Once
Kaoru tenía que haber sentido miedo, pero no fue así.
Estaba furiosa de que alguien hubiera tenido el descaro de colarse en su porche y acosarla des pués de todo el sudor y tiempo que había inverti do en hacer de la dojo un hogar.
No había ni rastro del señor Himura, y ella se preguntó si aquel cretino también lo habría emboscado a él.
El miedo se apoderó de ella al imaginárselo herido y sangrando. Desesperada por encontrarlo, hizo lo primero que se le ocurrió. Pisar a su atacante.
A excepción de un gruñido, su atacante no emitió ningún sonido. En lugar de eso, la sujetó con más fuerza y, levantándola del suelo, la llevó hacia el dojo.
Kaoru intentó zafarse de aquellos brazos, y el chal se le cayó en el porche, pero todos sus esfuerzos fueron inútiles. Sólo sirvieron para hacerle perder fuerzas. Intentó dar patadas a su asaltante, pero esta vez él estaba preparado.
—Estese quieta de una vez, maldita sea.
Al escuchar el sonido de la voz rasposa del señor Himura, Kaoru quedó paralizada, él la llevó medio a rastras hasta el dojo, con un fuerte golpe recorrió la puerta, la metió en el interior, y después cerró de nuevo la puerta. La hizo girar en redondo y la colocó de espaldas a la puerta. Ella levantó la cabeza hacia él, a pocos centímetros de la suya. El aliento cálido le acari ciaba la mejilla.
—¿Por qué me ha sujetado así? —susurró ella.
—Hay alguien o algo ahí afuera.
Ella se humedeció los labios, que aún tenían el sabor salado de la mano masculina. Vestida sólo con la ligera yutaka, era totalmente consciente de su desnudez.
—¿Quién?
—Eso trataba de averiguar cuando usted ha salido.
Kaoru prefirió ignorar la irritación en su tono de voz.
—He oído que se levantaba y salía, he pensa do que había un problema.
—Y lo hay. Ahora no se mueva de aquí.
—¿No necesita una luz?
-No.
Kenshin sacó el arma de la funda y caminó hacia la puerta, sus movimientos tan fáciles y letales como los de un felino.
Kaoru echó a caminar tras él.
El señor Himura se detuvo.
—No se mueva.
—Puedo ayudarlo. .
—Quédese aquí.
La orden del señor Himura no dejaba mar gen para ninguna otra opción, ni para ningún otro argumento. Cuando él estuvo completamente seguro de que ella iba a obedecer, desapareció en la oscuridad de la noche.
A lo lejos, las pisadas fuertes propias de un grupo huyendo resonaron como un eco en la oscuridad. Kaoru sentía los fuertes lati dos de su corazón contra las costillas.
¡Las niñas!
Kaoru recordó que las niñas estaban solas en la casa. ¿Y si alguno de los atacantes, o lo que fuera, entraban en la cabaña y se llevaban a las pequeñas? Incapaz de quedarse de brazos cru zados en el dojo, Kaoru rebuscó a tientas a su alrededor hasta que sus dedos rozaron el asa de un bokken, sujetándola en alto, se asomó por la puerta del establo.
Al principio no vio al señor Himura, después vio el destello de la luz de la luna en el filo de su espada. Estaba cruzando el jardín, moviéndose con sigilo, como si hubiera nacido para pasarse las noches merodeando en la oscuri dad.
Los dedos de Kaoru se cerraron con fuerza sobre el arma de bambú, respirando profundamente, siguió los movimientos del señor Himura con los ojos hasta que éste se perdió entre las sombras.
Inmediatamente, cruzó la distancia que separa ba el establo de la casa, la yutaka flotando sua vemente en la noche. Deprisa, comprobó que las niñas estuvieran bien. Una vez segura de que seguían durmiendo y en su futon, cerró de nuevo la puerta de la casa e hizo guardia en el porche.
Los minutos pasaron lentamente. Por fin, el señor Himura salió de la oscuridad y fue hacia el porche. Ya se había imaginado que ella no esta ba en el dojo.
Mientras se acercaba se enfundó el arma.
— «Quédese aquí». ¿Qué parte de esa frase no entiende?
Los músculos agarrotados de la espalda de Kaoru se relajaron al escuchar el sonido de su voz.
—Estaba protegiendo a las niñas.
Él miró el bokken que llevaba en la mano.
—La próxima vez, use el algo con filo.
Kaoru se había olvidado por completo del arma y se sentía como una tonta.
