la misma idea hacía tres años, all principio Tomoe había estado encanta da, pero pronto el trabajo le pareció excesivo. Nunca se había quejado, pero Kenshin vio cómo el trabajo extra la había ido agotando, y al final no le quedó más remedio que pedirle a Sanosuke que cambiará su ruta.

—Mis días ya tienen diez horas menos de las que deberían tener —dijo él, en un tono más gru ñón de lo que hubiera deseado.

—A mí me parece una idea maravillosa —dijo Kaoru—. Si me da una idea de los días que va a parar por aquí, puedo preparar comida de más.

Kenshin repiqueteó los dedos sobre la mesa.

— Ya tiene bastante trabajo así.

Los ojos de Kaoru brillaban de entusiasmo.

—He preparado cenas para cincuenta perso nas. Requiere planificación, pero no es imposible.

Kenshin buscó sus ojos.

—Es más trabajo de lo que usted imagina, no lo permitiré.

El entusiasmo de Kaoru se tornó en irritación aunque no movió un músculo de la cara, no se dio por vencida.

—No lo permitiré —repitió ella, arqueando las cejas.

Kenshin podría ser también muy testarudo.

—Ya me ha oído.

Sanosuke, notando el cambio en el ambiente, se levantó.

— Creo que será mejor que vaya a ver a las niñas. Nunca se sabe en qué se pueden meter esas das —aseguró, saliendo antes de que nin guno de los dos pudiera responder.

Kenshin dejó escapar la respiración que esta ba conteniendo.

—No quiero que haga ese trabajo.

—Francamente, me encantaría la compañía y el dinero sería muy bien recibido.

—Señorita Kaoru, no se si tenga presente cual es mi posición en Kioto, pero le aseguro que el dinero es de lo ultimo por lo que usted debería preocuparse.

Kaoru arqueó una ceja.

—No es solo el dinero, es la sensación de productividad.

Kenshin apretó los dientes.

— Ya es bastante productiva, como para tener que dar de comer a un grupo de hombres que no conocemos de nada. —masculló. El rostro de Kaoru palideció de ira. —¿Así que estamos otra vez en lo mismo? -¿Qué?

—Mi incompetencia y como consecuencia mi partida

Él se encogió de hombros.

—La cuestión no es si se va a ir o no, sino cuándo y en verdad señorita Kaoru no la considero en lo mínimo incompetente, pero es mucho trabajo.

Kaoru se puso en jarras furiosa.

—Ojalá estuviera ella también aquí.

-¿Quién?

—Tomoe. Así podría mirarnos bien a las dos y se daría cuenta con sus propios ojos de que yo no soy ella.

Kenshin sintió una sacudida de rabia en su interior.

— Sé muy bien quién es usted.

—¿Ah, sí? Cada tarde cuando vuelve a casa, parece sorprendido de verme, como si esperara no encontrarme aquí.

Las palabras de Kaoru dieron en el blanco, tenía razón. Él esperaba que ella desapareciera cualquier día. Y lo peor era que eso se había con vertido en una preocupación que cada vez le obsesionaba más y una sensación de tranquilidad y paz lo llenada al percibir la ligera esencia de Kaoru al entrar por la puerta.

— ¿Qué hace falta para demostrarle que no pienso irme de aquí? ¿Tengo que pintarme un car tel sobre mi cuerpo desnudo y bailar por todo el Kioto para usted?

Y sacudiendo la cabeza, Kaoru salió de la vivienda.

Las palabras de la mujer le pillaron totalmente desprevenido, Tomoe se hubiera enfadado, habría estado de morros, sin hablarle, reprochándoselo en silencio. Pero Kaoru tenía en temperamento similar al suyo, y lo que era peor, había logrado que la imaginara bailando desnuda para él.

Sacudió su cabellera con las manos y se pre guntó qué diría el cartel.

Dos horas más tarde, sentado sobre el pescante de la diligencia, Sanosuke estaba preparado para terminar su viaje por Kioto. Se llevó una pajilla a los labios.

— Kaoru, muchas gracias por la comida. La mejor que he probado en mucho tiempo.

Kaoru sonrió, complacida de que su primer visitante hubiera disfrutado de la estancia.

— Siempre serás bienvenido Sano.

