Diez
En los dos días siguientes, los fríos días de pri mavera enseguida dieron paso al verano caliente y seco. Kaoru había conseguido crear una rutina con las niñas y las tareas de la casa, y empezaba a tener cierto control de la situación.
Aunque el señor Himura trabajaba en la seguridad durante el día, había creado dejado de patrullar por las noches y todos los días regresaba a casa al atardecer. Era evidente que no había olvi dado la advertencia de Sanosuke.
Las tardes pronto se convirtieron en el momento favorito del día para Kaoru sobre todo el atardecer, era el momento que compartía con Kenshin, sentados en el pórtico despidiendo al sol y gozando en completo secreto de la compañía del otro.
Aquella tarde, al igual que las tardes anterio res, los cuatro estaban sentados en la mesa, alum brados por la luz del quinqué. El señor Himura leía a Ayame en voz alta, mientras ella enseñaba las letras a Subame. Eran casi como una familia de verdad.
— M —dijo Kaoru, sentada junto a Subame al lado de la chimenea—. Por M empiezan merme lada, melocotón y masa.
—Y mamá —dijo Subame.
—También —dijo Kaoru.
Subame alzó los ojos de la página y miró a Kaoru.
—¿Usted se parece a mi mamá?
El señor Himura dejó de leer, y depositó el libro sobre la mesa.
Kaoru habló con voz controlada.
—No lo sé, Subame. Nunca he visto a tu mamá.
—Papá —dijo Subame, volviéndose inmediata mente hacia su padre—. ¿Kaoru se parece a mamá?
La luz del quinqué iluminaba los rasgos cince lados. Su mirada, una mezcla de dolor y frustra ción, se cruzó con la de ella.
-No, pequeña tu madre tenia el cabello y los ojos castaños.
Kaoru dejó el trozo de tiza. Quería que el señor Himura ampliará su respuesta. Pero éste no lo hizo.
Ella miró a los ojos expectantes de Subame.
— A lo mejor puede decirnos qué aspecto tenía.
Subame alzó los ojos hacia su padre. —¿Quieres, papá?
La expresión del señor Himura se enfureció al mirar a Kaoru por encima de las cabezas de sus protegidas. Cuando habló, su voz era apenas un áspero susurro.
—¿No te acuerdas de ella?
Subame negó con la cabeza.
—No, señor.
Kenshin suspiró, y sus hombros se hundieron ligeramente.
—Ha pasado casi un año y entonces tú sólo tenías tres. Supongo que es normal —dijo—. No se parecía en nada a Kaoru. Era más pequeña y tenía los ojos de color avellana.
-Mi madre debió de ser una persona muy bella, papá tienes mucha suerte siempre has estado rodeado de mujeres hermosas- rio la niña
Kaoru casi no pudo creer la punzada de envidia que sintió. La mujer fallecida había tenido dos hijas maravillosas y Tomoe, sin duda otra hermosa mujer, se había adueñado del corazón del señor Himura para siempre. Ella tenía la esperanza de que si trabajaba duro podría com pensar la pérdida de Tomoe y criar a las niñas como su madre hubiera deseado, pero al mirar en los ojos curiosos de Subame, vio que la niña necesita ba los recuerdos de su madre.
— Señor Himura, ¿tiene algún retrato de esas mujeres que tanto presumen las pequeñas?
Kenshin frunció el ceño y respiró hondo antes de mirar a sus hijas. Las dos lo estaban mirando con sendos interrogantes en los ojos.
—Si, cuando encontré a las pequeñas Subame se aferraba a este pergamino con el retrato de su madre, desde ese día la guardo para ellas-
-Y Tomoe, me podría mostrar una imagen de ella?- cuestiono Kaoru con temor a la reacción de Kenshin.
-Si-
Kaoru se sentó un poco más recta, ante la idea de ver el rostro de la mujer cuyo solo recuerdo era más fuerte que su presencia.
