Ocasionalmente encuentran pequeños momentos de luz en esa oscuridad en que parecen hallarse sumergidas.

El cielo rojizo justo antes de anochecer que se cuela por las ventanas de la torre, una risa aún infantil que se escapa sin poder evitarlo, el zumo de calabaza fresco por la mañana y las manos calientes que se cuelan bajo la ropa por la noche, ver el pelo rubio y enmarañado de Luna cruzar el pasillo a ese ritmo que parece indicar que dispone de todo el tiempo del mundo, unos ojos azules que sonríen sin pedir nada a cambio, la satisfacción de un trabajo bien hecho y un grito de alegría cuando alguien consigue realizar un hechizo particularmente difícil, el cogerla de la mano y pensar que quizás no todo está tan mal, la luz de la Luna entrando por la ventana e iluminando la habitación, su cuerpo pálido contra las sábanas y unos labios contra los suyos.