Es como un cigarro que necesita ser consumido.
La ansiedad les quema y a veces les da la sensación de que se coloca en el pecho y no va a desaparecer hasta que se fumen una a la otra.
Se miran y la necesidad de tocarse es casi física. Como cuando el mono de nicotina recorre tus venas y tienes que sentir el tacto de un cigarrillo contra tus dedos y el olor del tabaco colarse en tus pulmones o si no estás segura de que te va a dar algo.
El primer beso es siempre como la primera calada. Parece que te va a quitar la ansiedad y que no vas a necesitar nada más. Que con eso va a ser suficiente.
Notas el humo entrar en tu cuerpo y parece que la ansiedad desaparece a medida que invade tus células.
Besarse es así. Sentir que la aprehensión se hace más llevadera cuando sienten los labios de la otra sobre los propios.
Pero no es suficiente. Nunca.
Siempre acaban necesitando apurar el cigarrillo hasta que sólo queda el filtro, besarse hasta que los labios quedan rojos e hinchados y la respiración es demasiado rápida.
Y al final, ni siquiera los besos son suficientes.
Necesitan otro cigarrillo.