El señor Himura se levantó y se acercó a un baúl que había junto a su futon. Kaoru había limpiado varias veces el polvo del baúl que tenía las iniciales KH grabadas en él, y todas se había sen tido tentada a abrirlo, pero nunca lo hizo.
El nerviosismo se apoderó de ella mientras él extraía un desgastado lienzo del cual sacó dos retratos.
A la suave luz del quinqué, Kaoru vio cómo la cara del señor Himura se endurecía de tristeza. Despacio, el hombre cerró el baúl y se incorporó.
Se sentó de nuevo a la mesa, los dedos cerra dos sobre la imagen de su esposa.
Kaoru se moría de curiosidad, pero se contuvo. Cruzando las manos sobre el retrato, vio cómo los niñas se levantaban y corrían junto a su padre.
El señor Himura abrió los dedos y sujetó la imagen cerca de la luz del quinqué.
—Ésta es su madre.
Subame apoyó su diminuta mano en el hombro del señor Himura y se inclinó hacia adelante.
—¿Cómo es que no está sonriendo?
—Casi nadie sonríe cuando le hacen un retrato, suele ser cansado —le explicó su padre pacientemente — . Tienes que sentarte muy quieto hasta que el artista termine la obra y pueden ser muchas horas. No es fácil sonreír.
— ¿Por qué lleva un kimono blanco? —pre guntó Subame—. ¿No le preocupaba ensuciárselo?
Mientras que Ayame prefería escalar a los árbo les, saltar y correr, su hermana mayor era una niña observadora y concienzuda, que aprovechaba todas las oportunidades que se le presentaban para apren der algo. Casi nunca se le escapaban los detalles.
El señor Himura sonrió.
—Era su vestuario de boda. Había sido el vesti do de boda de su madre también. Muchas mujeres cuando se casan se visten de blanco.
—Es muy bonita —dijo Subame.
—Era muy bella —añadió el señor Himura.
Sintiéndose como una intrusa, Kaoru dejó a un lado su interés y se dirigió a la cocina. Tomó una taza de la estantería y se sirvió un poco de té templado. Sujetando la taza con las dos manos, escuchó mientras las niñas continuaban haciendo preguntas sobre su madre.
—¿Cuál es la otra foto? —preguntó Ayame.
El señor Himura depositó la primera ima gen sobre la mesa.
—Es una imagen de mi esposa-
—Es muy bonita —dijo Ayame.
Kaoru volvió a sentarse en la mesa. Dejó la taza, y con la máxima naturalidad que logró reu nir, alargó la mano y tomó el retrato. Al ver el hermoso rostro de la mujer, sintió un nudo en la garganta. Tomoe Himura tenía una piel suave y blanca, y los ojos felinos y hermosos. Dos mechones que se escapaban de su peinado enmarcaban su cara ovala da, y el kimono perla y su obi rojo de seda moldeaban sus delicados hombros y esbelto cue llo. Los ojos pálidos de Tomoe brillaban fríos, como si conociera un secreto que nadie más sabía. Kaoru nunca había aprendido a coquetear. Misao, su prima, era toda una experta, pero ella era dema siado directa para lograrlo.
Mientras contemplaba la foto, se sintió torpe y demasiado brusca.
—Es preciosa —dijo.
Cuando alzó los ojos, se dio cuenta de que el señor Himura estaba observándola con gran intensidad. A la luz del quinqué, los ojos oro parecían más agudos, más alerta, como si intenta ra leer sus pensamientos.
Logrando esbozar una frágil sonrisa, Kaoru bebió un sorbo de té.
—¿Puedo ver la otra imagen?
Subame se la entregó, orgulloso.
— Ella es mi madre-
Sakura, la madre de las niñas tenía una cara infantil e inocente, con unos enormes ojos avellana y finos labio.
Lo que más impresionó a Kaoru de la imagen fue lo mucho que se parecía a sus hijas, los rasgos y las facciones de ambas pequeñas podían adivinarse en el rostro de su madre.