Las niñas saltaban y se despedían de la diligencia agitando los brazos, Kaoru se inclinó hacia delante y susurró algo al oído de las pequeñas. Los dos, al unísono, gritaron:

—Gracias.

Sanosuke sonrió.

— Kaoru, creo que ha encontrado su lugar en el mundo.

El señor Himura estaba de pie detrás de ella, su rigidez casi tan palpable como su serie dad. La irritación de Kaoru no había desaparecido por completo, y se alegraba de que él tuviera que hacer varias cosas fuera de la vivienda en las próxi mas horas.

—Ten cuidado —dijo el señor Himura, con su voz rica y grave.

Kaoru sintió un estremecimiento en la piel.

—Tú ten cuidado también —dijo Sanosuke—. Y no pierdas de vista a la señorita Kaoru. Si se corre la voz de que aquí vive una mujer soltera, vas a tener muchos curiosos, y más de uno se la querrá llevar. Es sólo cuestión de tiempo.

— Sobre mi cadáver.

Al escuchar la frialdad acerada en su tono de voz, un escalofrío recorrió la columna vertebral de Kaoru, acababa de ver al hombre que había sido el hitokiri battōsai

Kaoru, el señor Himura y las niñas perma necieron de pie viendo cómo Sanosuke se alejaba por el camino, cuando la diligencia desapareció de la vista, Kaoru ya estaba pensando en la siguiente tarea que tenía que hacer. La visita de Sanosuke había supuesto un cambio de agradecer, pero ella tenía pendientes que no podían esperar un día mas.

— Subame, Ayame, vamos adentro.

Los muchachos corrieron hacia la casa y ella estaba a punto de salir tras ellos cuando la fuerte mano de Kenshin se posó en su hombro.

Ella se volvió, asustada por el contacto, no se habían rozado ni siquiera una vez desde el beso en el dojo y ella lo había echado de menos.

—¿Ocurre algo?

La mirada atormentada de él se clavó en la de ella, y Kaoru sintió que el estómago le daba un vuelco.

—¿Sabe usar un arma?

—¿Un arma? Pues un bokken. —Respondió ella, que le había servido para practicar el estilo de su familia—

Las líneas del rostro masculino se hicieron más profundas.

—Entonces ya es hora de que aprenda a usar una katana.

—Pero ¿por qué?

—El ferrocarril traerá muchas cosas buenas al Kioto, pero también traerá problemas, quiero que sepa utilizar una.

La mirada de Kaoru descendió hasta el par de espadas enfundadas en la cintura de Kenshin.

—Pero usted siempre va armado.

—Tengo que hacer muchas cosas para asegurar la seguridad, lo que significa que no estaré por aquí, usted tiene que saber cómo defenderse en caso necesario.

Kaoru se apartó un mechón de pelo de la cara.

—Se defenderme señor Himura, creo que desde un principio le dije que no soy una damisela que necesite ser rescatada.

—Espero que nunca lo necesite, pero cuando se trata con personas sin conciencia y sed de sangre un par de minutos puede ser la diferencia así que hágame caso y deje a las niñas entretenidas y después venga al dojo.

—¿De verdad lo cree necesario?

-Sí.

—Pero tengo trabajo.

—Puede esperar.

Antes de que ella pudiera decir otra palabra, él le dio la espalda y se dirigió al dojo. Diez minutos después, los dos en el tatami con todo lo necesario para practicar.

—Si sabe utilizar un bokken lo mas seguro es que sepa todos los movimientos básicos, sin embargo el pase entre un bokken y una katana es muy diferente, sus movimientos se harán mas lentos y por lo tanto menos efectivos, tiene que practicar para acostumbrarse.

Para mostrárselo, Kenshin lanzo un trozo de madera y lo partió en varios pedazos antes de que este tocara el suelo

Kaoru se sobresaltó ligeramente, sabia los rumores acerca de Kenshin pero hasta que lo vio pudo dar significado a la "velocidad divina" que tanto le adjudicaban y que, estaba muy segura, no era ni lo mínimo comparada con esa pequeña demostración.

—Parece bastante fácil.

Los ojos masculinos se entrecerraron ligera mente.

— Ahora tiene que probar usted.

— Pero yo no necesito practicar, ¿no cree? Tampoco parece tan complicado.