—Estaba muy oscuro.
— Lección número uno. Nunca salga de la casa sin su arma. Déjela debajo de la almohada si es necesario. Si no es un desconocido, puede ser perfectamente un enemigo.
Un enemigo.
—¿Era un enemigo nuestro?
—Creo que sí.
En la oscuridad, las facciones masculinas eran inescrutables, pero la rabia y el enfado teñían sus palabras.
—¿Suelen acercarse tanto?
Kenshin miró hacia el horizonte iluminado por la luz de la luna, con el rostro tenso.
—Bastante.
—Creo, creo que nunca en mi vida había tenido un enemigo —dijo ella—.
El señor Himura la miró como si hubiera perdido el juicio.
— Es mi enemigo en todo caso señorita Kaoru, no el suyo.
-Oh.
Kenshin repiqueteó el dedo sobre la empuñadura. Extendió la mano para hacerse con el quinqué que colgaba junto a la puerta principal. Sacando una cerilla de bolsillo, lo encendió.
—A lo mejor no vuelve.
—Volverá.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
—Cunado se acercan es que vienen a atacar, la valentía y determinación quedan atrás para dar lugar a una decisión.
La luz cálida y amarillenta del quinqué hizo que Kaoru cerrara ligeramente los ojos. El señor Himura alzó el quinqué y estudió el suelo en silencio.
—No pensará ir detrás de él esta noche, ¿ver dad? —preguntó ella.
—No, no sabría si esta solo o ha venido acompañado, no las expondré a eso.
Giró sobre sus talones y bajó del porche hacia el dojo, pero de repente se detuvo.
Kaoru lo seguía.
—¿Qué estamos buscando?
Él se arrodilló y metió los dedos en una gran huella dibujada en la tierra.
—Huellas.
El pelo de Kaoru cayó hacia delante cuando ella levantó ligeramente su quinqué y se inclinó para estudiar la huella.
—¿Cómo lo sabe?
El tocó ligeramente la huella impresa en el suelo.
—Nunca le han dicho que la practica hace al maestro?
-Oh.
— Solo es un par, pero tendré que revisar para estar seguro.
—Cielos santo, ¿tantas cosas puede saber sólo con una huella?
-Sí.
—¿También puede decir si es hombre o mujer? — preguntó ella, en tono casi desafiante.
Él le dirigió una mirada fulminante.
Kaoru se encogió de hombros y fingió estar totalmente concentrada en el suelo. .
—A mí sólo me parece tierra.
El señor Himura se pasó los dedos por el pelo.
—No podré tener una interpretación segura de estas huellas hasta mañana. Entonces podré seguirlas y saber por dónde ha venido.
—¿Quién le ha enseñado todo esto?
Él se incorporó, con la mirada clavada en el horizonte.
—Mi mentor y la guerra.
Otra faceta más de un hombre a quien apenas conocía.
—La guerra- dijo ella, riendo nerviosamente—. Para ser sincera, yo soy muy mala para los nombres, pero siempre me acuerdo de los rostros, sobre todo si llevan una sonrisa en ellos.
Los labios masculinos esbozaron una media sonrisa.
Sin embargo, todo atisbo de humor se desva neció cuando él se volvió hacia ella y la miró. La luz del quinqué acentuaba las facciones de su rostro que a pesar de no ser toscas bajo esa mirada de enojo podía parecer sumamente fuerte. Y sus ojos la miraban con una intensidad que le pusieron la carne de gallina. El aire entre ellos estaba cargado de tensión.
Los pezones femeninos se endurecieron y ella sintió que cada vez le costaba más respirar.
—¿Ocurre algo? —preguntó ella, su voz poco más que un ronco susurro.
En silencio, la mirada masculina recorría des caradamente el cuerpo enfundado en el ligero camisón casi transparente.
— Su quinqué.
Kaoru alzó el quinqué en el aire.
—¿Qué le pasa a mi quinqué?
—Hace que su yutaka sea transparente.
Kenshin no podía apartar la mirada de los dos montículos casi desnudos que se adivinaban bajo la tela transparente. Incapaz de mirar hacia otro lado, notó cómo se le hacía la boca agua, mien tras miraba el fino camisón que moldeaba perfec tamente los senos redondos y firmes y los pezo nes erectos.
Flexionó los dedos, rezando para tener fuerza suficiente para alejarse. Pero no la tuvo.
Lentamente, alzó la mirada hacia ella, medio esperando ver ofensa o terror en los azules ojos femeninos. Cualquier cosa que apagara el deseo que latía salvajemente en sus venas.