Kaoru sintió una punzada en el corazón.
—Espero que mis bebés sean tan guapas como ustedes dos.
La sonrisa del señor Himura se borró al ins tante. Se levantó, y alzó a sus dos hijas del suelo.
—Es hora de acostarse, pequeñas.
Kaoru sabía que había dicho algo que lo había enfadado. Ahora ya había aprendido a evaluar sus estados de ánimo, podía saber que si estaba en una habitación antes de entrar y que decir para quitar la tensión que provocaban sus deberes, lo conocía tal vez más de lo que ella deseaba admitir.
Kenshin llevó a las niñas al futon grande. Antes, ella les había lavado la cara y las manos y les había frotado los dientes. Los metió a las dos bajo las mantas, susurró algo que las hizo sonreír, y después les dio un beso de buenas noches. El ritual de acostarse había entrado en una rutina predecible. En cuanto el señor Himura termi naba de dar las buenas noches a sus hijas, ella se acercaba a la cama y les contaba una pequeña historia que su madre le había enseñado de niña. Después les daba un beso a cada una.
Aquella noche sin embargo el aire estaba car gado de energía. Las imágenes de Tomoe y su men ción de tener hijos los había dejado a los dos inquietos e incómodos.
El señor Himura se levantó y salió al por che principal.
Kaoru lo siguió, cerrando la puerta tras ella sin hacer ruido. El aire de la noche era frío, pero el cielo estaba despejado y las estrellas brillaban en lo alto.
Él se volvió hacia ella. La pálida luz de la luna iluminó la fiereza de su expresión y ella se estre meció.
Kaoru apoyó el hombro en el poste.
— Si esa mirada intenta asustarme, no lo con sigue. Más vale que se la guarde para los renega dos y delincuentes.
Un destello de respeto apareció fugazmente en los ojos masculinos. .
—No entiendo por qué está aquí.
Ella hizo un esfuerzo para hablar en un tono de voz neutro, que no traicionara sus emociones.
—Me gusta.
—¿Cómo le puede gustar una vida como está? El trabajo es demoledor, los días no terminan nunca.
—Este lugar me llena de vida. Nunca me he sentido más viva que ahora.
Él apretó las manos sobre la barandilla.
—No entregue su corazón a este lugar ni a mí. Acabará sufriendo, o peor.
Ella suspiró, impaciente.
— Es usted un hombre frustrante, señor Himura. Estoy en Kioto porque quiero estar aquí. No voy persiguiendo su sueño, sino el mío.
—En ese caso es usted una ingenua. Ella se encogió de hombros. —Me han llamado cosas peores. Él la estudió durante un momento.
—No la entiendo. ¿Por qué vino aquí? ¿Por qué no se casó en Tokio? Tiene muchas virtudes para ser una buena esposa.
Kaoru no supo muy bien cómo responderle. Ahora Tokio estaba muy lejos, y era una parte de su pasado para siempre. Pero el señor Himura había sido muy honesto con ella, y ella tenía la obligación de serlo con él.
—Estaba atrapada entre dos mundos. Mis rela ciones familiares me ponían por encima de los sirvientes, pero sin embargo no tenía la educación ni el dominio de las gracias sociales que podían elevarme a la posición de mis tíos.
—Y por eso se hizo un hueco en las cocinas.
— No fue tan malo como pueda parecer, siempre estaba ocupada. Mis tíos celebraban muchas fiestas y les encantaba lucir mi talento como cocinera. A menudo cocinaba para otras familias, como un favor a mis tíos, durante un tiempo, incluso pensé en abrir una panadería, siempre soñé con un dojo pero era imposible.
—¿Por qué no lo hizo?
— Quería una familia. Si hubiera tenido una panadería no habría tenido prácticamente vida fuera del trabajo y un dojo sencillamente me alejaba de las normas sociales y de un posible marido.
— ¿Y nunca hubo un hombre en una ciudad tan grande como Tokio?