Kenshin se acercó a ella por la espalda y le colocó la espada en las manos, el mando de madera fina y el acero perfectamente pulido pesaban más de lo que ella había ima ginado. En silencio, él rodeó el cuerpo femenino con los brazos y llevó sus manos al lugar exacto de la empuñadura.

Los firmes muslos del hombre presionaban las nalgas femeninas, y ella permaneció inmóvil, rígida, con miedo a moverse adelante o atrás.

Él señaló la pequeña palanca sobre el gatillo con el dedo.

—Esto es un movimiento para cambiar la posición de la espada, tiene que hacerlo desde el hombro, si intenta hacerlo con la muñeca como si fuera un bokken seguramente la fracturaría.—dijo él, la cara muy cerca de ella—. Ahora hágalo usted.

Apretando los dientes, Kaoru empujó la espada hacia abajo y después hacia arriba para su sorpresa, comprobó que el movimiento necesario era mucho mas pesado que el necesario para un bokken.

—Ya está.

—Excelente. Ahora intente hacer un movimiento penetrante.

Ella hizo lo que le habían indicado, y respiró más tranquila cuando por fin le devolvió el arma.

—Ahora tenemos que hacer un ataque desde arriba —dijo él, amoldándose un poco mas al cuerpo femenino—. Fíjese bien, siéntalo.

Kenshin lanzo otro trozo de madera y sujeto a Kaoru para enseñarle el movimiento.

—No pensaba que fuera tan fuerte. Lo dijo pensando en la complexión menuda de kenshin, que seguramente debajo de sus ropas no era lo que ella había imaginado.

Él le indicó que avanzara ligeramente.

—Ahora le toca a usted, esta espada es especial para entrenamiento, es mas pesada que las que se usan comúnmente así que no se extrañe si no puede detenerla cuando haga el movimiento, no importa si se estrella contra el tatami lo importante es que no la suelte.—le dijo, envolviéndole la mano con dedos encallecidos para después plantarse a su lado—.

Su pulso se aceleró, e inmediatamente se obligó a concen trarse en su tarea. Imitando al señor Himura, aspiró hondo y dejó escapar el aire lentamente. Después apretó realizo el golpe.

—Parece que ha conseguido no caerse de espalda. Dijo él, con un ligero rastro de humor en su voz.

Las manos de Kaoru temblaban.

Usted lo ha dicho, es una espada mas pesada a las regulares.

La mirada de Kenshin siguió la de ella.

—Requiere práctica. Trabajaremos un poco cada día.

Kaoru arqueó una ceja.

— ¿Un poco cada día? ¿Quiere decir hasta que me vaya?

Él se tensó.

-Sí, lo mejor es que vaya adentro, saldré, no me espere despierta. Y así se despidió.

Aquella noche, cuando Kenshin se durmió, soñó con Kaoru.

En su sueño, él entraba a la habitación de Kaoru donde ella lo esperaba, tendida en el futon, la larga melena negra suelta sobre sus pechos desnu dos.

—Te deseo —susurraba ella.

Su erección latía con fuerza, y él se quitaba el hakama y se colocaba a horcajadas sobre el cuerpo femenino. La luz de la vela brillaba sobre la piel blanca, y él deslizaba la mano sobre el muslo y el vientre liso, tan cálido y tan suave.

Los dedos femeninos recorrían sus hombros y su cuerpo hasta la cintura. Kaoru le tomaba las nalgas con ambas manos y, alzando las caderas, apretaba su feminidad contra su miembro excita do.

Sujetándola, él la incorporaba, y el movimien to hizo que los pezones erectos rozaran el vello rizado del pecho, y enviaran ardientes rayos de deseo por todo su cuerpo.

Él la besó, abriendo los labios carnosos con la lengua, a la vez que ella deslizaba la mano alre dedor de su miembro y empezaba a acariciarlo.

Cuando él terminó el beso, la miró a los ojos, donde ardía una llama de ansia y deseo.

Ninguno de los dos habló cuando él se colocó en el centro de su cuerpo húmedo y, en un movi miento rápido, se deslizó dentro de ella. La humedad cálida lo envolvió, y empezó a cabal garla, moviéndose en ella como si estuviera medio poseído. Ella gimió su nombre. Kenshin explotó en su interior.

Despertó sobresaltado. Su cuerpo estaba cubierto de una gran capa de sudor, y respiraba con dificultad.

¿Qué le estaba pasando?

Besos y bendiciones