Pero lo que encontró en los ojos mar fue deseo, un deseo vacilante e inseguro pero impulsaso por algo más a lo cual no quiso ponerle nombre, pero deseo a fin de cuentas. Ella se humedeció los labios.
Que Kami se apiadará de él, pero ella parecía desearlo tanto como él la deseaba a ella.
Sintió la fuerza de su erección, y todo atisbo de cordura desapareció.
Kenshin tomó el quinqué de la mano de Kaoru y de un soplo lo apagó. Después, en un movimien to rápido y ágil, rodeó con los brazos la estrecha cintura. Ella se pegó deseosa contra él, y le rodeó el cuello con los brazos. Sus senos se marcaban bajo la tela y contra el pecho masculino.
El pelo largo, una rica cascada de hebras negras, acarició suavemente su cintura cuando ella echó la cabeza hacia atrás y separó los labios.
Kenshin besó a Kaoru en la boca. Ella abrió los brazos y dejó que la lengua de él le invadiera. Un suave gemido retumbó en el pecho femenino, y ella frotó el vientre contra él.
Kenshin hundió los dedos en la masa sedosa de cabellos ocuros y lacios. La apasionada reac ción de Kaoru había multiplicado su deseo, y antes de detenerse a pensar lo que estaba haciendo, retrocedió con ella unos pasos y la apretó contra una pared lateral del dojo, paralizándola entre la pared y sus piernas separadas, mientras sentía el muslo femenino contra su erección.
Kaoru echó la cabeza hacia atrás, y él la besó en el hueco del cuello. Con el corazón desbocado, Kaoru sabía que no habría vuelta atrás.
La mano de Kenshin se deslizó por su muslo. Sujetó el camisón y lo apartó hasta que su mano acarició la piel desnuda. Apretó las nalgas firmes y redondeadas, y ella se arqueó hacia él, claván dole los dedos en la espalda.
Él la besó en el cuello, y después dejó que sus labios descendieran seductoramente hasta llegar al seno derecho por encima de la tela. Allí chupó el pezón a través del camisón hasta endurecerlo por completo.
Casi sin aliento, Kenshin alzó la mirada hacia ella. Kaoru tenía los ojos entreabiertos, y la mira da cubierta por una húmeda neblina de pasión. Meses de deseos y pasiones contenidas explota ron y ese algo más que semejaba a un desastre inminente. Al diablo las consecuencias. Tenía que hacer la suya en ese mismo momento.
—Dentro del dojo de entrenamiento —susurró él, y su voz era tan áspera como las escarpadas montañas que se adivinaban a lo lejos.
Kaoru volvió a humedecerse los labios con la lengua, y asintió.
-Sí.
Él le apretó las nalgas una vez más y después abrió la puerta.
—No es un cuento de hadas.
Kaoru lo siguió hasta el interior del dojo y se tumbó de espaldas. Apoyándose en los codos, lo miró. Llevaba el camisón levanta do por encima de las rodillas, los cuatro botones de arriba desabrochados dibujaban un amplio escote entre sus senos, y los cremosos montículos creaban un seductor valle que descendía hacia el ombligo.
Kenshin cayó sujetándola por detrás de las rodillas, la atrajo hacia sí antes de colocar su cuerpo entre las dos piernas femeninas. Rodeando el seno derecho con una mano, le sujetó la nuca con la otra, y la besó una vez más, devorán dola. Las manos de Kaoru se deslizaron por debajo de la tela de la tela y le acariciaron la espalda.
Kenshin perdió la noción del tiempo. No sabía cuánto rato la estuvo besando y acariciando, pero cuando se incorporó le hervía la sangre de pasión y deseo.
Kaoru bajó la mirada nunca había visto a un hombre desnudo antes, pero en aquel momento nada le parecía más natural. Pronto entendería de qué hablaban tan descaradamente las mujeres que trabajaban en la cocina de sus tíos, qué era lo que tanto deseaban, lo que Enishi había empezado a inspirar en ella.
Nunca había sentido nada parecido a los fuer tes latidos de su cuerpo. Sentía su excitación y su propia humedad, y aunque no la entendía, sabía que estaba bien. Con la única guía de la naturale za y su escasa experiencia, deslizó la mano por el vientre masculino, y escuchó cómo él contenía el aliento. La deseaba. Y ella se maravilló ante el poder de su feminidad.