Kaoru creyó oír un esbozo de celos en las pala bras del hombre. Se ruborizó. —Lo hubo, una vez.
Kenshin apoyó la cabeza contra el poste del porche, y la estudió.
—¿Qué ocurrió?
Hacía años que Kaoru no hablaba a nadie de Enishi. Había sentido demasiada vergüenza. Sin embargo, a pesar de que Kenshin y ella eran prácticamente socios, hablar con él era tan natural como respirar, eran como dos desconocidos que se conocen demasiado.
— Se llamaba Enishi, era un pariente lejano de mi tío que vino a pasar un verano con nosotros desde la Costa Este. Nada más llegar, empezó a demostrar mucho interés por mí. Era encantador.
El señor Himura gruñó.
—Conozco esos tipos.
Ella se encogió de hombros.
—Por desgracia, yo no los conocía. En aquel momento a mí me pareció que era el mejor hom bre del mundo, me prometió la luna y yo lo creí.
Kaoru se apoyó sobre la barandilla y alzó los ojos hacia las estrellas. Eran las mismas estrellas a las que había mirado al lado de Enishi tantos años atrás. Las estrellas continuaban siendo las mismas, pero ella no era en absoluto la niña que se había dejado seducir por un hombre que le susurraba palabras de amor al oído.
—Mentía.
Kaoru sintió el frío de la noche en los huesos.
-Sí.
Kenshin estaba tan cerca que ella notaba el calor que desprendía el cuerpo masculino. Él alzó una mano, y por un momento ella pensó que la iba a tocar. Sin embargo, dejó caer la mano a un lado.
— Usted se merece a un hombre que pueda darle un hogar adecuado y unos hijos, Kaoru.
— Sí, de eso me doy cuenta ahora.
Un pesado silencio se hizo entre los dos.
— Yo nunca podré ser ese hombre.-
—¿Por qué no? —la angustia en su tono de voz era palpable.
—Porque a mí ya no me queda amor.- Cada palabra sabia a mentira, mentira utilizada contra el miedo.
El orgullo la hizo alzar la barbilla.
—Ahí es donde usted comete el error. No voy buscando amor. Sólo quiero un lugar al que pueda llamar mío.
— Entonces será mejor que se vaya cuanto antes. Porque este lugar no es para usted —dijo él.
Y girando sobre sus talones, echó a andar hacia el dojo de entrenamiento.
Por un momento Kaoru luchó contra las lágri mas que le habían inundado los ojos. Tardó unos segundos en respirar profundamente y recuperar el control de sí misma.
¿Por qué se estaba haciendo eso? ¿Por qué no seguía los consejos del hombre y se iba? De una cosa estaba segura, y era que no lo amaba.
Amor.
Sacudió la cabeza. No, amor no. Nunca más volvería a caer en aquella trampa. Pero ahora sentía, sentía más que lo que Enishi alguna vez despertó en ella, SENTIA, y ella no quería sentir.
El señor Himura había dejado un quinqué encendido junto a la puerta. Kaoru lo sujetó con una mano y regresó al interior de la casa. Besó a las dos niñas en las mejillas y después se dirigió a su habitación. Demasiado inquieta para dormir, se arro dilló en el futon. El quinqué iluminaba tenue mente el reducido espacio.
Kaoru se quitó el kimono que llevaba, se puso un yutaka ligera y se soltó el pelo. Con la coleta suelta, la melena le llegaba hasta las caderas.
Con el cepillo que había junto al camastro, al lado de un espejo de plata que había pertenecido a su madre, empezó a cepillarse la larga melena cien veces, como hacía todas las noches.
Kaoru sabía que era una buena trabajadora, que se podía confiar en ella. Kenshin ya había empezado a delegar algunas tareas en ella, como encargarse de la administración del dinero así como ocuparse plenamente de las dos pequeñas. Ahora estaba segura de que él tenía plena confianza en ella en todo lo referente a sus dos pequeñas.
Pero ¿se sentía atraído por ella?