Kenshin se metió la mano dentro de los panta lones y liberó su miembro. Por un momento, ella sólo pudo mirar entre impresionada y maravilla da. Aunque entendía la lógica de lo que iba a ocu rrir, lo cierto era que no podía imaginar cómo iba a poder ser.
Kenshin le levantó el fino camisón y envolvió su cuerpo sobre el de ella, sólo que esta vez la punta de su virilidad presionaba contra la abertura suave y húmeda de ella.
En lo más profundo de su corazón, Kaoru entendió que una vez que llegaran a unirse, estarían de algún modo unidos para siempre. Ya no habría marcha atrás y se asusto ante la alegría que suponía el conocimiento de esta unión.
El momento no era en absoluto como ella había imaginado, y sin embargo era mucho mejor. No hubo palabras románticas ni poesía, sólo necesidad, pasión y… ¿amor?
Si, ella necesitaba algo más de él no solo deseo incontrolable. No era tan ingenua como para esperar palabras de amor, pero necesitaba saber que él le estaba haciendo el amor a ella.
Le acarició los músculos duros de las nalgas.
— Di mi nombre —susurró, con una voz tan ronca que apenas pudo reconocerla.
Kenshin no podía hablar.
La pasión que hervía en sus venas lo había dejado sin voz, sin capacidad para emitir frases inteligibles. Apretó su excitación contra ella, pre parándose para penetrarla.
Ella se movió, apartándose ligeramente de él.
—Di mi nombre —repitió.
Los músculos del cuello masculino se tensaron aún más y se posicionó de nuevo sobre ella. Con la frente cubierta de sudor, y los ojos cerrados, empezó a empujar hacia dentro.
El cuerpo de Kaoru deseaba sentirlo dentro. Su corazón necesitaba oírle decir su nombre.
Él empujó una vez más. Kaoru sintió un dolor desgarrador en el momento en que rompió su virginidad, y todos sus pensamientos se desva necieron, su cuerpo entero se tensó. Kenshin hizo una pausa, consciente de lo que había tomado de ella.
Después empezó a moverse en su interior, con movimientos lentos al principio que pronto se aceleraron.
Una imperiosa necesidad se apoderó de Kaoru.
Dios santo, ¿que le estaba haciendo? Un sala do río de sudor descendía entre sus senos.
—Rodéame con las piernas —susurró él.
Ella obedeció, y lo tomó por completo dentro de su cuerpo. Su cuerpo se estiró y adaptó a él, y ella pensó que era imposible sentir nada con mayor intensidad. Pero entonces él buscó con la mano el centro de su deseo y empezó a acariciarla con dedos expertos.
Ella susurró, casi sin aliento:
—¿Qué me estás haciendo?
—Tranquila, así está bien.
Kenshin continuó acariciándola con experta precisión. La fiebre en el interior de Kaoru aumen tó. Sus sentidos se dispararon, y ella se sintió al borde de un abismo desconocido.
Y entonces, de repente, su cuerpo explotó en un torrente de sensaciones.
Gimió y arqueó la espalda, dejando que las olea das de placer recorrieran su cuerpo una y otra vez.
Kenshin retiró la mano y empezó a penetrarla con más fuerza. En el siguiente instante, su cuerpo se tensó y cuando se derramó dentro de ella, gimió:
—Tomoe.
Kenshin se dio cuenta de lo que había hecho en el mismo momento en que susurró el nombre de Tomoe, traición, en ese momento había traicionado a Tomoe y a la promesa de amarla por siempre.
Un jarrón de agua fría no habría podido tensar más el lánguido cuerpo de Kaoru. Estaba rígida.
Le puso las palmas de las manos en el pecho.
—Apártese de mí.
Su voz parecía surgir de algún lugar lejano, a pesar de que sus labios estaban prácticamente rozándole la oreja.
Al sentir la lucha de ella por separarse de él, Kenshin hizo un esfuerzo para apartarse.
Inmediatamente, ella se retiró cuanto pudo cubriéndose las piernas con el camisón, que ahora sujetaba con fuerza entre las manos.
—Me ha llamado Tomoe.
Tendido de espaldas, él miraba las vigas des nudas del techo.
—No.
Kaoru tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¿Cómo ha podido?
Kenshin se pasó las manos por el pelo.
—Le falle a ella y a una promesa.
La larga melena negra de Kaoru caía en cascada sobre sus hombros y cubría los senos que él acababa de besar.
—El deseo es algo horrendo si no se acompaña de algo mas profundo, señor Himura, y hoy tuve el infortunio de saberlo.
Aunque el cuerpo de Kaoru no se parecía en nada al de Tomoe, él no podía negar sus palabras, pero ella no lo entendería, ni siquiera él era capaz de entender lo que había sucedido.
—Lo siento.
Las lágrimas seguían brillando en los ojos de Kaoru.
— Por un momento pensé que estábamos solos usted y yo. Estaba equivocada.
Él volvió a pasarse la mano por el pelo.
—Lo siento.
Lentamente, ella se levantó, iluminada por la luz de la luna. Entonces fue cuando reparó en las manchas de sangre de la yutaka. Antes, él había sentido su virginidad, pero su mente no había sido capaz de procesar las consecuencias. Ahora era muy consciente del alcance de lo que había hecho.
Kaoru alzó la cabeza, como una orgullosa diosa guerrera.
—Usted gana, tenía razón. Éste no es mi sitio.
Kaoru echó a andar delante de él, pero Kenshin se puso en pie de un salto y la sujetó del brazo. Ella lo miró, con ojos cargados de tristeza y vergüenza.
—Ahora ya no es tan sencillo —dijo él.
Incluso ahora, el mero hecho de tocarla volvía a envolverlo en una ola de felicidad y armonía.
Kaoru se zafó de su mano.
—Para mí sí, señor Himura.
— Creo que deberías llamarme Kenshin.
—Prefiero no hacerlo.
El tono orgulloso y arrogante de ella le recor dó la primera vez que la vio en la diligencia.
Kenshin se quedó mirando el rastro de sangre en su camisón.
—Lo siento.
Ella siguió la dirección de su mirada, con las mejillas encendidas, cubrió las manchas de san gre con la mano.
—Pensaba que habías estado con otro hombre —dijo él, la voz ronca—. Dijiste que tu reputa ción estaba arruinada.
—No hay que ser culpable para ser condena do.
Kenshin se frotó la nuca con la palma de la mano, tratando de relajar la tensión.
—Lo siento.
Kaoru echó la cabeza hacia atrás, pero no se limpió la lágrima que descendía lentamente por su mejilla.
—Deje de repetir eso —dijo, y echó a andar hacia la puerta.
Él volvió a sujetarla por la muñeca.
—Te guste o no, ahora estamos en esto juntos.
—Lo único que nos une es el trabajo —dijo ella—. Me quedaré hasta finales de verano como acordamos o hasta que usted encuentre a alguien que se haga cargo de las niñas.
Kenshin apretó los dientes. No permitiría que se fuera a ninguna parte.
—Puedes estar embarazada.
Un destello de incredulidad iluminó los ojos femeninos, y las manos cubrieron su liso vientre. Por un instante, fue alegría lo que brilló en su mirada.
—No puede ser. Ha sido sólo una vez.
—Una vez es suficiente —dijo él, más tensó de lo que hubiera deseado—. Hazme caso, puedes estar embarazada.
Ella sacudió negativamente la cabeza.
—No lo estoy, si lo estuviera lo sabría.
—¿Cómo demonios lo sabrías?
Kaoru alzó la barbilla, de nuevo la orgullosa mujer.
—Lo sabría.
Estaba segura de ello. ¿O no?
Irritado, Kenshin apretó los dientes.
—Me alegro de que seas tan sabihonda en este tema, pero tendrás que disculparme por ser un poco más lento.
La amenaza en el tono de voz disparó todas las alarmas y temores en Kaoru.
—¿De qué está hablando?
—Hasta que sepa a ciencia cierta que no estás embarazada no te iras de aquí.
—Puedo cuidar de mí misma. Y de mi bebé, si hace falta.
Kenshin hizo un esfuerzo sobrehumano para no perder la calma. Necesitaba tiempo para pen sar, y más tiempo aún para arreglar aquel desa guisado, del que él era el único responsable.
—Nadie que no sea yo se ocupará de mi hijo. Y tú te quedarás en el dojo hasta que yo sepa a ciencia cierta que no lle vas un hijo mío en las entrañas.
— ¡Dijo que no quería tener hijos!
La mirada de Kaoru estaba presa de pánico y desesperación. Y él sintió una punzada de dolor al ver que le había arrebatado la chispa de sus ojos.
—No puede retenerme aquí contra mi volun tad —dijo ella.
Kenshin había tomado una resolución, y era inquebrantable.
—Ya lo creo que sí.
Sé que en este momento están odiándome por muchas razones, pero les prometo que lo compasaré.
Besos y mis mejores deseos