La mente de Kaoru volvió a la imagen de Tomoe. La joven tenía sin duda un encanto muy especial y muy femenino, que se reflejaba clara mente en el destello de sus ojos y la ligera sonrisa de sus labios.
Kaoru alargó la mano y tomó el espejo de plata para estudiar su reflejo.
No había nada mal con su reflejo, los grandes ojos azules los labios llenos y la piel de porcelana, sin duda su reflejo no tenia nada de malo el problema era su carácter algo torpe y masculino.
Kaoru bajó los ojos hacia la yutaka, tenía los senos grandes y firmes, y sabía por experiencia que a los hombres les gustaban los pechos gran des. Más de una vez había sorprendido a los hombres mirándola, los mismos hombres a los que alguna vez les dio una paliza por dirigirle comentarios inapropiados.
Apoyó el espejo contra la pared y se levantó el pelo, en un estilo más suelto y de moda.
No le sentaba bien. Ni todos los peinados ni todos los perfumes del mundo lograrían jamás hacerla tan refinada como Tomoe.
Kaoru se llevó las puntas de los dedos a los labios, recordando el beso del señor Himura. En ese momento, parecieron estar hechos el uno para el otro, casi como si sus cuerpos se hubieran creado con el otro en mente.
Frustrada, Kaoru apoyó la cabeza en la almoha da, después rodó de costado y aparcó el quinqué. Tendida en la oscuridad, permaneció largo rato pensando, hasta que lentamente el sueño se fue apoderando de ella.
Estaba casi completamente dormida cuando escuchó unos ruidos. Al principio pensó que era un sueño y rodó sobre el futon hacia el otro lado, lejos de la puerta, cubriéndose con la manta hasta la barbilla.
Pero entonces oyó a Kenshin levan tarse de la cama. No se había imaginado los rui dos, él también los había oído.
Se sentó y escucho cómo él se ponía el calzado, también le oyó hacerse con el arma y comprobarla.
Toda su fatiga desapareció y en un instante notó los rápidos latidos del corazón. ¿Adonde iba? En las semanas que llevaba en la casa, era la primera vez que lo veía levantarse de la cama por la noche.
Pasos firmes y seguros resonaron por la casa cuando él se dirigió hacia la puerta principal. Desde su habitación, Kaoru oyó el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse.
Kaoru aguzó el oído, sólo el sonido de la rítmi ca respiración de las niñas, y a lo lejos el sonido de un intruso.
Una profunda inquietud le llegó hasta la médula.
Algo estaba ocurriendo.
En la oscuridad, Kaoru buscó a tientas sus sandalias y se las puso. Después, buscó su chai. Cuando lo encontró, al pie del camastro, se lo echó por los hombros.
Si tuviera un poco más de sentido común, habría encendido el quinqué. Pero el señor Himura no lo había hecho. Lo que ella había oído afuera no era un sueño. Él lo había oído también.
Con cautela, se dirigió donde estaban las niñas.
A pesar de la familiaridad con la casa, la profunda oscuridad de la noche afectó a sus movimientos, y no tuvo más remedio que avanzar con más cautela y lentitud de lo habitual.
Se dio un golpe con el pie contra la puerta principal, con más fuerza contra el dedo pulgar.
Un relámpago de dolor le subió por la pierna, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Maldita sea —susurró.
Sujetándose el dedo con la mano, respiró hondo varías veces hasta que el dolor se calmó.
Volvió a apoyar el pie dolorido en el suelo, hasta que comprobó con plena certeza que no se había roto el dedo.
Lentamente, alzó el cerrojo y abrió la puerta principal de la casa. Sin hacer ruido, salió al exterior y cerró la puerta tras ella.
Kaoru apenas había logrado dar un paso cuando un par de fuertes brazos la sujetaron, uno cubrién dole la boca y el otro alrededor de la cintura, y la arrastraron contra un pecho fuerte y musculoso.
Besos y mis mejores deseos.
